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EL PERIODISMO EN IPIALES O LA TRAYECTORIA DE LAS IDEAS POLITICAS

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmilo

 

 

La agresiva y pestilente irrupción de la ley mordaza que castiga a las víctimas y no a los victimarios y que hiere de muerte el repertorio de libertades de prensa, de opinión y de pensamiento que endiosó para siempre la Constituciòn de Rionegro y que son tan cotizadas en nuestro acervo democrático nos devuelve a reconstruir nuestra trayectoria periodística añeja a la lucha y a la vanguardia tolerante y pluralista.

 

La mordaza, propia de las tan justamente detestadas hegemonías hostiles a las libertades y a la transparencia pública y que evoca puntualmente la ultramontana regeneración de Núñez y de Caro y sus perversos inquisidores, se reedita en esta hora contemporánea de tinieblas, tan gemela al imperio de la corrupción rampante, cooptadora de la subalterna vigilancia fiscal, penal, disciplinaria y castigo y persecución de los periodistas y escritores libérrimos, avizores y enhiestos. La Regeneración de Núñez, la hegemonía de Laureano Gómez y sus adláteres y la presente venal de Uribe Vélez y sus siniestros monigotes, son el trípode siniestro que apareja el ocaso de nuestra democracia. Ayer y hoy redivivas la ley de los caballos, su fatídico artículo K y ahora la mordaza implacable en contra de los contestatarios e insumisos impertinentes husmeadores de la necrosis gubernamental.

 

¿Quién más corajudo que el periodista de provincia que desde el anonimato de su discreto oficio, amenazado hasta por el granizo, se atreve a informar protegido sólo por la coraza de su libreta de apuntes?  

 

Por eso vale la pena rastrear la izada y erguida parábola del periodismo ipialeño para ver de comprobar sus orgullosos y democráticos alcances.

Un historiador bien santiguado hubo de urdir que el periodismo es el admirable juego y se interrogaba cuál era exactamente la fascinación del trabajo en los periódicos. No es, o no es siempre, la vanidad, porque los genuinos periodistas han ganado casi siempre anónimamente, su jornal. Más bien ha de ser en la anticipación de la primicia, en dominar primero que nadie la noticia, en participarla a los demás, en procesarla mientras los otros duermen, sin sospechar el titular jactancioso, que los hará estremecer y sacudirse. Así, en las aldeas, antes del radio y sobre todo del transistor, siempre había alguien, el noticiero o el chismoso –pingüino también le decían- que se desbocaba a vocear por doquier la nueva, para espiar en los rostros desprevenidos el impacto fugaz. Ese es el germen del periodismo primitivo, como lo es el de los legendarios guerreros que, apenas se dibujaba la decisión de la batalla en el campo sangriento, partían a escape a difundirla y a veces se desgonzaban apenas después de haber sido los primeros en reportar las novedades.

Les pertenecía todo el territorio de la información, y su deber era hallarle sabor a la noticia -ya fuere un puñetazo en el cuadrilátero, el acaloramiento en el ayuntamiento, la escaramuza entre gentes montaraces-  y llevarla viva, vibrante, en presente de indicativo, hasta el papel en que doce horas después sería infinitamente más vieja que las guerras púnicas.

Tenían que ser, en altas horas de la noche -siempre de noche, a Dios gracias- jueces de hecho, sobre la densidad, la gravedad, la importancia de los acontecimientos, su verosimilitud y el comportamiento de muchos seres humanos. Sus vidas pendían, sin duda, de sus dedos, cuando golpeaban la maquinilla, como si movieran un gigantesco tablado de fantoches. A veces incurrían, por un rato, en la soberbia y cómica ilusión de que con un silencio se pudiera deshacer alguna parte de la historia, al menos por unos días, por unas horas. Pero en su conciencia profesional, como una espuela, se obligaban a entregar el relato tal como concurría por innumerables afluentes, hacia su remoto destino, sin que pudiérase prolongar aquel poder sobre su fugitivo cauce.

Aquello, en cambio, era la simbiosis de un hombre y su trabajo, que, cualquiera que él sea, es el mejor con tal de que se haga con rectitud, con cariño de arte sano, con destreza y con alegría.

Y es que no puede existir alguien que sea periodista y que deteste su oficio, lo haga a contrapelo, lo juzgue inocuo o abominable rutina, como ocurre con la inmensa mayoría de los trabajos y afanes de la humanidad. Para este oficio nadie puede prepararse bien sin una vocación hondísima que no se regula por las leyes de trabajo, la limitación de la jornada, la periodicidad de las vacaciones, y sólo se mantiene por la exaltación cuotidiana, por la determinación irrevocable de que siempre haya algo nuevo debajo del sol. Que el periodismo tiene la función de encontrarlo, exprimirlo, y tirarlo gloriosamente al olvido.

