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BICENTENARIO DE BOMBONA: DE AGUALONGO A GARCIA MARQUEZ (SEGUNDA Y ULTIMA PARTE) 

“Siempre hemos sido pobres y nada nos ha faltado”... A lo que responde el agobiado General: "La verdad es la contraria. Siempre hemos sido ricos y nada nos ha sobrado”.

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

 

Rodrigo Llano Isaza y Enrique Santos Molano, entre otros pundonorosos historiadores, han relievado la importancia premonitoria de la batalla de Pienta, en angustiada víspera del Pantano de Vargas y Boyacá, lo mismo que se dijo de la batalla de Borodino, de septiembre de 1812, que a pesar de dejar difuntos a 43 de sus generales, le abrió a Napoleón las puertas de Moscú.

Y valga decir entonces que en contraste, en hipotéticas vidas paralelas (que las intentó don Juan Montalvo, por ejemplo) Bolívar no perdió batallas o no tantas y definitivas como Napoleón y ante todo que el gran mérito bolivariano descansa en que a Indoamérica NO REGRESARON LOS BORBONES.

“El triunfo de Pichincha hizo posible que Bolívar salvara las breñas de Juanambú. Capituló Pasto –dice el ambateño Pedro Fermín Ceballos, en su acreditada Historia del Ecuador—y las tropas colombianas avanzaron a nuestro territorio”.

El pastuso Bernardo Santander Eraso, también a favor de la victoria del Libertador, “según convenio de captaciones” (p.213).

Gabriel Porras Tronconis en su torrencial investigación “Campañas Bolivarianas de la Libertad”, (Caracas, 1953) también vota la victoria bolivariana y prioriza el Boletín de Bartolomé Salom que hace el inventario de la proeza, a la que se ha referido recientemente el maestro Vicente Pérez Silva (“Página 10”).

El propio Basilio García cuando escribió sus memorias en La Habana puntualiza en la carta que le puso a Mourgueón el 9 de abril, “tuve que abandonar las posiciones principales a las dos de la mañana, porque el enemigo se había introducido por mi flanco derecho arrollando las compañías que guarnecían la altura de Bomboná en términos de que al anochecer ya tenía al enemigo de retaguardia, y quedó en aquella madrugada el campo de batalla por los enemigos” (p.306).

 

 

El malévolo Madariaga en su avinagrada elucubración se obliga a reconocer: “Ocurrió, no obstante, que el nombre y la causa de Bolívar se salvaron por una coyuntura cuyo elemento principal fue la victoria alcanzada por Sucre en Pichincha (p. 299).

Gillette Saurat, académica francesa, que pudo comprobar que ya en vida Bolívar fue víctima de la venal acusación de aspirar a la tiranía, que sirvió de pretexto para hacerlo fracasar como hombre de estado, fracaso que favoreció el expansionismo de los Estados Unidos, la realización de su ‘destino manifiesto’, y que facilitó la distorsión del de la América Latina, la cual aún no termina de sufrirlo, Saurat, en su afamada biografía de “Bolívar el Libertador”, precisa que “técnicamente, la de Bomboná puede considerarse como una victoria” (p.456).

Simón S. Harker también dice que Bomboná fue un triunfo. (Credencial, enero 95, ps. 4,14, 15). Y el ecuatoriano Roberto Crespo Ordoñez: “Miradle también en su corcel de guerra, como una estatua sobre un peñón de Bomboná, abriendo paso a las huestes del Sur, venciendo a sangre y fuego la terquedad y resistencia realista de Pasto, para llegar al fin a la línea ecuatorial y arribar a Iñaquito, donde Sucre, el Vencedor de Pichincha lo recibió, le enseña de la batalla y le informa del holocausto de Abdón Calderón, a quien resuelve glorificarle como lo hizo antes con Girardot y Ricaurte”.

Mauricio Vargas Linares destaca también que con esta batalla de Bomboná se derrumbó la puerta para atravesar hasta Quito (p. 221), “pero el cumanés que actuaba como intendente del nuevo departamento integrado a Colombia, y a los líderes republicanos quiteños que en 1809 habían sido los primeros americanos en alzarse contra el gobierno español impuesto por Napoleón, acordaron reservar el gran festejo para la llegada de Bolívar, quien venía de golpear el 7 de abril a los realistas y sus aliados pastusos en los campos de Bomboná. Los dos bandos chocaron a lo ancho de un rellano de la cordillera oriental del cauce encañonado del Guáitara, al oeste de Pasto, en una batalla en la que Bolívar perdió a 114 hombres y sumó trescientos cincuenta y tantos heridos, pero garantizó que los realistas, que vieron morir a 50 de sus efectivos, no pudieron acudir en ayuda de Aymerich para defender a Quito ante el avance de Sucre desde el Sur. El Libertador había sido el primero en loar la brillante ejecución militar de su preferido en el Pichincha, pero después trocó su orgullo paternal en celos. “La victoria de Bomboná es mucho más bella que la de Pichincha”, le escribió a Santander.

 

 

El canciller, historiador y tratadista Alfredo Vásquez Carrizosa: “Tomó la ruta que conduce hacia Pasto atravesando el Juanambú donde encontró una resistencia enemiga y luego de librar los combates del Guáitara, vence en Bomboná la primera de las grandes batallas que sostendrá en el largo y escarpado camino hacia El Cuzco, el último reducto de la fuerza española” (“El poder presidencial en Colombia”, Dobry Editores, 1978, p.45).

