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IPIALES, MADRINA Y GARANTE DE LA INDEPENDENCIA DE PASTO EN 1811

Para el notablato pastuso no fue muy halagüeño que su liberación fuera liderada por los guerrilleros del Patía y los indios de los pueblos circunvecinos, y menos tener que reconocerles autoridad y mando.

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Se sabe -y así lo hemos alegado-, que fue en la Provincia de los Pastos que comenzaron -en la tarabita de Funes en octubre de 1811-  y se concluyeron -en Barbacoas, 1824-  las conflagraciones de independencia colonial. Las vicisitudes de la hegemonía regional y local también las hemos exhumado luengamente en nuestro trabajo “El poder tras el trono”, divulgado en el bicentenario, en la editorial del Diario del Sur. Los pleitos que en el sur se hubieron de sortear tanto hacia el septentrión ora hacia el mediodía fueron las credenciales expuestas ante la monarquía para lograr màs lucrativa relevancia en el entramado virreinal. Su ambición apuntaba a disputar la jerarquía de Quito, y para ello demandaba ser sede, mínimamente, de la Real Audiencia, de un Obispado, de una Universidad, de un Colegio, de un Seminario, de una casa de moneda. Todo  fue despachado avaramente por los Borbones que no desaprovecharon su mezquino cinismo otorgando a los màs picudos pastusos sendas medallas y bagatelas y concederle al Ayuntamiento un título honorífico y a los habitantes el título de mariscal de campo.

Al interior de las provincias no fueron menos severos los pugilatos entre pastusos, pastos, quiteños, pubenses y barbacoas sin perjuicio que al interior de  estas mismas naciones subsistieran las luchas y enfrentamientos contra las familias pudientes como los Santacruz y sus aliados, en Pasto.

La indiada y las negritudes esclavizadas y libertas sólo fueron  protagonistas antirrepublicanas cuando la causa estaba ya concluida y perdida.

Todo comenzó con la invasión napoleónica y la vergonzosa huida del monarca felón, por lo que los pueblos ultramarinos, irónica y paradójicamente renuentes a renunciar a Fernando VII, constituyeron sus juntas de gobierno conservadoras del fuero borbónico. En la península misma se constituyó Junta Central Suprema Gubernativa en  mayo de 1808, reemplazada por la suprema de Madrid que se trasladó a Sevilla acosada fieramente por el corso.

En agosto de  1809 se formó la de Quito, de estirpe eminentemente oligárquica y borbónica (anti napoleónica) con alcances anexionistas en todo el diámetro de su influencia. Por lo que Pasto -su subordinada en lo judicial y eclesiástico- fue destino agresivo e inmediato.

Comprensiblemente entrambos distritos alegaban su fidelidad irrevocable e insobornable a tan execrable monarquía. En esta primera arremetida fue la derrota de los realistas quiteños pues que su invasión fue desbaratada en la tarabita de Funes por los realistas pastusos.

Pero en el segundo  intento los tercios quiteños fueron irresistibles como que  lograron la complicidad a su segunda junta de algunos dirigentes regionales como fue el caso del corregidor de la provincia de los pastos, Francisco Antonio Sarasti. No se ha de desdeñar la  complicidad del clero bajo el palio del arzobispo  José Cuero y Caicedo, flamante presidente de la nueva junta.

Entre tanto, el viaje de Santafé a Quito que emprendió el Comisionado de la Regencia, el quiteño Carlos Montufar fue pródigo en la creación de juntas regentistas, comenzando por la de Popayán que forzó al gobernador  Miguel Tacón a constituir Junta de Seguridad Pública, y a su paso por la provincia de los Pastos -y contando con la invaluable adhesión del corregidor Francisco Antonio Sarasti-  promover la  constitución  de una junta independiente del cabildo de Pasto.

En Quito, en el Archivo Nacional de Historia (ANH) caja 293, carpeta 3, el investigador  halló que la junta secesionista se instaló en Ipiales el 7 de septiembre de 1810, bajo la presidencia del corregidor Sarasti y fue auspiciada por los quiteños, hasta que el gobernador Toribio Montes la disolvió. (Esto también lo divulgamos en nuestras Geometrías pasadas)

En ese épico septiembre, Ipiales declaró su independencia de la metrópoli, sellada con respectiva Acta, siendo de las primeras  ciudadelas del virreinato que se desgajaron de la corona porque juraron ver extinguidas TODAS LAS AUTORIDADES.

Aquí se  precisa reivindicar el  proceder  protagónico de las provincias en el proceso y destino de la independencia pues que fueron pronunciamientos precursores en el territorio virreinal. Ipiales fue la primera ciudadela que proclamó su independencia total de la metrópoli, actuación que no ha sido evaluada debidamente por las academias ni por los historiógrafos.

