ANTONIO NARIÑO: LA LUZ QUE NO CESA

Tanto no odiaba definitivamente Bolívar a Pasto, ni Pasto a Bolívar, que cuando se despidió de Bogotá para siempre, el 8 de mayo de 1830, vestía una holgada y abrigada ruana pastusa…

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Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Ahora que recientes insurrecciones han decidido derrumbar los íconos más consentidos se impone volver a las figuras más emblemáticas de nuestra formación democrática como lo es la de don Antonio Nariño.   

No es esta la primera intentona demoledora. Cuando Navarro Wolf alcalde de Pasto, también amenazó con reemplazar al Precursor por Agualongo en la antigua Plaza de la Constitución, es decir, trocar la Independencia y la Libertad por el despotismo e imperialismo europeo. Y dijo el alcalde que tumbaba a Nariño por invasor. Y nosotros preguntamos entonces (y ahora): ¿Qué eran y qué habían sido los realistas, encarnados por Agualongo, en los últimos siglos?

Pero no era la primera vez, porque en 1533, bajo el imperio de los Incas la historia fue al revés. Atahualpa, el verdadero iconoclasta en contra de los símbolos y becerros de madera o de yeso (nunca de oro) que trajeron los europeos, se atrevió en contra de la propia Biblia de los católicos invasores y la arrojó a los infiernos en presencia del cura Valverde y del conquistador Francisco Pizarro. Por ello pagó con su vida, y así se configuró el primer secuestro extorsivo en la historia de América, con pago del rescate y sin devolución de la víctima. Fue descuartizado por el imposible delito de idolatría. ¡Crimen que condenó el propio Montesquieu!

Los propios padres fundadores del décimo departamento (que fueron exclusivamente pastusos) escogieron en 1904 el nombre del Precursor como enseña del nuevo reparto territorial. Aún en contra del baculazo del Obispo y extraño santo Moreno y Díaz que imponía el nombre de la Santísima Concepción o del Corazón Inmaculado de María.   

Y el pobre de Nariño, ni en vida ni en muerte ha dejado de ser un perseguido. No sólo los pastusos de hoy lo ultrajan derribándolo de su centenario pedestal, sino que ni siquiera su fallecimiento puso fin a la querella con el partido del vicepresidente Santander. No se emitió decreto de honores ni se permitió que el canónigo Guerra de Mier pronunciara la oración fúnebre por temor a las autoridades.

 

La estatua de Nariño, bajada de su pedestal

 

Tampoco escapó de la estremecedora confidencia que desliza Florentino González en sus “Memorias” y que suponen el suicidio de Nariño en Villa de Leyva abrumado por su larga biografía de padecimientos e ingratitudes.

El anuncio de la hora exacta de su muerte, en olor de música y de despedida patética, así lo insinúa. No obstante, recuérdese que González, antiguo septembrino, siempre enemigo no solo de Bolívar sino también de Nariño, émulos aventajados de su ídolo Santander, pudo así perversa y póstumamente ultrajar -otro más- la memoria del impertérrito y ya broncíneo Precursor de la patria.

Párese mientes a propósito, que, si hablamos de historiadores, todos los idólatras de Santander odian a Nariño y de contera a Bolívar. (Algún día haremos la lista)

Por el antiguo camino real que saliendo de Pasto avanza por Funes, Iles, por los aposentos de Gualmatán, en junio de 1815 atravesó por Ipiales la comitiva de 300 alguaciles que conducían al infortunado Presidente del Estado de Cundinamarca, general Antonio Nariño hacia Guayaquil, El Callao, Cabo de Hornos y por ahí a la fatídica cárcel de La Carraca, a su lúgubre cita con el agónico Miranda, el otro Precursor.

El sino trágico que acorraló la vida de Nariño discurre desde el momento mismo en que vislumbra la inevitable e inmediata independencia de la corona de España. Desde 1794 cuando traduce la declaración de los derechos del hombre sueña la libertad, la justicia, la emancipación como temas ineluctables de su parábola revolucionaria. Tales expectativas serán la causa de su desgracia persistente. Abelardo Forero Benavides por eso habló de la impresión y represión de los derechos del hombre.

Pero piénsese que toda su generación fue trágica, como si fuera para ella la frase de Licurgo que ubica en el infortunio el principal maestro de las acciones de la vida. Generación trágica como la de 1990 que mató a los candidatos presidenciales. O la de 1900, por la guerra de los mil días y la separación de Panamá. O la de 1985, por lo del holocausto del Palacio de Justicia.

Con Nariño, Pedro Fermín de Vargas, Sinforoso Mutis, José María Cabal, Zea, Ricaurte, Jorge Tadeo Lozano, Valenzuela, Torres, Caldas, Carbonell, -que fue el único ahorcado-, o Liborio Mejía, el único presidente en ejercicio ejecutado, todos sus contemporáneos rindieron sus proceras vidas en el altar de las luchas independentistas.

Entre toda la ilustración santafereña descollaba Nariño, aristócrata de familia y primer periodista neogranadino. Era su biblioteca de 6.000 tomos que nutrieron su espíritu contestatario. Muchas y premonitorias letras escribió Nariño para denunciar ante la corona la exasperante y explosiva estructura económica de la colonia: “el comercio es lánguido; el erario no responde ni a su población, ni a sus riquezas territoriales y sus habitantes son los más pobres de América”, argumentaba.

Un día cualquiera de ese año de 94, después de despedirse de su amigo el virrey Ezpeleta y al pasar frente a la biblioteca de palacio, un capitán le acomoda subrepticiamente los tres tomos de la “Historia de la Asamblea Constituyente Francesa”. Allí descubrió el azorado treintañero la sediciosa declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que había guillotinado la monarquía francesa las vísperas apenas.

Era una de las más poderosas cargas disparadas al corazón del absolutismo. Pero la artillería se venía preparando desde el siglo anterior. El racionalismo y el empirismo, sustratum mismo de la enciclopedia, de la ilustración, los derechos humanos, la democracia política, el poder tripartito, el principio de legalidad, la igualdad ante la ley, el libre examen, la dialéctica hegeliana, la contribución con representación, todos fueron temas picudos y estruendosos que obraron como invencibles arietes ante las puertas de la historia moderna para derrumbar las viejas estructuras feudales y abrir paso a las consignas del liberalismo naciente y triunfante.