 

Como se ve no se trata de una profesión, sino de un juego. Pero fascinante como ninguno otro. Muchos lo abandonan al llegar el momento en que los músculos y los nervios, y las arterias comienzan a endurecerse, y entonces es cuando se dice que el periodismo conduce a todo, con tal de dejarlo. No. Lo que pasa es que como todo juego es una atlética empresa que está hecha de preferencia para la juventud. Pero, claro, preserva también la juventud, si se le sigue jugando, a pesar de todo. 

 

En mi caso personal todo empezó, como siempre ha de ocurrir, en las bancas escolares, del Champagnat de Ipiales, con el patrocinio y empuje cuasi paternal de los abates de la enseñanza. En este caso, del marista Jesús María Escobar, diácono bondadoso si los ha habido, doblado de melómano, poligloto, quien dominaba pioneramente el esperanto y quería que fuera el idioma ecuménico. En la primera gacetilla que imprimíamos en esténcil y en mimeógrafo, también él difundía sus achaques precursores. Nuestras primeras creaciones en aquella ya no tan primitiva imprenta eran socorridas por aquellos frailes que subsidiaban nuestro desparpajo e impericia con su sumaria formación gálica. Desde quinto de bachillerato habíamos montado un radio periódico semanal que lo difundíamos por Emisora Cultural Bolívar, de Caracol, fundada diez años atrás y que para entonces gerenciaba Alfredo Miranda Maya, “Arpegios”, y luego “Senderos” se intitulaban y eran la croniquilla juguetona del mundillo colegial.

 

Una calle de Ipiales, hace muchos años

 

En la que vino a ser nuestra presentación en sociedad, “Senderos” organizó una mesa redonda para conmemorar el 20 de julio de 1976, a la cual concurrieron los más destacados intelectuales de la localidad. Blanquita Morillo puso una corresponsalía a “El País” de Cali destacando el certamen y subrayando el hecho de que lo había convocado una cuadrilla de adolescentes. A partir de allí surgió una tal camaradería entre los panelistas que muy pronto dieron por fundar un periódico del cual estaba ayuno aquel mundillo cultural. Así nació el quincenario “Nueva América, del pueblo con autonomía”, que lo fundamos con Blanquita Morillo, Miguel Garzón Arteaga, Edgar Calderón Hernández, Jaime Coral Bustos, Ramiro Egas, Julio César Chamorro, Hugo Garzón, Jaime Huertas Coral.

 

Miguel Garzón Arteaga, decano del periodismo

 

 

Lo dirigió Miguel Garzón, yo lo gerencié, y lo imprimíamos en la tipografía del maestro Francisco Quintero. Fue pues mi bautismo de fuego en el periodismo ipialeño. Me gradué de bachiller y viajé a la capital al pregrado en El Externado. Pero no abandoné mi debilidad por las letras y con el auspicio generoso del mismo Miguel Garzón, de mi cuñado Edgar Calderón, de Luis Alberto Ruíz que mantenían encendido el fuego de los dioses, en las vacaciones de aquel lustro universitario arrimaba mis recensiones y mercaderías.

Por estos días la Casa de la Cultura de Ipiales viene festejando su primer cincuentenario y ha enaltecido su notoriedad con la iniciativa de sacramentar con el nombre del fundador de aquella hazaña. Y es que Miguel, “un buzo de todos los mares y un nauta de todos los cielos”, merece todos los reconocimientos si se tiene en cuenta su mecenazgo incansable para todas las iniciativas culturales de sus paisanos. Recuérdense sus afanes en la Casa de la Cultura local pero también su apasionada consagración al periodismo. Figuradamente diríamos que nació y maduró entre chibaletes y galeras, enrollado en cuartillas, con olor a tinta fresca y con frenesí patriótico. Su mística, su inteligencia, su músculo al servicio de la idea. En “Diario del Sur”, en “Enfoque” y en “Equinoccio” también patrocinó nuestros desaliñados manuscritos

Alberto Lleras, periodista por antonomasia, al entregar el primer premio “Simón Bolívar” de Periodismo, en 1980, inaugurando también la televisión en color, dijo que “La pobreza de Colombia, desde su fundación como República, cuando se comenzaron a abrir las avenidas del pensamiento libre, no daba para editar libros. Los folletos, donde se recogía cierto material que se publicaba previamente y por entregas en los periódicos, o que no habían sido aceptados por estos, por su extensión, es la otra fuente de la historia de nuestras primeras letras, y perdura con igual valor en todo el siglo XIX. Los libros son escasos y generalmente se editan costosa y oficialmente fuera de Colombia, o con grandes trabajos, dentro del territorio. Pero para saber qué pensaban, o qué decían los colombianos, o los neogranadinos, es preciso recurrir a los periódicos, mal impresos, en un papel que el tiempo ha amarillado rápidamente y la polilla y otros insectos ha devorado sin compasión”.

