LAS OTRAS VOCES DEL AULA

En la escuela se habló de “otredad y diferencia”, y esta es una de las razones por las que actualmente se incluye en el aula de clase a las minorías y a las poblaciones diversas

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

“Si los niños llegasen a hacer oír sus protestas

 en una escuela de párvulos,

 o incluso simplemente sus preguntas,

 eso bastaría para provocar una explosión

en el conjunto del sistema de la enseñanza”

 

Deleuze en diálogo con Foucault,

Citado por Miguel Morey (1978):

 

“Parecería que el diálogo entre Foucault y Deleuze, citado por Morey, hubiese ocurrido ayer porque, aunque el epígrafe que inicia este artículo fue publicado hace cuarenta y tres años, todo su contenido es completamente aplicable para la Educación de hoy,  pues, debido a la crisis social y a la emergencia de salud que estamos viviendo en nuestro país, las condiciones de ejercicio de poder en el interior de las instituciones educativas se han visibilizado mucho más, a pesar de la virtualidad con la que se desarrollan todos los currículos. Considero que igual circunstancia está afrontando el mundo entero, salvo muy pocos países que, entendiendo la importancia que la educación tiene en la construcción de las sociedades, reformaron desde las bases toda su estructura, con fundamentos teóricos que comprenden al hombre como un habitante del mundo, donde las diferencias y las igualdades deben ser entendidas desde el hecho comunicativo y la alteridad.

El discurso educativo ha permanecido fijo e inalterable a través del tiempo. Se ha creído en los cambios cuando esa misma estructura cambia los nombres a los mismos componentes y conceptos que lo han regido desde tiempos inmemorables pues, a fuerza de distinguir y diferenciar a los educandos con las estrechas connotaciones de lo “moral e inmoral”, de lo “correcto e incorrecto”, de lo “disciplinado e indisciplinado”, de lo “inteligente y lo tonto”, se han sacrificado el bienestar y la dignidad de muchos niños y jóvenes en la mejor etapa de sus vidas. La construcción de los paradigmas de lo masculino y lo femenino, como constituyentes esenciales de los modelos sociales, junto a la noción de autoridad basada en categorías artificiales, hacen parte de este discurso. Por su parte, la sociedad y la familia, formadas en estas mismas condiciones, ayudan a la escuela, educando a los sujetos bajo estos mismos parámetros.

“Cada lucha se desarrolla en un “lar” particular de poder”, dice Foucault (1994). Nada más acertado que esta afirmación para el momento, pues uno de esos “lares” es la educación, donde encontramos la voz silenciada de la escuela y, especialmente, la voz de los educandos acallada en el aula escolar, donde se encuentran los niños y los jóvenes a quienes deberíamos precisamente liberar para que puedan afrontar el descubrimiento de sus esencias y diferencias, las manifestaciones de su género, sus pulsiones y la vida en general, desde la incertidumbre y el asombro.

Paradójicamente, frente a lo expresado por Foucault y Deleuze, la escuela se ha presentado como la “liberadora” de los seres humanos ante toda esclavitud, sin embargo, pese a la evidente verdad que encierra esta expresión, con la autoridad que le imprime el discurso “monológico” del sistema, en la educación se hace visible el sacrificio escolar, representado por el silencio improductivo que guardan los educandos en muchas aulas escolares, regidas por el poder patriarcal de quienes deciden su situación académica y social.

Esta forma de comunicación institucional nada tiene que ver con la construcción de un ser discursivo que debe expresarse libremente desde sí, desde su ser individual, en un mundo eternamente incierto, dialógico y multicultural.

Desde hace algún tiempo los sistemas educativos han admitido los conceptos de multiculturalismo, integración y diversidad en el aula de clase, dado que la intención con estas orientaciones era devaluar los discursos pedagógicos y académicos discriminadores, “etnocentristas”, sexistas y excluyentes que habían producido una gramática escolar fuertemente autoritaria, catedrática, disciplinadora y homogeneizante; sin embargo, lo que parecía la panacea para establecer un discurso dialógico diferente, se desvió al adoptarse el concepto de “diversidad” desde la oficialidad.  Por un lado, se la comprendió como un espacio para mostrar lo folclórico (o sea los distintos saberes culturales), por otro, como la inclusión de las minorías y la aceptación de la igualdad de géneros, por último, como la manifestación de un localismo cerrado, arguyendo que cada región debe educarse con su propia cultura y en su medio; de esta manera se unificó e integró a los individuos diversos con un mismo discurso monológico propio de la oficialidad, sin entender que las condiciones de desigualdad en las que los sujetos vivían, eran las que hacían y marcaban la diferencia. Esta actitud homogeneizadora continúa inmisericordemente distante de toda consideración respetuosa por la “pluralidad y la diversidad” de los educandos en toda su comprensión.

De la misma manera, en la escuela se habló de “otredad y diferencia”, y esta es una de las razones por las que actualmente se incluye en el aula de clase a las minorías y a las poblaciones diversas, como repitiendo el penoso capítulo histórico del ingreso de las mujeres al sistema educativo, pero estos conceptos tomaron sentidos masificadores y clasistas, cuya comprensión oficial marcó las normas que hasta hoy se aplican con un solo lenguaje vertical y monológico.

