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JOSÉ VASCONCELOS EN EL SUR DE COLOMBIA

“Maestro de la juventud de América”

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio-Chaves-Bustos

 

José Vasconcelos (Oaxaca, 27 de febrero de 1882 – Ciudad de México, 30 de junio de 1959) uno de los pensadores latinoamericanos más originales, fue candidato a la presidencia de su país, además de pedagogo y filósofo, destacándose por sus aportes en el reconocimiento de lo latinoamericano, de donde vienen conceptos como el de “raza cósmica, anotando que en el ser latinoamericano se reúnen todas las “razas” del mundo, posibilitando así un nuevo humanismo. Fue rector de la UNAM y Secretario de Instrucción Pública, desde donde desplegó un importante papel para la difusión popular de la cultura, fomentando un intercambio cultural de estudiantes latinoamericanos, razón por la cual la Federación de Estudiantes de Colombia, en cabeza de Germán Arciniegas, lo declaró en 1923 “Maestro de la juventud de América”, no sobra recordar aquí las desavenencias que despertó tal nombramiento en la conservadora Colombia, a tal punto que la Asamblea de Estudiantes de Boyacá lo desconoció y en su lugar propuso el nombre de Rafael María Carrasquilla, rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, según Acuerdo No. 1 de 1923.

 

José Vasconcelos, por Ricardo Rendón (1923)

 

Lleno de contradicciones, como todo sujeto pensante, cabe en él la sentencia de Ortega y Gasset “el hombre y sus circunstancias”, ya que al haber perdido la presidencia de México, se labra en su interior un resentimiento contra su propio país, contra quienes fueron sus contradictores políticos, que terminaría por llevarlo a los caminos ciegos de creer que el fascismo y el nazismo podrían remediar los males de una Latinoamérica rural bajo las garras del imperio yanki, que otrora había previsto el propio Bolívar. Es así como el 12 de diciembre de 1929 emprende un exilio voluntario, de un año, que lo lleva a Estados Unidos, Centroamérica, Colombia, Ecuador y Cuba, para regresar a Nueva York en 1931 y de ahí embarcarse a Europa.

Habiendo criticado al gobierno estadounidense por no apoyarlo en sus pretensiones de regresar a México triunfante, reconociendo que en las elecciones se presentó uno de los fraudes más grandes dentro de la historia de la democracia mexicana, llevando a Ortiz Rubio a la presidencia, debió buscar los medios para difundir sus ideas así como para subsistir mediante conferencias en diferentes lugares, razón por la cual acepta la invitación de Eduardo Santos, propietario del periódico El Tiempo de Bogotá, para visitar Colombia, no sin antes hacer proselitismo político en otros países.

En Barranquilla es recibido por el poeta Luis Enrique Osorio, con quien había trabajado anteriormente en México, de ahí pasó a Cartagena, luego a Medellín, para arribar a Bogotá, donde es recibido por la Federación Colombiana de Estudiantes. Ahí, tanto conservadores como liberales, lo reciben y lo elogian: Eduardo Santos, Eliseo Arango, hasta el propio Gilberto Alzate Avendaño lo recibió y le organizó agenda en Medellín. En mayo emprende viaje a Cali y de ahí a Popayán, ciudad esta donde fue recibido por el propio Guillermo Valencia, quien había salido derrotado en la candidatura presidencial de 1929, dando fin a la hegemonía conservadora e iniciando la república liberal en cabeza de Olaya Herrera.

Vasconcelos prefirió hacer el periplo por Nariño a lomo de mula o a caballo, hasta Ibarra, en el Ecuador. En Julio está en Guayaquil, desde donde se embarca hacia La Habana, de ahí a Honduras y a El Salvador, dejando en cada lugar su sentimiento antiyanqui, pero también sus ideas pedagógicas y hasta de metafísica, acorde con lo que deseaba publicar después. En diciembre de 1930 está nuevamente en Nueva York.

El escritor manizaleño Eduardo García Aguilar escribió en La Patria de Manizales la columna “Bitácora de Vasconcelos en Colombia” (Domingo, junio 28, 2015), donde en un tono satírico recuerda aquellos episodios cuando el pensador mexicano era recibido casi como un dios. Llama mucho la atención que la columna de García termine con una anécdota saliendo de Popayán e internándose en los “Andes adentro”, para ahí terminar su bitácora.

Sin embargo, el relato de Vasconcelos continúa por la Colombia recóndita, en el actual departamento de Nariño, pasando por La Unión, Berruecos, Pasto e Ipiales, donde se dio la oportunidad de visitar el Santuario de Las Lajas, cuya basílica estaba aún en construcción. De tal manera que el relato de García Aguilar recoge lo que parte de la tradición colombiana hizo durante tanto tiempo, pensar que Colombia terminaba en el Cauca, o más bien una añoranza del Cauca Grande en detrimento de las particularidades contenidas mucho más allá de un mero capricho de división política. La bitácora continúa.

