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BOMBONA: DEL REALISMO MAXIMO AL REALISMO MAGICO, DE AGUALONGO A GARCIA MARQUEZ

El 8 de junio, a las cinco de la tarde, pudo ingresar el Libertador a aquella ciudad resbalosa escoltado de su Estado Mayor.

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San Juan de Pasto, 1819

 

Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

 

De Agualongo y Sañudo como epígonos del realismo máximo se abrirá un diámetro de espacio-tiempo para arribar al realismo mágico de García Márquez con una lectura iconoclasta de la hagiografía bolivariana. Del filósofo y de Agualongo se sabe que prefieren a sus viejos amos y desprecian olímpicamente a los criollos, encarnando el tipo clásico del reaccionario de su tiempo y de impugnadores irrefutables de la causa de la independencia y la república. Con razón Julián Bastidas Urresty, en un reciente y espléndido libro, recuerda que Humboldt reconoció que “en Pasto, Quito, Perú, los indios han cambiado un excelente gobierno como el de los incas, por un miserable: el español”. Y dice el autor: “A pesar de las constataciones de Humboldt, algunos historiadores aseguran hoy que los habitantes de Pasto vivían felices con Fernando VII, razón por la que se resistieron a la independencia de España”.

 

 

La historia militar de todos los tiempos y todos los teatros enseña que la suerte de las batallas y aún la de las guerras, no se decide necesariamente en el campo de batalla ni en el día convenido, sino que obedece a las vicisitudes propias de las armas. Napoleón les enseñaba a sus brigadas que “una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”.

Aunque se perdió la Batalla de Pienta en Charalá, este destrozo con más de 300 muertos garantizó el suceso de la Campaña Libertadora.

Pienta, se libró entre el 4 y el 7 de agosto de 1819 y fue una masacre perpetrada por los chapetones contra la población civil de la provincia comunera que al enterarse que Bolívar había largado del Páramo de Pisba marcharon en bloque reuniéndose casi mil hombres que, con armas rudimentarias y caballos, se convirtieron en grupos guerrilleros en apoyo de la lucha libertadora.

Barreiro asumiendo esta sublevación, mandó por la guarnición que tenía en El Socorro, con la que se desplaza a Charalá y ocasiona masacre de trescientos compatriotas. Barreiro también admitió para su desgracia que aquel retraso le imposibilitaba enfrentar al ejército bolivariano y cuando se dirigió al Puente de Boyacá y al arribar a Sogamoso, le enteraron que el ejército del rey había perdido la guerra, por lo que al intentar torcer a Bogotá, en el trayecto el libertador lo venció.

 

Batalla de Boyacá (obra de Martín Tovar)

 

Ese retraso de tres días, permitió que los refuerzos españoles no llegaran a tiempo para enfrentar a las tropas de Bolívar en Boyacá y concluyó con la derrota y destrucción del ejército de la tercera división realista.

 

 

También la del Pantano de Vargas, fue desatada trece días después en el puente de Boyacá. Batalla, la de agosto, la del angosto puente de Boyacá, librada a hoja de sable y punta de lanza porque no se hizo ni se oyó disparo.

La de la pampa de Junín, en la pradera de Ayacucho. Y la nuestra, de la quebrada de Bomboná o Cariaco, que se desató un mes y medio después en las estribaciones del Pichincha.

De entre los derrotados de Boyacá, un coronel, Sebastián de la Calzada huyó para el sur, hacia Pasto y Quito, y traería consigo 450 hombres del regimiento Aragón. A su paso por Popayán, arrastró al obispo Jiménez Enciso conocido ya por su contumaz monarquismo. El 27 de septiembre de 1819 llegaron los fatales fugitivos a Pasto a encender de nuevo la hoguera de las imperdonables retaliaciones. Con un ejército de 3.250 borbónicos, azuzados por el báculo del obispo, los pastusos se lanzaron contra Popayán, noble y martirizada ciudad que fue sometida a las atrocidades sin cuenta. Por fortuna en Pitayó, 5 meses después de la infame toma, el 6 de junio de 1820, los patriotas desbarataron a Calzada que contramarchó a Pasto, blindado cuartel de sus cuitas logísticas.