De inmediato, para animar el abrasamiento insurrecto entre granadinos dan a la imprenta la traducción de las 17 cláusulas contundentes de aquella cascada que, en la Francia de los enciclopedistas, había tajado el curso de la monarquía.

Nariño había adivinado el núcleo de estas máximas universales. Son ecuménicas, aplicables a todos los pueblos. Son precisas, rotundas, rampantes. “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden ser fundadas sino sobre la utilidad común. “El principio de la soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer la autoridad que no emane de ella expresamente. La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a concurrir a su formación, personalmente o por medio de sus representantes. Ella debe ser la misma para todas, sea que se proteja, sea que castigue”     

Estas cláusulas tensionan el nervio para destronar la monarquía misma y traducen el nuevo racionalismo sobre el cual descansaría el sistema político naciente. Nariño es el primer americano que lo advierte y al descifrarlo siembra la revolución que lo devoró a él primero. Pero que abrió el destino ya sin posibilidades de retorno.

Su acto audaz es un detonante repentino que en tres lustros liquidará para siempre el Virreinato y el coloniaje extranjero, por lo menos hispano. La fecunda semilla que sembró en el alma americana este santafereño visionario fructificó bien pronto en territorio abonado y una nueva estirpe de audaces y generosos jóvenes se empeñó a cultivarla y expandirla porque contenía los vientos aurorales de una nueva y promisoria nacionalidad. Las vacilantes pero energúmenas autoridades sabían bien que aquellos principios insurgentes socavarían finalmente los agrietados cimientos del sistema absolutista. Aquella ideología burguesa que disputaba el origen del poder y reclamaba libertades e igualdades que el antiguo régimen había negado enfáticamente, resultaba la antesala de la entrevista independencia.

No es descaminado intentar unas vidas paralelas entre el francés Juan Pablo Marat y nuestro personaje. El periódico “El amigo del pueblo” tuvo una enorme influencia sobre el movimiento revolucionario democrático y el periodista desde los primeros días se consagró a la lucha. Defensor de los intereses y los derechos del pueblo, amigo de los pobres, demócrata revolucionario, Marat odiaba la tiranía y la opresión. Fue el primero en advertir que el yugo feudal era reemplazado por el yugo de la “aristocracia de la riqueza”. En su periódico denunciaba los actos y planes contrarrevolucionarios de la Corte, la política antipopular de Nécker, la propensión a la traición de los jefes del partido de los constitucionalistas, Mirabeau, Lafayette. Marat predicaba decisión revolucionaria, indicaba al pueblo que no debía detenerse en medio de la revolución, que debía seguir hasta el final, hasta el completo exterminio de los enemigos del pueblo.

La corte, la nobleza y la gran burguesía lo odiaban, lo perseguían y acosaban. La simpatía y la ayuda del pueblo ´permitían a Marat seguir desde la clandestinidad, donde a menudo se tenía que ocultar, la lucha por la democracia revolucionaria.

Los enemigos de la Revolución cometían atentados terroristas en contra de los revolucionarios. El 13 de julio de 1793, Marat, “el amigo del pueblo”, e intrépido revolucionario, fue asesinado por la aristócrata Carlota Corday

Nariño fue un periodista consuetudinario, fundador y decano de editorialistas. Nariño también tuvo enemigos poderosos de la oligarquía (Torres, Caldas, Baraya, Santander), caudillo acatado e idolatrado del pueblo, de lo que da fe José María Caballero en su “Diario”. Ideólogo demócrata, centralista, porque esa era la única opción en medio de la reconquista española.  

En noviembre de 1813, en La Plata, Antonio Nariño se salvó de un atentado que quisieron cometer contra él dos oficiales socorranos, un inglés, el coronel Campomanes y otros. Se dijo y comprobó que sus autores fueron los miembros del Congreso, enemigos mortales del Precursor. Siendo Presidente también se anticipó a su victimario en su Despacho y más bien púsose a charlar con él sobre el futuro de la Patria. Ni se diga su vida toda agobiada de padecimientos sin nombre.

Hobbes y John Locke habían sido los escuderos de las nuevas ideas en Inglaterra durante el siglo XVII y hablaron, los primeros, del contrato social, el uno para ambientar las teorías absolutistas y el otro, las democráticas. Muy pronto, Juan Jacobo Rousseau lanzó la teoría de la soberanía o voluntad general depositada en la totalidad de los ciudadanos, cuerpo social o la nación en la que reside la soberanía como decía la Constitución de 1886.

La doctrina del pacto social, como fuente de la autoridad de los gobiernos. Sólo gobernando todos a la vez no gobierna ninguno en particular; sólo entregando todos su libertad al cuerpo social formado por todos, nadie será esclavo.

Se gobierna a nombre del pueblo soberano, como lo dice expresamente la Constitución de 1991 y lo dijeron todas las ocho constituciones del siglo XIX. Este es el punto cardinal de nuestra organización republicana que no existió en todo el periodo colonial y que es timbre de nuestro régimen democrático.

Las doctrinas insurgentes, Kant las alegaba en Alemania, Galileo Galilei en Italia; Rousseau, Descartes, Montesquieu, Voltaire, D’Alembert, Turgot, Diderot las hicieron propicias y actuales en Francia. Solo España estaba ayuna de ideas revolucionarias sin abrir los diques a la duda metódica y a la investigación científica.

En fin, todos a una abonaron la semilla de la revolución que en Inglaterra (1649), Norteamérica (I776) y en Francia (1789) habían colapsado el apacible curso de la historia.

Sólo la monarquía católica, feudal, inquisitorial y vengativa permaneció de espaldas a las noticias de las ciencias sociales y pretendió aislarse del influjo de aquel mundo prodigioso.

José María Samper lo dijo: “el gobierno español prohibió en todas sus posesiones, con el mayor rigor, la introducción y lectura de libros de política, filosofía, historia y alta literatura. Se temía que, al penetrar la luz en las colonias, todo el edificio se derrumbaría”.     

Desde luego que para Nariño su actuación intrépida y arrojada no le dejará ya ni un momento de reposo ni respiro. Durante trece años, cual espectro errante vagó por los cadalsos del Caribe ora por los gaditanos, expiando su osado sueño de emancipación y democracia. Por lo pronto pagará en Ceuta, África, los primeros diez años de muerte.

Sepultado en prisiones, fugitivo de ellas, nuevamente atrapado, y otra vez en libertad, toda su cronología está sustanciada por el intenso e indeclinable amor a sus ideas democráticas y a su patria.