La pobreza de la que habla Lleras debe relacionarse también con el nulo contenido social que traían las primeras publicaciones si se tiene en cuenta que la primera plancha impresora llegó en 1738, pero no para la divulgación cultural o científica sino para “la exclusiva edición de novenas a la Virgen, al niño Dios y a algunos santos”, también se autorizó  imprimir una “Exposición sobre el uso y utilidad de tocar campanillas en las iglesias” y un ensayo sobre el “Ayuno en nochebuena y la antigüedad del uso de los buñuelos”, únicos temas que resistían las prensas santafereñas y únicos temas domésticos que podían consumir los abnegados feligreses, costumbre nunca quebrantada. La escandalosa excepción fue precisamente la impresión de la traducción de la tabla de los derechos del hombre y del ciudadano, atrevimiento de Antonio Nariño 55 años más tarde, lo que le costó cadenas y cárceles.

La consecuencia de tan aberrante prevención no fue otra que el universal analfabetismo combatido tambaleantemente sólo a finales del siglo diez y nueve.

Los historiadores destacan que la dirigencia no sólo nacional sino regional debió superar todos los obstáculos posibles, empezando por los topográficos, para divulgar y consensuar sus empresas y proyectos políticos tanto como comerciales. Para ello crearon periódicos que con enormes dificultades circulaban fuera del espacio geográfico de la ciudad donde se encontraba la imprenta, lo que explica que el desarrollo periodístico fuera tan desigual dentro del Cauca. Y desde luego en el futuro departamento de Nariño.

Así, por ejemplo, encontramos que el mayor número de periódicos se estableció en Cali, en Popayán y en Pasto, ciudades que contaron con mayores recursos tipográficos y que eran a la vez los centros de desarrollo más importantes de las subregiones caucanas. Sin mengua de la contribución editorial del puerto progresista de Barbacoas.

“El Constitucional”, que dirigieron Lino de Pombo y los hermanos Joaquín, Manuel José y Manuel María Mosquera, parece ser el primer periódico editado en el Gran Cauca. Con la particularidad de haberse insertado un fragmento de la segunda “Geórgica” de Virgilio, traducida en endecasílabos castellanos por Francisco Mariano Urrutia, así como también de publicar asiduamente al canónigo don José María Gruesso, pionero del romanticismo en Colombia. Urrutia fue, pues, precursor de Leopoldo López Álvarez que unos cien años más tarde también protagonizó y alargó la proeza.

Y en Pasto, don Vicente Cárdenas, que en 1862 ejercía como gobernador de las provincias del Sur –aún no sometidas a Mosquera-, fundó “El Espectador”. Y al finalizar la misma década, en Popayán, Nicolás Balcázar Grijalba y Pedro Pablo Castrillón fundaron un periódico de vuelo festivo llamado traviesamente “Los Loros”.

“Íntegramente escrito en verso –dice Gustavo Arboleda en sus “Evocaciones de Antaño”- las doce entregas de la colección lograron ridiculizar al general Mosquera, candidato a la presidencia del Cauca, y con él a cuantos individuos fueron adictos al mosquerismo; este grupo, la mayoría liberal del Estado, unida a muchos conservadores constituía una especie de coalición que se denominaba La Liga. El periódico era de la minoría radical, que había postulado la candidatura del doctor César Conto. Como éxito editorial, apenas se registra en el Cauca otro igual, por más que las gentes demasiado serias o a quienes zahería el chiste de Balcázar y Castrillón, se mostrasen desagradadas, y Los Principios, órgano del conservatismo caleño, declárase que “sin el libertinaje de la imprenta no habría habido Loros”.

 

Todas las gacetillas se fundaron para enfrentar un contencioso proselitista, un pronunciamiento (militar) como se denominaban en la época o para promover una campaña mercantil, lo que unió el desarrollo del periodismo a la suerte de aquellas gestas coyunturales. Quizás esto explique la apremiante vida de los periódicos, pues se extinguían con la premura que les había permitido su alumbramiento.