Lo secunda el general Álvaro Valencia Tovar, estratega de más de cincuenta años a partir de Corea.

La parábola épica de Agustín Agualongo se sitúa en el paralelo conceptual que hemos intentado a propósito de la recalcitrante resistencia indígena a la revolución burguesa de independencia.

Acto seguido a las capitulaciones de Berruecos, después de la batalla de Bomboná, desde su cuartel en Túquerres, a comienzos de noviembre, el teniente coronel Benito Boves, sobrino del terrorífico José Tomás, envía una improvisada patrulla campesina, recogida en los resguardos indígenas de Genoy y Catambuco a saquear a Ipiales y Tulcán por su no disimulado patriotismo, y en cabeza de Agustín Agualongo y Eusebio Mejía (a. “calzones”).

La retaliación fue sumamente cruel porque en las dos poblaciones se quemaron varias casas y se mataron civiles incluyendo mujeres y niños, siendo apresada Antonia Josefina Obando Murillo, la ninfa que había homenajeado a Bolívar cinco meses antes. A la fuerza fue empujada hacia los pueblos cercanos para demostrar el supuesto poderío de la insurrección rural que había motivado Boves y sus secuaces cual unos ángeles vengadores. En ese mismo noviembre negro la ninfa ipialeña fue fusilada en el interior de la capilla de La Escala. Huelga precisar que para esa misma época Ipiales fue devastada, incendiada, hasta sus archivos fueron arrasados como si hubiérase querido desaparecerla de la memoria popular. Renato Remigio Boves seguramente les había prometido a los salteadores de que aún podían derrotar y ahorcar a los terratenientes para confiscarles lo que habían despojado a las comunidades indígenas y por añadidura, la liberación de los esclavos afros.

Agualongo salió de Pasto el 2 de noviembre de 1820 hacia el Ecuador y regresó el 29 de mayo de 1822, por lo que no actuó en las jornadas de Genoy ni Bomboná ni en la de Pichincha si se tiene en cuenta que estaba expectante, en el norte de Iñaquito a una orden de Carlos Tolrá, para entrar en combate pero el coronel nunca la dio.

 

 

El que sí estuvo en Bomboná fue Estanislao Merchancano.

“El pueblo de Pasto no se había rendido y estaba furioso contra don Basilio, que en la noche del 9 se libró providencialmente de ser asesinado por un miliciano, y también en contra del Obispo y del Cabildo por haber capitulado –dice Sergio Elías Ortiz- ¿Por qué el pueblo de Pasto no aceptaba los hechos cumplidos, una vez que la propia España en la persona de sus más altos representantes, el presidente de Quito, Aymerich, y el Comandante de la División del Sur, García, los habían aceptado y se retiraban de la lucha? ¿El mismo Obispo, que era la autoridad espiritual más atendible, tan español y tan monárquico como ellos, no había acatado la voluntad de Dios en estos sucesos y había arreglado su conducta a la nueva institución republicana? ¿Es que ese pueblo era más realista que el rey, como se ha dicho? Creemos que la mente de la clase inferior estaba llena de prejuicios contra los que ella llamaba insurgentes, traidores, perjuros, etc., sembrados en trece años de prédicas, de actos de resistencia, de continuo batallar, desde el año nueve, y se trataba de gente sencilla, trabajadora, montañesa, donde las ideas se arraigan fieramente y no era posible hacerla cambiar de rumbo de un momento para otro, sintiéndose, por otra parte, triunfadora, como creía haberlo sido en Bomboná. Las autoridades y la clase dirigente que estaban en capacidad de comprender lo que significaba estar colocados entre dos fuegos entendió inmediatamente que capitular en la forma que capitulaban, era lo que más convenía. El pueblo nada tenía que perder que lo atara a la vida y hasta ésta la había ofrecido por su Dios y por su Rey. Por eso no se rendía, quien se rindió fue don Basilio”.

Alberto Montezuma Hurtado, que también fue acreditado historiador, que confesó su culto a Bolívar, pero no despreció la gesta pastusa, decía que quizás no les convenía la independencia a muchas de las principales familias pastusas, a las encopetadas, dueñas de tierras extensas y fértiles, que en sus gavetas guardaban joyas, títulos de propiedad y pergaminos. Debieron alarmarse ante las posibilidades de transformación social contenidas en las nuevas ideas. Vivian en santa paz con Dios y la Iglesia, con sus tenencias, sus petacones y sus peonadas sumisas. En cuanto a los cargos públicos eran exclusivos para la gente notable y señaladamente, de 1780 para arriba ningún funcionario importante vino de la península para usurpar a los apellidos de la Villota, Zarama, Burbano, Astorquiza, Soberón, Santacruz, Polo, Zambrano y otros, sus posiciones, sus goces, sus preeminencias oligárquicas. No existen estudios a fondo sobre estos particulares, pero no hay ligereza en colegir que lo mismo que en otras ciudades del Nuevo Reino, gentes hubo en Pasto con sólidos intereses que defender, inmensas praderas registradas en sus nombres, y muchos signos de dominio y de riqueza, en fin, de los que nadie se desprende sin fiera lucha ni pierde sin profundo desconsuelo”.