Cuando en Londres dos judíos le facilitan dinero y armamento, y 40 cañones para su obstinado empeño libertario con la dolosa condición de entregarse al protectorado de Inglaterra, el implacable patriota rechaza la humillación y la afrenta. “En el caso de cometer un atentado contra la metrópoli, no me parecía podía cohonestarlo con vender mi patria a otra nación. Sacarla de la dominación de España para entregarla al duro yugo de los ingleses con otro idioma, otra religión y otras costumbres, eso era en mi concepto, la acción más vil que podía cometer. Antes hubiera preferido la muerte que convenir en ello”.

Y ese infortunadamente fue el tortuoso y mercenario designio inglés para financiar más tarde a los libertadores. El ímpetu usurero de la nueva potencia imperial dejará su sombría impronta a lo largo del siglo XIX. Y ella enredaría a los más conspicuos próceres. Enrique Caballero Escovar hace la cronología de los empréstitos, empezando por el que negoció Francisco Antonio Zea ante la Corte de San James. Con el beneplácito de Santander.

En 1797 vía las Antillas retorna a su patria el osado precursor, de una de sus prisiones, con el persistente e irreductible pensamiento de buscar la independencia. Para ello recorrerá villorrios y aldeas con la antorcha encendida.

Pero muy pronto caerá otra vez en las policíacas redes del virrey Mendinueta. Que había sido tratado impunemente ante sus coqueteos con la revolución bonapartista y por ello conocido como afrancesado.

Seis años después Nariño es dejado en libertad condicional debido a la tuberculosis que venía haciendo estragos en su cuerpo. Su alma continuaba encendida de anhelos emancipadores.

Por fin concluye esta insidiosa causa y podrá ocuparse plenamente en sus pensamientos insurgentes.

Viene la era napoleónica con todos sus deslumbramientos y descarríos.

Para Nariño señalará una nueva época de martirio. El 23 de noviembre de 1809 es sepultado otra vez en el cuartel de San Agustín, para luego ser conducido al castillo de Bocachica. Seis meses pagó Nariño por sospechoso de ideas sediciosas, hasta cuando el comisario regio Antonio Villavicencio pide su libertad en vísperas del espectacular 20 de julio. Como concesión de la regencia de Cádiz a los dirigentes americanos

Por esos días, los miembros de la Junta Suprema le notificaban que debía ir a los Estados Unidos como diputado del nuevo Reino de Granada.

La felón estrategia de los nuevos dirigentes sería de allí en adelante, alejar a Nariño (y después a Bolívar) del escenario para impedir que se impusieran sus auténticas y justicieras aspiraciones populares.

 

EL PRECURSOR – PRESIDENTE

 

No obstante, Nariño regresa a su nativa Santa Fe al finalizar el año de 1810, primero de la República, según los circunspectos próceres de la Patria Boba. Inadvertido, soslayado, olvidado. Pero la adversidad es un acicate para su alma de combatiente. A los doce días de llegar a Santa Fe, se hace elegir secretario del pequeño Congreso Soberano Constituyente, del cual su tío Manuel de Bernardo Álvarez ha sido designado Presidente.

Elegido Jorge Tadeo Lozano en reemplazo del tío de Nariño, el 22 de noviembre de 1811, se aprueba un pacto federal de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, desconociendo la autoridad de las Cortes de Cádiz. Las ciudades del Valle del Cauca se confederan en Cali y establecen su propia junta de gobierno. A los dos meses de deliberación se disuelve el Congreso, que, aunque ha expedido la primera Constitución, se reconoce impotente ante tantas arremetidas anárquicas.

Esta será la hora del caudillo popular, carismático, centralista que propone y demanda un Estado Fuerte.

Pocos meses antes, Nariño venía imprimiendo y publicando “La Bagatela”, primer periódico político entre nosotros, que tendrá esclarecedora y contundente jerarquía en los sucesos que vendrán inmediatamente.

 

La Bagatela, periódico de Antonio Nariño

 

La edición N° 11 de su periódico es la que trae las “noticias muy gordas”. Como estadista visionario, formado en la detenida investigación y en los rigores de las cárceles, Nariño señala los inminentes y avasalladores peligros que acechan ya por Santa Marta que ve venir al nuevo Virrey Benito Pérez, que llega a reinstalar allí la antigua audiencia, apoyado en 800 hombres; ora por Cúcuta, que desea unirse a Maracaibo y tomar Pamplona y Girón; ya por el Sur, donde el gobernador Tacón expropia ganados y dineros para expulsar a los patriotas.

“Y nosotros, ¿cómo estamos? interroga el editorialista. “DIOS lo sabe: cacareando y alborotando el mundo con un solo huevo que hemos puesto, ¿Qué medidas, qué providencias se toman en el estado de peligro en que se halla la patria? Fuera paños calientes y discusiones pueriles”.   

El efecto del editorial es arrollador. El pueblo de Santa Fe amotinado exige la cabeza del Presidente Lozano, a quien lo llamaban Jorge Primero, porque tenía desplantes de Virrey. Es la primera victoria del periodismo en Colombia. Un editorial tumbó el régimen. En su reemplazo fue elegido el editorialista.

Liévano Aguirre dijo que la caída de Lozano y sus compinches, estaba anunciada desde el momento mismo en que se convirtió en gobernante oligárquico, sin arraigo en las voces populares y con manifiesto menosprecio hacia la nación indígena. Además, que era un gobierno de camarillas expectantes a la reinstauración de Fernando VII.

Las vitandas escaramuzas que vinieron por diseñar el régimen de la nueva república configuran una auténtica y peligrosa tragicomedia que los perdió a todos.

La historia comprobó que esa era la hora de la revolución y no de los juristas, la hora de la patria unida y aguerrida y no la de la patria boba.

“El Precursor se ha convertido en el principal caudillo popular, en el primero y más carismático líder de todo el inicio de nuestra historia política. Fascina al común y, por centralista, gusta a la oligarquía. Sólo los señores de provincia no aceptan, pues quieren ser únicos dueños de sus feudos. Los primeros días de la patria son también los primeros del caciquismo político”, profetiza Eduardo Ruíz Martínez. 

Nariño renuncia, pero tal determinación no es aceptada. Por el contrario, se le designa dictador en propiedad. El 29 de abril siembra, en el mejor estilo jacobino, el Árbol de la Libertad, un arrayán de cinco varas de alto.