 

Súmense a ello las dificultades de infraestructura, la carencia de tipografistas y litógrafos, la escasa tinta, el avaro papel, los inconseguibles tipos. Dados estos inconvenientes es fácil entender que se publicara una gran cantidad de hojas volantes en las que se promocionaban efímeros candidatos electorales, empresas económicas y revoluciones. Quizás lo que más se divulgaba y consumía en aquellas edades confesionales sean las pastorales del catolicismo que religiosamente –y valga el término-  conminaban a la feligresía. Pero a esto habría que agregar el crudo analfabetismo que caracterizó a nuestra región en la centuria antepasada y que imposibilitaba, desde luego, cualquier asomo de civilización.

Pero eso precisamente fue lo que jalonó la fundación de pasquines y hojas circulantes pues fue el ariete de la clase ilustrada para divulgar y contagiar sus ideas imperantes.

Gustavo Otero Muñoz, consumado investigador del periodismo colombiano, entre otras muchas disciplinas intelectuales que ejerció, escribió que “suele discutirse en teoría literaria sobre la clasificación que corresponde al periodismo, forma posterior a las anticuadas retóricas. El periodismo tiene algo de género didáctico en sus editoriales, que eran la nota más viva de nuestros viejos hebdomadarios, y algo de género novelesco en sus crónicas, que hoy son la nota pintoresca de nuestros cotidianos. Pero cuando el tiempo transcurre, se ve que el periodismo es también historia –la historia del día- y fuente de variadas noticias para la posteridad.

Nuestra historia como nación independiente se halla casi íntegra en la prensa colombiana, por la curiosidad cada vez más extensa que la caracteriza, pues incluye en su información lo nacional y lo extranjero, lo político y lo social, habiendo sido a la vez nuestra mejor tribuna de doctrina democrática y nuestro mayor estímulo de producción literaria.

Muchos son los nombres que a la pluma del historiador se ofrecen en los anales de la prensa colombiana. Por ella pasaron casi todos nuestros estadistas, nuestros pedagogos y letrados. La historia de los publicistas, de los educadores, de los reporteros, de los cronistas, críticos extranjeros, de las influencias internacionales, requerirían otros tantos libros. Aquí sólo cabe decir que el periodismo ha sido entre nosotros instrumento de la política, de la educación y de la literatura.

 

La prensa como una maquinaria, incesantemente recibe y devuelve impulso, consume y reproduce ideas y refuerzos, refleja o es reflejada, condensa y vulgariza, y obedeciendo a fuerzas centrípetas, es, a su vez, fuerza centrífuga. Tribuna de comunicación más que de propaganda, a muchos sirve, apasiona y aún transmite impresiones e ideas, pero casi a nadie convence, y la luz que difunde se halla tan próxima a desvanecerse en sombras como a enrojecerse en las llamas del incendio, perdiendo la encantadora suavidad de lo verdaderamente luminoso.

 

Bien pudiera decirse –por ello- que la historia de nuestra comarca está contenida en sus gacetas y pasquines, hojas volantes y circulares, porque todos los sucesos significativos de nuestra biografía regional fueron y son liderados por hombres de imprenta doblados de políticos que han recurrido al embrujante estímulo de la tinta para irrigar el mensaje de su inteligencia esclarecida y de su probado regionalismo.

Patriotas sin repliegues y demócratas sin eclipses han sido sin excepción, los periodistas que le permitieron a Albert Camus, una noche en París, en homenaje a Eduardo Santos, el periodista por antonomasia y el presidente que refugió a los exiliados republicanos, calificar al periodismo como la más noble profesión del mundo.

Y ciertamente, que no hay actividad de la inteligencia de la más alta estirpe ni categoría espiritual más fecunda que las que alientan y contienen la profesión de informar y orientar la urgencia del saber y avanzar que reclaman los pueblos.

 

El periodismo como hazaña de la libertad no es solamente una frase sino, es el compendio de lo que han sido los hechos incesantes por fundir el sentimiento democrático: porque periodistas fueron los precursores y así mismos periodistas fueron los próceres y los fundadores de la república.

 

Y desde la ya más que bicentenaria fecha (hace 230 años) cuando se imprimió “El Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá”, que dirigió el bayamés Manuel del Socorro Rodríguez y en el que registró todos los logros de esa aventura científica y patriótica que fue la Expedición Botánica, o cuando el precursor Antonio Nariño publica La Bagatela, ferviente alegato en favor del Estado Fuerte que lo lleva en alas de triunfo a la propia presidencia del Estado, y lo convierte en el primer editorialista que la consigue; o cuando el Libertador hace volar su iluminado pensamiento por la ruta del Orinoco, o cuando Murillo Toro funda de primero “El Tiempo”, en fin, la patria se cultiva y se enaltece en la pluma de sus próceres.

