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HISTORIA DE DOS PRIMOS (GONZALO BRAVO PEREZ Y GERARDO MARTINEZ PEREZ)

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LOS PASTOS (penúltima, XXVII)

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Desgajada de la exuberante selva de legajos y colillas vuela en mi caótica y ya desvencijada papelería una gacetilla castigada por el indomable crujir de los lustros -siglo ya-, calendada el 6 de julio de 1929 y trae a cuatro columnas el membrete “Gonzalo Bravo Pérez”, y literalmente la sentida congoja “para inmortalizar la memoria de este esclarecido estudiante ipialeño, se levantará en Bogotá un monumento al estudiante mártir. Ipiales, cuna de nuestro malogrado conterráneo recolectará fondos, pues más que ninguno, está en la obligación de glorificar la memoria de sus hijos. La Sociedad “El Carácter” -pues es la que edita el periódico ENSAYOS que estamos leyendo y glosando-, interpretando los sentimientos  de este pueblo noble, abre una suscripción con la suma de $ 20. oo, en esta hoja, para recolectar el óbolo que a Ipiales le corresponde. La suscripción se cerrará el 31 de agosto, Tesorero, el señor F. de P. Cerón)”. No hay ningún otro desarrollo de la noticia. Ningún comentario alusivo. Ninguna necrología al cabo del primer mes del crimen de Estado.

Como se dijo, el periódico que edita la benemérita Sociedad El Carácter, corre su anualidad XV, lo administra don “F.de P. Cerón” y la dirección es de la Junta Directiva. Se imprime en la Imprenta “Popular”, carrera 5 número 177 y 179, publicación quincenal, corresponde al número 231.

 

El crimen fue el 7 y no el 8 de junio de 1929

 

Las crónicas de aquella época aciaga registran aquellos días de junio de 1929. Se vivía en aquella Colombia hegemónica, retardataria, clerical, oscurantista, pretoriana. El reinante partido de Suárez, Ospina, Abadía, se resistía a ver nacer el siglo XX. Fue conocido como el régimen de la farándula y vil satrapería.

“Chichimoco” era el remoquete irónico con el que los chuscos bogotanos rebautizaron al ministro de Obras, Arturo Hernández, burócrata, narizón, de gruesos lentes, que lucraba con su rosca el presupuesto de la nación y del Distrito Capital.

Se necesitó que un periodista de El Espectador, Ezequiel Perdomo, denunciara probadamente los chanchullos y concusiones del régimen. El gobernador de Cundinamarca -que pertenecía a la repugnante rosca- destituyó al alcalde Luis Augusto Cuervo, ajeno a los embrollos peculantes. Fue la ocasión –aquel siete (7) de junio– para que la opinión sana saliera a las calles, primeramente los estudiantes, los cachacos, obreros, empleados, los mismos gamines recorrían las calles y eran arengados por los jóvenes Felipe Lleras, Silvio Villegas, Carlos Lozano, Gabriel Turbay, Camacho Carreño, Jorge Eliécer Gaitán, todos en la primavera de su oratoria y su denuncia. La manifestación se creció y hubo hasta tarros y lazos en contra de la caballería opresora, que al mando del comandante Páramo, se aprestaba sable en ristre. Los tarros golpeados contra el suelo encabritaron a los caballos y los jinetes fueron enlazados y arrojados al pavimento. La derrota de la policía fue total. Los ciudadanos se tomaron la capital y organizaron la policía cívica de tránsito y vigilancia.

Esa noche continuaron las arengas y las protestas, y la policía, cada vez más nerviosa, hizo disparos contra el pueblo en inmediaciones del palacio presidencial. Una de las balas, una típica bala perdida, halló en su camino a un joven estudiante que acababa de saludar al propio presidente de la República. Gonzalo Bravo Pérez, ajeno por completo a los acontecimientos, cayó muerto en la calle y la noticia se regó por toda la ciudad: “Están abaleando a los estudiantes” (…) y la impopularidad del gobierno llegó al máximo hervor. Al día siguiente, durante el entierro, el cadáver del estudiante fue paseado, encima de los hombros de sus compañeros, por frente de Palacio.