Pasto fue así la summa monárquica y monástica de refugiados de todos los pelambres: desde curas y obispos levantiscos, hasta energúmenos oficiales que rumiaban su cobardía y hostigamiento.

De La Calzada nuevamente se fugó a Quito y fue reemplazado por el inefable coronel Basilio García.

 

 

Del Juanambú hacia el norte era la República; hacia el sur, la vengativa monarquía. Y su cerco se reducía toda vez que el antiguo puerto realista de Guayaquil, el 9 de octubre de 1820, y Cuenca un mes más tarde, vieron triunfar el movimiento independentista. Desde allí vigilaba Sucre. El primero de enero de 1821 juraba también Barbacoas. El litoral pacífico blindaba al macizo de los Andes.

Bolívar estaba seguro de arribar a Guayaquil por Buenaventura y para ello ya había dado instrucciones de apertrechar barcos para dos mil hombres. Pero Bolívar –dice Masur- se vio obligado a desechar este plan al enterarse de que una flota española estaba en la costa del Pacifico. Sabía que su convoy podía ser destruido por esa escuadra y que corría el riesgo de caer en poder del enemigo. Con pesadumbre, se decidió a abandonar la idea de invadir el Ecuador por el mar; solo quedaba la ruta terrestre, y sobre ella brillaba una estrella maligna desde los primeros días de la revolución.

“Pasto es la única ciudad grande entre Popayán y Quito, y toda la región toma el mismo nombre; Pasto fue La Vendee de la revolución sudamericana. Era un país interior, sin comunicaciones ni comercio, donde se había desarrollado una raza de hombres fuertes, porfiados y fanáticos. El clero mantenía un dominio absoluto sobre el pueblo y había fomentado la formación de muchas supersticiones primitivas y en desuso. Los habitantes de Pasto creían que el rey de España y Dios constituían una sola persona y que la República era obra del demonio. Durante diez años habían luchado por su rey con un fervor sacrificado que no se halla en otra región de Suramérica. Fueron los primeros en empuñar las armas y los últimos en deponerlas; ni el terror, ni la crueldad pudieron torcer su obstinada voluntad. Bolívar tenía que quebrar su tozuda resistencia y temía afrontar la tarea”.

 

 

La decisión de marchar contra Pasto robó a Bolívar muchas noches de sueño; buscó diversos expedientes diplomáticos para evitar la azarosa campaña. Trató de conquistar al fanático obispo de Popayán, que había huido a Pasto, diciéndole que el partido gobernante en España se había convertido en enemigo de la Iglesia y de los sacerdotes. El prelado no hizo caso de su mensaje. Pero más fantástica aún fue otra artimaña de Bolívar, cuestionada por nuestro inefable doctor Sañudo. Dio instrucciones a Santander para fraguar documentos y artículos periodísticos donde se señalase que la madre patria había reconocido finalmente la independencia de Colombia. Por medio de estos folletos esperaba influir en el comandante español de Pasto y convencerlo de que era mejor entregar Ecuador a Bolívar sin lucha. Santander fabricó los documentos deseados con una habilidad que hizo honor a sus dotes estilísticas, pero el oficial español había corrido mucho mundo, y leyó con desconfianza las falsificaciones. “No es oro todo lo que reluce”, fue su cáustico mensaje a Bolívar. Ni siquiera le pasó por la cabeza la rendición.