Y en nuestras provincias también se encendió el fuego de la imprenta sagrada que consolidó nuestra identidad como raza vibrante y así le permitió, seducida por su esplendor, difundir su entusiasmo republicano.

En nuestra entrañable municipalidad la fecunda y larga travesía de doscientos años también comprueba cómo en el alma y en el nervio de nuestros antepasados circulaban las aspiraciones de imprimir para divulgar y para educar. No en vano sabían que el periódico es el libro de pueblo.

Debe rastrearse, por ello mismo, a comienzos del siglo XIX, en las épocas de Francisco Antonio Sarasty y de nuestros precursores, en el Acta del 7 de septiembre de 1810, el origen del pensamiento político en Ipiales, lo que tejió el hilo conductor de su silueta letrada y republicana.

 

La primera hoja volante impresa en Ipiales, data del 9 de noviembre de 1868 de la Imprenta del Colegio Académico y la segunda y tercera, de 1869, de notable influencia partidista entre Navarrete, Avelino Vela Coral, Camilo Figueroa, Evangelista León, todas llevan a considerar que eran encendidas las pasiones políticas. Júzguese por el título: “La calumnia en juego”

 

En el periódico “La Primavera”, o “El Espectador” (?) de septiembre de 1869 que codirigía el ipialeño Juan Clímaco Burbano, está dibujado el primer “plano topográfico” de Ipiales, que había levantado el señor Higinio Muñoz en 1865.

Eran corresponsales desde Ipiales de este periódico los Pbros. José Marìa Terán Guerrero, Ruperto de Jesús Bucheli, Ramón Cerón y José Félix Córdoba.

En 1870, aparece simultáneamente en Ipiales y en Pasto el periódico “La Querella”, dirigida por “los liberales” y esmaltada por las prosas de Juan Montalvo.

En 1880, durante unos cuatro meses el hebdomadario “La Aurora”, en Popayán, lo escribieron Teodoro Aquilino León, Miguel Valencia, Miguel Medina Delgado y el fili-ipialeño Ildefonso Díaz del Castillo.

En Bogotá, en los años 1848-1857, apareció “El Neogranadino” (401 ediciones) del notablato radical, que dio paso al nacimiento de la litografía, a esfuerzos del notable artista don Celestino Martínez, venido de Caracas, quien dibujaba hábilmente en piedra retratos de varios de los personajes colombianos o piezas de música que “El Neogranadino” obsequiaba a sus suscriptores.

Allí se editó un “Extracto sucinto de mi obra sobre la educación republicana”, que escribió don Simón Rodríguez cuando moraba en la provincia de la Villaviciosa de los Pastos, así como también “Los Apuntes de viaje”, de un insigne miembro de la Comisión Corográfica que describía el sur de la república, el doctor Santiago Pérez, futuro presidente.

La llegada de la imprenta a Ipiales la encabeza la “Tipografía de Nicanor Médicis”, que duró desde el 9 de febrero de 1870 hasta 1880, y en algunas publicaciones se le llama “Imprenta de Médicis” y más generalmente, “Imprenta de Nicanor Médicis”; continúa con la “Tipografía de Ramón Grijalba”, establecida el 14 de junio de1876; luego, la “Imprenta de “El Pueblo”, del 10 de octubre de 1880 a 1881; la “Imprenta de Vela”, el 22 de marzo de 1894 a 1895; y la “Imprenta de Martínez F. & Valle”, desde el 18 de octubre de 1897 hasta terminar el siglo.

En esa década del 70, es cuando el exiliado (o asilado) don Juan Montalvo fortalece esta comprometedora opción de la inteligen­cia con un periódico membretado “Querella”, que aparecía simultáneamente en Ipiales y Pasto. Allí está vivo el polemista de su época, que seguramente desde su exilio disparaba las más aceradas diatribas en contra de sus contendores ecuatorianos. El que también fuera gran prosista, Alberto Lleras, dice que don Juan Montalvo “en Ipiales, descargaba sus hieles y su sabiduría contra quienes le negaban la patria al otro lado yerto de la frontera. Pero eso era hiel pura. Este Juan, tenía antes de escribir con esa felicísima soltura que implica poco aliño y repaso, una inmensa cultura, de las más antiguas hasta las más jóvenes, de los hechos más viejos de la especie hasta los últimos, y de esa cantera iban derivando, a buenos golpes inspiracionales, todo lo que su imaginación requería en el sutilísimo arte de la discusión y la polémica. Ya mucha gente no recuerda contra quién escribía Montalvo sus catilinarias, pero es un deleite releerlas”. No está descaminado Lleras Camargo porque el propio Benjamín Carrión lo pinta en esa misma acuarela beligerante más que literaria (Ver Elegía XXIII). Para los preciosistas apunto que en la tierra de don Juan Montalvo echaba fuego la imprenta desde 1759.

