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BOLÍVAR CIVIL *

Publicado en: Ilustración Nariñense, Pasto, 1931, pp. 98-100.

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Por:

Guillermo Chaves Chaves[1]

 

Guillermo Chaves Chaves

 

La acción de Washington apenas ha traspasado su patria; la de Bolívar abraza al mundo.

Abate de Pradt

 

 

La apreciación de aquel gran levita, uno de los más insignes y destacados varones de su época, pues fue arzobispo de Manilas, capellán de Napoleón I y autor de varias obras sobre política y diplomacia, como su muy interesante Congreso de Panamá, editado en Paris en 1825, es justa.

En efecto, Bolívar el primero en concebir, como fórmula contraría a la guerra, la de una liga o asociación de pueblos, que teniendo por alma o centro directivo una asamblea por el estilo del Consejo Anfictiónico de Grecia, contase como base una completa unidad de legislación, de principios, de opiniones, de sentimientos y de intereses.

Concebida la idea en Jamaica, la expuso por primera vez en carta secreta en Kingston el 6 de septiembre de 1814, dirigida “a un caballero que tomaba gran interés en la causa republicana de la América del Sur”, o sea al Duque de Manchester, según todas las probabilidades, y que en lo pertinente dice así:

“Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos”

“Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo”

“Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa”

Parece que esta carta, habiendo sido publicada por el destinatario, fue a parar a manos de Napoleón, y que fue Napoleón el primero en encontrar aceptable el pensamiento, al menos para Europa; sea de ello lo que fuera, lo cierto es que el caído emperador, discutiendo en Santa Elene su pasado con Las Casas, comentó:

“El paso ha sido dado y no pienso que después de mi caída y de la desaparición de mi sistema, pueda haber en Europa más equilibrio posible que el de la federación y concentración de los grandes pueblos. El primer soberano que en medio de una gran lucha abrace de buena fe la causa de los pueblos, podrá ponerse a la cabeza de Europa llevando a cabo todos sus deseos en favor de la paz verdadera”.

Vuelto Bolívar al país, se propuso en 1818 difundir un poco más su pensamiento, y con este objeto, en carta dirigida desde Angostura a don Marín de Pueyrredón, director del gobierno de Buenos Aires, le dijo:

“Luego que el triunfo de las armas de Venezuela complete la obra de su independencia, o que circunstancias más favorables nos permitan comunicaciones más frecuentes y relaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos con el más vivo interés a entablar por nuestra parte el pacto americano, que formando de todas nuestras repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y de grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podría llamarse la reina de las naciones, la madre de las repúblicas.”

En firme la nacionalidad colombiana, gracias a los triunfos de Carabobo y Boyacá, Bolívar sigue pertinaz en su empeño: el congreso de Cúcuta creó la plenipotencia ante las repúblicas del sur y la confió a don Joaquín Mosquera; Bolívar, en las instrucciones que le da como presidente de Colombia, anota:

“Es necesario que usted encarezca incesantemente la necesidad que hay de poner desde ahora los cimientos de un Cuerpo Anfictiónico o Asamblea de Plenipotenciarios que de impulso a los intereses comunes de los estados americanos, que dirima las discordias que puedan suscitarse en lo venidero entre pueblos que tengan unas mismas costumbres y unas mismas habitudes, y que por falta de una institución tan santa pueden quizá encender las guerras funestas que han asolado otras regiones menos afortunadas.”

Como se ve, Bolívar, hasta aquí, se había limitado a proponer; y a proponer una liga o federación americana.

Hombre extraordinario, en quien “la más admirable cualidad moral fue la constancia”, mal podría contenerse en el simple terreno de las utopías; y así, luego que las circunstancias se lo permitieron, invitó a Inglaterra, Estados Unidos, Méjico, Centro América y todas las repúblicas sudamericanas a un congreso de Plenipotenciarios que debían reunirse en Panamá.

Su mira era llegar allí a una liga o asociación americana, para en ésta hacer base y llegar en un futuro a una liga o gran asociación mundial, como lo justifica el hecho de haber sido invitadas Inglaterra y Estados Unidos a la deliberación.