Los estudiantes, que hasta el momento se habían vinculado al movimiento por espíritu cívico, por solidaridad con la ciudadanía, recibieron la muerte casual de Gonzalo Bravo Pérez como un ataque directo del gobierno contra ellos y ni uno sólo faltó a aquella cita. No importaba que el compañero muerto no se encontrara lanzando grito amotinado en el instante mismo del asesinato. Era un símbolo, un síntoma de la situación, un efecto doloroso de la gestión administrativa y política del gobierno combatido. A partir de Bravo Pérez, los estudiantes de Bogotá tomaron posición de avanzada, ostentosa y ruidosa. Su actitud de entonces indicó a las gentes que los universitarios y los bachilleres podían representar, en caso necesario, fuerza respetable dentro de la marcha de la nación.

“Estudiantes fueron los del 8 de junio -dice LENC-. En la plaza pública hablamos y a pedir la destitución de los ministros fuimos a palacio y en la prensa nos descarrilamos generosamente los que hacíamos clases a los estudiantes. Pero éramos estudiantes. Y estudiantes eran los del silencio y los del alboroto”

El mito tuvo su representación excelsa en un estudiante a quien mató una bala perdida. Valerosa es la página en que Germán Arciniegas pone alas y crespones a la figura de Gonzalo Bravo Pérez. Ahí puede comprobarse que todo es emoción antes que discernimiento, que la verdad no importa sino las consecuencias que pueden desprenderse de la que se tome como verdad conveniente, verdad provisional, la destinada, por la impresión que produce en las mentes, a mover turbas y alcanzar resultados. Gonzalo Bravo Pérez no era de los manifestantes. Era un excelente muchacho a quien servía de acudiente en el colegio nada menos que el presidente de la república. Pasaba lejos del lugar de las vociferaciones, cuando cruzó una bala que era para otros. El llevaba el imán. Su cuerpo lo atrajo. Cayó. Cuando se levantó ya iba en hombros y a cambio de la muerte se transformaba en símbolo.

El cálculo, la prudencia, el análisis, hubieran detenido lo que se anunciaba con los caracteres de la revolución. Una veraz información de las circunstancias y condiciones de esa muerte hubieran bastado para llorarla en lo íntimo, sin aprovecharla en lo público. La multitud romántica, las falanges juveniles, no tuvieron conocimiento sino de que había caído un estudiante. Hubieran razonado para hacer lo que hicieron, hubiera sido oportunismo. Pero el movimiento que los llevó a envolver el cuerpo del muchacho en la bandera, y a tomarla de bandera, fue intuitiva, inconsciente. La dirección de la lucha no estaba en los notables, ni estaba en la ciudad, ni estaba en la tierra siquiera. Estaba en el más allá, en el éter. Los estudiantes no eran sino los intérpretes de una voluntad desconocida. Por eso tembló el presidente, en cuya alma de director de juventudes, de profesor, tocaron a muerto las campanas del claustro. El muerto y el silencio místico de que lo rodeamos para llevarlo hasta el cementerio, pasaron de símbolos a luces. Y comenzó otra alborada.

Algún poeta-filósofo alcanzó a decir: “una molécula de sangre estudiantil vertida, pesa en política más que el uranio”.

Varios fueron los testigos y otros que narraron la tragedia en sus memorias. Julio Holguín Arboleda, de la élite gobernante, comprueba que el 7 de junio, por la tarde, más de 20.000 bogotanos se apostaron frente al Capitolio para vociferar en contra de “la rosca municipal”. Los estudiantes se dirigieron a palacio y en quiebre de la esquina de la calle 8ª  fueron retenidos por la policía. Sonaron disparos y con sorpresa para todos cayó muerto el joven Gonzalo Bravo Pérez, “uno de los más valerosos exponentes de los estudiantes universitarios, que se había hecho acreedor al afecto y estima de sus compañeros por su brillante talento, virtudes cívicas y señorío”. Se declaró cabildo abierto y una comisión de notables comparecieron ante el presidente Abadía para ver de esclarecer los hechos  e incoar sus consecuencias. El impávido mandatario inquirió al jefe de la casa militar y éste más impasible aún respondió  que había ocurrido “tan sólo que unos muchachos estaban amenazándonos con tirarnos piedra y entonces yo ordené que hicieran unos tiros al aire, e inmediatamente se dispersaron”.