Al salir de Popayán, “Andes Adentro” describe el relato y la impresión que le causó cruzar El Mayo -metafóricamente tan escabroso para tantos, aún hoy en día-, contenido todo este periplo de su destierro en “El Proconsulado” (1939), tomo IV de sus memorias, dejando sentado en su diario de viajes los conceptos que le servirían para determinar lo que era realmente la Raza Cósmica, antes de que cayera en exabruptos ideológicos de dictaduras. A lomo de bestia, como se ha dicho, hasta Ibarra, una razón más para comprender la cercanía con ese otro nariñense, con ese otro andino, unidos por lazos ancestrales comunes.

“En memoria de Sucre” se llama el capítulo dedicado a Nariño, titulado así porque en La Unión fue recibido por comitiva con alcalde a la cabeza y conducido al lugar mismo donde fue asesinado el Abel de América, quizá por el encono pastuso, cuándo éste dejó al antojo de la soldadesca atropellar a la realista ciudad de Pasto en 1822, en la llamada Navidad Triste. Anota que, en un libro, de lo que él llama el Ayuntamiento, quizá la Alcaldía o el Consejo Municipal, dejó un mensaje a Sucre, interesante rastrearlo y saber cuál fue éste. Así  reseña el ilustre visitante su visita:

En La Unión tuvimos la sorpresa de que se nos recibiera de fiesta, con un arco enflorado y gentes de a caballo, comisiones y bullicio popular. Alguien había corrido la noticia con la debida anticipación y nos hallamos todo un programa que tuve que acortar, pues no quería perder tiempo en el camino. Lo esencial fue que se aprovechó nuestra visita para un homenaje a Sucre, cuyo monumento está a poca distancia, en Berruecos, en el sitio mismo que cayera asesinado por los dictadorzuelos que aprovecharon la independencia. En caballos, en carros y a pie se transportó el vecindario, circundó la modesta columna de piedra blanqueada que, a un lado del camino, recuerda al viajero la tragedia más penosa de nuestra historia. Rememorarla es confirmar la condena del militarismo, que desapareció de Colombia, pero sigue deshonrando territorios de nuestra estirpe. Y por lo mismo que Colombia supo extirpar a tiempo la plaga, Sucre se ha vuelto allá el símbolo de todo lo que es noble y puro en la historia. La improvisada ceremonia resultó conmovedora por la nitidez con que los vecinos de la remota ciudad entendieron mi caso de víctima del militarismo mexicano, vendido al yankee. En lugar de honor quedó mi corona de flores con otras del Ayuntamiento y de sociedades locales. Y no hubo soldados en la ceremonia, no vimos uno solo en todo el recorrido; apenas si ya en Ipiales, en la frontera con Ecuador, hallamos guarnición, y por cierto muy bien instalada en un cuartel flamante, y bien vestida y cortés la oficialidad. Y de todos respetada porque no interviene en la política, no ejerce mando alguno civil, no estorba la autoridad del alcalde. Fiel a la tradición castiza, el alcalde gobierna poblados y ciudades en todo Colombia. En el libro que guarda el Ayuntamiento de La Unión me hicieron escribir un homenaje a Sucre; luego se nos despidió entre vítores y manos que se alzan, en el deseo del buen viaje.

Durante mucho tiempo guardé, con cariño, la fotografía que se tomó al pie del monumento y que fue a alcanzarme a Pasto, firmada al calce por cada uno de los claros varones que son custodios de la tradición heroica encarnada en Sucre.”

Continuando el viaje al sur, llega a Berruecos, llamándole la atención los viejos puentes, que hoy son considerados Patrimonio Cultural de la Nación, así como los restos de las tumbas preincaicas, la mayoría hoy saqueadas, que demostraban la antigüedad poblada del territorio. Debió impresionarle el paisaje del Juanambú, por donde se construía la carretera que conectaba al Sur con Popayán, la cual se construiría afanosamente durante y después de la guerra con el Perú.

 

Camino por el Juanambú, Veatch 1913.

 

“Como espectáculo, el más hermoso trayecto es el que parte de Berruecos rumbo a Pasto. Un viejo camino real sube atrevido enlazando montañas cubiertas de verdor, ríos y barrancas. La vegetación se hace densa en las cañadas. En las cuestas sopla viento gélido. En todos sentidos se miran picos y macizos montañosos que convergen hacia el famoso nudo de los Andes, señalado por Humboldt. Después de zigzags, a la falda de las cumbres, baja el camino por una vereda estrecha que conduce al cañón del Juanambú. Desde un voladero se descubre una corriente clara y sobre ella el arco de mampostería de un viejo puente. Despacio se saborea el panorama bárbaro, sin embargo, marcado con el sello latino del pretil y el arco que parecen acomodados a la perennidad de la naturaleza misma. Y el paisaje se repite variando apenas; se trepa fatigosamente para volver a bajar por quebradas asombrosas. Es frecuente topar viajeros con sus cargas y abundan las aldeas. Donde hay ríos se establece el hombre, hoy lo mismo que en la prehistoria, según lo prueban las tumbas de los cubos, anteriores al inca, a orillas del Juanambú.