“Por último tras un mes de espera, Bolívar no tuvo más remedio que atacar a Pasto. Posiblemente podría superarse la resistencia del pueblo, pero la misma naturaleza parecía conspirar en contra de Bolívar. Las dificultades que había vencido en el pasado parecían pequeñas en comparación con las que aparecían por delante. Habría que hacer la guerra en una región montañosa donde las crestas cubiertas de nieves llegaban a una altura de seis mil metros. En sus laderas, las impetuosas corrientes de agua habían excavado profundamente sus lechos en estrechas hondonadas. Las paredes rocosas, desnudas y escarpadas, los resbaladizos desfiladeros y un clima mortal, que oscilaba entre en calor y el frio extremos, hacían de Pasto una ciudad inexpugnable. El territorio en el que Bolívar tenía que luchar llegaba de Cali a Guayaquil; en el centro, a una altura de 1.800 metros, estaban las planicies de Pasto. Dos traicioneras corrientes con poderosas cascadas atravesaban el país: Juanambú en el Norte y Guáitara en el Sur. El único camino que conduce de Popayán a Quito corre sobre la altiplanicie de Pasto, y Bolívar no podía evitarla. Incluso hoy en día constituye el punto de unión más importante entre Colombia y Ecuador. El viajero moderno que haya de pasar un día entero de viaje entre Popayán y Pasto, avanzando de abismo en abismo, puede valorizar los peligros que debió superar Bolívar, un siglo antes”.  

 

 

Los españoles sabían que sus posiciones eran inexpugnables, y su jefe había prometido destruir a los patriotas y humillar a Bolívar. Don Basilio García había luchado durante doce años contra la libertad de América. Se había elevado desde las filas y sus enemigos afirmaban que había sido anteriormente un galeote. Era un oficial valiente que conocía todos los escondrijos y recovecos de este terreno, y desde diciembre, contando con el ataque de Bolívar, se había atrincherado en las colinas que dominaban Pasto.

Y este era el imperativo geopolítico que avizoraba Bolívar: liberar el sur, desatar aquellas fuerzas agazapadas que le impedían su acceso a Quito y el Virreinato de Lima para lograr la liberación continental, estrategia que había contemplado también Antonio Nariño diez años atrás. Por eso Bolívar no quería dar el combate de Pasto. El plan inicial de la campaña comprendía el embarque de sus tropas en Buenaventura o Panamá, y a partir del Guayas, consolidar la libertad de Quito y Guayaquil hasta el Potosí, adelantándose a San Martín. Pero la batalla contra Basilio García se le hizo inevitable. Y el Libertador sabía bien que la única batalla que no se puede perder es la última… pero mientras tanto hay obligación de librar todos los combates. La suerte final la corría toda la guerra de independencia.

El general Manuel Valdés, de su ejército mayor, había sido convocado para librar la vanguardista batalla de ganar a los pastusos para la causa republicana, que la inició en los albores de 1821. Empero, en los campos de Genoy el 3 de febrero, quedó fulminada esta alucinada ilusión.

Por lo que el propio Libertador tuvo que asumir el desafío de dar la cara al mayo, al Patía, al Juanambú, al Guáitara, todo el empinado macizo andino, sus insufribles desfiladeros de muerte, sus impenetrables cañones funerarios y peor aún, de enfrentar a los indomables pastusos que porfiaban irresistibles en derrotarlo y execrarlo.

 

 

Montúfar, Caicedo y Cuero, Macaulay, el Precursor Nariño, Cabal, el general Valdés habían sido destruidos en aquellas rocas de Agramante. Sus soldados miraban con espanto la posibilidad de una batalla en un país “donde en vez de laureles encontraban los recuerdos de las derrotas de sus hermanos y las tumbas de los que valerosamente cayeron”, como lo rememora el edecán O’Leary.

El 8 de marzo dejaron Popayán y el 22 llegaron a La Alpujarra. Dos divisiones y 3.000 hombres se alistaron para la campaña a orillas del canicular Patía de cruenta y monarquista fama. Verdaderos hospitales iban quedando en los pueblos en tránsito y el ejército no sabía si marchaba a la tierra prometida o al mismísimo infierno. Más de la cuarta parte de sus efectivos sembraron sus cadáveres en aquel itinerario ominoso.

