LA INEXORABLE MUERTE

Tal vez, nos esforzaríamos por orientar todas nuestras buenas acciones hacia el otro, en su vida. Tal vez respetaríamos su voluntad de vivir y también su voluntad de morir.

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

Cuando el cuerpo yerto, repose entre los cirios,

y si en su vida lo que era suyo le quitaste,

no afanes tu presencia siempre ausente,

ni vistas tu tristeza de negro luto,

quien se ha ido ya nada necesita, 

quien se ha ido, nada quiere que repares.

G.S.N.

 

“Por más que me esfuerzo en entender algunas doctrinas religiosas, no encuentro la relación entre el dolor, el sufrimiento y la salvación”

 

 

La muerte es parte de la vida como si fuera una misma moneda que no puede “ser” sin la cara o sin el sello; no puede existir la una sin la otra. Sin embargo, la inexorable muerte sigue siendo un tabú, por eso, se envuelve en el misterio y su concepto surge de la cultura con la que se construye cada territorio o cada comunidad. Si respetamos nuestra propia vida y la de los demás, ya estamos rindiendo un homenaje a lo que será su muerte. Este es el sentido del poema – epígrafe, con el que inicia este artículo.  

 

La trascendencia que tiene la muerte y la voluntad de vivir, son temas tratados persistentemente en casi todas las épocas de la Historia, por las ciencias humanas, especialmente por la Psicología, la Filosofía, la Antropología y la Literatura.

Esta última ha sido especialmente recurrente con el tema de la muerte. La ha abordado desde diferentes perspectivas y géneros pues, ya en el año 2000 antes de Cristo, aparece como elemento central de “El poema de Gilgamesh”, de la cultura sumeria en la antigua Mesopotamia. Se trata de la primera obra literaria con referencia a la mortalidad y a la inmortalidad. En su contenido hay una serie de argumentaciones que hacían quienes iban a morir, con el fin de excusar sus malas acciones ante los dioses.

Sabemos también que, para los egipcios, era de gran importancia el tema de la muerte, pues siempre la consideraron incrustada en la vida y se identificaba como un tránsito a otras formas de existencia. De la misma manera, podemos referirnos a múltiples obras de la antigüedad que se refieren a la muerte, en “Las mil y una noches”, recopilación de cuentos árabes de Oriente Medio, Sherazade, inventa sus cuentos cada noche para impedir que el sultán la mate, lucha de esa manera, hasta llegar a convertirse en reina. Séneca, recomienda en sus escritos que no se sufra por la muerte, puesto que ella es una certeza desde que nacemos.  “La Ilíada” de Homero, aborda la función ideológica de morir, por eso, representa en Aquiles lo inexorable de la muerte. Shakespeare, se acerca obsesivamente al tema de la muerte desde la cotidianidad, en “Hamlet”, a través de la figura del enterrador, el autor entiende la muerte como la única solución a la miseria de la vida. En “El Quijote de La Mancha” Miguel de Cervantes trata la muerte como una posibilidad heroica.

La muerte es uno de los temas más vivos de la Literatura actual.  El ámbito de novela policíaca y criminal, manejado por Agatha Christie en su obra inspirada en el personaje Sherlock Holmes (con Hércules Poirot), está siempre envuelto en la proximidad de la muerte. Edgar Allan Poe, que es el máximo representante de los cuentos de terror, maneja de manera magistral el tema de la muerte, desde este punto.

Por lo anterior, siento un gran alivio, cuando pienso que la civilización de nuestros pueblos se acerca con más comprensión hacia el tema de la muerte. En todas las naciones del mundo toma cada vez más fuerza la lucha por la legalización y la reglamentación de una muerte digna para los seres humanos. En nuestro país, la eutanasia está permitida desde 1997, año en que la Corte Constitucional, a través de la sentencia C- 239, la despenalizó reconociendo el derecho de las personas a decidir cuándo ponerle fin a su vida, en caso de enfermedad terminal con intenso sufrimiento y cuando los médicos ya no puedan ayudarle. Es por esto que, para algunos galenos y para muchas personas interesadas en el tema, la eutanasia es un acto de amor con los pacientes y no un delito como se quiere hacer ver.

Se sabe también que, en nuestra nación, la Corte le pidió al Congreso su reglamentación, aunque aún no se ha dado curso a este trámite. Se ha investigado sobre la dificultad que detiene este requerimiento, anhelado por muchos colombianos y se ha encontrado que el mayor obstáculo es la visión cultural, moral y religiosa que algunos congresistas tienen sobre el tema.

El mayor argumento en contra de la muerte asistida se fundamenta en pensar que nadie tiene potestad sobre la vida de los seres humanos, pues ésta le pertenece solo a Dios. Este argumento se acompaña de otros, asociados a creencias religiosas, las cuales son libres de profesar, pero, se somete a todo un pueblo a preceptos que obedecen a ellas, desatendiendo los lineamientos de vieja data sobre la separación del derecho de las gentes y las creencias religiosas de los gobernantes y legisladores.

Considero que la verdadera esencia de Dios, con cualquier concepción que se tenga, sobre todo si se lo considera un ser bueno y sabio, nada tiene que ver la imposición del dolor y el sufrimiento. Si avanzamos un poco más en esta reflexión, creo que cualquier ser humano, que llega a este mundo sin su consentimiento, tiene derecho a morir dignamente. La muerte no tiene por qué estar ligada al suplicio, al dolor y al sufrimiento. Si un médico sabe que una persona adolece de una enfermedad terminal, no puede obsesionarse por preservarle la vida forzadamente, sobre todo, si sabe que no es posible recuperar niveles básicos de calidad.

Pero muchas veces, por esas mismas creencias, obstinadamente, algunos médicos, luchan por la vida a costa del dolor de sus pacientes y de la angustia de sus familiares al saber cuan impotentes son para aliviar el dolor de su ser amado. Un acto de amor es desprendernos de nuestros seres queridos cuando vemos que las circunstancias son irreversibles. Siendo la vida tan corta, vale vivirla con felicidad, por encima de las luchas diarias que tenemos que afrontar, no podemos empecinarnos en la idea de que el dolor sea consustancial a la vida y a la muerte. Por más que me esfuerzo en entender algunas doctrinas religiosas, no encuentro la relación entre el dolor, el sufrimiento y la salvación. La vida debe ser de calidad, no existe lógica en creer que el sufrimiento pueda ser una cualidad de la virtud y la bondad de las personas.

En conclusión, siempre la muerte estará envuelta en el misterio, pero anidará en la vida como parte de ella. Cuando la vida es un suplicio, la muerte será un derecho. Tal vez, desde esta comprensión, podríamos pensar mejor en nuestra breve vida y en nuestra incierta muerte al lado de los demás, tal vez, consideraríamos la vida y la muerte como procesos naturales, tal vez, depondríamos la ambición y viviríamos al lado del otro, con más consideración, con más honestidad, con más respeto por lo que les corresponde, como lo dice el epígrafe, tal vez, nos esforzaríamos por orientar todas nuestras buenas acciones hacia el otro, en su vida. Tal vez respetaríamos su voluntad de vivir y también su voluntad de morir.   

 

 

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