El Colegio Electoral, en atención a la urgencia de tomar a Quito como objetivo estratégico, discierne el 28 de junio a Nariño el grado de teniente general para que, como comandante de los ejércitos de la Unión, inicie y lleve a término la Campaña del Sur contra las tropas del rey, comandadas por Americe y Sámano. De otro lado, Cundinamarca declara el total desconocimiento y la separación absoluta como Estado libre e independiente de la corona española y de Fernando VIl.

El Congreso ha entendido el problema logístico y deposita su fe en el presidente Nariño, por considerar que se impone la erradicación de los españoles en el sur y, si es posible, llegar hasta Quito y hasta la propia Lima, puerto heliocéntrico del imperio español en América del Sur, a donde más tarde, con igual designio, irán a converger San Martín y Bolívar.

 El 13 de junio se inicia la marcha de las tropas y Nariño parte el 21 de septiembre, a las 10 de la mañana, “a caballo, muy bizarro, con sombrero de mariposa al tres y un famoso plumaje tricolor de la independencia”, dejando como encargado del poder a su tío Manuel de Bernardo Álvarez. No sabe que deja su investidura presidencial para siempre. Su convicción lo conmina a buscar la gloria de ser el defensor de su nación atribulada. Y si una oscura traición no se lo hubiera impedido, el presidente Nariño habría sido el Libertador de Colombia. En cambio, sólo encontró grillos, cadenas y lóbregas prisiones. Pero con su inmenso espíritu de libertad, abonó el nacimiento de la Patria.

El infausto resultado de la campaña al sur le impidió a Nariño ser el temprano Libertador de la Nueva Granada anticipando y reemplazando al propio Libertador Simón Bolívar que, por fuerza de los hechos, no hubiera necesitado desplazarse a Bomboná ni a Pasto, a enemistarse con nuestros bisabuelos pastusos, que eso él no lo quiso nunca. Sólo la derrota, detención y posterior extradición del Presidente de Cundinamarca Antonio Nariño, a las lúgubres mazmorras de la España vengativa, en 1815, obligó a Bolívar, como Penélope, a re-construir la marcha para luchar por la libertad del sur del continente desde el sorprendente y resistente Valle de Atriz.

Así lo han establecido las cálidas y verosímiles biografías que han escrito sobre el Precursor historiadores tan linajudos como Soledad Acosta de Samper, Antonio Bejarano, Enrique Santos Molano -el más perseverante-, Indalecio Liévano Aguirre, Jorge Ricardo Vejarano, Eduardo Ruíz Martínez, Rodrigo Llano Isaza, y Roberto Liévano que su libro “La Conjuración Septembrina y Otros ensayos”, así lo admite explícitamente.

Igualmente, Edgar y Julián Bastidas Urresty, Carlos Bastidas Padilla, José María Obando Garrido y Alberto Montezuma Hurtado entre los nuestros.

Rodrigo Llano Isaza, inequívoco:

“Si no hubiera sido por la traición de las tropas antioqueñas en los ejidos de Pasto, Antonio Nariño habría sido el Libertador de Colombia y la historia se habría escrito muy distinto”.   

Inclusive para el propio Luis López de Mesa tan críptico y sibilino: “Corresponde a Nariño la primera categoría histórica en los años iniciales de nuestra emancipación, y es él, precisamente uno de los prohombres colombianos más discutibles cuanto a la genialidad que muchos le atribuyen, pero más ciertamente venerables cuanto a la constancia de sus empresas libertadoras, la lucidez de sus talentos y el martirio constante que por ellas sufrió heroicamente. Audaz de suyo e infortunado siempre, un día estuvo dos dedos de acaudalar riqueza, y al siguiente hallóse en prisiones; otro día aproximóse a la gloria de libertar a todo el Virreinato de Nueva Granada, y su impericia, a más del desconcierto punible o contenible a lo menos, del coronel José Ignacio Rodríguez en los Ejidos de Pasto, le llevan inmediatamente cautivo a la cárcel de Cádiz; de regreso a la Gran Colombia, emancipada ya, toca un instante el sillón presidencial de la república, y a otro instante vése en el propio senado de la patria sometido a crueles invectivas y punto menos que sindicado en su patria libre”.

“Al revés de los ingleses, ganaba todas las batallas, menos la última. ¿Qué pues, le faltó para consolidar el triunfo? Probablemente aplomo, el recio enlace entre el acometimiento audaz de las obras y el ecuánime pulso necesario para su elaboración. De ahí que este hombre fáustico, verdadero “epoptes”, después de haber iniciado al mundo latinoamericano en el “entusiasmo” de la libertad, desde el recinto de su biblioteca (rica en toda la sabiduría coactual en idiomas clásicos y modernos), después de haber convivido con los grandes de su época y avizorado la gloria en altas cumbres, quedase a retaguardia, como Juan, el Bautista nazareno.”     

Así que por paradoja inaudita Pasto inventó a Bolívar cuando se necesitó de un Libertador que viniera a desatar el nudo de las lealtades anacrónicas, imperialistas y ultra marítimas.

Pero tampoco el Padre de la Patria mantuvo a perpetuidad su frialdad con Pasto y los hijos de aquella augusta ciudad. En la biografía sobre “Felipe Díaz Erazo” (pastuso, yerno del expresidente ecuatoriano Caamaño, potentado en Europa) que escribió Sergio Elías Ortiz se rescata una carta que Bolívar puso a Santander, en 1826, en la que daba esperanzas de alivio a los pastusos. A su regreso del Perú, Bolívar pasó por Pasto y según su edecán O leary, “el recibimiento que se le hizo en Pasto, excedió sus esperanzas. En lugar de una ciudad desolada por la guerra y las facciones, encontró las calles llenas de gente que de todos los contornos se agolpaban para verle”.

Desde luego que no es exacta la versión del ilustre payanés ultra-bolivariano Gustavo Otero Paz que dice que sin el odio contra Bolívar los pastusos se quedan sin historia.