Bolívar aspiraba a esquivar el Juanambú, llamada “la Termópilas de Cundinamarca”, por Santander. En consecuencia, giró a Taminango. Pero la angostura de aquel río misterioso es sin retorno y allí lo estaba acechando la revanchista reconquista.

El 25 de marzo de 1822, atravesaron la garganta del Juanambú con el propósito de flanquear el Guáitara y avanzar por Yacuanquer hasta Túquerres e Ipiales, y por aquí seguir a Quito. Bolívar estaba prevenido de la apabullante cadena montañosa del Cauca, pero también sabía de la devoción a su causa que le profesaban estos pueblos, particularmente los de la provincia de los pastos, Túquerres, Cumbal e Ipiales.

Pero don Basilio había previsto la maniobra y mandado a desbaratar el puente de Ales y situado allí una fuerza suficiente para impedirle atravesar el río. Y cuando se percató del movimiento independiente, sigilosamente fue a cerrarle el paso sobre la margen sur oriental de la escarpada quebrada de Cariaco, mientras Bolívar avanzaba hasta la hacienda de Bomboná. En El Tambo pernoctaron los milicianos después de tan agotadora caminata.

El primero de abril propuso el Libertador al coronel Basilio García, comandante realista, un armisticio de 15 días que éste no aceptó. El Libertador volteó por detrás del Galeras, pasando por Sandoná. El 4 de abril llegó a la meseta de Chaguarbamba (hoy municipio de Nariño) frente a Genoy, montículos donde acechaban las milicias de García. El 6 de abril, entonces, ocupó la hacienda y llanura de Consacá.

 

 

Cuando el 7 trató de seguir hacia el Guáitara, para pasar a Túquerres, en la quebrada de Cariaco lo esperaban los fusiles enemigos. Sin otra alternativa dijo “Bien, la posición es formidable. Pero no debemos permanecer aquí ni podemos retroceder. Tenemos que vencer y venceremos” .  

La situación de Don Basilio era más holgada desde el punto de vista estratégico porque la geografía y sus moradores le eran cómplices y le mantenían alerta e informado, aunque tenía alistadas las milicias pastusas en el orden de 1.500 individuos, más las tres compañías de los regimientos de Aragón y Cataluña. Inclusive contaba con los tercios de Aymerich en el departamento del sur.

Sólo el hecho milagroso de la conversión patriota, el 8 de febrero en Popayán, de José Marìa Obando, con su astucia y sus facciosos, equilibró las cargas.

García hubiera querido marchar a Quito para colaborar con Aymerich en el enfrentamiento con el mariscal Sucre. De haberlo logrado, Sucre no hubiera triunfado en las faldas del Panecillo y del Pichincha.

 

Batalla de Bomboná

 

El General Manuel Antonio López lo admite: “El verdadero resultado de la batalla de Bomboná consistió en paralizar las operaciones de una gran fuerza que, auxiliando al ejército del general Aymerich, habría puesto en duro conflicto al general Sucre” .

Quedándose en el Valle de Atriz el batallón español no pudo auxiliar a Aymerich y el mariscal Sucre venció espectacularmente al lado de héroes como Abdón Calderón que apretó su brazo tronchado con la otra mano, continuó la pelea e infundió valor irresistible a los patriotas. La misma desgarradora conducta del coronel James Rook, en el Pantano de Vargas.

Durante cuatro horas, los milicianos se devoraron dejando un pavoroso cementerio de cadáveres y heridos. Para los realistas, Bolívar perdió 700 soldados y 300 heridos en Consacá.

Digna de aquéllos héroes esquilanos es la escena inolvidable que inmortalizó el general Pedro León Torres que mal interpretó una orden de Bolívar.

