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OTRO LUGAR PARA SINTEPENSAR

Reseña sobre el libro de relatos "buscaré otro lugar para salvarme" de Henry Manrique

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Por:

Julio César Goyes Narváez

 

 

Julio César Goyes Narváez

 

Cuando eso suceda y sienta esa soledad
tan verdadera me ocuparé de buscar
otro lugar para salvarme, por ahora no.
El mantenido

 

Narrar, poetizar, es hoy una forma de “sentimpensar”; la creación literaria se expande, borronea las fronteras. El relato, que ha abandonado la estructura clásica empotrada en el cuento, se textualiza y abre, o se termina (no se cierra) como un poema en prosa. No obstante, es imposible dejar de sentir y pensar sobre aquello que nos envuelve en gloria o devasta; esa revisión del pasado –no tan lejano porque puede ser familiar– y el futuro –no tan lejano porque puede ser mañana–, pasando por el acontecimiento del ahora y el aquí. Es un presente continuo que se actualiza solo cuando se lee y escribe. Filosofar, en este caso, es sorprenderse del minuto que se escapa mientras se mira otro reloj, “un di-minuto que lo es todo y nada a la vez”. El tiempo avanza a tal velocidad que se inmoviliza, como el vuelo del colibrí tras la ventana de la infancia; sin embargo, es una eternidad que se acaba, por eso hay que intentar “extender la eternidad a la que no tenían derecho los que perturbaban sus sueños”. Sueños, entonces, pesadillas. Imposibilidad de despertar o vivir en el limbo. Así percibo Buscaré otro lugar pasa salvarme, el último libro del poeta Henry Manrique, publicado Bogotá por Ediciones Exilio a finales del 2021. Los entrecomillados le pertenecen a este libro.

 

 

Portada

 

 

El narrador no es una criatura omnisciente, sabelotodo, sino alguien que participa afectado, desilusionado, a veces fisgón, pero siempre conectado con la angustia de los demás. Está en el acto cotidiano de comer en la mesa, entre fantasmas, con “el amor y el rencor”, como un equivoco metafísico cuya unidad se mueve por contrarios; o cuando se ubica con otra voz en el umbral de la puerta con la “gana de morirse…y él no regresa”, o al puro final cuando recuerda  que “siempre ha sido costumbre iniciar el ritual de la comida cuando todos, todos estén presentes…”; los puntos suspensivos advierten una trágica ausencia. O al envejecer frente al espejo que le hace caer en la cuenta que la gorra gris que creía perdida, está en la cabeza haciéndole juego con el suéter azul. Hay una voz que va en “efecto mariposa” pues borra todo mientras escribe incluyendo al sujeto que desaparece con el gerundio. El narrador no puede evitar sentipensar el goce del sexo o su ausencia, una voz “notó que desvestirse era tan trivial como lavarse las manos, aceptó la resignación como un aliciente para los abandonados”, por eso la espera y el poema de los que olvidan “el camino de regreso”, por eso la voz increpa la manera despedirse ( Hey, that´s no way y say goodbye), la ausencia de besos profundos (A Thousand kisses Deep), por eso “el amor es un roto y frío Aleluya»; sin embargo, “me encantas extraviada o mejor cuando te enredas en tu ternura y te ves triste, adoro tus naufragios”.

 

 

Sentipensar a la luz del encierro obligado por la pandemia (hoy sindemia) y, más que por el virus, encerrados por el miedo al contagio, a la muerte dolorosa y breve; sin embargo, “tocaba soportarnos, no había otro remedio”. En realidad, el miedo ha estado allí desde siempre, como una técnica, decía Albert Camus. Contagio los hubo y siguen siendo muchos, virus los hay y demasiados, o si no, ¿por qué los seres humanos caminan como muertos en vida o vivos que avanzan muertos antes de tiempo?, también los hay que viven muriendo y los que viven de los que están muriendo y, aquellos otros, los que definitivamente desean que todos muramos y cuando no, entonces matan, no importa si ellos mismos mueren en el intento; también están los que están convencidos de que es preciso que nos matemos, sin saber por qué, cómo y ni de qué suerte; a lo mejor por que alguien lo dice y ordena. ¿Todo para qué? Le llaman guerra. Sobrevivencia. Goce de poder. Locura. Exilio. Diáspora. “Lo asesinos buscando inútilmente un ángel o una virgen que los perdone, nosotros somos hombres tristes”. No queda sino el sueño como espejo del existir, allá podría haber otro mundo y no esta patética realidad donde el suplicio está en manos de otros: «A la par el verdugo lustró con minuciosa saña uno a uno los instrumentos del martirio, lo ordenó como la costumbre se lo había enseñado y se recostó a disfrutar la noche, sin remordimientos».