Tanto no odiaba definitivamente Bolívar a Pasto, ni Pasto a Bolívar, que cuando se despidió de Bogotá para siempre, el 8 de mayo de 1830, vestía una holgada y abrigada ruana pastusa…   

El académico Llano Isaza dijo que: “Los dos años comprendidos entre enero de 1814 y la caída de Cartagena el 6 de diciembre de 1815, traerán el desmoronamiento de la primera república. Los federalistas lograron que Nariño abandonara la capital y dejara el país en manos de los caciques regionales, para que lo despedazaran en su festín canibalesco, con lo cual demostraron la cortedad de miras que los haría merecedores de la suerte que les tenía preparada el terrorífico pacificador. Solo quien fue capaz de arriesgar su existencia, salvó su vida, así le hubiese tocado pasar nuevamente por las prisiones españolas. A quien enfrentó los más grandes riesgos y debió pagar por su patria altísimo precio, todavía le faltaba que los traidores como Vicente Azuero lo acusaran de cobarde y lo declararan indigno de ocupar los más altos destinos del país”.   

El cruel desenlace comenzaría con la decisión de Nariño de hacerse presente en el sur, para lo cual, jugando sus trece, renunció al poder y marchó a combatir a los ejércitos reales. Oportunidad en la que sus enemigos vieron la posibilidad de apoderarse de Santa Fe; con ese fin le suministrarían las tropas, no tanto para que se fueran con él, como para impedir que regresara.

El 30 de diciembre de 1813 las tropas granadinas derrotaron a Sámano que se retiró a Popayán y le prendió fuego al parque; los patriotas acamparon en el sitio de Las Monjas y se dispusieron a oponer resistencia al feroz general español Ignacio Asín, al cual enfrentaron después de hábil maniobra –pues marchaba a encontrarse con Sámano- en las llanuras de Calibío donde sufrió estruendosa derrota el 15 de enero. Allí Rodríguez, neivano, pero comandante de las tropas antioqueñas capturó y decapitó a Asín y cual Salomé con la cabeza del Bautista le llevó como gran trofeo a Nariño, quien rechazó indignado el salvaje procedimiento y sembró en el corazón de Rodríguez (llamado “el mosca”) un deseo de venganza que cobraría más tarde en los ejidos de Pasto.

Nariño fue lento en el avance y acampó dos meses en Popayán para apertrechar mejor sus tropas y para ello realizó una colecta obligatoria ente las gentes adineradas de la ciudad. Todas ellas emparentadas con Camilo Torres y Francisco José de Caldas enemigos solapados del Precursor y que por ello mismo negaron sus donaciones. De esa demora quedó como contribución al derecho público la Primera Constitución de Popayán, 1814.

Los patriotas salieron en marzo, recorrieron el temible valle del Patía, plagado de enemigos y cuartel de las más aguerridas legiones de guerrilleros que se hayan conocido en Colombia, pues tanto los patianos como los pastusos, fueron siempre leales al rey, actitud muy determinada por la influencia de los curas y los graves errores cometidos por los patriotas como la ocupación y saqueo de Pasto por las tropas de Carlos Montúfar el 22 de septiembre de 1811, entre otros del llamado “tesoro de Popayán”, consistente en 413 libras de oro que guardaban los dominicos, y por la depredación de todo el valle del Patía que había ordenado Eusebio Borrero.

Cruzaron Mercaderes, el puente sobre el río Mayo y la siniestra montaña de Berruecos y acamparon cerca de Juanambú. Nariño, personalmente encabezó el ataque contra Buesaco y el Boquerón, cubiertos por las tropas realistas de Melchor Aymerich, quien, derrotado, se retiró a Pasto.

Cuál sería pues la sorpresa y regocijo de los soldados republicanos cuando descubrieron, en la mañana siguiente, que las fortificaciones de Buesaco y el Boquerón habían sido desocupadas por el enemigo y vieron aparecer en las alturas al destacamento patriota, cuya proximidad provocó la fuga de los realistas.

 

Paso del Río Juanambú, biblioteca digital mundial

 

Allí se abrieron para Nariño los caminos que ascendían por las laderas del cañón del Juanambú, a cuyo extremo opuesto, en una gran hondonada, se tendía el Valle de Pasto. Aunque estos caminos no presentaban las mismas ventajas que Buesaco para organizar la defensa, los pastusos no se desalentaron y al descubrir que el comandante Aymerich dudaba entre defender la ciudad o retirarse a Quito, tomaron la decisión de resistir desesperadamente y el Cabildo dispuso el envío de tropas a la falda de Cochabamba y al páramo de Tacines, pasos obligados de Nariño hacia Pasto.

El 2 de mayo comenzó el ejército expedicionario el ascenso de la cuesta de Cochabamba, en cuya eminencia fue rechazado por las guerrillas pastusas. Como Nariño consideró que en el encuentro habían dado visibles muestras de indisciplina algunos oficiales y dos compañías de cazadores, degradó a los primeros oficiales y dos compañías, como sanción, permanecer a retaguardia, en custodia de las vituallas e instrumentos de cocina del ejército. El ataque a la posición enemiga se reanudó en seguida y el cerro de La Cebolla fue ocupada por los republicanos, al tiempo que las fuerzas pastusas se retiraban ordenadamente hacia Tacines.

La indisciplina en las tropas expedicionarias no era gratuita, sino que se explican por las turbias maniobras de oficiales enviados por el Congreso federal y auspiciadas por el “mosco” Rodríguez. El historiador Groot dice que “Comenzaron los rumores entre los oficiales de que el Coronel Rodríguez era de la opinión que nos retiráramos a Popayán; y habiendo llegado esto a odios del General Nariño, convocó a la oficialidad en el monte de Buesaco, sin que lo percibiera el ejército y nos dijo que emitiéramos nuestra opinión acerca de lo que se debería hacer. Fue de parecer la oficialidad de que siguiéramos a Pasto, o venciendo todos los obstáculos o prefiriendo la muerte, menos dos jefes que estuvieron por la retirada, a quienes les echó Nariño una reprimenda furiosa”.