Exasperado el Libertador le quitó en el acto el mando de la División. Torres con el vértigo de la indignación exclamó: “¡No!, estas divisas que VE, desea empañar, las debo a mi valor y no las he recibido de Usted, sino de la Patria que es el objeto de mis sacrificios; la sangre de mi familia derramada casi toda en esta gloriosa guerra, me reclama en este momento la vindicación del ultraje que en mi persona quiere hacérsele. Si no sirvo como general serviré como soldado, y nadie podrá impedirme que preste este servicio más a mi Patria”.

 

 

General Pedro León Torres

 

El Libertador, sorprendido y emocionado, le respondió: “Bien, general, vuelva Ud. al enemigo”. Al poco rato, Torres caía mortalmente herido.

El parte de batalla es demoledor: “El ardor del general Torres, lo llevó hasta los abatidos sobre los cuales no pudo penetrar, allí nuestros esfuerzos fueron impotentes, y los fuegos del enemigo mortíferos. La metralla hacía estragos horrorosos en aquella impavidísima columna. Los fusileros enemigos dirigían sus fuegos con el acierto más funesto para todos nosotros. En media hora, el General, todos los jefes y oficiales, excepto seis, y una centena de hombres fueron muertos o heridos, sin dar un paso atrás, y antes por el contrario rechazando valerosamente cuantas tentativas hizo el enemigo por completar su destrucción. El señor Coronel Lucas Carvajal sucedió al General Torrres, y fue igualmente herido”.

Al caer de la tarde y cuando era aniquilado el ataque principal, el batallón Rifles que había realizado penoso movimiento sin ser observado por el enemigo, logró sorprender por el flanco el dispositivo realista; y el Coronel García, temiendo ser cortado por la retaguardia, abandonó sus posiciones, pero fue a replegarse a otras igualmente inexpugnables, donde le impedía al Ejército Libertador cumplir su objetivo.

 

 

El coronel Ibáñez dice: “De tal manera, la acción del batallón Rifles permitió a la reserva apoderarse del terreno enemigo y clavar el pabellón tricolor, como símbolo del triunfo republicano. Pero qué costoso y pírrico triunfo”.

José Manuel Restrepo habla de “un estéril triunfo”. Y Basilio García cuando devuelve las banderas patriotas, entre gallardo y socarrón, reconoce una fácil destrucción, pero una imposible victoria.

El general Torres, de 32 años murió en Yacuanquer cuatro meses después, el 22 de agosto de 1822, en brazos de la familia chapetona de don Tomás Santacruz, como consecuencia de las heridas que recibió en Bomboná. Fue conducido por cuatro indígenas Nicanor Botina, Pedro Puetamá, N. Pastás y Antonio Quenguán para ser albergado en una casa que hizo construir don Pedro de la Alcántara Insuasty, capitán de alabarderos del conquistador y fundador Pedro de Puelles, y allí fungió de enfermera Margarita Rivera quien también hizo todo por curar los finales arrebatos de aquel corazón atribulado.

Había nacido en Carora y acompañaba a Bolívar desde las desoladas horas de Puerto Príncipe en 1816. Seis de sus siete hermanos también dieron su vida al torrente de la independencia. Había sido miembro del Consejo de Guerra que se le siguió al general Manuel Carlos Píar en Angostura. En Yacuanquer reposan sus restos y allí se levanta su estatua de bronce que obsequió el gobierno de Rómulo Gallegos al cura Luis Antonio Paz.

Bolívar intentó recuperarse por la vía diplomática. Ofició a García para sondear su entrada a Pasto o cuando menos que le permitiera retirarse sin hostilidad. Lo primero le fue negado de plano por el Cabildo y lo segundo sólo a medias. Retrocedió hasta El Trapiche en donde recibió el refuerzo enviado por Santander.

Para fortuna de Bolívar en aquellos días, en el mayo ecuatorial de 1822 los realistas sufrieron el desastre del Pichincha, y Quito cayó en poder del Mariscal Sucre y del batallón Magdalena comandado por el Coronel José María Córdoba. Noticia infausta para España que primero la supo Basilio García y por eso se apresuró a aceptar la capitulación propuesta por Bolívar. La rendición de Aymerich incluía también la del territorio de Pasto. Así que la batalla del 7 de abril se decidió el 24 de mayo. La idea-fuerza del Libertador se impuso. Lo imperativo era tomarse Quito no Pasto. La contundente estratagema se daría en el Panecillo y en el Pichincha, y no en los campos de Cariaco y Bomboná.

