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LA NIÑA ENRIQUETA (CUENTO INÉDITO)

IDEAS CIRCULANTES

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

“Quizá mi única noción de patria
sea esta urgencia
 de decir Nosotros,
quizá mi única noción de patria
 sea este regreso al propio desconcierto”
Mario Benedetti

 

Dos parroquianos de ruana pesada y sombrero, se quedaron en la esquina de la plaza observando el colorido panorama, que como un espectáculo callejero presentaban las mujeres más bonitas de este pueblo, cuando desfilaban hacia sus casas después de asistir a la Misa Mayor del domingo. Otro atractivo de este día, era la retreta que la Banda del Municipio ofrecía a sus habitantes en esta fecha.

– Las pasadas elecciones perdimos, compadre, dijo don Julio, después de caminar juntos un buen trecho de la calle en perfecto silencio. ¿Qué otra cosa podemos hacer para ganar?

– Sí, perdimos don Álvaro. No recibimos dinero por nuestro voto y a nosotros nunca nos lo van a ofrecer, porque todos saben lo que pensamos de esta actitud indecorosa. A veces, don Julio, pienso que como dice mi cuñado, soy un bobo de tiempo completo, porque me encuentro satisfecho por haber votado a conciencia. Voto por la mejor propuesta y soy juicioso en escucharlas para entenderlas, las comparo con las de los otros candidatos y luego decido. Pero cuando miro lo que mis vecinos pudieron hacer con el dinero que les dieron, me siento un poco culpable con mi familia, al fin y al cabo, ese dinero que ofrecen es nuestra propia plata, es la misma que los políticos dolosamente distribuyen a quienes votan por ellos. Julio giró la cabeza, para mirarlo a la cara y decirle: – Nunca se sienta culpable amigo por hacer lo correcto, no importa que tengamos que trabajar más, pero… con la frente en alto. Don Álvaro, le apretó la mano sonriendo y se despidió. Abrió la puerta de su casa y entró a almorzar. Eran vecinos y amigos de toda la vida.

Más tarde, Julio se acercó para invitar a Álvaro a una reunión con el fin de escuchar al doctor Alberto Argotti, quien venía de la capital para hablar con las personas que en el pueblo dirigían el partido.

Cuando entraron, Argotti decía en su acalorado discurso:

– La recompensa que más deseo, es la amistad de mis conciudadanos. Nací en este hermoso lugar y me mantengo en el ruedo político, por ustedes. Me mueve la lucha por los derechos y la igualdad de todos.

Los aplausos no se hicieron esperar. Todos rodearon al político y muchos le pasaron la mano, los de más confianza lo abrazaron efusivamente. Para trabajar en este pueblo les dejo a mi representante, Julio Torres, es la persona más honesta que conozco, él ha hecho una larga carrera política y por lo mismo sabe de lo que le está ocurriendo a nuestro país. Gracias amigos, dijo el político, tomando una actitud de seriedad, pero también de confianza y cercanía.

– ¿De qué se trató, Julio? No alcancé a oír todo el discurso.

– Argotti dice que a pesar de quedar tan distantes del tiempo en el que se elegía únicamente entre dos partidos, todo sigue siendo igual y de nada sirven las corrientes alternativas existentes, pues todas terminan adhiriéndose a uno u otro extremo, dijo Julio un poco preocupado.

– La reunión fue para exponer la propuesta de nuestro partido. Elegiremos al senado y luego al presidente de nuestro país. Todo tiene que ver con el proyecto de desarrollo económico nacional, con el fin de tener más recursos para invertir socialmente. Se resolverán así las necesidades básicas de las personas menos favorecidas bajo la consigna: Igualdad y Justicia Social para todos.

– Entonces, nada ha cambiado, dijo Álvaro, siguen las contiendas entre dos bandos. El doctor Argotti, representa al pueblo, salió del pueblo, conoce las amarguras de vivir con hambre y la necesidad. En cambio, el doctor Buitrago es un hombre burgués que perteneció a la clase política de este mismo pueblo, la de siempre, aquella que ha saqueado el país con sus estrategias corruptas.

– Los dos están enlazados en un interminable pleito ideológico… Pero, además, interrumpió Julio, los contrincantes son del mismo pueblo, tienen la misma edad, han estudiado Derecho y Ciencias Políticas en la misma universidad y para colmo, se enamoraron de la misma mujer. Ella, fue la novia de Buitrago, puramente por compromiso familiar y político, pero amaba íntimamente a Argotti, cosa que nunca perdonó Buitrago.