El 8 de junio fueron los funerales del ipialeño. Nuevamente más de 20.000 almas rodeaban la Clínica de Salud aprestándose a sacar su cadáver con la decisión de llevarlo a palacio (Tal como ocurriría 20 años después con el de Gaitán).

En palacio, crispados los nervios del pusilánime gobierno, llegó el hijo del ejecutivo Gabriel Abadía con la alarma de que “los estudiantes ya vienen con el cadáver”. Como resultas, Abadía Méndez removió su acorralado gabinete, primeros de los cuales cayeron los detestados ministros Ignacio Rengifo de Guerra y el más infame Carlos Cortés Vargas, que había tenido la  desgraciada misión de acribillar la multitud en Ciénaga, un año  atrás.

 

Jaime Angulo Bossa, dirigente nacional y ex rector de la Universidad Libre es el más perseverante y cálido cronista de estos acontecimientos sin él haber participado coetáneamente. No sólo fundó en su Cartagena natal, el “Centro de Estudios Gonzalo Bravo Pérez”, sino que es el más puntual en definir el liberalismo del mártir comoquiera que se prestó para confusión el que su acudiente hubiera sido el presidente conservador. Angulo Bossa, tuvo la oportunidad de consultárselo al propio hermano, a Juan Bravo Pérez, a la sazón parlamentarios entrambos en 1958. Es que el mismo Diego Montaña Cuéllar así lo afirmó en sus memorias y también precisó que el magnicidio fue en la noche del 7 (siete) de junio y crípticamente remató que Gonzalo “dejó la vida como novia porque se enamoró perdidamente de la muerte”.

 

Gonzalo Bravo Pérez, el estudiante ipialeño inmolado

 

En la Universidad Libre, Jaime Angulo Bossa pudo preguntarle a su colega de cátedra Álvaro López Dorado, nariñense también, quien validó el liberalismo del ipialeño. Antonio J. Osorio Lizarazo, Mario Latorre Rueda en la “Nueva Historia de Colombia” y Alberto Zalamea también exaltaron al mártir. Este último dijo “La historia de Colombia se presenta como una larguísima sucesión de entierros y los más viejos -aquellos que alcanzaron a saludar al Libertador- evocan los nombres de Bolívar, Sucre, Arboleda, Uribe Uribe, Gonzalo Bravo Pérez” (“El Liberalismo en la Historia”, compilador Rodrigo Llano Isaza, p. 314). Así que en dos platos –como se dice- Gonzalo fue acribillado la noche del 7 de junio, era ipialeño y era liberal, nacido en 1909.

Irónicamente aquel inmolado egregio era primo hermano del doctor Gerardo Martínez Pérez, fundador que había sido de la Sociedad El Carácter y para esos trigos Magistrado del Tribunal de Pasto. Martínez Pérez vivió en Ipiales y en Pasto entre los años 1915-1930.

Gonzalo Bravo Pérez era hijo de Leticia Pérez, hermana del ex Magistrado Gonzalo Pérez, amigo personal del presidente Abadía; hermano de Juan -como se dijo-, parlamentario y gobernador del departamento 1942, eran hijos de Julio Bravo Mejía, quien hizo el montaje de la planta de energía eléctrica en Las Lajas, que significó el tránsito de la vela de sebo a la iluminación hidroeléctrica. La montó en 1904 con 3 generadores de 125 kW y en 1905 se hizo la luz en Ipiales. Posteriormente la compró don Fernando Pérez Pallares, quien la amplió  a 1.000 y a 2.000 kW.

