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BOLIVAR Y SU PRESENCIA EN LA NAVIDAD NEGRA DE 1822 EN PASTO

Toda la responsabilidad para enviar tropas en contra de Pasto es del General Simón Bolívar,

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Por:

Enrique Herrera Enríquez

 

Enrique Herrera Enríquez

 

Hace 200 años, concretamente el 24 de diciembre de 1822, la gente de Pasto y sus alrededores sufrían el más encarnizado sometimiento a sangre y fuego por parte de los ejércitos que al mando del General Antonio José de Sucre, y obedeciendo expresas órdenes del General Simón Bolívar, penetraron en la ciudad acabando con cuanto encontraban en su camino.

Nada los detuvo, ni siquiera la procesión con la imagen del Apóstol Santiago sacado en andas para combatirlos, éstos estaban sedientos de sangre por la derrota que un mes atrás le habían propinado las milicias pastusas al mando de Agustín Agualongo y su Escuadrón Invencible, y ahora cobrarían caro su derrota.

Veamos y analicemos, de acuerdo con los documentos, cuál fue la criminal actitud de Sucre y sus ejércitos para con la gente de Pasto, con el visto bueno del General Simón Bolívar en aquella macabra navidad sangrienta de 1822 y siguientes días.

El General Simón Bolívar, después de la Capitulación de Berruecos el 6 de junio, que le permitiera su ingreso a Pasto dos días después, salió hacia Quito el día 10 de junio de 1822, encontrándose en la citada ciudad el 16 de junio. Luego de realizar un interesante periplo desde Quito llega a Guayaquil donde logra cumplir con su objetivo principal de la campaña del sur, cual era la entrevista con el General José de Sanmartín en Guayaquil, el 26 de julio de 1822. Fue una entrevista nada favorable para el Protector del Perú al encontrar a Bolívar totalmente posesionado de Guayaquil al haber asumido autoritariamente su gobierno tanto en lo político como en lo militar en una ciudad que guardaba cierta independencia tanto de Quito como de Lima. La controversial entrevista entre Bolívar y Sanmartín por su confidencialidad al ser únicamente entre los Generales ha servido para diversidad de conjeturas que determinaron la salida de Sanmartín hacia Perú donde presentara su renuncia para alejarse definitivamente del gobierno de dicho país.

A su regreso de Ecuador,  luego de permanecer por veintitrés meses fuera de Pasto, el General Agustín Agualongo, conoce todo cuanto pasó en las batallas de Genoy el 2 de febrero de 1821 y la de Cariaco, mal llamada de Bomboná el 7 de abril de 1822, en las cuales por obvias razones no participó, batallas que sin lugar a duda dejaron muy en alto el espíritu guerrero y defensivo de la gente de Pasto al salir triunfantes ante las tropas republicanas que pretendieron invadir y dominar a sangre y fuego este territorio. En la de Genoy frente al General Miguel Valdés y en Bomboná al propio General Simón Bolívar, destacándose las milicias pastusas en el denominado “Escuadrón Invencible”.

Agualongo es testigo y presenció con dolor cómo la ciudad y su gente fue entregada a Bolívar cuando se capituló el 6 de junio en la población de Berruecos sin antes dar a conocer esa determinación a la gente de Pasto, tal cual se acostumbraba en aquel entonces en especie de cabildo abierto. Esta oprobiosa ignominia, donde quienes tenían algo que perder se entregaron a Bolívar, dejando a un lado a la gran masa popular que no comprendía esta situación, obligó a tomar medidas para regresar a Pasto y su gente al régimen anterior, poniéndose a la cabeza Agustín Agualongo y sus más inmediatos colaboradores para tomar las armas y deponer las autoridades dejadas por los republicanos.

La gente de Pasto, particularmente los del sector popular, los milicianos que ponían su pecho para defender a Pasto, los de ruana y sombrero, los que no tenían que perder, recordaban con rabia cómo los habían traicionado los españoles al firmar la Capitulación de Berruecos sin haberlos enterado y luego con la sigilosa recepción que se le hizo en Pasto el 8 de junio.