Esta Junta de Ipiales facilitó que los quiteños penetraran en Pasto, en su segundo avance, con el argumento de  proteger a la provincia de los pastos  de las violencias y extorsiones del gobernador Tacón y del cabildo pastuso. El 22 de septiembre de 1811 ingresaron en Pasto las huestes quiteñas que pernoctaron 20 días, durante los cuales  saquearon e incendiaron el poblado.

Entonces fue que, entre septiembre de 1811 y agosto de 1812, Pasto fue una ciudadela independentista y republicana, vicaria de Ipiales que fue su madrina y avalista.

La cronología de aquellos memorables acontecimientos la ha cronometrado vasta crónica regional liderada por Sergio Elías Ortiz, Gerardo Guerrero y recientemente por el profesor Jairo Gutiérrez Ramos y nosotros mismos hemos  ensayado su hermenéutica.

Pudiera narrarse que…poco después  de la toma de Pasto, en octubre de 1811, la situación de la antigua presidencia había sufrido perturbadores trastornos. La nueva junta depuso al presidente Ruiz de Castilla que fue sustituido por el Obispo, lo que se entendió como cortar los lazos con la Regencia española y ahora sí declarar la plena autonomía.

Poco después, el 11 de diciembre, se reunió el congreso de representantes de las provincias, cuyo resultado fue la adopción de una actitud similar a la asumida antes por los santafereños, es decir, desconocer explícitamente toda dependencia de la Junta de Regencia y las Cortes asentadas en Cádiz.  (Irónicamente el regente era el popayanejo Joaquín de Mosquera Figueroa y Arboleda, antiguo hostigador de Antonio Nariño y tío de los futuros presidentes Joaquín y Tomàs Cipriano Mosquera).

Al imposibilitársele a la junta quiteña incorporar Cuenca y Guayaquil, igual que desconocer a Carlos Montufar y verse acosada por el sur peruano y por Pasto, no le quedó màs que declarar su soberanía.

El Congreso reunido en Quito expidió en febrero de 1811 la Constitución del Estado, mientras el obispo José Cuero y Caicedo negociaba con su sobrino Joaquín Caicedo y Cuero la entrega pacifica de Pasto a la Junta de Popayán, concorde con Santa Fe.

Este era el panorama al que se sometían los pastusos. Según la representación que hizo el cabildo de Pasto al virrey de la Nueva Granada don Benito Pérez en 1813, como consecuencia de la revolución quiteña del 2 de agosto de 1810 y de la coetánea rebelión caleña contra el gobierno de Popayán, los realistas pastusos y payaneses se vieron forzados a armarse y combatir nuevamente a los insurgentes en dos frentes, siendo derrotados primero en el norte, en el combate de Palacé, y luego en el sur, en el río Guáitara. Atenazados por los insurgentes de Cali y Quito, los realistas no tuvieron más alternativa que refugiarse en Pasto, mientras el gobernador de Popayán se fugaba hacia la costa En esas circunstancias, faltos de hombres y de armas, la ciudad fue fácilmente tomada por las tropas quiteñas con el apoyo de sus aliados en la Provincia de los Pastos el 22 de septiembre de 1811.

Ante el abandono de sus gobernantes, y bajo el control de los insurgentes quiteños, nada impidió la entrada de los caleños a Pasto solo dos días después que los sureños. El fracaso militar de la Junta de Quito en su flanco sur, controlado por el Virrey del Perú y el presidente Montes, obligó a los quiteños a dejar Pasto en manos de los caleños y a procurar la defensa de su ciudad.

Poco antes de su entrada a Pasto el presidente de la Junta de Popayán, Joaquín Caicedo, se dirigió desde el pueblo de La Cruz a su pariente, el gobernador de Pasto, ofreciéndole apaciguamiento

de las juntas de Quito, Santafé y Popayán que protestaban su fidelidad a Fernando VII, a lo que se sometió. Así, los caleños pudieron entrar a la obstinada ciudad y obtener el reconocimiento de la élite pastusa para la Junta Suprema de Santa Fe de Bogotá, su subordinación a la Junta de Popayán, y la declaración de que los miembros del cabildo, el clero, y el pueblo se sumarían a la corriente patriota, lo que fue protestada por la élite recelosa de las intenciones del presidente Caicedo y Cuero que se encaminaba a la  Real Audiencia de Quito, cuyo presidente era su tío el Obispo.

Los adversarios de la independencia hicieron entonces circular rumores sobre la caída de Napoleón, el colapso inminente de la Junta de Quito, y otras especies destinadas a desestabilizar el nuevo gobierno de Pasto.