El Congreso se reunió, y a él fue llevada la cuestión en toda la majestad que enuncia la evangélica en carta de Kingston de 1815.

“Los siglos, dijo de él algún ilustre publicista europeo que lo comentó, no presenciarán un espectáculo más digno de admiración”.

Con todo, restringida como estuvo la Asamblea a las simples plenipotencias de Méjico, Centro América, Colombia y el Perú, porque las dos potencias sajonas se hicieron representar sólo informalmente, y Bolivia, la Argentina y el Brasil, por circunstancias diversas no concurrieron, fracasó en su empeño capital.

Mas no así la idea, que tarde o temprano tenía que imponerse, dada su bondad.

En efecto, tras de algunas tentativas, como la muy plausible del señor Silvestre Pinheiro Ferreira, Ministro de Relaciones exteriores de su Majestad fidelísima el Rey de Portugal, gran filósofo, estadista profundo, civilista consumado y además insigne comentador de derecho internacional, quien puso todo su entusiasmo a la obra de una confederación para la paz de los pueblos, sin conseguirlo, por serle los dioses inclementes, para la idea llegó aquella tremenda catástrofe, que empezando en 1914, acabó el 18 con la caída de los imperios centrales.

Vueltos los hombres al carril de la civilización, se propusieron dar principio a la obra de una paz estable, y con este objeto, a iniciativa de Wilson el patriarcal y austero ciudadano, aceptaron y llevaron al terreno de la práctica la idea de “un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses  de la paz y de la guerra”, en una palabra, la idea de la liga o sociedad de las naciones, sueño inmarcesible de Bolívar.

La humanidad, agradecida, honró al gran americano con estas apocalípticas palabras: “Sois el primer ciudadano del mundo”.

De esta ciudadanía, en el rodar eterno de los siglos, compartirá, también Bolívar.

El, con la concepción y primeros tanteos de la idea, puso los primeros cimientos de la paz universal.

Y él, por otra parte, contribuyó a la felicidad de los nacidos con otra no menos grande concepción.

Me refiero al arbitraje.

Fue Bolívar el primero en concebir y el primero en llevar al terrero de la práctica tan gigantesca institución.

En efecto, si se examina a los tratadistas anteriores o coetáneos a él, se encuentra que ninguno, ni aún los más afamados, como Vattel, Martens y otros por el estilo, se ocupan siquiera de la materia.

Y si se revisa a los posteriores, se ve que sólo algunos, y de los más ilustres, como Heffer (Derecho Internacional Público de Europa, 1857), Redie (Investigaciones sobre el Derecho Internacional, 1851) y Phillimore (Comentarios de Derecho Internacional, 1857), apenas a mediados del siglo pasado se ocuparon del arbitraje como de algo más o menos concebible, más o menos utópico, más o menos ejecutable.

Esto sin embargo, en varias cláusulas de los tratados celebrados por el Liberador se habla y se estipula arbitraje: esas cláusulas, entre otras, son la XIV del tratado celebrado con Méjico en 1823, la XII del cerrado con el Perú, y de modo especial, el artículo 17 del tratado con el que acabó sus labores el Congreso de Panamá, y que así dice:

“Sean cuales fueren las causas de injurias, daños graves u otros motivos que alguna de las partes contratantes pueda producir contra la otra, ninguna de ellas podrá declararles la guerra ni ordenar actos de represalia contra la república que se crea la ofensora, sin llevar antes la causa, apoyada en los documentos y comprobantes accesorios, con una exposición circunstanciada del caso, a la decisión conciliatoria de la Asamblea General”.

Lo que prueba que en la menta de Bolívar, maestro consumado en esa ciencia que no es de universidades ni de aulas, porque Dios, manteniéndola velada para los simples mortales, la tiene patente a los ojos de esos seres extraordinarios que llamamos genios, fue donde nación tan singular idea como medio de prevenir las guerras.