 

 

Aparte de los efectos de un impolítico tratamiento, hay, pues, en los orígenes de la resistencia pastusa al establecimiento de la República, una convicción elemental, una fe prístina en la bondad del gobierno de la corona, contra el cual solo vio san Juan de Pasto súbitas insurrecciones, críticas y rechazos, de cuya fermentación estuvo ausente, aislada como siempre de todo cuanto significara evolución en las ideas políticas y tendencia a un nuevo florecimiento y a plenitud de la personalidad humana. Más aún, de acuerdo con su criterio tradicional, ¿no temieron que la revuelta iría contra la religión católica de la que fueron los pastusos seguidores fidelísimos a todo lo largo de su historia y por lo cual hubieran sido capaces de encender guerras santas, olvidándose totalmente de la felicidad, lo mismo que del dolor y de la muerte? El clero de la época lo predicaba así, encabezado por el célebre obispo de Popayán don Salvador Jiménez y sus ad-lateres, de manera que no podía serle fácil a la ciudad solitaria desoír la voz tronante de sus temidos pastores.

Por otra parte, si es verdad que las lecturas abren muchas veces los ojos del espíritu, ¿qué leían los pastusos letrados en los albores del siglo de la Independencia? De viejos inventarios particulares se deduce que las lecturas de la época estaban limitadas a Santo Tomás de Aquino, Sor María de Ágreda, Feijoo, Fray Luis de Granada, el Año Cristiano, Massillon, Kempis, La Bourdalue, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja, Mariana de Jesús, las Siete Partidas, la Conquista de Méjico y con cierta timidez Guzmán de Alfarache y don Quijote de la Mancha. A lo que se agregaba un material abundante compuesto por oraciones fúnebres y pastorales de varios jerarcas eclesiásticos. Nada de Voltaire –Dios nos libre- ni de Rousseau, ni siquiera una mala copia de la traducción de los Derechos del Hombre.

El prolífico historiador Rodrigo Llano Isaza rescata el “Discurso político en que se manifiesta la necesidad e importancia de la extensión de los estancos del tabaco y aguardiente y la abolición de los tributos de los indios con los arbitrios que por ahora pueden adoptarse para llenar el vacío que ahora sentirán los fondos públicos en estos ramos”, de don Miguel de Pombo, de septiembre de 1810, en el cual también se ocupó de una profunda reforma agraria.

“La excelente exposición –dice Llano- tocó uno de los problemas más traumáticos del desarrollo nacional y fijó las pautas de lo que podría ser una auténtica revolución social. Mencionó las causas y consecuencias del latifundio, aportó ejemplos de otros países y señaló las razones por las cuales los indígenas lucharon tan ardorosamente contra los patriotas y militaron tan fervientemente del lado de la Corona. Enumeró casos humanos tan respetables y destacados como el del coronel Agustín Agualongo en el sur, que los llevará a actuar en contra de quienes ofrecieron liberarlos de las cadenas políticas que los ataban a la metrópoli, cuando en realidad ansiaban apropiarse de las tierras de los resguardos indígenas para dejarlos en la miseria, entregados en los brazos del latifundio” (p. 88).

 

 

Enviado el Coronel Flórez a mantener la paz terrorífica que impusieron los mercenarios de Sucre, bien pronto supo de la astucia fulminante de Agualongo. Cerca de Pasto, a la vuelta de Matituy, le desbarató el ejército al futuro Presidente del Ecuador. Con indios armados con garrotes, machetes y lanzas, ganó 150 muertos, tomó en rehenes 300 y puso en fuga a los temibles Flórez, Obando, Luque y Jiménez.

Dueño de su ciudad le puso gobierno, así que “el blanco” Estanislao Merchancano fue designado Gobernador y él mismo se proclamó Comandante General, en nombre del Rey de España.

Y como si fuera poco, Agualongo se decidió por capturar Quito y para ello se encaminó a Ibarra a apoderarse de aquella preciosa joya en su botín realista. El general Bartolomé Salom de siniestros recuerdos que quiso detenerlo en El Puntal, fue desbaratado.

La futura capital del Imbabura fue sometida al régimen de pillaje y pandilla, por varios días, por ese ejército de indígenas hambrientos más de manjares terrenales que de conveniencias imperiales.

Y esa demora los perdió. Avisado Bolívar por Salom de la frágil situación republicana, regresó de Guayaquil inmediatamente y se puso al frente del ejército. El 18 de julio de 1823 enfrentó murgas callejeras en Ibarra que ni siquiera sospechaban de su presencia. El propio Agualongo no pudo reponerse de la inminencia y fiereza del ataque. Ochocientos pastusos quedaron cadáveres camino al Chota. Sólo cincuenta con Agualongo, pudieron atravesar el Guáitara por Rumichaca.

En las confesiones que le hizo a su edecán Perú de Lacroix, en 19 de mayo de 1828, en inmediaciones de Bucaramanga, habla el Libertador: “Mi primer proyecto no fue atacar de frente al enemigo en la fuerte posición que ocupaba, pero habiéndome puesto a almorzar con las pocas y malas provisiones que tenía entonces, y con la última botella de vino que quedaba en mi bodega y que mi mayordomo puso en la mesa sin mi orden, mudé de resolución. El vino era bueno y virtuoso, varias copitas que tomé me alegraron y entusiasmaron de tal modo, que al momento concebí el proyecto de batir y desalojar al enemigo: lo que antes me había parecido imposible y muy peligroso, se me presentaba ahora fácil y sin peligro. Empecé el combate, dirigí yo mismo los movimientos y se ganó la acción. Antes de almorzar, estaba de muy mal humor, la divina botella de madera me alegró y me hizo ganar una victoria, pero confieso que es la primera vez que tal cosa me ha sucedido”.