Bajtín (2012) señala que, si admitimos que los seres humanos sólo somos lenguaje, desde la temprana adquisición de este medio y, a lo largo de toda la vida, el individuo que se inicia en la escuela como un ser social y se desarrolla como tal, construyendo su individualidad a partir del “otro”, debería ser dueño de sus propias ideas, en la reflexión de que no solo somos  individuos,  “no soy “yo” solamente, soy “yo – otro  a la vez”, afirma, por lo cual me construyo en las acciones y con el discurso del otro, para continuar con éste una íntima relación.

Bajtín considera que, debido a que la función primordial del lenguaje es la comunicación, su naturaleza es de carácter social, ya que en el proceso comunicativo acontecen los seres y se “objetivizan” los sujetos, no sólo como manifestación del “sí mismo” sino como una forma social de percibir las realidades; así, la acción comunicativa no puede ser monológica, por el contrario, ella surge naturalmente entre esos “otros” sujetos que interactúan y se relacionan socialmente.

Enfatizando en este postulado, el sujeto social se forma discursivamente en el proceso comunicativo de “yo con el otro”, es decir que el discurso propio se construye en relación con el discurso ajeno, en el proceso de una íntima y constante interacción social.

Es por esto que en las escuelas del mundo, y en el aula escolar específicamente, el concepto del “otro” se constituye en un sentido fundamental para el desarrollo de toda una filosofía del discurso, del pensamiento y de la vida; porque la “otredad” es el núcleo central de toda argumentación sobre la teoría comunicativa que facilitará todo conocimiento, puesto que ella tiene que ver con ese nivel intersubjetivo del habla, donde el “otro”, que es el sujeto discursivo, implica al “yo” en el acontecimiento del ser, llámese este proceso saber o conocimiento..

El aula es el lugar donde los educandos se relacionan con los otros: los docentes y los diversos compañeros representan todo un acervo de diferencias y de multiculturalidades. El aula es un mundo en miniatura donde se refleja la humanidad, allí se encuentra el ser humano creador en todas sus representaciones (ética, estética y poética), allí está quien conoce y vive a la vez; quien, conservando su libertad y su carácter inconcluso, se debate en su encuentro con el otro.

Ese “yo” que se funda cada día y se construye con y en la vida de los otros del entorno, debido a que no solo es un sujeto activo, que habla, sino también que escucha, es el “destinatario” y el “oyente” de los enunciados que allí se construyen cada día, pero también es el “Otro” (con mayúscula), que es el sujeto que comprende e interpreta en la “terceridad”, como la comprende Bajtín.

Esta relación no se ha generado previamente ni está petrificada en cada “yo” de forma pasiva. Se trata de algo proyectado, dinámico, conflictivo. Bajtín valora el “conflicto” y lo plantea como movimiento creativo, lo concibe como un lugar de discusión entre el yo y el otro, como un acontecimiento donde se encuentran los sujetos de la comunicación, el que habla y el que escucha, es el laboratorio donde se construyen los nuevos conocimientos, basados en una arquitectura construida por los sujetos incesantemente, mediante el acto responsable de la comunicación y el lenguaje.

Así, al hablar de las “voces dialogantes”, Bajtín explica la unidad de la vida con el arte y con la ciencia; muestra que no hay ruptura entre estas dimensiones humanas, por lo cual todo hecho comunicativo es un acto creativo que construye sentidos en la alteridad; se hace vida con el otro y se conoce con el otro en un mismo momento.

El “otro” es definitivamente el niño o el joven que asiste a las aulas escolares cargando su propia voz y las voces ajenas provenientes de la pluralidad de su cultura, con las cuales construye su conciencia en esa “terceridad” donde se dan lugar el diálogo y los acuerdos, donde el yo y el otro se funden en ese delgado límite, donde es difícil distinguir la voz propia de la ajena, esa “terceridad” donde creamos nuestra vida y somos dueños momentáneos de todo conocimiento.

Si pretendemos que los niños y los jóvenes que asisten al aula de clase creen sus propios conocimientos y se formen para la vida, ellos deben sentir y respirar la libertad de pensar y opinar sin ataduras, deben aprender a tomar sus propias decisiones con responsabilidad para afrontar una vida cambiante e incierta, deben ser autores responsables de su propia vida. No podrán hacerlo si están masificados, homogeneizados y sometidos a un mismo discurso monológico que es el que maneja el sistema educativo actual. No cambiarán las circunstancias si no se comprende la esencialidad comunicativa del hombre, basada en la otredad o alteridad.

Las Otras Voces del aula deben resonar en la escuela como un concierto polifónico, que ameniza la aventura del conocimiento para la vida. Se quiere un aula escolar que forme afectivamente seres humanos con valores propios adecuados para la época, por lo tanto, deben ser recursivos, capaces de crear novedades, de tejer su voz oportuna con la de los “otros” para ser autores de obras siempre abiertas y dialógicas, de ser ciudadanos éticos y estéticos para vivir en armonía consigo mismos y con los “otros” de su entorno.

En esta aula los docentes, “eternos hablantes”, deben ceder la palabra para motivar a los estudiantes que aprenden y para formar hombres y mujeres recursivos y creadores, porque esta es la posibilidad de ser sujetos en un mundo donde el lenguaje constituye el más expresivo lugar del “nosotros”. Esta es la salida para que la educación se constituya en esa “estación” para dialogar sobre lo que vivimos, para construir las equidades que requerimos y para pensar socialmente en qué inventar para hacer armonizar nuestra existencia entre los otros.

 

El discurso educativo ha permanecido fijo e inalterable a través del tiempo.

 

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