Leopoldo López Álvarez se interroga si triunfó Bolívar en Bomboná: “La respuesta debe ser afirmativa, pues García y del Hierro se retiraron y Bolívar se hizo dueño del campo de batalla y de la artillería y de los heridos y consiguió el fin de impedir los auxilios de Quito. Tuvo en verdad, enorme efusión de sangre; pero el éxito de una batalla no se mide por el número de bajas. Puede ser que un triunfador quede imposibilitado para perseguir a un enemigo, pero no por eso se le negarán los laureles de la victoria… Valdés, Barreto y Sanders fueron los factores decisivos de la acción; Torres y París supieron sostener con heroísmo el combate, mientras los otros coronaban la altura; por esto fueron muy justos los ascensos que recibieron del Libertador en el mismo campo de batalla”.

El también General Manuel Antonio López: “Bolívar se declaró vencedor, porque quedó dueño del campo, de las artillerías y de algunos heridos; pero para conseguirlo fue necesario superar muchos obstáculos, derramar mucha sangre, hacinar cadáver sobre cadáver y ostentar un lujo extraordinario de heroísmo. Tal fue la sangrienta batalla de Bomboná, cuyo verdadero resultado estratégico consistió en paralizar las operaciones de una gran fuerza que, auxiliando al ejército del General Aymerich, habría puesto en duros conflictos al General Sucre”.

Y Rafael Bernal Medina: “Esta batalla porfiada y sangrienta, tiene suma trascendencia en el decurso de la guerra americana. Basta considerar el funesto desconcierto que la derrota hubiese acarreado a los patriotas y el consiguiente auge del enemigo, en plena lucha de dos razas y en juego de dos criterios dispares sobre la manera misma de vivir: obedeciendo a un rey o sirviendo a una democracia”.

 

 

Quintero Peña añade: “sin que presumamos de técnicos en la materia, el sentido común sugiere desde luego la pregunta de si, sin esta campaña costosa hasta donde se quiera, hubiera sido posible el triunfo de Sucre en Pichincha, como que es evidente que en García y en Aymerich tenían Bolívar y Sucre sendos adversarios de capacidad comprobada, y de seguro no fueron ellos quienes descuidaran una concentración de todas las fuerzas sobre uno cualquiera de los dos frentes, si se les hubiera dado tiempo y modo de ejecutarlo. La respuesta se impone: la presión ejercida en Bomboná no lo permitió. Bomboná y Pichincha se complementan; podríamos considerarlas por sus resultados como una acción única; Bomboná hizo posible la rendición de Aymerich, como Pichincha decidió la capitulación de García”.

La capitulación se firmó en Berruecos el 6 de junio. Y Bolívar expidió una proclama conciliadora: “Una transacción honrosa acaba de estancar la sangre que vertía de vuestras venas … vuestro valor y constancia os han hecho acreedores a la consideración del ejército libertador y de pueblo colombiano. Pastusos, vosotros sois colombianos y por consiguiente sois mis hermanos. Para beneficiaros no sólo seré vuestro hermano, sino también vuestro padre. Yo os prometo curar vuestras heridas antiguas, aliviar vuestros males, dejaros en el reposo de vuestras casas, no emplearos en esta guerra, no gravaros con exacciones extraordinarias ni cargas pesadas. Seréis, en fin, los favorecidos del gobierno de Colombia. Ya toda vuestra hermosa tierra está libre; las victorias de Bomboná y Pichincha han completado la obra de vuestro heroísmo … Regocijaos de pertenecer a una gran familia que ya reposa a la sombra de bosques de laureles. Participad del océano de gozo que inunda mi corazón”.