Así que el que destruyó a Agualongo fue Bolívar y no al revés, como alega el ex gobernador Romero Galeano, en su desafortunado reportaje al que ya nos hemos referido.

“Tal, en resumen, la vida y tragedia de este esforzado varón, Agualongo, espejo de lealtad y valor, verdadero tipo de nuestra raza- dice Sergio Elías Ortiz-. Sus contemporáneos lo consideraron como un símbolo de fidelidad y una bandera de defensa. Con él aunque desposeídos de armas y solo provistos de garrotes, iban seguros a la victoria. La posteridad empieza a hacerle justicia. Escritores como Montalvo, Miramón, Sañudo, ven en él a un gran capitán que pudo estar equivocado en su concepción de los acontecimientos que envolvieron su vida, pero que dentro de su propia ideología fue grande física y moralmente. El más grande de los caudillos que produjo la reacción monárquica en América cuando se convulsionó en demanda de libertad democrática”.

No se crea que Francisco de Paula Santander fue complaciente con Pasto. Escúchesele en carta al Libertador: “Patía y Pasto son pueblos terribles. Saben hacer la guerra de partidas admirablemente. Voy a instruir que los principales cabecillas, ricos, nobles o plebeyos, sean ahorcados en Pasto”. (AMH, p. 159).

 

 

Dice Guillermo Segovia Mora, en lo que tiene que ver con Agualongo: (p. 55).

“Es un homenaje digno de exaltar y cultivar los valores positivos que signaron a un paisano, pero no se debe olvidar nunca el anacronismo de su enseña. Fue un realista criollo, un pastuso herido por las afrentas a sus creencias y a su pueblo, pero así mismo el caudillo de una causa reaccionaria como los hubo a lo largo y ancho de las colonias españolas, a los que hoy exaltan ultra-conservadores nostálgicos españoles que denuestan de la Independencia y glorifican la monarquía con argumentos amañados e interpretaciones acomodaticias.

“Pero la resistencia tuvo el límite de lo inevitable. Advertido de la irreversibilidad de la victoria patriota y de los nuevos tiempos por venir, el pueblo pastuso juntó su sangre al torrente de la naciente nacionalidad colombiana. Sin embargo, consolidada la independencia, la provincia no tuvo calma por el uso que de éstas huestes irreductibles hicieron los caudillos de las guerras civiles que prosiguieron, aprovechando el ánimo de vindicta y la tendencia guerrera larvada en indios y negros tras largos años de violencia, no pocos triunfos y un modo hosco y aislado de vida”.

Imperativo por ello militar en la escuela de la “Historia Social” para dar a la insurgencia y a la contrainsurgencia una interpretación interdisciplinaria, geopolítica y teleológica. La nación indígena fue la protagonista. Que actuó como socia en la coalición con las élites criollas hasta 1822 y como gestora en su suicida enfrentamiento (1822-1825) contra la naciente, pero aplastante República.

 

LAS RAZONES DE PASTO PARA ADVERSAR A QUITO FUERON EVITAR MAYOR MARGINACION Y SUBORDINACION ECONOMICA

 

Sin ningún sobresalto, rígidamente estratificada, conservatizada y aún fanatizada, Pasto permaneció estacionaria sin signos de vida para la lucha a muerte que se libraba en el continente en contra del Imperio. A diferencia de sus vecinos Popayán o Quito, Pasto situada en los Andes septentrionales, adscrita a la zona de los páramos ecuatoriales, no cultivaba relaciones comerciales con el exterior y su economía resultaba feudal y autárquica. “Era un poblado de tercera categoría enclavado en un pliegue de los Andes inmenso, lejos de todo el mundo”, recuerda Sergio Elías Ortiz en las crónicas de su ciudad.

Las vías de comunicación con el mundo exterior de esta porción de América Hispana, se reducían a los primitivos caminos reales (de los incas y de los pastos), habilitados para vías por los conquistadores y colonos españoles y recompuestas de tarde en tarde, con el trabajo obligatorio de los indios, al terminar las rigurosas épocas de invierno que las dejaban totalmente destruidas.

Era una estación de paso en el circuito comercial que unía a Quito con Popayán, las minas del Chocó, Santa Fe y Cartagena. Únicamente abastecía de carne seca, papas y tejidos bastos de la provincia de los Pastos a las minas de Barbacoas, y de harina de trigo y algunas artesanías a Popayán.

Por eso, las transacciones comerciales se hacían a baja escala con Popayán y Quito e Ibarra que enviaba harina, lana y ganado en pie. La producción local abastecía las necesidades de los distintos sectores. Los indígenas se vestían con sus propios textiles de lana que confeccionaban en telares artesanales. Grupos de ellos se abastecían de productos elaborados en los obrajes de Quito y solamente las clases altas, se vestían con los géneros de Castilla. La economía, entonces, puede calificarse de autárquica, agravada además, por las cósmicas vicisitudes andinas que “hacen de la nuestra la topografía más inaccesible del planeta”.

