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DESDE LA CARRETILLA (CUENTO INÉDITO)

IDEAS CIRCULANTES

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

Desde la Carretilla

 

La soledad toma un color indefinido cuando la noche empieza a caer sobre los enormes edificios de esta gran ciudad. Hoy las nubes crepusculares se han pintado de rojo y amarillo, es el anuncio del solsticio de verano en la Zona Tórrida. La luna plena muestra sus dones entre los rascacielos ubicados en el centro vibrante de esta amplia calle. Los faroles de la plaza, se han encendido con su luz cálida, pero aún no despliegan toda su intensidad. Unas mujeres que salen tarde del Capitolio, aceleran sus tacones en una danza musical que le da ritmo a la prisa del mar de gente que busca transporte para llegar a casa. Mi esfuerzo por recordar es constante… Sólo vienen a mi memoria algunas sombras borrosas de niños que, como fantasmas, ríen escondidos entre gruesos árboles y la imagen de un anciano de barba larga que quería saber por qué me dejaron tan niño, en este lugar.  Sencillamente no lo sé. le contestaba una y otra vez.  Por mucho tiempo me abrigué con su cuerpo. Fue él quien me contó de mi enfermedad incurable. “Debes tener cuidado, porque en la noche sufres de ataques epilépticos”, me decía, mientras me enseñaba a leer en el periódico que dejaban los otros mendigos en las bancas del parque. Era “El Espectador” o “El Tiempo”.

 

 

Siempre lo seguí en silencio a todas partes, por eso, conozco esta ciudad palmo a palmo. Él me enseñó cómo llegar al río para bañarme, para lavar la ropa y cocinar sin problemas, de vez en cuando. Me consiguió una maleta con ruedas para guardar todos mis tesoros: una olla pequeña, una cobija, unos metros de plástico, un pantalón, una camisa y una chaqueta de adulto que es de paño fino. Me la regaló una señora. Nunca la había usado porque es demasiado grande. Hoy camino con mis pies descalzos, pues se me acabaron los zapatos que eran del abuelo. Me los regaló antes de desaparecer. Fue cualquier día en el que también como un fantasma, se esfumó para siempre. Lo busque y lo espero hasta ahora, sobre todo en las noches, pero… nunca vuelve. ¡No regresó jamás!

– ¡Oye! ¿Quieres cuidar mi carretilla? -me gritó un comerciante que me vio sentado en el andén.

– Sí, señor, contesté, levantándome de un salto.

Me entregó un paquete con algunas frutas. Fui feliz, pues ellas llegaron a mis manos sin pedirlas. Nada me ha hecho más desdichado que tener que pedir. A las seis de la tarde debo recibir la carretilla al dueño. Me la entrega vacía y cubierta con un plástico negro, me siento a descansar sobre ella porque es plana, fuerte y más larga que mi cuerpo. Luego tiendo mi cama debajo de ella, primero los cartones, luego los periódicos, la cobija y cubriendo todo, el plástico. Mi maleta es mi almohada. Esta carretilla es ahora mi soñada y protectora casa. “Cuando se vive en la calle se desarrollan los sentidos”, pensé en la sentencia repetida por mi viejo, por eso, esta noche, entre dormido y despierto, he oído el lejano sonido de unos tacones finos. El ritmo se acerca cada vez más por el andén de en frente. Se detiene… Como estoy acostado, sólo puedo ver por el espacio inferior de la carretilla las piernas de una mujer delgada que, de espaldas, trata de abrir el portal. Extiendo un poco la cabeza hacia afuera y la miro toda, menos su cara. Sigue de espaldas y agachada buscando el orificio de la chapa. La llave entra en la aldaba y gira lentamente hasta que se abre la gran puerta. La deja medio abierta. Menuda y ágil entra y gira, puedo observarla directamente. Es hermosa, ha sacado la cabeza para mirar hacia uno y otro lado, como si alguien la siguiera. Encorvado como estoy, veo que se ilumina la ventana externa en el segundo piso. Es su casa, pienso… Muy pronto, desde adentro del portal, surge un golpe pesado; algo se estrella sobre la puerta, extiendo más la cabeza y miro que, desde la parte baja, sale una mano ensangrentada; luego, la veo, ¡es ella arrastrándose!, tiene su cara cubierta de sangre… sus movimientos son como los de una serpiente, levanta la espalda y se apoya en las manos para avanzar hasta llegar al contenedor de basura. Mi primer impulso es ayudarla, pero… inmediatamente, sale cauteloso un hombre cojo, se acerca con un cuchillo y se lo clava en el cuello.

 

 

Pasaron pocos minutos hasta cuando llegó la policía haciendo un ruido infernal con su bocina. Levantaron el cadáver. Uno de ellos fue directamente a la carretilla. Me llevaron sin decir nada. Le escribí un papel al jefe y me llevé mi maleta. En mi encierro, pude bañarme, me vestí con mi pantalón oscuro y por primera vez, me puse la chaqueta de paño. Debía reconocer al asesino a través de una ventanilla. Uno por uno caminaron delante de mis ojos, una mujer y ocho hombres. Los pasaron lentamente dos veces. Yo sólo sabía que el responsable, era cojo.

– ¡No es ninguno!, le dije al agente, quien se levantó y me llevó por un pasillo de salida. De pronto, sentimos unos pasos apresurados que venían detrás de nosotros. Cuando regresé a ver de quién se trataba, lo vi, estaba allí. ¡Sí, era él!

– ¡Es él!, – ¡Es él! -grité y le repetí al agente mientras lo señalaba con el dedo. Vestía el mismo traje de corbata que esa noche y cojeaba visiblemente.

– ¡No puede ser!, decía el agente.

– Es él quien presentó la denuncia, afirmaba.  – ¡Él es el esposo de la difunta!, insistía; sin embargo, corrió detrás de él, le cruzó las manos por la espalda, le puso las esposas y lo llevó a una celda. Entonces…Volví a mi carretilla y me conté la historia repetidas veces. A veces sueño con lo que no es verdad.

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