La lectura que siempre hizo la comunidad sobre este hecho fue que el odio aproxima al enemigo, como lo hace el amor al ser amado. El pueblo tuvo que elegir al Senado entre estos dos candidatos. Se sabía que Buitrago se lo disputaba todo; la más bonita niña del pueblo, el sitio más importante de la iglesia, ubicado en el ala mayor del templo, la mejor pieza musical de la retreta que ofrecía la Banda Municipal en el atrio de la Iglesia, la fuerza que imprimían a los discursos relacionados con el rechazo a la corrupción, el restaurante más importante de la capital y el sitio al lado del presidente, la rara vez que los visitaba.

La red de influencias entretejidas alrededor de tan importante asunto, extendía los hilos de la política a todos los niveles, ninguno de los dos daba su mano a torcer, ambos estaban movidos por las voces desesperadas de sus seguidores. Al fondo de esa exagerada contienda política, existía el nombre de una mujer. Uno y otro se habían ido a vivir a la capital desde muy temprana edad, allí habían desarrollado habilidades sociales muy sofisticadas; sin embargo, uno y otro, regresaban al lugar de nacimiento por sus votos.

Desde que iniciaron su carrera política, se mencionaba en el pueblo a “la niña Enriqueta”, quien, a pesar de tener más de cincuenta años, se la seguía llamando así, “la niña”. Esta era la forma cómo se refirieron siempre a ella, sus criados.

Cuando llegaban los políticos al pueblo, su padre los recibía en su casa, cuya estructura se asemejaba a esas mansiones antiguas, con amplios corredores alrededor de un patio hermoso lleno de enredaderas, flores y pájaros. Este caserón quedó habitado por ella y la familia Ramos que fueron los sirvientes de sus padres. Ella, despertaba toda clase de comentarios, cuando el doctor Buitrago llegaba a hacer política a este pueblo, pues se trataba del único novio que tuvo la niña Enriqueta. Su padre, que era el ciudadano con más poder en el pueblo, lo hacía quedar en su casa y preparaba la tan sonada fiesta en los enormes salones de su casa. La banda preparaba con anticipación las piezas que don Jesús Gonzales, padre de la niña, les señalaba. Para este pueblo monótono y silencioso, estas celebraciones se volvieron un acontecimiento completamente importante. Desde el balcón de esta casa el doctor Buitrago, siendo ya el novio de Enriqueta, agradecía públicamente a su amorcito, como la llamaba a su niña y salía de la mano de ella para decir su discurso.

Las comadres de la aldea, proferían exclamaciones de lástima, con el enfático tono que adopta la gente del pueblo para comentar las desdichas de los políticos.

– A nadie le falta su cruz- ¡Jesús, María y José! Buitrago perdió las elecciones de Senado, después de invertir toda su fortuna. Ahora sus hermanos lo detestan y lo culpan de perder el patrimonio familiar. Decía una de ellas.

– ¡No quiero vivir en el pellejo de la niña Enriqueta! – replicó otra.

– Su padre también invirtió mucho dinero para la política del doctor Buitrago, quien después de la sonada pérdida en su aspiración electoral, no se lo volvió a ver en el pueblo. Él, ya lo ha intentado varias veces.

– La niña no estaba en la misa el domingo, hoy la vi en la reunión del doctor Argotti, muy acabada, muy pálida. Parecía un cadáver.

– Tampoco la había visto a la niña. Desde mi casa, pude observar cómo por su mejilla corrían lágrimas de dolor y de nostalgia o tal vez de soledad, pues vive en tan fantástica casa, sólo con sus criados. ¡Ha pasado mucho tiempo!

Este día Enriqueta salió hacia la casa cural, entró despacio y le entregó al padre Diógenes una veladora para el Señor de los Milagros.

– Es para que Dios me haga un milagrito, le dijo, después de recibir su bendición.

– ¿Cómo así?, dijo el señor cura. ¿Puedo saber de qué se trata? Recuerda que tu padre me pidió que esté al tanto de tu vida, añadió sonriendo.

– Padre, quiero que gane las elecciones el doctor Argotti y no Buitrago, a quien usted lo promueve desde el púlpito. El padre rápidamente se enojó, levantó la voz, se le puso roja la cara y le dijo:

– No está bien que tú busques venganza en estos momentos contra Buitrago, déjalo eso en manos del Señor y sigue tu vida adelante, sin odios ni rencores.

Enriqueta también elevó la voz y le contestó:

– Padre, no quiero faltarle al respeto, pero no es lo que usted dice; lo que sí es cierto es que ser su novia durante cinco años me hizo conocer a esta persona totalmente. Él engañó a mi padre económicamente y a mí, como su novia.