En la madrugada del 9 de mayo prosiguió el ejército su marcha hacia Tacines, donde los realistas se habían atrincherado a los dos lados del camino que conducía a Pasto. Varias piezas de la artillería coronaban la cima y “los enemigos -refiere Jose Manuel Restrepo-  rompieron un horrible fuego desde los puntos del cerro en que se hallaban emboscados y nuestros guerreros, al descubierto, presentaban un blanco seguro a todos y cada uno de los realistas ocultos en el bosque y trincheras, sin que los independientes tuvieran a dónde dirigir sus tiros con alguna certeza. A las tres de la tarde cuando ya habían combatido cuatro horas seguidas, dos compañías del Cauca volvieron y huyeron en desorden; este momento fue el más crítico de aquella peligrosa jornada. El General Nariño notó que la fuga de estas compañías arrastraría la de todo el ejército; voló pues a contenerlas. Dirigiéndoles algunas fuertes expresiones, reprendió la cobardía y se arrojó con su espada en medio del combate. Los soldados se animaron de nuevo; y seguido este ejemplo por todo el ejército, el enemigo fue arrollado en toda la línea, decidiéndose la acción a las cinco de la tarde a favor de las tropas republicanas, a pesar de los esfuerzos que hicieron los jefes realistas para contener las suyas, que huyeron hacia Pasto”.

 

Batalla de Tacines (Wikipedia)

 

La campaña de Tacines fue tan contundente que el comandante español Aymerich, al enterarse de sus resultados, dispuso el abandono de Pasto y seguido de las fuerzas veteranas españolas tomó el camino del Guáitara para proseguir hacia Quito. Tanto Sámano como Aymerich habían sucumbido ante el ejército patriota.

Nariño tuvo una impresión semejante y por ello decidió continuar el avance inmediato hacia la aparentemente inerme ciudad realista, distante a cuatro horas de camino.

Como la movilización del grueso del ejército y particularmente de la artillería imponía lentitud en las marchas, Nariño tomó la resolución, en la misma noche del 9, de adelantarse con los batallones Granaderos de Cundinamarca, Cauca y Socorro, dejando el grueso del ejército en Tacines, con instrucciones precisas y terminantes de continuar la marcha al amanecer, a fin de colaborar en el asalto de Pasto, si la ciudad ofrecía resistencia. Aunque la medida era lógica y justificada como lo demostraba el apresurado retiro de las fuerzas veteranas españolas, Nariño cometió en Tacines uno de los mayores errores de su vida, reconoce desoladamente Liévano Aguirre, cuya explicación se encuentra en esa tendencia suya a depositar en los hombres un lote de confianza mayor del que merecían. No tuvo inconveniente en dejar encargado del Ejército, en Tacines, al coronel José Ignacio Rodríguez y de ser a este sujeto, cuyos nexos con el partido federal y comportamiento durante la campaña se prestaba a todo género de dudas con respecto a su lealtad, a quien confió la delicada misión de conducir el grueso del Ejército a Pasto y de hacerlo, según las instrucciones que le impartió, en la madrugada del día siguiente.

Mientras Nariño, a la media noche del 9, proseguía su marcha hacia los Ejidos de la ciudad realista, en ella reinaba la más febril agitación y nadie parecía dispuesto a capitular. El Cabildo, el alcalde Buchero y don Francisco Javier de Santacruz –el más autorizado jefe del partido españolizante-  se apartaron en aquellos instantes supremos de la conducta vacilante de Aymerich e impartieron las órdenes del caso para poner a la ciudad en estado de defensa. La decisión de resistir no tropezó con obstáculos insalvables, dado el carácter aguerrido de los pastusos, los extensos repartos de armas que se habían efectuado en los últimos tiempos y los oportunos mensajes enviados a los Resguardos indígenas de las vecindades, a fin de que sus moradores se trasladaran a Pasto para contribuir a la defensa.

En la mañana del 10 llegó Nariño a la altura de El Calvario, en el Ejido de Pasto, y desde allí pudo contemplar la ciudad, situada en el fondo de un valle riente, rodeado de colinas amenas y una corona de pueblecillos blancos, que emergen de entre los campos de trigo, avena y alfalfa.  

A fin de permitir algún descanso a sus soldados, Nariño detuvo su marcha en El Calvario y allí hubo de enfrentarse al primer ataque de las montoneras pastusas, que fueron rechazadas, después de un denodado combate a la bayoneta con los Granaderos de Cundinamarca. La belicosidad de los atacantes le indicó al General granadino que la ciudad no se rendiría sin combatir y ordenó a sus tropas, por tanto, forzar las entradas. Como los soldados estaban empapados por la lluvia y hambrientos les dijo en el momento de la partida: “Muchachos, a comer pan fresco a Pasto, que es muy bueno”.

Cuando las primeras patrullas republicanas se internaron en los arrabales de Pasto fueron recibidas con un intenso fuego de fusilería que partía de todas las casas y la resistencia creció en la medida en que las tropas trataban de abrirse paso hacia el centro de la ciudad. Pronto se generalizó el combate y Nariño hubo de enfrentarse a la singular entereza de un pueblo unánimemente resuelto a no entregarse sin combatir. 

A tiempo que las avanzadas republicanas penetraban en las calles de Pasto, centenares de guerrilleros indígenas de los pueblecitos vecinos y de distintos sitios del Ejido se iban reuniendo en las vías y senderos que conducían a la eminencia de El Calvario, con la evidente intención de situarse a la retaguardia del invasor y de cortarle la retirada hacia Tacines. Nariño comprendió la intención de los pastusos y seguro que el grueso del Ejército debía estar para llegar, dadas las instrucciones impartidas en Tacines, ordenó a sus tropas replegarse provisionalmente hacia El Calvario, a fin de no perder contacto con las divisiones de Rodríguez, sin las cuales era imposible, como ya había podido comprobarlo, la captura de la ciudad.

 

Batalla de los Ejidos de Pasto, Wikipedia

 

Infortunadamente para Nariño ese refuerzo no llegaría nunca, porque el coronel Rodríguez decidió desobedecer las órdenes terminantes que se le dieron y en lugar de proseguir la marcha en el amanecer del día 10 dispuso que el Ejército se acampara tranquilamente en Tacines, lo cual constituía un acto de verdadera insubordinación militar tanto más grave cuando con él comprometía la seguridad de las avanzadas y hacía inevitable un desenlace fatal para la campaña del Sur.

Leopoldo López Álvarez relata que “a las cinco y media de la tarde los pastusos, reforzados por los indios, atacaron simultáneamente en Aranda, por el camino real de El Calvario y por las alturas orientales que dominan la ciudad.  Nariño dividió entonces sus soldados en tres columnas para atender debidamente a estos tres puntos”. La columna del centro, localizada en el camino de El Calvario, estaba compuesta por los Granaderos de Cundinamarca y Nariño asumió personalmente su mando. Hacia la zona de Aranda fue destacado el batallón del Socorro, a órdenes de Monsalve, y en el oriente de la ciudad se situó el batallón del Cauca, comandado por su propia oficialidad. Durante media hora se combatió en los tres frentes, se logró cierta estabilidad en ellos y Nariño consiguió mantener abierto el camino de Tacines, por el cual debía llegar el grueso del Ejército, según lo suponía.