Don Julio fue fundador también de la Empresa Eléctrica de Chachatoy- Río Pasto, en 1924. En 1969, con la asesoría del delegado presidencial Otto Morales Benítez, Cedenar adquirió la Empresa de Chachatoy.

Don Julio -así como su paisano ipialeño el capitán e historiador de la guerra de los mil días, Leonidas Coral- estudiaron en el Colegio de don Rosendo Mora y todos se trastearon a Tulcán (ver Elegía). Don Julio con su sobrino Gerardo (1897) fueron cofundadores de la sociedad “El Carácter” y del periódico “Ensayos”.  Hace años el maestro -por todas las vertientes- Gerardo Cortés Moreno- reclamaba el Alzheimer de los ipialeños por esta personalidad tan altruista.

Eduardo Zuleta, consuegro que fue de Lleras Camargo, Embajador en Washington, dejó una representación íntima y eufórica de su amigo y cofrade universitario: “Conocí a Gerardo Martínez Pérez aquí, en el Colegio del Rosario, a principios de febrero de 1915. Desde entonces me ligó con él una estrecha amistad que -debido a una de esas paradojas frecuentísimas en su vida- se convirtió en afecto casi fraternal desde el día en que estando yo, como colegial de número, presidiendo un estudio lo condené con inusitado espíritu autoritario a una hora de calabozo en castigo de alguna truhanería con que él había provocado una risotada general. Estudiaban entonces en el Colegio del Rosario: Darío Echandía, en quien maestros y alumnos reconocían unánimemente una inteligencia superior; Gonzalo Restrepo, que por esa época comenzaba a revelarse como un magnífico escritor; Manuel Serrano Blanco, que nos cautivaba a todos con su ingenio y con su prodigiosa memoria; José del Carmen Mesa Machuca, que presentaba los exámenes más brillantes y lucidos que he oído en mi vida; Mario Carvajal, Luis Ignacio Andrade y Julio César García, que con altísimo espíritu de humanistas y con ejemplar y edificante desinterés, se entregaron al latín y al griego, a la estética y a la historia de la filosofía, mientras los demás aspirábamos a capacitarnos para ganarnos la vida en el ejercicio de la abogacía; Antonio Rocha, Alejandro Bernate, Francisco José Ocampo, Alejandro Cabal Pombo y Arcadio Supelano Medina, tan serios, estudiosos y aplomados como inteligentes; Mario Fernández de Soto que, desde entonces, en todo sentido, se mostraba digno de llevar con orgullo sus apellidos ilustres; Carlos Alzate López, que era un estudiante de primer orden, y muchos otros que después han llegado a altísimas posiciones en la política, en el foro y en las letras”.

En Los Borradores de la Historia Liberal, el ex presidente Lleras Restrepo también recuerda a Martínez Pérez y a sus profesores: “el loco” Julián Restrepo Hernández, de Lógica y Derecho Internacional; “el sabio” Liborio Zerda, de ciencias naturales; el presbítero Jiménez -vicerrector del Rosario- de latín y, ante todo, Rafael María Carrasquilla. Francés dictaba Víctor Mallarino, hijo del presidente homónimo. Y recuerda a otros condiscípulos de Martínez Pérez: Ciro Molina Garcés, rico y con medios para comprar muchos libros; José del Carmen Mesa Machuca, boyacense, parlamentario y jurista; Ciro Molina, del Valle del Cauca. Todos se graduaron en 1917.

No era desdeñable, como se comprende sin esfuerzo, sobresalir en aquel areópago de jóvenes brillantes, estudiosos y ricos. Y, sin embargo, Gerardo Martínez Pérez descollaba entre todos por su talento e inteligencia. A fuer de indisciplinado, rebelde, más aficionado a la lectura de las novedades literarias que al estudio de los códigos; poseído de un espíritu iconoclasta desconcertante; chocarrero, mordaz, dominado por una invencible afición a la paradoja; convencido de su superioridad intelectual, exponía constantemente -con un léxico tan rico como pintoresco, sacado en buena parte de los clásicos castellanos, que leía con avidez- opiniones originalísimas y frecuentemente cáusticas sobre todas las cosas, e ironizaba continuamente, a veces con una gracia insuperable, complaciéndose para ello en exagerar su característico acento nariñense.