– Él nos va a dar la cancha para los niños y los jóvenes del pueblo, le comentó el cura.

– Hace quince años mi padre regaló ese lote para construir la cancha. Dígame padre: ¿Cuánto dinero le dio este político para su realización?

El padre levantó la cara y la miró, pensando. Nada, absolutamente nada. Él ha ganado siempre en este pueblo prometiendo realizar la cancha, pero nada. ¿O es que alguien recibe la plata y no la invierte para que los beneficios lleguen a la niñez y a la juventud?

– ¿Qué valen las promesas de mejorar si los niños tienen el corazón oprimido por la desnutrición?

– ¿Qué haces tú, niña, recluida en ese cascarón; no ves que puedes complicar con tus actitudes las elecciones del domingo?, dijo el sacerdote.

– Es mi vida, le contestó desde lejos; no se meta, pero Buitrago no va más al senado.

Las comadres que permanecían atentas a la salida de la niña Enriqueta se quedaron en la esquina y comentaron:

– La niña Enriqueta hace mal en hablar con los estudiantes que vienen de la capital, como tiene sus buenos votos con los arrendatarios de los potreros, los caseros y criados, habla con ellos sobre el motivo por el que se debe votar por el doctor Argotti. Les dice que él buscará el equilibrio de derechos para todos, por eso, aunque nosotros les decimos que voten por Buitrago ellos no lo van a hacer. Se reúne por las tardes y les explica cada propuesta.

– Ella habla por la herida; Buitrago la dejó plantada, dijo Bertilda, pero el padre dijo que debemos votar por Buitrago.

– La niña dispone aún de una buena mano de votos.

Éste era prácticamente el discurso de Enriqueta a la comunidad. El sacerdote y las autoridades, todos buitraguistas, estaban preocupados y se citaron para una reunión, los habitantes ya habían recibido de Buitrago, cemento, hierro y ladrillos.

En la reunión concluyeron que era importante que Buitrago lo sepa y encuentre una alternativa para impedir la acción de la niña.

Buitrago se presentó en el pueblo, como siempre, con la esposa de la mano. Un macabro plan se tejió en contra de la niña Enriqueta, pero en la reunión nada se habló de eso, todos pidieron a Buitrago que hable con Enriqueta y él se comprometió a eso, sin embargo, el guardaespaldas, que era de la capital le comentó a Buitrago:

– ¿No le ve estampada en la cara la imagen de muerte a la niña? Sólo la vamos a asustar. Le vamos a poner una bomba pequeña, después de una carta anónima, donde le demos la orden de no hacer política a favor de Argotti.

Enriqueta recogió una carta anónima en la que la amenazaban con su muerte. Llamó a los estudiantes y a los partidarios de Argotti, quienes de inmediato le dijeron que saliera del pueblo, pero ella contestó que permanecería allí. Les indicó la carta anónima y esperó sus opiniones. Todos opinaban en que lo mejor era que cambiara de casa, por lo menos, pero ella no aceptó.

Entre el silencio nocturno y un concierto de eucaliptos movidos por el viento, un quejido lastimero surgió de entre ellos y su eco se repitió por las vertientes, se prolongó a la montaña y regresó crecido. Luego, el estruendo de la dinamita hizo temblar la casona, los aldeanos se sacudieron el sueño y corrieron a armarse de palos y piedras. Los vidrios de las ventanas de la casona cayeron en pedazos.

La niña Enriqueta estaba en la cocina con sus criados, que siempre fueron su familia, charlaban alrededor de la hoguera; por su parte, los estudiantes, quienes habían tendido la trampa, traían ya al delincuente, lo subían en un carro enviado desde la capital por Argotti, quienes armaban el informe, que a su vez lo publicaban en cada periódico y medio de que disponían. De todas maneras, las chivas en estos tiempos de elecciones, son completamente valoradas por los medios, mucho más cuando se trata de atentados políticos.

Si cada corazón no guardase su secreto hincado como un puñal, se sabría que aquella mujer supo que esa bomba que atentaba contra su vida, fue la que hundió a Buitrago y le evidenció la verdadera cara ante el pueblo que siempre lo eligió.

Al oír el temblor de las paredes cuando estalló la bomba, supo la niña Enriqueta que su corazón es tan fuerte que resistirá toda amenaza, pero también supo que morirá fácil, cuando los jóvenes del partido no alcancen sus sueños, porque por alguna razón que aún no entiende, se siente responsable de ellos.

La pérdida total de Buitrago en este pueblo fue para siempre. Había atentado contra “la niña”.

Autor: Luis Eduardo Chamorro, pintor ipialeño
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