El General Simón Bolívar, de regreso a Quito, enterado de los acontecimientos de Pasto escribe a Santander una carta el 12 de noviembre de 1822 que en cuanto a Pasto dice:

 

“La salud de la patria consiste en no ahorrar sacrificios; por mi parte, yo lo estoy haciendo aquí para no dejar progresar a los pastusos y para encontrarme preparado contra los ulteriores sucesos que puedan ocurrir en el Sur. Recomiendo a Ud. que mande un jefe muy activo, como García u otro, a Popayán para que persiga a las guerrillas del Patía. Esta parte es la más difícil de todos los negocios de los rebeldes de Pasto. Los pastusos serán batidos inmediatamente y ocuparemos a Pasto y su territorio, pero se irán a Patía, donde no es fácil perseguirlos por su mal clima. Los “Rifles” y la caballería es la mejor tropa que tenemos en el Sur, y si la mandamos a Patía perece o deserta toda… Yo mandaré a ocupar a Pasto, hasta el río Mayo con tropas de Quito, y temo al mismo tiempo que este maldito país nos desarme nuestra guarnición, cuando menos pensemos, siempre que ella misma no se desarme, como es natural. Sin embargo, yo tomaré todas las medidas imaginables de precaución. Después que haya estado algunos días aquí iré yo mismo a arre­glar los negocios de Pasto”.

 

Posteriormente, con fecha 21 de noviembre de 1822 informa al General J. P. del Castillo: “la tranquilidad de Pasto y el exterminio de los facciosos será pronto y completo, si logramos atraerlos a una batalla en campo raso, y si no, será más dilatada su reducción, teniendo que batirlos en las difíciles posicio­nes en que abundan en aquel territorio”.

En carta que suscribe a Santander, el 6 de diciembre de 1822, expresa su preocupación por lo que acontece en Pasto y la habilidad militar que deberá emplear para doblegar la insurrección, ante lo cual le manifiesta:

 

“Estos días estaba bastante fatigado, si es que yo puedo fatigarme en perseguir a los godos y en tomar medidas activas para asegurar la tranquilidad de este Depar­tamento, muy alterada con la insurrección de Pasto… En fin, aquí no puede obrar otra cosa que la fuerza… de suerte que, si no hay una gran fuerza de Colombia en el Sur, pronto tendremos nuestras fronteras en las montañas de Quindío y Guanacas: quiere decir esto, a los enemigos en el centro de la Nueva Granada… Yo partiré mañana con ánimo de dar una buena dirección a la pacificación de Pasto… La cosa de Pasto no vale nada, pero nos ha costado mucho porque nos ha hecho mover todos nuestros cuerpos que desertaran en su territorio…”.

 

Bolívar es consciente de la lucha que tendrá que afrontar, así pretenda desconocer la importancia que tiene para sus pretensiones Pasto, razón por la cual el 7 de diciembre de 1822 le dice a J.P. del Castillo: “La facción de Pasto no vale nada: el General Sucre con dos mil hombres está en el Guáitara. Lleva una fuerza para atacarlos de frente y de flanco, envolverlos y destruirlos de un solo golpe…. Bolívar está manifestando de manera clara y concreta su responsabilidad en cuanto a la campaña contra Pasto y su gente que emprende por órdenes expresas del caraqueño el General Antonio José de Sucre.

El 23 de diciembre de 1822, desde Ibarra, camino a Pasto, escribe así a Santander:

 

“Yo no he ido en persona a dirigir aquellas operaciones militares contra Pasto por no desairar al General Sucre, que no es digno de tal bochorno y es muy propio para mandar tropas en campaña porque tiene talento, juicio, actividad, celo y valor; y yo la verdad no me creo con tantas cualidades. Después de pascua pienso ir a Pasto a dar mis providencias de pacificación: esta parte me parece la más difícil porque requiere un gran tino que hasta ahora no he tenido con los pastusos, no con los corianos, ni con los de Ocaña. Voy a ensayar un nuevo método más suave que el de Ciénaga con los “Rifles”, y que tuvo entonces tan buen efecto… Usted no puede imaginar las dificultades que presenta este país para hacer la guerra: Si es en el Perú, los desertores y los medios de movilidad lo imposibilitan todo; y si es en Quito, tenemos a los pastusos y patianos por nuestra espalda que lo embarazan todo y definitivamente nos cortarán la retirada con inmensos fosos y con murallas más inminentes y más grandes que las de Babilonia, y quizá iguales a las que escalonaron los titanes…”.

 

Los párrafos transcritos son muy concretos sobre la suerte que tendrá que afrontar la población de Pasto, a manos del General Antonio José de Sucre, hombre de suprema confianza del General Simón Bolívar, situación que no hace dudar sobre la terrible acción militar que viene a Pasto cuando a la cabeza de los batallones se encuentra el siniestro batallón “Rifles” de ingrata recordación por las atro­cidades que cometiera en la toma de Tenerife, con el General Hermógenes Maza a la cabeza, donde se degollaron de manera inmisericorde y selectiva algo más de doscientas personas que según decir de los historiadores ensangrentó las aguas del Magdalena y luego haría algo similar y peor en Guaranda. De igual manera manda al General José María Córdoba, experimentado militar que tiempo después se iría contra Bolívar.