Tenía una asombrosa facilidad de palabra y una pluma agilísima. Su costumbrista cuento “La Chilca Negra”, que obtuvo el primer premio en el concurso abierto en el año de 1918 en El Rosario, es una pequeña obra maestra, que, por desgracia, no llegó a publicarse nunca. Todavía se acuerdan sus compañeros de la dedicatoria, en que se advierte la garra de suculento león.  “El autor -decía- hace dedicatoria de este cuento a Susana Sánchez, hija de la Chilca, pero como supone que a la tal Susana poco de letras se le alcanza, le ruega al señor Cura de Carlosama se lo lea”.

 

Revista del Colegio del Rosario

 

Terminados sus estudios y aprobado plenamente en todos sus exámenes preparatorios, más a fuerza de talento que de aplicación, regresó a Ipiales y a Pasto y se involucró en asuntos de su profesión y de la cultura regional, no se menosprecie su mecenazgo en la sociedad “El Carácter”. Allá estuvo quince años ejerciendo unas veces de Magistrado del Tribunal, otras, dedicado al ejercicio de su profesión, en algunas épocas entregado a los negocios.

Zuleta Ángel era Magistrado de la Corte Suprema y le correspondió en suerte estudiar una sentencia que llegó en casación y que la había sustentado el magistrado del Tribunal Superior de Pasto, Gerardo Martínez Pérez.

Se trataba de saber si había existido una sociedad de hecho entre “concubinos”. Martínez Pérez no conocía la grande obra de Hemard sobre la materia. De otro lado la sentencia es muy anterior al minucioso estudio de Nast sobre el tema. Con todo, en el referido fallo se encuentran innumerables conceptos originalísimos que cualquiera que ignore la fecha de la sentencia juzga que fueron tomados de Nast. Y, lo que es más prodigioso, la teoría que expuso entonces Martínez Pérez sobre clasificación y requisitos de existencia de las sociedades de hecho coincide exactamente con la presentada por Hemard, de quien él no tenía siquiera remotas noticias.

A Zuleta correspondió ser ponente en el recurso intentado contra dicho fallo y tuvo ocasión con ese motivo de estudiar la cuestión muy a fondo. Dice que se quedó pasmado cuando estableció que Martínez Pérez, a fuerza de talento había llegado a resultados que Nast y Hemard habían alcanzado a fuer de laboriosa y compleja técnica jurídica.

 

Revista del Colegio del Rosario

 

Según se ha establecido, los hechos se habían presentado en octubre de 1924 en el puerto nariñense de Tumaco y la sentencia enjuiciaba las sociedades de hecho entre “concu­binos”. Cómo se forman las socie­dades de hecho en general. Cuán­do es posible admitir la existencia de sociedad de hecho entre concubinos. (Claro que el doctor Fernando Hinestrosa llamó severamente la atención a los jueces y peritos que hablan de “concubino” pues que la precisa locución y excluyente es “concubina”).

La Corte Suprema de Justicia, en sentencia sustanciada por el doctor Eduardo Zuleta Ángel confirmó la impactante que había dictado el Tribunal de Pasto con ponencia del magistrado ipialeño Gerardo Martínez Pérez  sobre existencia de una sociedad de hecho entre “concubinos”.