Como de ella emanaron, para el caso de que las hubiese, las reglas propendientes a humanizarlas, reglas consignadas en el tratado de 1820 con el jefe español Morillo y que de este modo comenta uno de nuestros más insignes tratadistas:

“Cuando todavía en el Derecho de Gentes apenas sí podían esbozarse de modo rudimentario ciertas ideas no practicadas por nosotros en plenas luchas civiles y un siglo después; cuando otras no habían aún surgido siquiera en la ley de la naciones; cuando faltaba más de medio siglo para que alguna de ellas asomasen, en veces tímidamente, en los grandes documentos de guerra, tales como las instrucciones para el ejército de los Estados Unidos en campaña (1863), la Convención de Ginebra (1864), el proyecto de Conferencia de Bruselas (1874), las Leyes de la guerra en la tierra (Oxford, 1880), ya en aquel tratado había disposiciones a las cuales aún no ha alcanzado del todo la evolución altruista de la humanidad, verbigracia, la obligación, sin restricciones, de devolver a sus campamentos a los heridos que se curen, la de hacer obligatorio y no potestativo el canje de prisioneros y la de prohibir la pena de muerte aún para los desertores.”

Un hombre así no podía concebir, no podía comprender una forma de gobierno diferente de la república y quiso con su implantación y defensa prestarle otro favor al género humano, que bien universal y no solamente de los países libertados fue hacer de éstos otras tantas repúblicas.

Las ciudades republicanas, ha dicho alguien, son las ciudades que han contribuido en mayor grado a la educación del género humano. Volveos si no con los ojos del alma a todos los tiempos de la historia y encontrareis que el género humano ha sido educado por esas ciudades. Cada una de ellas trae su tesoro a las riquezas comunes de la humanidad. Atenas, sus estatuas; Roma, sus leyes; Florencia, las artes del renacimiento; Génova, la letra de cambio para el comercio; Venecia, la brújula; Pisa, la ley del péndulo; Estrasburgo, la imprenta; todas ellas, la idea. Y así es que los pueblos modernos jamás llegarían a su perfecto desarrollo si no hubieran, como granos de sal, derramado la Providencia esas pequeñas repúblicas en su seno. En la vida intelectual misma de Alemania han ejercido poderoso influjo las republicanas ciudades de Suiza, y entre todas Zúrich. Allí habitaron Schelling y Fichte; allí escribieron Klopstock y Gessner; allí formó una especie de centro intelectual, de foco donde convergieron muchos rayos de sol, el teólogo, el físico, el republicano Lavater; allí dijo Pestalozzi: “hagamos de la escuela una madre.” La república, pues, tenía que ser el sueño constante de Bolívar.

Anito y Melito, Mevio y Bavio, es decir, la incomprensión y la envidia, han pretendido dañar al grande hombre y le han lanzado al rostro, como guijarro, el cargo de que quiso asesinar a la república y coronarse rey o emperador.

 

Simón Bolívar

 

Bolívar, hermano en desinterés de Régulo y Emilio Paulo, de Arístides el más justo, y de Examinandas el gran tebano, nunca se sintió mordido por aquella pequeña ambición, que de haber acaecido, nada más fácil que haberla realizado.

En el orden militar, contaba en su favor con el apoyo de un ejército aguerrido y valeroso; con una falange de inmortales que habían recorrido con él pueblos y climas diversos; que habían besado con él la frente de la gloría en las jornadas opulentas de Junín y Boyacá.

En el orden civil, el terreno era más propicio aún: Páez, el león de Apuré engañado por quienes en la ilustre Venezuela fraguaron el plan conocido con el vulgar nombre de “cosiaca”, le ofrece en 1826 la Corona por conducto de don Antonio Leocadio Guzmán; el Consejo de Ministros de Bogotá, cuatro años más tarde, se mancomuna al francés Bresson y al inglés Campbell y declara sustituida de hecho la república con la monarquía; Flores, jefe de los departamentos del sur, alega que la situación de Colombia, es similar a la de Francia y la de Bolívar igual a la de Napoleón, y exige el cetro para las manos del héroe; pero Bolívar, que sabe que con la implantación de la república le ha otorgado insuperable beneficio al género humano, se siente combatido en su grandeza, herido en su gloria y con esa forma suya, grande, atronadora, apocalíptica, escribe para todos tremenda repulsa:

“Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón, Napoleón era grande, único y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de eso. Yo no soy Napoleón, no quiero serlo. Tampoco quiero imitar a César, menos aún a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria.”