El narrador se disuelve en su inmanencia de voces, algunas con nombre propio, las demás anónimas; es una especie de metafísica autorreferencial e intertextual, pues “Yo que tantos hombres he sido”, escribió J. L Borges. Por las evocaciones y citas a libros, poemas, autores, dichos, que pivotan en los relatos, componen una metafísica de la ironía con vetas de humor negro que dilucida, como en una “lección de anatomía”, la lucidez del verdugo descuartizador. El narrador parece advertirnos que la culpa, si todavía existe, es negociable como el remordimiento; tal vez solo hay un grito al que nadie acude: “Por favor! Que alguien me desprenda de los párpados las tiemblas”. El lector se solidaridad con la voz que resuena en uno de sus personajes, ¿por qué quien no desea morir sin que nadie desmiembre el cuerpo o la memoria? “Cuando me muera, la desnudez quiero que sea mi vestido” (…) “como debe ser la muerte, simple; dejar de ser será sencillo…y ya…”

Escribir como un filosofar durante el día y la noche, con la metáfora del café y el cigarrillo, la cascada de la semana, el mes que no volverá, los años que tensionaron hasta el perro y el gato que nunca entenderán encierro alguno. En Buscaré otro lugar para salvarme, se localizan los relatos a la luz de la oración y el castigo, entre el sueño y la vigilia, en la eternidad diaria de la buhardilla, entre los libros que se citan y los que se olvidan, los conocidos, los amigos, la música, los poetas apreciados y los que fulminan, los dichos, la palabra oral que ventea en las esquinas, el esfuerzo por ver y oír más allá del trabajo repetitivo y asalariado, el saludo eufemístico e hipócrita, el trago que riega la melancolía hasta el amanecer y alguna que otra llamada por teléfono.

 

 

No es una metafísica que empuje la voz como destinada, que esté soldada a una dimensión que humilla, o  una voz que espere algo, no, el narrador con su voces no espera nada, todo lo da con su mirada moldeada por el lenguaje poético, por la enunciación que expele imágenes con sentido explosivo y que reconfigura primero su realidad y, en seguida, la de quien habrá el pequeño libro y se entregue a la memoria creadora, híbrida de sucesos y deseos, cosas que están por pasar, pero no pasan o suceden invisibles. El lector tiene que afrontar la sentencia del narrador en sus variopintas voces, tiene que desarmarse de sus narrativas triunfadoras y coherentes, de su conciencia que culpa al otro por la miseria que siente cuando saluda para hablar de sí mismo: “Recuerda, lo absurdo es lo que más hiere. Lo que nos separa es la vida aunque estemos a los mismos pasos de la muerte”.

No es un libro pesimista, aunque una ráfaga pulse inevitablemente; tampoco una proclama para habitar la esperanza como el discurso ideológico, no hay paliativos ni placebos imaginativos, no son relatos ejemplares para el buen vivir, sino una poética de la realidad en clave metafísica donde el sueño conecta otro sueño, buscando un lugar apacible que no aparece, sino como pesadilla interminable donde somos víctimas sin escapar a hacer también verdugos. La coincidencia con la realidad nacional no es causalidad, ¿de dónde más saca material el artista, el periodista, el filósofo, el historiador? Una narrativa que propone rodear la enfermedad y lo que a su lado se pudre, esos fantasmas que no se ven o quieren ver por el trauma, la comodidad, la codicia, la perversidad.

Estos relatos insisten en el lenguaje poético, Henry Manrique lo ha propuesto en obras anteriores, son una versión narrativa para levantar acta de los misterios, deseos y culpas de los habitantes de la comarca ahora conectada a la globalidad. Buscaré otro lugar para salvarme, bordean el habla que resiste y la lengua que se apaga, ambas vertientes del lenguaje carcomidas por la cultura del espectáculo, las redes sociales, las ideologías políticas con sus poderes y los medios de comunicación que dicen cómo hay que vivir y soñar, a quién hay que amar y odiar. Leer el libro del poeta de Ipiales, es acompañar al narrador en su pregunta esencial por un lugar para atenuar la pesadilla e insensatez de los seres humanos en este mundo de salvación y condena; un mundo, hay que enfatizar en la era de los imaginarios, jamás hecho para salvarse. “Hay otros mundos, pero están en éste”, escribió el poeta Paul Éluard. Sin duda, hoy, nos alcanza este postulado.