De todas maneras, sus condiscípulos no cesaban de lamentar que el país no aprovechara de una manera más eficaz el enorme talento de ese muchacho. To­dos tenían la seguridad de que al establecerse en la Ca­pital, haría una gran carrera. A Gabriel Turbay le tocó realizar el vivo anhelo que todos los amigos de Martínez Pérez tenían de hacerlo venir a Bogotá. El mismo día en que aquél se  posesionó del Ministerio de Gobierno nombró a Martínez Pérez director del Departamento de Justicia. Martínez rehusó en aceptar, pero sus amigos se empeñaron en que no re­husara el cargo, diciéndole: “por el momento lo único importante para ti, por ahora, es estar en Bogotá. La posición misma no importa. Comenzando por uno o por otro puesto serás ministro en el curso de un año”

Cuando Martínez Pérez volvió a Bogotá, después de 15 años de residencia en Nariño, era otro hombre: serio, callado, reflexivo, prudente, extraordinariamente juicioso y preocupado del qué dirán, cuando en sus épocas de estudiante había sido todo lo contrario

En el Departamento de Justicia, hizo Martínez Pérez formidable labor. De la antigua, inoperante y estéril oficina de Justicia del Ministerio de Gobierno, hizo un organismo de control del Poder Judicial. Más tarde, al llegar a la Procuraduría General de la Nación, comprendió que era indispensable transformar aquello totalmente y vio que mientras no se crearan todos los servicios adecuados para la cumplida realización de los altos fines que la Procuraduría está llamada a cumplir, no pasaría ésta de ser un mecanismo burocrático más o menos intrascendente. Al efecto, planeó una completa y magnífica reorganización merced a la cual el Procurador no tendrá que limitarse, por absoluta falta de tiempo para otra cosa, a dar conceptos en algunos de los asuntos de que debe conocer la Corte, sino que podrá desempeñar cumplidamente sus altísimas atribuciones constitucionales de supervigilancia de los funcionarios públicos.

En el Ministerio de Industrias no pudo Martínez Pérez -porque cuando él se posesionó el Congreso estaba reunido y comenzó a citarlo constantemente para que informara sobre asuntos que no había tenido tiempo de estudiar- realizar una obra trascendental como la que seguramente habría llevado a cabo en otras circunstancias y con más tiempo. Con todo, alcanzó a concebir y concretar por escrito un magnífico plan tendiente a convertir ese despacho en un eficaz y auténtico factor de propulsión industrial.

Y es que, a partir de las sesiones extras de 1935, el Congreso fue homogéneamente liberal. Fue el que aprobó la Constitución de 1936, de tan vasta y revolucionaria influencia, como reconoce el presidente Gustavo Petro. Régimen del cual hizo parte el ipialeño Gerardo Martínez Pérez, compañero de pupitre que fue en el Colegio Mayor del Rosario de Darío Echandía y Carlos Lozano y Lozano. Asesor de Gabriel Turbay en 1930, Representante a la Cámara 1934, Gobernador de Nariño 1935, Procurador General, ministro de Industrias del 24 septiembre 1935 al 19 de julio de 1936.

El historiador Álvaro Tirado Mejía que ha estudiado los pormenores de la actuación del ministro Martínez Pérez, señala que la situación del Gobierno, a medida que se acrecentaba la resistencia de la coalición Iglesia-conservatismo, se hacía más inestable, agregándole un factor negativo más, las divisiones internas del partido de gobierno. Un cruce de palabras entre el ministro de Industrias, Gerardo Martínez Pérez y Gerardo Molina evidencia hasta qué punto el Gobierno trataba de controlar la oposición de derecha. El ministro, en un discurso ante el Senado, acusó a los socialistas de hacer un frente común con el conservatismo para combatir al partido liberal con el fin de hacerse al poder. Gerardo Molina le pidió pruebas y contraatacó, denunciando que el Gobierno sí había solicitado una alianza con los conservadores para hacerle frente a las izquierdas. El ministro respondió que el Gobierno deseaba la colaboración de las tendencias conservadoras y socialistas, pero que por razón de principios no podía buscar la colaboración de los comunistas. El senador Pedro Juan Navarro, liberal de extrema derecha, interpeló al ministro para refutarlo, afirmando que el gobierno sí era asequible al comunismo: “tan es asequible que el doctor Echandía fue ministro de Gobierno y es socialista”.