Empieza ya a oscurecer cuando gozamos la emoción de pisar los terraplenes de la carretera que se estaba construyendo entonces, a partir de Pasto, y que, según entiendo, corre hoy por todo el Patía. Pero faltan aún muchas leguas y varias horas de caballo para llegar a Pasto, el término de nuestras fatigas. Nubarrones cargados amenazan con aguaceros, más temibles aún porque ya vamos entumecidos por el frío de las alturas. Doblega la espalda uno de esos quebrantos que hacen desmayarse al nadador, en el momento de ganar pie, a la vista de la playa. De pronto, en la lejanía y a la vuelta de una de tantas cuestas, brillan luces de faros de automóvil; un par de ojos luminosos primero, luego otros, y otros más. ¿Quiénes pueden ser y a dónde pueden dirigirse, si detrás de nosotros ha quedado la zona intransitable para los vehículos?”

 

Pasto, 1930

 

Y de ahí Pasto, siendo recogido antes, él y su acompañante el ingeniero Restrepo, por el gobernador del departamento, debió tratarse del pastuso Olegario Medina Villota, para ser conducido a un cómodo hotel en donde fue bien recibido. Descubre el aislamiento proverbial de la ciudad frente al resto del mundo, donde hay una “raza” española, con mayor prominencia indígena que en todo el país. Debió parecerle triste o aburrida la ciudad, en comparación con Popayán, ya que anota la soledad de sus calles y la melancolía ahí encontradas, resaltando, eso sí, ser Pasto una de las más cordiales provincias del país.

“Un cuarto de hora más tarde, hundido en el asiento acojinado de una cómoda limousine, me acariciaba la charla de un caballero de cabellos blancos, el gobernador de la provincia, que junto con un séquito distinguido había salido a rescatarnos. Al rato, en un hotel abrigado, alfombrado, lujoso casi, nos sirvieron unos cocteles espesados con huevo, que incitaban a repetir. A esto siguió una cena estilo francés, acompañada de vinos sabrosos y cordialidad bien educada. Temprano se nos dejó solos, bien instalados en alcobas silenciosas, tibias, muelles. Y fue un regalo aquel reposo para nuestros cuerpos maltrechos.

Vive aislado Pasto, sobre una meseta cercada de montañas, separada del mar, distante de toda metrópoli. Quizá esto explica la singular, ilimitada hospitalidad que allá se estila. Y asombra lo que, en su retiro, ha podido hacer la raza que habita la comarca. Raza española, de vieja cepa, con mezcla de indio más notoria que en el resto de Colombia. Por el ambiente y aun por sus construcciones, la ciudad se parece a una de las nuestras del interior, a Toluca, por el aire helado que baja de la serranía y por las siembras de maíz, de trigo, de papa; sin embargo, supera a Toluca por causa de industrias, como la talabartería, la ebanistería y el comercio desarrollado. Las casas son de dos pisos, con aleros pronunciados, balcones salientes y rejas en los bajos. Una catedral barroca del XVIII eleva sobre sus muros robustos naves hermosas. El Palacio de Gobierno es de estilo neoclásico y hay dos colegios importantes, el de maristas, con talleres modernos, y el de los jesuitas, instalado en hermoso edificio de tres pisos y patios espaciosos. Las construcciones son de piedra y ladrillo y también de bloques y lienzos de un adobe o argamasa de arcilla, de consistencia como la del cemento. Y se miran tristes las calles largas y rectas, empedradas a la antigua, por las que pasa de cuando en cuando un par de caballeros trajeados a la europea, mientras toman el sol, a orillas de las aceras, indios embozados en sus ponchos, inmóviles y taciturnos.

Se cumplió con las visitas de rigor y produje una conferencia sobre las ruinas de un teatro que no llegó a inaugurarse, y nos hubiera vencido la murria sin la tertulia que en los salones de nuestro hotel mantenían, a mañana y tarde, nuestros obsequiantes, encabezados por el gobernador, que nos demostraba cariño, se preocupaba de nuestras menores necesidades. La buena charla consumía las horas: se nos insistía para que tomásemos descanso de varios días en la más olvidada, pero acaso la más cordial provincia de la tierra colombiana.”