“El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano. Por tanto, me es imposible degradarlo.”

“Colombia jamás ha sido un reino. Un trono espantaría tanto por su altura como por su brillo…”.

De lo expuesto se ha de deducir que el Padre de la Patria, sobre ser uno de los mayores guerreros de que guarden memoria todas las edades, fue un varón civil de contextura genial.

Y a esta duplicidad de condiciones se ha de atribuir ese como porte mayor que en el Cenáculo del tiempo ha llegado a tomar sobre todos los héroes.

Igualado y aún sobrepujado por este o aquel en un aspecto, en el conjunto quizá no lo sea por nadie.

César y Alejandro, Napoleón y Aníbal, por ejemplo, fueron en la guerra tan ilustres como él, pero no pueden exhibir la hoja de servicios que en el otro acredita al civilizador, al estadista, y le quedan a prudente distancia.

Epaminondas y Washington, en cambio, le igualan en equilibrio cívico, pero no hubo en ellos el genio militar, el heroísmo fastuoso de Bolívar, y el hijo mayor del Nuevo Mundo se destaca siempre como único aún entre grandes, de esos que el tiempo lleva de tarde en tarde al templo de la gloria y los consagra semidioses del mundo.

Ya él, antes de abandonar las mortales ligaduras lo supo.

“Supereminente sobre cuantos héroes viven en el tempo de la Fama”, le dijo Hamilton. Y de Prestt añadió:

“La acción de Washington apenas ha traspasado su patria; la de Bolívar abraza el mundo. Por Bolívar el universo se enorgullece de un nombre que ocupará el primer lugar entre los objetos de justa admiración del género humano”. “Yo no aspiro, ha dicho, sino a poner término a los dos grandes flagelos que pueden afligir a la tierra: la guerra y la dictadura” A menudo se compara a Napoleón con Bolívar y su posición nada tiene de común. El uno pudo hacer las cosas; el otro fue arrastrado por ellas”

Lo que Lafayette, comisionado para remitir a Bolívar, a nombre de los hermanos de Washington, la corona de oro que a éste obsequiaron después de la rendición de Yorktown, y con ella un retrato al que adhería parte del cabello del gran hombre, refrendó así:

“Yo tengo la dicha de pensar que todos los hombres existentes y aún de los de la historia, el general Bolívar es el sólo a quien mi paternal amigo habría preferido hacerle ese obsequio.”

Cien años han corrido de la muerte de este varón singular y en este espacio casi exclusivamente hemos honrado en Bolívar al guerrero. Infinidad de bronces condecoran ciudades y plazas con estatuas que levantan al héroe sobre un corcel enloquecido que parece disipar las nubes con el viento de sus fauces. Sólo uno, el bronce genial de Tenerani, nos recuerda al civil: grande el porte, serena la mirada, sobre los hombros el manto que fue timbre del senador romano, la medalla de Washington al pecho, la ley en una mano, la espada en la otra. Tenerani, entrando por asalto a la academia de los inmortales, ha visto al héroe como es y así debemos verlo y honrarlo en el futuro los hombres de España y de América: de esa España que contribuyó con el espíritu y de esta América que aportó la sangre de que el Ser Supremo se sirvió para formar ese conjunto que, mientras los siglos sean siglos, será el mayor representante de la raza en ese congreso de gigantes que el tiempo tiene reunido de continuo bajo la dorada cúpula del templo de la inmortalidad.

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[1] Guillermo Chaves Chaves (Ipiales, 1896 – New York, 1956), abogado, jurisconsulto, ocupó altos cargos en diferentes ramos del poder público, Representante y Senador de la República, profesor universitario, autor de la ley de propiedad intelectual y uno de los más férreos propulsores del voto femenino en Colombia, entre otras.

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