La felicidad, el dispositivo neoliberal para autoexplotarnos voluntariamente

Estas políticas de despolitizar el dolor, la angustia, la pobreza, la soledad, haciendo responsable de ellas a la persona en sí, definitivamente anestesian a la sociedad ...

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Por:

Arturo Prado Lima

 

Arturo Prado Lima

 

Estas políticas de despolitizar el dolor, la angustia, la pobreza, la soledad, haciendo responsable de ellas a la persona en sí, definitivamente anestesian a la sociedad para explotarlas, inculcándoles en sus cabezas que el dolor, la tragedia, es una oportunidad personal para progresar en la vida.

 

Aurora del Cisne es una médica colombiana que trabaja en un pueblo de Murcia. Su situación laboral es envidiable. Vive sola en un piso con vista al mar, con un sueldo que colma sus necesidades, y viaja cada vez que lo quiere. Sin problemas a la vista. Eso es lo que uno piensa. Pero hace algunos días llamó a Luisa, una amiga suya, colombiana también, (se graduaron en el mismo colegio), y le contó que estaba a punto de explotar. Su vida era un infierno. Soledad, angustia, arrepentimiento y hasta ganas de no seguir el camino. Luisa me lo contó y sacó una gran conclusión: lo bueno de todo esto, dijo, es que mi amiga reconoce que la solución está dentro de ella, no afuera, y que es únicamente ella, y solo ella, remarcó, la que va a encontrar solución a sus males. Es lo positivo, volvió a decir. Y yo le contesté: o, al contrario, es lo negativo.

Negativo porque los postulados del ideario neoliberal son precisamente esos, hacer que las personas acepten que su libertad y su felicidad nada tienen que ver con la sociedad, y aprovecha esos estados de ánimo negativos como la soledad, el saberse negado en algo u obligada a esto, y prohibido hacer lo demás, para dar paso a la motivación, la optimización y la autorrealización.

Es una de las teorías que esgrime el filósofo surcoreano Byung-Chul Han al afirmar que cuando uno cree que se está autorrealizando es, en realidad, que se está autoexplotando voluntariamente. 

Por tanto, al despolitizar el problema personal, deja de ser social y se convierte en un problema médico, de psicología positiva, es decir, un problema particular. Y la solución es la felicidad y la libertad. Para llegar a ellas, hay que convertir los estados negativos como la frustración, la soledad, los castigos, las obligaciones, los actos prohibidos o los castigos de la vida en algo positivo, como la automatización, la auto-optimización personal y la autorrealización. Dice el filósofo surcoreano que la nueva fórmula de dominación es ser feliz:

“La nueva fórmula de dominación es «ser feliz».

La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor. Como capital emocional positivo, la felicidad debe proporcionar una ininterrumpida capacidad de rendimiento. La automotivación y la auto-optimización hacen que el dispositivo neoliberal de felicidad sea muy eficaz, pues el poder se las arregla entonces muy bien sin necesidad de hacer demasiado. El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se figura que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando. La libertad no se reprime, sino que se explota.

“El imperativo de ser feliz genera una presión que es más devastadora que el imperativo de ser obediente”.

Y es de esta manera como el ser humano de hoy es sometido a la esclavitud por parte del neoliberalismo sin que esa persona sea consciente, incluso, de sus sentimientos. “Sin invertir demasiado”, el libre mercado tiene a su disposición un consumidor excepcional: un ser libre. “El nuevo dispositivo neoliberal no reprime la libertad, la explota”. No es sino recordar que, en la pasada campaña electoral por la presidencia de la comunidad de Madrid, la candidata de la derecha impuso un eslogan muy atractivo: libertad. Ahora sabemos que no era una frase traída de los pelos, sino el resultado de lo más refinado de la nueva política dominante.

Sois libres de ir a tomar una cerveza al bar cuando salgáis del trabajo, de sentaros en una terraza, de respirar aire puro, decía Isabel Díaz Ayuso. La izquierda, más objetiva, hablaba de las restricciones a la libertad: el tapabocas, el toque de queda, la distancia de seguridad. Es decir, mientras Ayuso explotaba la libertad sin problemas, los otros imponían el orden. Los ciudadanos no eran conscientes de que se estaban auto-expropiando voluntariamente, creyéndose libres, pues sus servicios públicos esenciales, al elegir a Díaz Ayuso, los estaban entregando a las empresas privadas.