De allí siguieron esa ruta luminosa, benedictinos y eruditos letrados que forjaron la merecida fama del buen escribir y mejor pensar que rodea a los ipialeños. La ortografía y la ortología en sus picudos esplendores.

“La infancia”, que funda y dirige Arsenio Vela Coral y que edita en la imprenta traída por don Nicanor Médicis, es al parecer la primera gacetilla que circula en nuestra muni­cipalidad, redactada y distribuida por un hijo de la tierra. El tipógrafo fue Víctor Polo. En 1876, “El Eco del Carchi”, de Ezequiel Burbano; “La Verdad”, 1880, de Bricenio Coral; “El Carchi”, 1880, órgano del municipio de Obando.

“Sur del Cauca” (1890) de Cayetano Mazuera, oriundo de Cartago, Valle. Hablando de Cartago, hay referencias que hablan de que de allá también era nativo el “caudillo bárbaro” y boliviano Mariano Melgarejo y había combatido en Genoy y en Bomboná (noticia en desarrollo). Otro suramericano famoso también combatió con acero lírico por acá por el sur y a favor de Mosquera, el guatemalteco y dictador de Chile a los 24 años, Antonio José Irisarri, trotamundos que publicó en Pasto, “La Batalla” en contra de José Marìa Obando.

“El Centinela” (1897) del mismo Mazuera; “El Máuser”, 1898, de Manuel S. Salazar; “La Fronte­ra”(1898) de Emiliano Díaz Del Castillo; “Sur Liberal”, 1898, de Manuel Gregorio Álvarez; Los An­des” (1910), de Aníbal Micolta, Arquímedes de Angulo, Félix Rubio.

“Ensayos” (1914), de la Sociedad “El Carácter”; en 1949 tiene una segunda época bajo la dirección de Antonio José Cerón Mora  y como gerente Benicio Mejía S; “El Porvenir “(1915-25) de la sociedad Miguel Antonio Caro, dirigido por Carlos Navarrete, Rafael Sacro, Florentino Bustos; “El Bien Social” (1915), de los padres filipenses Félix María Cabrera, Octaviano Chaves y Alejandro Maya; “Germinal” (1915) de Manuel Gregorio Álvarez, Julio César Álvarez, Julio Gaitán Sánchez; “Sur de Colombia”, 1916, dirigido en diferentes épocas por Guillermo Chaves Chaves, Víctor Sánchez Montenegro y Florentino Bustos; “Liga Suriana”(1920) de Aníbal Córdoba; “La Prensa del Sur” (1921) de Rafael A. Coral; “Rebeldía”, 1922, del coronel Santos Del Castillo; “Renovación”(1922) de Benjamín Burbano; “Nubes Verdes” (1923 hasta 1968, en distintas épocas dirigida por el coronado poeta Florentino Bustos Estupiñán; “Dum Dum” (1925) de Azael Burbano; “A, B, C” (1926) de Daniel S. Guerrero.

Según membrete usado por el propio José Elías Del Hierro, “El Derecho”, fundado en 1927. En los años sesentas también lo dirigió el ipialeño Rogerio Bolaños. También dirigió en la capital “El Siglo”, “La República” y un radio periódico en “La Voz de Colombia”; “El Demócrata”, 1927, de Rómulo Córdoba Chávez; “El Ideal” (1928); “La palabra” (1928) de Guillermo Chávez Chávez y el poeta Bustos; “Izquierdas” (1933) de Alfonso Alexander; en 1949, con la dirección de Carlos Olmedo Calderón y en 1945, con Augusto Del Hierro; el mismo Augusto imprime los “Anales del Concejo” en 1936; “Horizontes” (1940) de Félix María Morillo y Francisco de Paula Cerón; “Ariete”, 1942-44, de Alejandro Mazuera; “Juventud” (1945) de J. Montero y Córdoba; “Frente Obrero” (1945); “Sur Liberal” (1948) de Nelson Enríquez De los Ríos, Leonel Chávez Agudelo Avelino Vela Angulo, fundado a los tres meses del asesinato de Gaitán; Avanzada”, 1949, de Julio Sánchez  Córdoba; “Atalaya” (1951) de Samuel Ruano Montenegro y Guillermo Ruíz Ruano; “Las Lajas” (1951) de Monseñor Justino Mejía y Mejía; “Antenas”, desde 1956 se convirtió en revista icónica del Colegio Nacional Sucre. En su primera salida la dirigió Carlos Luna Zambrano; “La voz de Ipiales” (1955) de Eduardo Narváez; Antorcha”, 1955-67, de don Enrique Pantoja Muñoz.