Simultáneamente a los batallones del Cauca y del Socorro que abandonaban el campo de batalla, sin saber “el resultado del empeño”, los Cazadores de Cundinamarca, al mando de Nariño recibían el asalto del grueso del ejército pastuso, que trataba de impedir la retirada de los republicanos. El choque tuvo caracteres de inusitada violencia y durante toda la hora del crepúsculo la batalla permaneció indecisa, no obstante, la aplastante superioridad numérica de las fuerzas realistas.

“La intrepidez de Nariño era tal – dice el abanderado Espinosa-  que yo me olvidé de mi propio peligro para pensar en el suyo, que era inminente. Cerca del cerro del Calvario cayó muerto su caballo de un balazo; cargaron sobre él varios soldados de caballería. Sin abandonar su caballo, con una pierna de un lado el General abatió a dos realistas a balazos.

Rodríguez, el asesino de Asín y comandante de las tropas antioqueñas, lo había traicionado, cambiando el curso de la historia, ante lo cual Cabal tuvo que asumir el mando de la retirada, privándose Nariño de ser el Libertador de Colombia.

“1814.- enero 27.- El Cabildo de Pasto, en carta Toribio Montes, acusó a Sámano de cobarde y de ladrón: se le tome cuenta de los grandes tesoros que recogió tanto en la ciudad de Popayán como en esta…su Excelencia llame cuanto antes a don Juan Sámano para que responda acerca de las vidas y del honor del ejército que abandonó en dicho Calibío…al brigadier no se le estimaba en las provincias de Popayán por los abusos y atropellamientos que ha ejercido en esos lugares”

1814.- marzo 14. Se reunió la constituyente de Popayán que declaró la independencia absoluta de España. Y dictó solemnemente su primera Constitución.

1814.- mayo 9. Nariño triunfó en el combate del cerro de Tacines; Aymerich huyó dejando a un lado a Pasto y siguiendo hacia el sur por el camino del Guáitara; Nariño cometió el gran error de su campaña en el sur y la que le será fatal: afanado por llegar a Pasto apura el paso y se aleja, más de lo que la previsión indicaba, de su retaguardia, comandada por “el Mosca”, José Ignacio Rodríguez.

1814.- mayo 10. Desde el alto de El Calvario, Nariño divisó a Pasto, jamás estuvo tan cerca de la gloria. Comenzó el combate con las avanzadas pastusas, nuestro precursor dividió las fuerzas en tres, pero sin comunicación entre ellas, en algún momento Nariño llegó hasta las calles de la ciudad y retrocedió para esperar el grueso de su ejército, lo cual hizo creer a las otras dos alas que Nariño había sido derrotado, el chisme cundió y los patriotas comenzaron la fuga. El Cabildo de Pasto declaró festivo el 10 de mayo.

1814.- mayo 14. Nariño cayó preso de los pastusos en el sitio La Lagartija. Había sido víctima de la traición de Rodríguez. Cabal organizó la retirada y de regreso a Popayán derrotó a los patianos en el sitio de Santa Lucia. Aymerich había huido y estaba en Yacuanquer cuando conoció la noticia de la victoria pastusa sobre las fuerzas que comandaba Nariño.

1814.- mayo 17. El Cabildo de Ipiales, felicitó al de Pasto por la captura de Antonio Nariño.

Solitaria, ensimismada en sus sueños otra vez aplazados o quizá liquidados para siempre la escuálida sombra del protomártir se desliza por aquellas inconsolables colinas.

Se quedó sólo el General en el frío paralizante y en el misterio insondable de la montaña profunda; sólo frente a su destino y frente a las voces tal vez airadas de su conciencia; y dice la leyenda que en esas condiciones pasó tres días hasta que, dominado por el espanto de la soledad, la garra del hambre, la lluvia helada, que estremecen la vida misma, se entregó a un soldado limeño y a un indio que vagaba por allí.

El precursor díceles: “No me maten; llévenme a Pasto y allá les entregaré a Nariño”.

 

Antonio Nariño, estatua emblemática

 

Al cabo de las horas, arriban a la ciudad hermética. Todo era bruma y espanto. Más en su alma atormentada que buscaba explicarse la razón de aquella agonía. Fue conducido ante el oportunista Aymerich que no lo conocía y no sospechaba que estaba ante el intrépido Presidente del Estado de Cundinamarca. El pueblo pastuso incondicional a la monarquía exigía la más pronta retaliación a tan escandaloso estratega.

Es legendario entonces el gesto del Precursor cuando aparece en el balcón de la casa consistorial como caudillo que era, ardoroso y convincente y esparce su discurso electrizante sobre la muchedumbre. Subraya el valor de los pastusos, su tenacidad en las convicciones y remata diciendo que el general Nariño tendría mucho honor en morir ante gente tan valerosa. Acto seguido y timbrando su voz y en ademán arrogante se descubre ante los parroquianos: “Pastusos! ¡Aquí tenéis al General Nariño”!

Semejante acto de dominio y audacia acalló las voces del común, que a partir de allí no vio en el personaje sino un caudillo en desgracia. Pero impecable e imponente. Lo que les sucedió a los ingleses con Napoleón cuando de pie en el Bellerophonte con destino a Santa Helena, su destierro ignominioso, veía a la multitud que desbordaba la rada de Plymouth, descubrirse respetuosamente ante su mayestática presencia.

Toribio Montes, desde la presidencia de la Real de Audiencia de Quito había sentenciado a muerte al General. Sin embargo, los mismos pastusos con don Tomás de Santacruz de primero, intermediaron para que se dilatara el cumplimiento de la sentencia. Mediaban las cabezas de los realistas capturados en Tacines.

Así desapareció del tinglado quien hubiera sido el más temprano y merecido Libertador de Colombia, amén de granadino. El cruel destino que se ensañó en su contra le impidió ostentar esta aureola que la luchó siempre con intensidad, devoción, resolución, convicción y finalmente infortunio.