Dice el profesor Guerrero Vinueza que “después de dejar instalado un cabildo en el cual, por primera vez en muchos años, no figuraba ningún miembro consanguíneo del clan Santacruz, en su viaje hacia Quito Joaquín Caicedo separó una vez más la Provincia de Los Pastos de la jurisdicción del cabildo de la ciudad de Pasto e instaló una Junta Superior de Gobierno, seguramente por tratarse de un lugar mucho más confiable para los insurgentes que la recalcitrante capital. Poco después, esta junta procedió a convocar elecciones primarias para escoger el Colegio Electoral que habría de elegir los representantes de cada provincia a dicha junta

Pese a todas sus precauciones, una vez que el presidente Caicedo viajó a Quito algunos de los más prominentes desafectos al nuevo régimen iniciaron una rebelión contra el gobierno republicano, pero esta fracasó. Caicedo y Cuero regresaron rápidamente a Pasto.

La curia  se afilió, en uno y otro bando, lo que obligó a Caicedo y Cuero  a denunciar su perniciosa influencia  subrayando “el fanatismo, y poco discernimiento v comprensión de la religión v de los derechos del hombre del ciertos clérigos que deshonran la santidad de su ministerio”.

Surge aquí la intempestiva acometida de los patianos, antiguos esclavos cimarrones y negros libertos y fugados, que complotados con los realistas agredieron a  Pasto y  el 20 de mayo de 1812 invadieron el poblado, capturaron a Caicedo y Cuero  lo que determinó que los caleños optaran por su rescate.  Pero fueron rechazados por los borbónicos.  En julio lograron la libertad de Caicedo. Pero los pastusos y los patianos insistieron en su venganza y no sólo capturaron nuevamente a Caicedo, sino que lo fusilaron en compañía del coronel norteamericano Alejandro Macaulay, de las huestes republicanas, en enero de 1813.

Fue el  descalabro de los republicanos de Cali y Popayán que arrastró en su penalidad a  la Junta de Quito, por lo que las ideas independentistas fueron execradas en  el virreinato.

Para el notablato pastuso no fue muy halagüeño que su liberación fuera liderada por los guerrilleros del Patía y los indios de los pueblos circunvecinos, y menos tener que reconocerles autoridad y mando.

Las Cortes de Cádiz abolieron el tributo, la mita y los servicios personales, que tan antipáticos les resultaban, pese a que las autoridades locales debieron moderar la liberalidad de las Cortes en procura de mantener la garantía del único ingreso seguro y sustancioso con que contaba el fisco real en la región: el tributo indígena. De ahí que, simulando un acto de generosidad con los leales indios, el cabildo de Pasto accedió en noviembre de 1812 a “concederles”, solo a quienes hubiesen actuado en defensa del rey, la rebaja a la mitad de la cuota anual del tributo, un impuesto que el gobierno liberal de la metrópoli había ordenado suprimir.

El precio que pagó la Audiencia de Quito incluyó la muerte de su presidente Ruiz de Castilla. El 8 de noviembre de 1812 el presidente Toribio Montes hizo su entrada en la ciudad como restaurador de la soberanía de Fernando VII, encarnada en la repudiada Junta de Regencia de Cádiz. Así  feneció también la iniciativa libertaria oriunda de Quito hacia el norte.

No por muchos meses porque desde la capital del Estado se iniciaba otra ofensiva independentista que estuvo a punto de triunfar y que tuvo como caudillo al propio presidente Antonio Nariño en septiembre de 1813.

La ruta hacia Pasto no fue nada fácil, pues a su paso por el Patía el ejército independentista fue hostilizado permanentemente por las guerrillas realistas. Los republicanos  vencieron a los realistas en más de una ocasión hasta acorralarlos en Pasto. Pero la toma de la ciudad les resultó imposible, pues los pastusos habían logrado la mancomunidad de los indios que habitaban los 21 pueblos que circundaban la ciudad.

“Nosotros, en fuerza de los principios santísimos… hemos vivido satisfechos y contentos con nuestras leyes, gobiernos, usos y costumbres… [sin embargo] Por uno y otro extremo hemos padecido violencias, robos y escándalos y hasta ahora no podemos comprender con qué autoridad se han formado aquéstas revoluciones, pretendiendo con la fuerza, o sujetarnos o destruirnos al mismo tiempo que se decanta la libertad”, dijeron  los pastusos en un pronunciamiento esclarecedor.

Tras la derrota y prisión del Presidente de Cundinamarca ocurrida el 10 de mayo de 1814, la monarquía de Fernando VII fue plenamente restablecida en Pasto y su distrito, como ya lo había sido desde fines de 1812 en Quito. En España surgiría màs feroz y canibalesca la restauración de Fernando VII, monarca felón, cruel, vengativo y demente que le apostó al exterminio de las nuevas repúblicas pero que fracasó en su intento.

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