 

(*) Julio César Goyes, 
IECO- Universidad Nacional Colombia. El escobillón rojo del colibrí. 
Bogotá, marzo 5 de 2021.
Henry B. Manrique B.

 

Henry Manrique

 

 

Ipiales , Colombia, 1962. Docente, poeta y gestor cultural. Coordinador de la publicación literaria Pinceles, prosas y poemas al viento, de la Institución Educativa Ciudad de Ipiales. Integrante del Colectivo Cultural Los Chasquis, con quienes gestiona diversas actividades culturales, tales como exposiciones fotográficas, realizaciones audiovisuales y el encuentro anual internacional de poetas “Mujer en la luz dela palabra”. Ha recibido el reconocimiento “Correo del Sur” por su obra literaria. Obras publicadas: Donde el tiempo no es presente (poesía, 1998); De gestos y miradas (poesía, 2005); Metáforas del olvido (poesía y cuento, 2008); La calle de Babel (poesía y cuento, 2012); La jugada perfecta del tiempo (cuento, 2016), aparece en las antologías de poesía: Nubes verdes (nariñense-carchense, 2013) y Generación del retorno (2021).

 

Textos…

Diálogos en cuarentena

 

–Ser iguales en el encierro tiene cierto grado de belleza–. Le manifiesto.

–Lo mismo que el miedo que sentimos–. Contesta Andreas.

–El miedo no tiene preferencias y a todos nos está derrotando lo diminuto, vence, asistimos a la victoria de lo invisible… eso también es bello–. Termina su frase. En su rostro se dibuja una sonrisa leve.

En estos días el terror se incrusta en las ciudades, o mejor en los hogares. Un pánico que se distribuye en todas las familias es el discurso que nos saca del mutismo y nos permite festejar nerviosamente la realidad. En medio de la zozobra, como perdidos en el mundo, somos uno y todos entre los estertores que produce el encierro obligado.

–¿En quién ponemos la fe cuando los estados fracasan?– le pregunto.

–Tengo mi esposa, mis hijos y una bicicleta– Responde Andreas. –Eso es suficiente para entender la felicidad. Aun existimos, eso es único… es importante–, dice titubeante.

–Tener fe en el hombre y en lo que ama es suficiente–, repite.

Sus planteamientos claros me hacen entender qué no sirve; mejor, no vale nada, en la crisis, pertenecer a una estratosfera llena de innumerables lujos. ¡No! Andreas siente la felicidad en cosas tan ciertas, simples y sencillas, se le nota en sus gestos.

–La desesperanza es la nueva forma de empobrecerse, de arruinarse– continúa.

–Todos tenemos cerca los seres que amamos para sonreír, pero nos han hecho creer que son ajenos y que están lejanos… ¡Mentira!… ¡Están aquí!… ¡Están aquí!, ¡Están aquí!– Finaliza con fuerza mientras nos estrecha fuertemente con su mirada de ojos azules.

 

Exilio y cuarentena III

 

El libro siempre estuvo allí, silencioso, impasible, de-gustando junto al polvo un exilio provocado. Ahora que busco la libertad más allá de mi encierro, lo ojeo; quizá pueda responder el porqué de su condena al abandono.

Aunque sabe de su eternidad, necesita una respuesta.

 

Efecto mariposa o monólogo de un sueño

 

– ¿Cómo se hace para iniciar de nuevo?– preguntó  sin entusiasmo.

–Se borra todo… todo…– respondió. –Empezando por ti mismo– complementó y fue desapareciendo.

 

Se hace tarde

 

Los días se han hecho en los goznes oxidados, en las aldabas; ahí se preña la ausencia.

Siente unos pasos y sale al umbral.

Ha tratado, para que no tome otro sendero, que todo siga igual.

El color de la puerta y el candado con la llave que él carga abrirá el zaguán que conduce al viejo patio.

Él sabe dónde y el cómo de lo que dejó, se llevó la memoria de las cosas. En absoluto, todo se reitera para disimular la vida que ha pasado por encima. Repetir los tonos para desviar la ausencia se convierte en un acto de esperanza inútil.

Se hace tarde. Los ojos se le aguan. Aquel que viene nunca es el que espera… pasa… de largo.

Debe saber que le está naciendo una que otra gana de morirse… y él no regresa.

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