Estos debates fueron rápidamente superados por la agudización de las contradicciones entre el Gobierno y la coalición Iglesia-conservatismo. El 18 de marzo fueron dados a la publicidad simultáneamente dos agresivos manifiestos, uno suscrito por la jerarquía eclesiástica y dirigido “al pueblo católico”, y otro emanado del Directorio Nacional Conservador; ambos atacaban la reforma constitucional y el gobierno liberal que la había propuesto. Por esa misma época circularon insistentes rumores de un golpe de Estado instigado por el conservatismo y aprobado por la jerarquía eclesiástica. El gobierno anunció oficialmente haber desarticulado una red conspirativa y acusó al general Amadeo Rodríguez de ser uno de sus principales cabecillas. Dadas estas circunstancias ya no era fácil para el Gobierno desdeñar el apoyo ofrecido por el Partido Comunista y el Frente Popular.

El Tiempo, abril 28 de 1936. En su afán anticomunista, Pedro Juan Navarro estampó en su obra sobre la Constitución colombiana una frase que luego haría carrera durante la violencia de los años cincuenta, en boca de un personaje conservador: “Frente al comunismo, los sin patria, debemos considerarlos como enemigos implacables, resueltos a extirparlos, si obligación fuere, por la sangre o por el fuego”.

Los ministros de Gobierno (Alberto Lleras) y de Industrias, (Martínez Pérez) para agosto 11 de 1936, se hicieron presentes en el Congreso Sindical, como representantes oficiales del Gobierno. Era la primera vez que esto ocurría en el país. Para el periódico de Laureano Gómez- el implacable enemigo- bastaba este comentario: “Dos ministros hacen genuflexiones ante el obrerismo reunido. Tratan de demostrar los beneficios del gobierno del camarada Alfonso López” (El Siglo, agosto 13 de 1936).

El Segundo Congreso Sindical culminó con la constitución de la Confederación Sindical de Colombia. Dirigentes socialistas y comunistas fueron elegidos para formar parte del Consejo Confederal; algunos de ellos eran también importantes voceros del Frente Popular: Gerardo Molina, Diego Luis Córdoba, Gilberto Vieira, José Gonzalo Sánchez y Filiberto Barrera. El Congreso se había ligado con el Frente Popular.  La plataforma aprobada por el Congreso era reivindicativa. Muchos de aquellos postulados se llevarán más adelante a los códigos laborales.

El ex presidente López Michelsen, coincidencialmente asistente del magistrado Zuleta Ángel, fue amigo y admirador (menor 15 años), de nuestro paisano Gerardo Martínez Pérez. López Michelsen, entrambos discípulos de monseñor Carrasquilla y el ipialeño, colegial del claustro; muy joven, audacia menor de treinta años, fue jurisconsulto, orador de vuelo, Gobernador, Procurador que reglamentó la vigilancia judicial y ministro de Industrias y Trabajo, que enrutó la legislación sobre accidentes laborales; primo hermano del malogrado estudiante Gonzalo Bravo Pérez. En el mundo de la cultura fue fundador y animador de la ipialeña y ya centenaria sociedad “El Carácter”.

En Santiago de Chile -en donde residía y estudiaba “la posesión en el código de Bello”– el joven Alfonso recibe una carta confidencial de su padre, presidente de la república de Colombia, el 17 de enero de 1936:

“Dejaré para otra ocasión el darte algunos informes sobre política. Harían una mezcla muy rara estas confidencias familiares con mis comentarios respecto de lo que ocurren en el Congreso o dentro del Despacho Ejecutivo. Baste por hoy informarte que las Cámaras siguen trabajando en armonía con el Gobierno y que con el correr del tiempo admiro más la capacidad de los ministros. Lleras me hace grandísima falta en la Secretaría General, pero en el Ministerio de Gobierno está realizando una obra magnífica y prestando una colaboración inestimable. Echandía saldrá de la discusión de la Reforma Constitucional consagrado como uno de los grandes talentos jurídicos de esta tierra. Soto está sirviéndole de blanco a “El Siglo” de Laureano Gómez; pero  no hay en estos contornos quien se atreva a negarle su grandísima preparación para dirigir las finanzas nacionales. César García es el mejor ministro de Obras Públicas que ha ocupado ese despacho, aunque sus antecesores no lo crean. (Un vainazo para Alfonso Araújo, postulado para irrepetible ministro de obras por Olaya quien también quería —e hizo todo lo que pudo— para que Araújo fuera su sucesor. Después, en 1944 fue conspirador, jlp.). González Piedrahíta está haciéndose al medio con una rapidez  sorprendente y lleva trazas de  ser reconocido muy pronto como un gran ministro de Relaciones Exteriores.