La libertad de ir a tomar una cerveza se la veía en las imágenes, donde candidata y público bebían sus cervezas favoritas. La ilusión de la libertad, acompañada de los medios de comunicación, su orquestación y sus desafueros, le dieron una victoria casi absoluta. Mientras se pedía que cada cual se ocupe de sí mismo, ellos afanaban su negociación para convertir la salud pública en mercancía privada. No, no es necesario, según el nuevo dispositivo del neoliberalismo, mejorar los servicios públicos, sino los estados de ánimo, esa depresión personal cuyas causas, según la autoayuda, están dentro de uno mismo y solo allí tienen solución. Dice Byung-Chul Han, que lo nuevo ahora es optimizar el alma y no tocar al poder establecido.

De esta forma, continúa diciendo, es cómo la psicología positiva consuma el fin de la revolución. Y nos invita a ver todo esto en la realidad: “Hoy ya no vemos revolucionarios, sino motivadores emocionales” que impiden toda crítica social y el enojo común. Ignorando, además, que el dolor se transmite por los cauces sociales y las relaciones interpersonales. Y que hay situaciones sociales que causan dolor. La falta de un trabajo digno, el no acceso a una educación de calidad, la falta de un techo propio, la inmigración, el hambre, la soledad que, veamos por donde lo veamos, son producto de las políticas de los Estados y no producto de una persona en particular.

Estas políticas de despolitizar el dolor, la angustia, la pobreza, la soledad, haciendo responsable de ellas a la persona en sí, definitivamente anestesian a la sociedad para explotarlas, inculcándoles en sus cabezas que el dolor, la tragedia, es una oportunidad personal para progresar en la vida y que, la socialización del dolor como oportunidad de cambiar el destino de los pueblos es inaudita.

Ángela, una amiga excepcional, es una optimista sin paliativos. Vive sola. Tiene su piso y viaja cuando le place. Y tiene sus dolencias más físicas que del alma. Es una de las personas que ha comprendido que el dolor, la incertidumbre, el sufrimiento son productos sociales y por tanto las soluciones son también sociales. Ha adherido, con todas las consecuencias, a la causa de los inmigrantes indocumentados en España.

Seguimos siendo esclavos de unas relaciones de producción clasista, pero “nos creemos sujetos no sometidos.” ¿Cómo solucionar el problema de Aurora del Cisne? ¿Es su problema médico, psicológico, o pasa por socializar su soledad? Terminemos leyendo unas reflexiones de Byung-Chul Han, cuyas ideas hacen parte de este artículo:

“El dispositivo neoliberal de felicidad cosifica la felicidad. La felicidad es más que la suma de sensaciones positivas que prometen un aumento del rendimiento. No está sujeta a la lógica de la optimización. Se caracteriza por no poder disponer de ella. Le es inherente una negatividad. La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse. Y le otorga duración. El dolor trae la felicidad y la sostiene. Felicidad doliente no es un oxímoron. Toda intensidad es dolorosa. En la pasión se fusionan dolor y felicidad. La dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Según Nietzsche, dolor y felicidad son «dos hermanos, y gemelos, que crecen juntos o que […] juntos siguen siendo pequeños».

Si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda: «La abundancia de especies del sufrir cae como un remolino inacabable de nieve sobre un hombre así, al tiempo que sobre él se descargan los rayos más intensos del dolor. Solo con esta condición, estar siempre abierto al dolor, venga de donde venga y hasta lo más profundo, sabrá estar abierto a las especies más delicadas y sublimes de la felicidad”.

 

Periodista y escritor colombiano. Residenciado en Madrid, colabora con medios escritos y digitales de Latinoamérica y Europa. Autor de dos novelas, cuatro poemarios y dos libros de relatos. Conferencista en el Ateneo de Madrid.

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