José Marìa Samper, sociólogo, historiador del siglo antepasado, señalaba que: “las mercancías que iban a España del interior de la Presidencia del Ecuador y a las provincias de Popayán, Pasto y Cauca, en el extremo meridional de Virreinato de la Nueva Granada hasta Honda, de Honda seguían por tierra a lomo de mula y espaldas de peones, atravesaban la cordillera oriental y occidental de los Andes granadinos, transitaban 500, 800, 1.000 o más kilómetros por caminos imposibles y llegaban hasta Quito, a los veinte meses o dos años de haber sido expedidas de España”.

 

 

Todo ello conspiró en contra de nuestra integración al mapa de la independencia y de la Patria y propició y estimuló el estancamiento ruinoso. Al amanecer del siglo de las luces, el 19, Pasto permaneció insólita pero laberínticamente aislada; para peor, sus herméticas clases altas presumieron que eran todo un desafío para sus presentes y cuantiosos privilegios las ideas insurgentes y republicanas. El aislamiento trajo como consecuencia nefasta la perpetuación del sistema feudalista tanto en las relaciones de producción como en el comportamiento social.

No existió en las clases dirigentes un grupo sublevado que disputase contra el régimen colonial, ante todo porque ellos mismos se sentían peninsulares, cobraban los tributos y lucraban sus pre-eminencias y privilegios. A pesar de los impuestos ellos los escamoteaban. Además, habían lucrado las encomiendas, mitas, concertajes y todas las concesiones que les hizo la Corona.

El profesor Pedro Carlos Verdugo señala también que para la época de la independencia, el actual departamento de Nariño era “zona de disputa permanente entre las élites y las Diócesis de Popayán y de Quito … debido a la presencia muy notoria de una élite aristocrática en el terreno político y de la Iglesia Católica en el ámbito socio-religioso; como también por su gran diversidad cultural (Pastos, Quillasingas, Telembíes, Awa-quaiquer, Embera, Yuríes) y presencia de un sincretismo sui generis hispano-afro indigenista”.

“En el plano político hubo heterogeneidad. La provincia de Pasto fue una región conservadurista con unas élites compuestas por familias terratenientes de corte aristocrático, las que no se resignaban a perder sus prerrogativas sociales que habían obtenido desde la colonia hasta los comienzos de la República; élite que lideró, conjuntamente con la Iglesia Católica y un amplio sector indígena, orientado por Agustín Agualongo, la defensa de la causa realista y de la autonomía regional en el proceso de construcción del estado-nación”.

Esto permitió la presencia de un partido realista hegemónico, elitista, clerical, burocrático, excluyente, que únicamente periclitó ante la huida de su protector y garante Basilio García después de la Batalla de Bomboná.

Por eso cuando los primeros anuncios subversivos golpean las puertas de Pasto estas gentes se asustan. La sola hipótesis de un desmejoramiento – menos, la desaparición – de su holgada ubicación burocrática y burguesa los desespera y amilana.

En Pasto no existe aquel divorcio -propio de otras regiones- entre el cabildo y las autoridades españolas ni tampoco con los que Javier Ocampo López llama “los estamentos inferiores” (indígenas, negros y mestizos) (Ocampo López, Javier. Manual de Historia de Colombia, t. II, p.46).

Por el contrario: entre unos y otros media una identificación de lealtades y aspiraciones. Son piñones del mismo engranaje oligárquico y monárquico. Ya hemos hablado de la estratégica alianza de élites con la población indígena y campesina.

 

 

Si así eran las cosas: ¿Qué razones obligaron entonces a Pasto a involucrarse en “la guerra económica regional?”, se interroga el analista Gutiérrez Ramos y él mismo hace una atinada y lúcida argumentación: abrir una ruta expedita al Atlántico y garantizar el abasto de las minas del occidente neogranadino era el principal aliciente de Quito para “anexarse” buena parte de la Gobernación de Popayán, incluidas como es obvio, las jurisdicciones de Pasto y Barbacoas.

La élite pastusa, consciente de la mayor subordinación y marginación económica que la política expansionista quiteña implicaba, se resistió con todo su empeño a que ello sucediera, como lo demostraron tanto en sus argumentos, como en las actuaciones políticas y militares que desplegaron para enfrentar las invasiones quiteñas de 1809 y 1811. (p. 159).

Pero no todos se sometieron después de Bomboná y Pichincha, porque el pueblo raso, principalmente la nación indígena, continúa la lucha del partido realista y de una lucha aparentemente política se pasa a la lucha social.

 

EL GENERAL EN SU LABERINTO

 

Quién hubiera podido sospechar en mayo de 1830, que frente a la casa que fue último alojamiento del Libertador en Bogotá y del que se despidió para siempre jamás, que perteneció al antiguo alcalde José Miguel Pey y al general Herrán, se levantaría la construcción que el Fondo de Cultura Económico le donara a Gabriel García Márquez y a la capital de Colombia. Entrelazados mágicamente dos hombres geniales, dos costeños hermanados por los insondables brazos del Caribe y, además, que el Nobel escribiría en 1989 una biografía reveladora del trágico final del Libertador – Presidente.