Y entonces llega al Sur-Sur de Colombia, se maravilla en Ipiales ante el Santuario de Las Lajas, tanto por el paisaje que lo rodea como por el templo que entonces estaba en construcción, estaba terminado ya el puente que unía las dos orillas del Pastarán, sosteniéndose aún en pie la vieja construcción que un viejo obispo llamara “Nido de oropéndola”, creyente, al fin y al cabo, al persignarse no hace sino reafirmar su fe.

 

Ipiales, década 1920

 

“Orgullosamente nos hicieron prescindir de nuestras cabalgaduras y en un par de automóviles oficiales se nos trasladó, cuando lo quisimos, hasta la frontera con Ecuador, acompañados de unos cuantos vecinos y despedidos tiernamente por el venerable caballero que ejercitaba la suprema autoridad en la región. A medio trayecto de un camino magnífico de panoramas está el famoso santuario de Las Lajas. Torrecillas barrocas, cúpula de media naranja, sobrios muros incrustados en la roca viva de la garganta del río Carchi. Según se desciende al costado de la sierra, descúbrese la fachada severa del templo: al lado hay un convento de dos pisos con puertas de arco. En seguida, y sobre un atrevido puente de cantería, se fabricaban muros de una basílica, que acaso hoy se halle terminada. De los barrancos cuelgan vegetaciones frondosas; el golpe de la corriente engendra músicas informes. Una unción hecha de poesía y de creencia pervade todo el ambiente. Mi compañero Restrepo entra a la iglesia y lo sigo. La persignada, ese conjuro sagrado que establece entre los hombres de todas las razas el parentesco espiritual más preciado del mundo, viene a mis manos con la naturalidad de lo que se aprendió en la infancia. Y el ansia del rezo, que es como una sed de las almas, se satisface brevemente; más bien que pronunciada por los labios, brota silenciosa la plegaria de lo profundo del corazón. Y se comprende el afán de los doce mil peregrinos que, cada año, desafían incomodidades sin cuento para llegar al sitio en que la leyenda registra una aparición de la Virgen del Rosario, o sea una de esas ventanas que, por excepción, abre el cielo hacia el sórdido mundo de las apariencias nada más naturales.”

Y ya en la próspera Ipiales, como bien la llamó, rodeada de un paisaje que se engalana con las nubes verdes, esas que vio Montalvo y cantó el poeta Bustos, también atraen la atención del mexicano, quien siente la presencia viva del proscrito cervantista, ese liberalismo que se vertería por entre el nudo de los Pastos, para diferenciar a la provincia de Obando del resto del departamento. Hombre cosmopolita, como el ambateño, Vasconcelos en un constante relato anota la arquitectura de los lugares y la industria, siendo testigo del ya desaparecido oficio de sombreros “Panamá” que también se elaboraban en el territorio y se exportaban al Ecuador, para de ahí pasar al istmo y de ahí al mundo entero.

 

Las Lajas, 1930

 

La última ciudad colombiana por el lado de Ecuador es la próspera y antigua, bien construida Ipiales. Domina un angosto valle circundado de montañas soberbias. La influencia de Montalvo, que en ella vivió proscrito, perdura aún y se le cita familiarmente. Su literatura ha marcado el ambiente. Y es costumbre llevar al viajero por extramuros para que observe en el ocaso, encima de las montañas, entre formaciones densas, las nubes verdes que menciona el gran prosista. La casa en que vivió luce placa y perduran las anécdotas de su orgullo de mulato pobre, olvidado de la mayoría, respetado por unos cuantos, en los años largos de su exilio combativo. En rigor, de Ipiales en adelante, y por todo Ecuador, lo mismo en Otavalo que en Ambato, el país entero está penetrado de los dichos y los hechos del gran hombre que dio fisonomía a su raza.

Una iglesia románica, desnuda, pero bien proporcionada, de tres naves espaciosas; un buen hospital, y dos o tres fábricas de sombreros de palma jipijapa, son los lugares que el viajero frecuenta. Al presentarnos al consulado ecuatoriano para pedir la visa de nuestros pasaportes, el cónsul, muy correcto, declaró: «Usted no necesita visa para entrar a mi país.»

Y allende el Carchi, que en Colombia es Guáitara, sigue asombrándose con la amabilidad de la gente, aunque le llama la atención que mientras en Colombia prevalece la civilidad, en Ecuador desde el momento mismo de cruzar la frontera son los militares una constancia que acompañará todo el paisaje. Sería interesante rastrear, como se ha dicho, los documentos que dejó anotados Vasconcelos en su paso por las ciudades de Nariño, quizá haya ahí elementos que permitan vislumbrar el aporte de este viaje al desarrollo de su pensamiento posterior.

 

Tulcán, Ecuador, década de 1930.

 

 

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