Toda la inmensa extensión de Colombia quedaba libre de enemigos, excepción hecha de la plaza de Puerto Cabello y de la provincia de Coro.

El 8 de junio, a las cinco de la tarde, pudo ingresar el Libertador a aquella ciudad resbalosa escoltado de su Estado Mayor. El ejército realista lo recibió en calle de honor y en presencia suya, Bolívar descendió de su caballo para abrazar al coronel García, cuyo bastón de mando y cuya espada se negó a aceptar. Después hubo Te Deum, coloquio y alegría entre militares. La algarabía civil se vio muy poco, pues no estaban conformes los pastusos con la capitulación; ellos aspiraban a pelear todavía más, por tiempo indefinido, hasta triunfar o desaparecer.

Bolívar le escribió a Santander: “Lo hago lleno de gozo, porque la verdad hemos terminado la guerra con los españoles y asegurado para siempre la suerte de la República. La capitulación de Pasto es obra afortunada para nosotros, porque estos hombres, son los más tenaces, más obstinados. Y lo peor es que es una cadena de precipicios donde no se puede dar un paso sin derrocarse. Cada posición es un castillo inexpugnable y la voluntad del público está contra nosotros … Pasto era un sepulcro nato para nuestras tropas”.

 

Simón Bolívar, en la batalla de Bomboná

 

Días más tarde, partió el Libertador hacia Quito; por Ipiales presumiblemente pasó el doce, y en su compañía viajó el coronel Basilio García hasta esa capital, siguiendo sólo hasta Guayaquil para embarcarse rumbo a Cuba y abandonar definitivamente las tierras ubérrimas que en frustrado intento trató de conservar para su ignoto rey.

Bomboná ingresó al elenco de las gestas más gloriosas de la Independencia. En el monumento que se erigió a los Héroes en Bogotá -demolido por las obras del metro- figura en compañía de las batallas de Boyacá y Carabobo, como una de las tres proezas bolivarianas.

 

 

En Carabobo se inmolaron Cedeño y Ambrosio Plaza. En Boyacá, Anzoátegui. En Bomboná, Torres. La flor y nata de la oficialidad, en plena primavera.

El Libertador la invocó en su postrer y sublime carta a Fanny:

“A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las íntimas congojas, apareces ante mis ojos moribundos, con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín y Bomboná … Adiós Fanny … Todo ha terminado … Juventud, ilusiones, sonrisas y alegrías se hunden en nada; sólo tú quedas como visión seráfica, señoreando el infinito, dominando la eternidad”.

(Dos antiguos gobernadores del departamento doblados de historiadores, incurren en desatinos o en desplantes políticamente incorrectos. Uno (Navarro) quiso reemplazar la escultura del precursor de nuestra independencia en la Plaza Mayor por el del capitán pro-imperialista Agualongo. Y otro, (Romero) dice en un reportaje para la revista BOCAS, diciembre 2021, que Agualongo derrotó dos veces al Libertador. Hemos visto y ya veremos en este repaso que fue Bolívar el que destrozó a Agualongo y sus huestes en las cercanías a Ibarra).

 

1 comentario
  1. Édgar Bastidas Urresty dice

    Un artículo que explica muy bien el contexto histórico y político en que tuvo lugar la batalla de Bomboná, una de las más sangrientas de la Independencia sobre todo para las fuerzas bolivarianas.
    Señala a los actores principales de la batalla: el Libertador Simón Bolívar y el coronel Basilio García, y a los altos oficiales que los acompañaron.
    Describe las circunstancias de las movilizaciones antes de Bomboná, sobre todo de Bolívar, que fueron muy accidentadas hasta el desenlace final cuando se enfrentaron en Cariaco, en condiciones desfavorables para Bolívar, que sin embargo resultó vencedor.
    Valía la pena reconstruir la batalla de Bomboná, con nuevos elementos de interpretación, cuando se cumple otro aniversario de su realización.

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