Bien pudiera afirmarse que en él sí que se cumplió, más que en ningún otro ser, la sombría sentencia de que nadie nos acompaña en la muerte.

El opúsculo apologético de Gabo es provocativo ante todo porque rescata un Bolívar rehén de Suramérica y lo ubica en un estadio ecuménico, compartiendo vidas paralelas con Julio César, Aníbal o Napoleón. Pero no para diezmarlo en su grandeza y en su virtud con sus émulos universales, como lo hicieran antes otros cachacos, que sólo reconocen al Bolívar-soldado, sin ningún mérito de liderazgo continental.

A los otros sólo los seduce el brillo de la espada vengadora, pero prefieren como padres de la Patria a otros por el prurito de que Bolívar es caribe, es pardo, es mantuano, es extranjero (a pesar de que él mismo lo advirtió: “Nací para la vida en Caracas, para la gloria en Mompox), es ateo, es masón, es visionario, es latinoamericano, es estadista, es soldado, es poeta, es diletante, es generoso, es espléndido … conceptos y atributos que no atraen al conservatorio tan apegado a los pergaminos, al protocolo, a las genealogías y al rampante leguleyismo.

Gabo salta sobre las alambradas convencionales y obtiene un Libertador “nietzscheano” (humano, demasiado humano) que preferimos y amamos los hechizados herederos de su gloria.

La idea tan acatada y patrocinada por las colegiaturas de todos los tiempos y todos los lugares de vivir subyugados por el fetiche y olvidar a los héroes de carne y hueso y sangre y debilidades y ambiciones, es demolida por el Nobel y por quienes preferimos menos próceres inmaculados en el santoral, menos figurines de trapo o mármol y más hombres en nuestra historia.

Pero el esfuerzo de Gabo no se traduce en triturar impasible la memoria y el pedestal de Bolívar para posar de iconoclasta, de ángel exterminador o de cronista del diablo.

 

 

Y los nariñenses sabemos bien a quién nos referimos. Fue un paisano nuestro, quien con ferocidad patológica arremetió en contra de Bolívar con la perversa intención de estrangular al Héroe pérfidamente, sin concederle un respiro, convirtiendo en sanguinario lo políticamente inevitable, en ambición pueril lo que Latinoamérica urgía y que aún hoy es un imperativo y un apremio.

Pero que fueron sus irreductibles enemigos los que lo impidieron porque querían -y lo lograron- parcelar la gloria más que del Libertador, de la libertad tan duramente alcanzada, para repartírsela entre ellos en jirones. No en vano Bolívar había sentenciado que “nuestros enemigos tendrán todas las ventajas mientras no unifiquemos el gobierno de América”.

Afortunadamente, Luis Eduardo Nieto Caballero y Quijano Guerrero, Sergio Elías Ortiz, Segovia, entre otros, en su momento desbarataron los falaces argumentos de Sañudo y sitiaron la nueva y horrorosa conjura antibolivariana.

Menester ha sido zambullirnos en los manuscritos del profesor Sañudo para ver de auscultar su resentimiento. Además de sus trabajos sobre Filosofía y Derecho y sus “Estudios sobre la Vida de Bolívar”, Sañudo avanza en la historia de su ciudad natal, a la cual dedica 4 tomos. “La Conquista”, desde el descubrimiento del Perú (1526), hasta la muerte de Felipe II (1598); “La Colonia”, bajo la Casa de los Austrias, publicada hacia 1939; “la Colonia Bajo la Casa de los Borbones”, publicada en 1940. Quedó inédita la Parte IV, La Independencia, 1808-1832, que es la que acá nos interesa.

No deja de ser original, cáustico, imprevisible el historiador pastuso: “El 27 de junio del 18 se publicaron las victorias de Morillo, de que había dado noticia desde su cuartel de Valencia a principios de mayo; pues es cierto que la revolución estaba vencida ese año de 1818, y que sin la insurrección de Riego y Quiroga, por varios años, se hubiera retardado la Independencia” (p.62).

Obsérvese que solapadamente el autor soslaya el año 19, que fue el que estuvo cargado de “noticias gordas” y favorables a la Independencia: los dos pronunciamientos constitucionales de Angostura y las flamantes batallas de Pienta, Pantano de Vargas y Boyacá.

En otro arrebato de regalismo dice Sañudo que “Desde la mitad del año 16 hasta la del 19, por las victorias del realismo, hubo alguna calma en la ciudad, que le permitió reponerse de las fatigas de la guerra, algún tanto, pero al final del último viniéronle  más calamidades, que bien puede decirse con toda exactitud, que entonces fue la patria boba, pues muchos individuos por el atraso de la desdichada época, en la Colombia grande, inconscientes, coadyuvaron a los planes ambiciosos y libertinaje del Libertador (p.67).

Siguiendo su narrativa antiindependentista y antibolivariana, dice que “un suceso importante mientras tanto aconteció: que Riego y Quiroga, jefe de la expedición que el rey mandaba a América en auxilio, se insurreccionaron con las tropas en Cabeza de San Juan, en enero de 1820, lo cual en mayo se supo en Bogotá; no esperando auxilios de España varias ciudades como antes dijimos y pueblos y ejércitos realistas con sus jefes se hicieron republicanos, cambiando la faz de la guerra de la Independencia. Pero Bolívar que estaba acorralado por las victorias de Morillo en 1818, que salvo el asalto de Boyacá, si bien de sí poco importante, tuvo resultas muy favorables para su causa, porque gran parte de Colombia quedó independiente, tuvo hecha la Independencia, sin eficaz calor de su parte, pues lo real quedó desde entonces abatido, hasta el extremo que bien razono al decir que Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho los habría ganado cualquier jefe republicano aún inepto” (p. 80).