Tu admirado amigo Martínez Pérez es muy ilustrado e inteligente. Sin embargo, no cuenta con el favor del congreso ni ha ganado mucho terreno en la conciencia pública. Otro tanto puedo decir de Rodríguez Moya y Salamanca; pero  tengo de los tres muy alto concepto como funcionarios”.

Cabe hacer mención aquí de la Revolución en Marcha y de López Pumarejo. Su jefatura natural la ejerció a contrapelo de reaccionarias y arraigadas ideas reñidas ya en una sociedad en creciente demanda de equilibrios. Hizo escuela su repentina conducta de llevar al gabinete de Estado a “astucias menores de 40 años”, que desde la provincia llegaron al gobierno a reducir las distancias ancestrales y odiosas de la indolente burocracia central. Con los nariñenses y los ipialeños en especial, fue generoso y estimulante: Gerardo Martínez Pérez, Manuel María Montenegro, Roberto Ortega, Horacio Ortega, Juan Bravo Pérez, Alberto Montezuma Hurtado, Max Llorente, Miguel Ángel Álvarez, Guillermo Payán Archer, que fue nuestro primer gobernador liberal, son una cara de la rosa de los vientos revolucionarios.

Nuestro biografiado, Martínez Pérez murió ese mismo año de 1936, en el puerto de Honda en cuyas tormentosas aguas se ahogó por haberse bañado en jueves santo (según decía el senador conservador Rogerio Bolaños).

Con la firma de su condiscípulo Darío Echandía y de su paisano y amigo Max Llorente el Congreso y el Gobierno Nacional deploraron la pérdida del dirigente liberal.

 

El Congreso de Colombia

DECRETA:

ARTICULO 1° La República honra la memoria del esclarecido ciudadano doctor Gerardo Martínez Pérez y reconoce la pulcritud con que puso al servicio de la Patria su clara inteligencia y sus vastos conocimientos como Magistrado, como Gobernador del Departamento de Nariño, como Procurador General y como ministro de Industrias y Trabajo.

ARTICULO 2° En homenaje a su memoria, se colocará un retrato al óleo en el salón principal de la Procuraduría General de la Nación.

ARTICULO 3° En el cementerio de Ipiales se levantará un mausoleo para guardar los restos del doctor Martínez Pérez, con la siguiente inscripción:

Al doctor Gerardo Martínez Pérez, el Congreso de 1936. 

ARTICULO 4° Destínase la cantidad de cinco mil pesos ($ 5.000) para dar cumplimiento a esta Ley, suma que será entregada a la señora madre del doctor Martínez Pérez, previas las formalidades del caso, para que disponga la erección del monumento de que trata el artículo 3° y haga trasladar allí los restos del ilustre magistrado nariñense.

ARTICULO 5° Esta Ley regirá desde su promulgación.

Dada en Bogotá a nueve de diciembre de mil novecientos treinta y seis.

 

El presidente del Senado, MAX LLORENTE– El presidente de la Cámara de Representantes, JORGE LOPEZ POSADA– El secretario del Senado, Rafael Campo A. – El secretario de la Cámara de Representantes, Carlos Samper Sordo.

Poder Ejecutivo-Bogotá diciembre 18 de 1936.

Publíquese y ejecútese,

ALFONSO LOPEZ, Presidente de la República

El ministro de Educación Nacional, encargado del Despacho de Gobierno,

Darío ECHANDIA

 

Ley 197 de diciembre 18 de 1936

 

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