Con él se eclipsa el dinamismo demostrado por nuestro pueblo en los albores de la lucha emancipadora y su lugar lo ocupan los abogados intrigantes, los generales de retaguardia, los acuciosos procuradores de las clases acaudaladas, los ideólogos de la “libertadura”, mucho más idóneos para representar los vicios de la nación que para encarnar sus virtudes –señala emocionadamente Liévano Aguirre-.

Y Fernando González reconoció que Nariño es el hombre de Colombia… pero la historia oficial, fabricada por Santander y sus hijos espirituales, todo lo ha falsificado. Y Tomás Vargas Rueda sintió que mientras Bolívar era la Libertad, Nariño era la Patria.

No fue un despropósito de Nariño cuando advirtió a los miembros del Congreso Constituyente de la Gran Colombia, en la sesión inaugural del 6 de mayo de 1821, hace 200 años, que él había “aparecido de repente en medio de vosotros como por una especie de prodigio”. Hacía un año, gracias a la revolución del general Rafael Riego que derribó transitoriamente el absolutismo en España y estableció de nuevo un sistema constitucional el agobiado Precursor había sido puesto en libertad. A pesar de que lo designaron diputado a las Cortes, desconfiado de las verdaderas intenciones del nuevo régimen, prefirió pasar a Gibraltar, a Londres y a París y finalmente regresar a su patria. En Achaguas conoció y se entrevistó con el Libertador quien habíalo designado Vicepresidente provisional de la Gran Colombia en reemplazo del difunto Juan Germán Roscio.

Episodios imprevistos como el que protagonizó la señora María English, viuda de un oficial británico desertor del ejército patriota, para reclamar los salarios de su difunto esposo, hicieron más que insostenibles las frágiles relaciones del Vicepresidente con los constituyentes. Según ella, la irrespetó “vilmente”, y alrededor del asunto surgieron insinuaciones no muy verosímiles, hasta llegar a la especie de que el viejo y achacoso general habría buscado unos favores sexuales a cambio de atender las reclamaciones de la dama El honor de la viuda no se vulneró por presuntas insinuaciones de Nariño, sino que éste le pidió certificar su matrimonio con English, ya que el asunto no era claro porque en las informaciones matrimoniales los cónyuges británicos habían mentido por no ser él soltero ni ella viuda. Alberto Lleras Camargo afirmo en la sesión solemne de la Academia:

“Al más casto de nuestros próceres se le pretende inventar una aventura senil con una vieja pedigüeña que reclama, detrás de los ejércitos libertadores y de los primeros congresistas, una pensión como viuda de un soldado de fortuna que acompañó, sin pena ni gloria, a los ejércitos del Orinoco y de Apure”.

Así las cosas, el Precursor prefirió renunciar y volver ahora sí a su ciudad amada.

De todos modos, el Congreso lo eligió con nutrida votación Senador por Cundinamarca para el primer período después de que había disputado reñidamente con Santander la Vicepresidencia de la Gran Colombia.

El diputado Diego Fernando Gómez de la camarilla de Santander objetó formalmente la elección de Nariño como senador, por haber sido deudor fallido del ramo de diezmos, por haber traicionado a la República con su entrega “voluntaria” en Pasto y por no satisfacer el tiempo mínimo exigido de residencia en el país anterior a su elección.

Pero el Congreso de Cúcuta no quiso juzgar sobre la validez de los argumentos, sino que dejó la calificación del elegido en manos del mismo Senado, cuando se reuniese. La moción de Diego F. Gómez fue un presagio de las tormentas que girarían alrededor del Precursor durante los dos años que le quedaban de vida.

Nariño hubo de fundar nuevamente un periódico de defensa y de oposición, “Los toros de Fucha”, en el que no sólo explicaba de nuevo su convicción de que el federalismo era la forma de gobierno más conveniente a largo plazo -no precisamente para la época de guerra vivida entonces- sino que lo aprovechó para plantear su defensa.

 

Antonio Nariño, el mejor colombiano

 

El primer Congreso ordinario calificaría la validez de la elección de Nariño como senador. En la sesión del 15 de mayo de 1823, pudo Nariño presentar su propia defensa, la que se hizo célebre como pieza oratoria y jurídica y en la que desbarató en su integridad la canallada acusatoria. Los pretendidos fiscales quienes eran Diego F. Gómez, Vicente Azuero, Francisco Soto, todos del grupo de Santander, fueron reducidos y Nariño se alzó con un triunfo casi que póstumo. Sus enemigos lograron únicamente que se tacharan en las actas los pasajes ofensivos de la defensa que Nariño había leído, a lo cual él dio su consentimiento. Pero no destruyó el texto original, que se publicó íntegramente años después.

Siempre será un prócer vivo de la patria, especie de lámpara que arde y habla y que para nosotros los nariñenses es una enseña cotidiana toda vez que le dio su acerado apellido a nuestro departamento.

Le cabe estrictamente el penetrante poema de Carlos Arturo Torres: “En toda marcha hay el abnegado que sucumbe y el afortunado que llega; el Moisés que muere en el desierto y el Josué que entra en la tierra de promisión; el que merece triunfar y el que triunfa. Victis honor: ¡honor a los vencidos!”.

Camilo Orbes Moreno esculcó hace más de veinte años en el Archivo Nacional de Historia de la Presidencia de la Real Audiencia de Quito las noticias alusivas a la detención del Precursor en Pasto y pudo obtener sorprendentes revelaciones que derrumban las aseveraciones de las Academias.

En efecto, nuestro paleógrafo dio con argumentos inéditos pero concluyentes que conducen a una nueva lectura de las vicisitudes de Nariño acá en el sur.

Orbes obtuvo fehaciente documentación que comprueba que:

  1. No hubo indio que lo entregara, sino que Nariño mismo, vencido, lo hizo;
  2. En la inmisericorde batalla Nariño recibió varias heridas;
  3. El Precursor no entró en Pasto el 14 sino el 15 de mayo de 1814.

Tanto en Pasto como en Ipiales se sabía de la campaña fatigosa del general Nariño en el sur. Así lo comprueba la correspondencia remitida desde esas dos poblaciones al presidente y capitán general de Quito Toribio Montes. En Ipiales, inclusive, siete descendientes del adelantado Belalcázar izaron la bandera separatista solidarios con el Precursor. Noticia de revuelo si se tiene en cuenta que Pupiales -de donde eran oriundos y habitantes- fue, en esas azarosas y sediciosas edades, irreductible monarquista.

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