“Por efecto de la revolución de Riego, se proclamó la Constitución de Cádiz abolida, y se dividen los realistas en absolutistas y constitucionalistas, siendo causa esta división de mayor flaqueza. El Rey, el 12 de marzo tuvo que jurarla, el 22 convocó las Cortes y ordenó que entren en tratos con los republicanos que fue reconocerles beligerancia y dio por resultado las vistas del invicto Morillo y de Bolívar, que la llamó comedia diplomática.

“Hasta aquí, en este tiempo, sin muchos afanes y desgracias se han contado, puede decirse empero que constituye la historia épica de Pasto, por sus múltiples victorias, pero los años siguientes, un período de horrores principalmente por la pereza del carácter de Bolívar, que solía querer satisfacer su desaforada ambición y crueldad, a quien  nuestros mayores no tuvieron sino la inocente venganza de llamarlo el zambo Bolívar, apoyado en su físico que a la verdad tenía la apariencia de mulato, sino era en realidad, y por algunos de sus subalternos que no tenían ley con  la humanidad ni el temor” (p. 113).

No sin antes el autor pastuso haber despotricado de Manuelita Sáenz, a quien llamó “desvergonzada, a la que las señoras de Pasto, llamaban marimacho, de que se quejó a Bolívar, quien riéndose respondióla que él sabía no serlo”.

 

 

Ni modo que para Sañudo, Bolívar hombre fatídico, no haya sufrido la consabida conspiración: “por lo que la noche del 25 de septiembre, que lejos de ser nefanda como historiadores sin criterio apellidan, constituye una página más gloriosa de la historia de Colombia, en que varios jóvenes como Ospina y Márquez, que después de 1843 fueron cabezas del conservatismo, González y Acevedo Gómez del Liberalismo, contando con la simpatía de la mayor parte de Bogotá, sobre todo de las mujeres; pues el desamor de éstas a Bolívar, afirma en 1830 el obispo Talavera, se conjuraron contra la dictadura; más por hado funesto abortó la conjuración y dio lugar a que Bolívar hiciera asesinatos”. Sañudo declaró enfáticamente su admiración a Santander, véase la revista Amerindia (Número 4, 1953).

Para iniciar el piélago de inexactitudes de Sañudo dígase de una vez que NI MUJERES (A NO SER MANUELITA) NI ACEVEDO GOMEZ NI MARQUEZ FUERON PARRICIDAS. Véase en este capítulo el trabajo que al limón hicimos con el académico e historiador Edgar Bastidas Urresty cuando publicamos “Dos Visiones sobre Bolívar” (1997).

Sañudo se lisonjea también de su propia teoría de la predestinación diremos, que le permite conjeturar que hubo justicia divina en el crimen de Sucre y de Obando, que perecieron asesinados por sus émulos, pero en todo reivindicando todos los males que perpetraron a los pastusos en la independencia.  Incluso Bolívar desterrado de Venezuela su patria, y de la Nueva Granada.

Paradójicamente, y a pesar de Sañudo tan católico y pro romano, el Libertador murió designado Plenipotenciario ante la Santa Sede, enviado allá por el gobierno de Bolivia. Y con un millón de pesos que le había decretado el Congreso de Lima y que finalmente se lo robaron los Guzmán de Caracas.

Precísese que desde las aulas universitarias, en el periódico “El Estudiante”, Sergio Elías Ortiz desconceptúalo: “No sólo nos proponemos refutar esta desgraciada obra, sino también las omisiones en que incurre … ha gastado más de 20 años en fabricar su obra sobre Bolívar, ignorando las fuentes históricas ¿o es que ha procedido con mala fe histórica? Y esto sólo como abrebocas.

En tanto que García Márquez no goza lúdica ni alborozadamente con el laberinto que aturdió al Libertador en los últimos catorce días de su imponente drama. Por el contrario, su relato es una exaltación descarnada del final triste y angustiado de un caudillo que lo entregó todo al vértigo de la Revolución.

Los idus del año treinta son telúricos para la cronología de Independencia y de la primera República. En junio, en los desfiladeros de La Jacoba es oscuramente asesinado el mariscal de Ayacucho, el más digno de los generales, en magnicidio repugnante que conmovió en su trágica intensidad al moribundo padre de la Patria.

La crónica de los postreros instantes es estremecedora por lo devoradoramente tristes y solitarios. Pero todo ello es sublimado por la fibra moral del Libertador y por la pluma encantada del vallenato.

“Posiblemente el mayor error del Libertador Simón Bolívar, fue haber perdonado la vida del conspirador Francisco de Paula Santander y sólo desterrarlo, pese a comprobar que formó parte del plan para asesinarlo”. “Esa oligarquía leguleya que dejó Santander, la heredó Colombia. El resultado se refleja en la corrupción de sus gobernantes durante doscientos años”.