En diciembre de 1951, en edición censurada, con la dirección de  Ernesto Vela Angulo, Alberto Quijano Guerrero y Antonio José Cerón y del recién graduado abogado Carlos Aníbal Córdoba Ordoñez, editaban la revista “Amerindia”; “El Pregón” (1955) de Jesús López Calle y Julián Narváez; “La palabra” (1957) de Florentino Bustos; “Lucha”, 1956, de Miguel A. Domínguez; “Juventud”, 1956, de Cornelio Hernández y José Vicente Lucero; “Cartel” (1957) de Alfonso Alexander; “Alfabeto”, 1959, de Roberto Mora Benavides; “Juventud” (1960) de Antonio Chamorro; “Voz Juvenil” (1963) de Heraldo Romero y  Marco Antonio Pazmiño Lucero, del Colegio Champagnat; “Baluarte” (1966-73) de Miguel Jaramillo Patiño; “Juventud en Marcha”, 1970, dirigido por Jaime Coral Bustos; “El Escolar”, 1971-72, funda y dirige el profesor historiador Bernardo Andrade Tapia; Boletín “Cámara de Comercio ” (1977) sustanciado por Luis Eduardo Bernal Ramírez; “Faro Sindical” (1974) de Carlos Rosero Sánchez y Miguel Garzón Arteaga; “La Ciencia y la Medicina”, de Fabio J. Chaves Bustos, semanario por Radio Ipiales (1975)“Nueva América”(1977) de Miguel Garzón, Jorge Luis Piedrahita Pazmiño, Blanca Morillo de Calderón, Julio César Chamorro, Edgar Calderón, Ramiro Egas, Jaime Coral Bustos; Aportes” (1981) de Miguel Garzón; “El Veedor” (1980) de Luis Alberto Ruiz Montenegro; Revista “Obando”, de Ricardo Romero y José Aulo Polo; “El Timbre”, fundado por el hermano marista Julio E. Quintero, dirigido y alentado por Carlos Franco y Álvaro Flórez, periódico del Colegio Champagnat que se prolongó por más de 20 años; “Vida Diocesana”, dirigido por el historiador y presbítero Luis Alberto Coral Bravo; “Vertiente”, 1984, de Guillermo Narváez Ramírez; “Expresión Liberal”, de Julio César Chamorro; “La Gaceta”, de Edgar Calderón Hernández, quien también había mantenido por más de 20 años el radio periódico “Aquí empieza Colombia”; “Las palabras”, 1989, de Jaime Coral Bustos; “Ojo Mágico”, 1993, de Jaime Guillermo Huertas Coral; “La Esquina, 2000”, Blanca Vivas, Mercedes Escobar y Alfredo Apraez; “Observatorio Fronterizo”, 2001, dirección de Andrés Goyes Guerrero; “Frontera Abierta”, 2004, de Aaron Parodi Quiroga.

 

El 21 de octubre de 1991, nació el periódico Testimonio de Nariño, hoy proyecto de medios, cuando Germán Villacís era el alcalde de Ipiales

 

“Testimonio de Nariño”, Ruptura y Tdn, periódico y revistas que nacieron hace más de 30 años y todavía perduran, en un proyecto de medios de Uriel René Guevara Revelo, cargados de verticalidad y patriotismo; “Nueva Frontera” (Radio Periódico diario por tres años) de Jorge Luis Piedrahita, quien también había fundado y dirigido en la Universidad Externado de Colombia el quincenario “Sub-versión” y en Yopal en 1983, La Gaceta del Casanare; ha escrito su columna “Geometrías” en varias épocas en Diario del Sur y la revista Equinoccio, dirigidos por Miguel Garzón Arteaga. Cuando Contralor de Ipiales, editó La Revista de la Contraloría (5 entregas) y en el Ministerio de Justicia, la Revista del Fondo de Seguridad Judicial; “Pan de Maíz”, de Mario Pantoja y Juan Manuel Rivadeneira.

En Bogotá, Ernesto Burbano, periodista socarrón, descubierto por monseñor Justino Mejía. Luis Gonzaga o Pacifico Coral, fue cronista, periodista, historiador, pedagogo. Faltarían los nombres de Félix Rubio, Bernardo Andrade Tapia, Benjamín y Azael Burbano, Rómulo Córdoba Chávez, que completan la nómina de ipialeños que han servido al periodismo regional.