Hemos visto cómo, de acuerdo con la documentación presentada, toda la responsabilidad para enviar tropas en contra de Pasto es del General Simón Bolívar, máxima autoridad al respecto. Sucre como subalterno militar simplemente obedecía. Prueba de la responsabilidad de Bolívar son las cartas suscritas por él en su camino también de Quito a someter militarmente a Pasto.

Bolívar dio la orden al General Antonio José de Sucre para que aliste lo mejor de los batallones: “Rifles”, los escuadrones “Guías” y “Cazadores” y “Los Dragones de la Guardia” donde sumados todos alcanzaban algo más de los dos mil hombres perfectamente pertrechados. En tanto Boves, el advenedizo venezolano, Agualongo y Merchancano habían dispuesto sus fuerzas en el Guáitara en el sector de Taindala esperando cualquier ataque del Sur de la región, teniendo el 24 de noviembre el primer enfrentamiento, donde es derrotado Sucre y sus tropas, viéndose obligado a regresar a Túquerres, en espera de los refuerzos prometidos por Bolívar, como en efecto así se realizó para luego reiniciar su campaña en contra de Pasto y su gente.

El combate del 24 de diciembre es sangriento contra la gente de Pasto que ha salido a rechazar la invasión; Agualongo se bate con fiereza al lado del “Escuadrón Invencible”, sabe que al igual que otras veces Pasto y su gente han quedado a su suerte y esta vez no le acompaña favorablemente ante la deserción del venezolano Boves y su gente. Las tropas enfurecidas de Sucre entran a Pasto sin dar cuartel, tumban la imagen de Santiago que carga en andas la gente tratando de evitar el criminal asalto, saliendo automáticamente del combate, se sacrifica a hombres, mujeres, niños y ancianos, no hay consideración alguna para nadie, así sea día de Navidad o Noche Buena, por eso ni templos, ni conventos son de protección ante las encolerizadas tropas republicanas.

El historiador Leopoldo López Álvarez afirma:

 

“Ocupada la ciudad, los soldados del batallón “Rifles” cometieron toda clase de violencias. Los mismos templos fueron campos de muerte. En la iglesia Matriz le aplastaron la cabeza con una piedra al octogenario Galvis, y las de Santiago y San Francisco presenciaron escenas semejantes”.

 

El ahora General republicano José María Obando, refiriéndose a este macabro espectáculo dice:

 

“No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad ejecutados por un pueblo entero que de boca en boca ha trasmitido sus quejas a la posteridad”.

 

Duele, atormenta, da rabia, se siente cual si estuviésemos siendo testigos de la masacre de aquel 24 de diciembre de 1822 y subsiguientes días en Pasto, el dolor que se expresa leyendo, escuchando el anterior texto del General Obando. Siete batallones desplegándose por todas sus calles, sus plazas, con sus fusiles calados con la bayoneta, dispuestos a matar a quien encuentren, sin que importe que sea mujer, niño o anciano. Los templos, las capillas, los conventos, nada sirven de refugio. Se viola a las doncellas, se mata a la abuela, a los abuelos, los niños son lanzados al aire para ser luego recibidos ensartados en dagas o lanzas. El crimen continuo, se pasea orondamente por tres días que se plasma en páginas escritas por quienes vivieron o estudiaron detenidamente los macabros episodios del 24 de diciembre de 1822.

La ciudad ardía en llamas por sus cuatro costados, en tanto la soldadesca buscaba y se llevaba cuanto de valor encontraba, acribillando a cualquier ser humano que se presentaba a su vista. Fue una verdadera carnicería que con horror presenció la martirizada población en aquella navidad y días subsiguientes, dando comienzo al terror bolivariano, por eso con dolor de patria, de su ciudad y su gente, el historiador Ignacio Rodríguez Guerrero manifiesta:

 

“Nada es comparable en la historia de América, con el vandalismo, la ruina y el escarnio  de lo más respetable y sagrado de la vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el batallón “Rifles”, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes antes, a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de caza”.

 

Como se puede observar, con base en la documentación presentada, la responsabilidad del General Simón Bolívar en los macabros acontecimientos del 24 de diciembre de 1824 es indiscutible y reprochable. Si en verdad no estuvo presencialmente en aquella siniestra ocasión, fue quien la ordenó y marchaba a prudente distancia para que sea ejecutada tal cual era su disposición de acabar con Pasto y su gente.

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