 

 

“Las oligarquías de cada país, que en la Nueva Granada estaban representadas por los santanderistas, y por el mismo Santander, habían declarado la guerra a muerte contra la idea de la integridad, porque era contraria a los privilegios locales de las grandes familias. “Esa es la causa real y única de esta guerra de dispersión que nos está matando”, dijo el general. “Y lo más triste es que se creen cambiando el mundo cuando lo que están es perpetuando el pensamiento más atrasado de España”. “Todo lo he hecho con la sola mira de que este continente sea un país independiente y único, y en eso no he tenido ni una contradicción ni una sola duda”.

El general Santander en repetidas ocasiones manifestó sus deseos de un gobierno fuerte y su voluntad de servir lealmente a Bolívar, aunque éste se coronase. El Vicepresidente lucía especial respeto a las leyes cuando podía blandirlas como armas contra los militares vencedores rivales suyos. El 21 de agosto de 1826, escribe Santander a Bolívar: “El origen de nuestros males está en mi entender en que desde la Constitución hasta el último reglamento han sido demasiado liberales para un pueblo sin virtudes y viciado por el régimen español donde hay tantos elementos de discordia y tantos hombres que se creen superiores a usted mismo”. Y en noviembre 5 del mismo año: “No tengo embargo en decir públicamente que solo Usted serviría como dictador, monarca, etc., de resto a nadie, porque parto del principio de que usted respeta las leyes y los derechos del hombre, lo que obligó sin duda a Mollien a decir que su dictadura nunca había sido una desgracia”.

El irreparable pecado de Santander fue el de no haber sido partícipe de El Sueño. “No: no fueron esos ni tantos otros los motivos que causaron la terrible ojeriza que se fue agriando a través de los años, hasta culminar en el atentado del 25 de septiembre. La verdadera causa fue que Santander no pudo asimilar nunca la idea de que este continente fuera un solo país”, dijo el general. “La unidad de América le quedaba grande”. Más adelante, se ratifica el veredicto: “Es avaro y cicatero por naturaleza”, decía, “pero sus razones eran todavía más zurdas: el caletre no le daba para ver más allá de las fronteras coloniales”. Para quien carece de convicciones o de simpatías que lo convoquen con especial ahínco a la defensa de Santander, ésta no sería sino una instancia más en el grande o chico pleito por el que tanta tinta (y, a la colombiana, no poca sangre) se ha vertido.

Por lo demás el relato del eclipse bolivariano es un poema épico y trágico. Porque bien pudiera recitarse de sus últimos días:

“… Su cuerpo, antes de acero y de tensos nervios, es ya un despojo de macilentos huesos. Su leve rostro es la hoja seca que el huracán arrastra. Sus grandes ojos tristes de fuego negro, principian a apagarse en honda melancolía. Su gran corazón es ya un cansado suspiro. Su respiración es un apagado eco del mar, que lo arrulla en su trueno lejano…”.

Se ha podido rastrear la filiación espiritual de Gabo en El Quijote, en Virginia Wolff, en William Faulkner, en Joseph Konrad, en Hemingway, hasta en el mejicano Juan Rulfo, -desde luego en las tragedias de Sófocles-, pero es del incontrastable Shakespeare el siguiente pasaje: Comprobando la antigua austeridad de su amo y la estrechez sobreviniente, en el supremo protocolo del testamento, cuando el moribundo dicta la cláusula de los ochos mil pesos para su mayordomo perpetuo, le suplicó al general que cambiara su voluntad: “Siempre hemos sido pobres y nada nos ha faltado”.

A lo que responde el agobiado General: “La verdad es la contraria. Siempre hemos sido ricos y nada nos ha sobrado”. Así que no había alternativa: la donación no sólo era irrevocable sino irrenunciable. “Es lo justo”, concluyó el general. “Lo justo es morirnos juntos”, replicó Palacios que habría de supervivirlo hasta los setenta y seis años, pobre y nostálgico.

Repárese en la cantera anglosajona: “Sufrimos demasiado por lo poco que nos falta y gozamos poco de lo mucho que tenemos”.

 

3 Comentarios
  1. Édgar Bastidas Urresty dice

    Aporta nuevos elementos sobre la batalla de Bomboná que corroboran el triunfo de Bolívar y la derrota del realismo pastuso que se creía invencible por la gracia de Dios y los hombres. Reafirma la defensa de los intereses económicos de los terratenientes de Pasto, apoyados en la iglesia, y en la clase indígena, un status de venerable antigüedad contra la revolución de la Independencia.
    Bolívar fue grande y generoso con Pasto después de Bomboná prometió respetar el statuo quo, y solo la rebelión equivocada de Agualongo y sus huestes, habría de propiciar nuevas guerras y la ruina de Pasto y la comarca.
    Es doloroso, como les ha pasado a Bolívar y a otros héroes, pasar de la gloria a la en

    1. Cecilia caicedo jurado dice

      Magnifico y documento ensayo. Especialmente resalta la ecuanimidad intelectual del autor para entender una época y un accionar lleno de contradicciones. Sopesarlas sin caer en estereotipos es la virtud de este texto, entre otras.

    2. Cecilia caicedo jurado dice

      Magnifico y documento ensayo. Especialmente resalta la ecuanimidad intelectual del autor para entender una época y un accionar lleno de contradicciones. Sopesarlas sin caer en estereotipos es la virtud de este texto, entre otras.

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