Vicente Cortés Almeida es ícono del periodismo nacional; igualmente han descollado: Armando del Puerto, Pedro Pedroza Flórez, Miguel Ángel Rojas Ortiz, sus hijos Rubén Darío, Óscar y Miguel Ángel; Luis Mejía Burgos, Fidencio Adolfo Eraso, Edgar Folleco Gómez, Álvaro Enríquez Miranda, Presbítero Manuel Dolores Chamorro, Jorge Enrique Paredes Hernández, Héctor Díaz Revelo, su primo Servio Tulio Díaz Chaves, Héctor Ojeda Santacruz, Cruz Ángel Rojas, Edison Villota, Claudio “Cachito” Torres (indudablemente el decano), Carlos Oviedo Tovar, Armando Oviedo Rosero, Juan Delgado Celis, Eudoro Bernal, Leonel Chaves Dávila desde la vereda de Cuatis, Gualmatán, el balcón del mundo.

Y en todas las épocas se recuerdan los nombres de Eduardo Rodríguez, Alfonso Meneses, Álvaro Chacón, Pedro León Vallejo, Luis Hortensio Erazo, los dos Guillermo Erazo padre e hijo, Efraín Landázuri, Javier Guerrero, Guillermo Delgado y sus hijos Lombardo y Baldomero; Roberto Ramírez, Mauricio Patiño, Alberto Acosta, Guillermo Narváez Ramírez, Armando Oviedo Zambrano, Mauricio Chaves Bustos, que es además jurista y ensayista.

“La Gruta”, fue el primer ensayo de radiodifusión que intentaron Carlos Olmedo y Blanquita Morillo de Calderón, en 1950. En esa misma década “Radio Tricolor” de aquellos esposos, más Félix María Morillo y el Pbro. Luis Alberto Coral Bravo. En 1964, nació Emisora Cultural “Bolívar”, que gerenciaron Carlos Narváez Chávez, Hortensio Erazo, Alfredo Miranda Maya, Claudio Torres Pérez y Álvaro Enríquez Miranda, Isabel Erazo de Obando y ahora Omar Bernal.

Unos años luego, en 1966, se fundó Radio Ipiales, del entusiasmo de Elíseo Concha Sarasti y Carlos Olmedo Calderón. Actualmente pertenece a la cadena Caracol y su gerente-director fue Carlos Alirio Chamorro legendario hombre de radio y también ex Presidente de la Cámara de Comercio, heredad que asumió su hijo Carlos Alberto.

Otros han sido los cronistas nuestros que se han consagrado a rastrear el itinerario de nuestras edades y de nuestra formación como pueblo. Desde don Leonidas Coral y don Roberto Sarasti, autor de las “Me­morias Sobre el Sur de Colombia”, hasta los monseñores Justino Mejía y Luis Alberto Coral Bravo, Agustín Coral, una pléyade de paleógrafos han excavado la verdad y la leyenda y han contribuido a construir la pequeña crónica de nuestra historia grande.

Arquímedes De Angulo, Armando Oviedo Zambrano, Bernardo Andrade Tapia, Rosendo Cerón Mora, Alejo Moreno, Camilo Orbes Moreno, Enrique Pantoja Muñoz, Ernesto y Avelino Vela Angulo, Antonio Vela De los Ríos, el  propio Avelino Vela Coral, Jai­me Coral Bustos, Carlos Pérez Álvarez, Luis Córdoba, Julio Sánchez Córdoba, Elíseo Concha Sarasti, Milcíades Chávez, Julio César Chamorro, Edmundo Osejo, Guillermo Narváez Ramírez, Marceliano Márquez Rivera, José María Arteaga, Leonel Chaves Dávila, Eudoro Narváez Chaves, Presbítero Manuel Dolores Chamorro, Alberto Vela Castrillón, Julio César Pasos, Vicente Cortés Moreno, Carlos Aníbal Córdoba, Julio César Benavides Chamorro, entre otros, han sido sucesores de Tucídides, el reportero de la guerra de Peloponeso, considerado el primer cronista de la historia antigua.

 

Sociedad El Carácter, institución centenaria de Ipiales

 

Digna de encomio cultural y académico ha sido la existencia meritoria y ya centenaria (1913) de la “Sociedad El Carácter”, de la probidad cívica de Carlos Aníbal Córdoba, Carlos Chaves Ortega, Gastón Cabezas, Alirio Montenegro, Constantino Morillo y que fundaron Manuel Rojas y Félix María Morillo, Gerardo Martínez Pérez.

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