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 ORIGEN DE LA ENEMISTAD ENTRE BOLÍVAR Y SANTANDER

Aquí fue Troya. Entre Bolívar y Santander, se había ocasionado el inicial altercado o enfrentamiento. De aquí en adelante, cunde el desconcierto hasta alcanzar ciertas actuaciones que perjudicaban notablemente la unidad del ejército.

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Por:

Vicente Pérez Silva

 

Vicente Pérez Silva

 

A la memoria de mi inolvidable amigo y condiscípulo Luciano Mora Osejo; de la estirpe del “sabio’’ Rosendo Mora.

(El ilustre antioqueño Laureano García Ortiz, sabe muy bien el porqué de dicho calificativo).

 

En el ámbito de la historia colombiana del siglo XIX, quién iba a pensar o imaginar que fuera una mujer, la llamada a que nos revelara uno de los episodios más protuberantes, que tienen que ver con la vida intensa de dos de sus hombres más destacados; y, desde luego, hasta los días que nos alcanzan tan controvertidos como controvertibles: el origen de la enemistad entre Bolívar y Santander.

Esta revelación para gran sorpresa, estuvo reservada a una mujer, una mujer realmente privilegiada y excepcional, su nombre: Evangelista Correa de Rincón Soler, autora de la obra que tiene por título Los Emigrados Leyenda histórica, publicada en Bogotá en el año de 1869; y prologada por su coterráneo, el prolífico escritor, historiador y hombre de estado, Felipe Pérez. Como ya lo hemos escrito y conviene recordarlo, constituye una auténtica rareza y curiosidad bibliográfica, en su triple dimensión de carácter autobiográfico, narrativo e histórico. En este último aspecto, un testimonio eminentemente histórico con asomos de leyenda y el relato de ciertos episodios con atisbos novelescos.

En pocas palabras, una maravillosa obra, en la que nos es dado apreciar además de sus conocimientos intelectuales y sus admirables lecturas, la vivacidad y agilidad con que hace el relato de los lugares por donde transita, las costumbres y la acogida de sus moradores, los encuentros y los enfrentamientos con las tribus indígenas, ante los que reacciona con destreza; en fin, la objetividad y delicadeza, con que escribe los encantos y maravillas de la naturaleza, su vegetación exuberante, el torrente de los ríos, la variedad de los animales salvajes, la diversidad de especies, el colorido y ternura de sus cantos. La realidad de otra  vorágine, con los ímpetus y las actuaciones de una mujer valiente y decidida.

A  falta de sus pocos datos biográficos conocidos, acuden las pinceladas autobiográficas en las que surge de cuerpo entero la imagen imponente de Evangelista, la altiva protagonista. Escuchémosla con unción:

“Escrita en el atardecer de su vida, su obra es fruto del recuerdo, la adversidad y la desolación”. En la página inicial nos hace esta advertencia, que nos desgarra el alma:

Ofrezco al público una historia verdadera… soy pobre, viuda y desvalida. Perdí con mi virtuoso y noble compañero, toda esperanza de felicidad: quedé condenada al trabajo, y mi quebrantada salud no me permite cumplir estrictamente mi destino. Sola, abandonada en el mundo, como el náufrago. En una desierta playa, me veo obligada a luchar, mano a mano con mi dura suerte.

Rasgos más que suficientes para valorar la sencillez y espontaneidad de su estilo y sus confesiones personales, la naturalidad y el colorido de sus narraciones, a las que se unen su imaginación, su capacidad de observación y la intimidad de su sentimiento.

Otro aspecto de sumo interés y significación en el contenido y desarrollo del libro de marras, son los relacionados con su vida hogareña, su desagrado con las enseñanzas y prácticas religiosas de aquel entonces, su formación educativa en un medio social tan hostil y restringido, además de sus valiosas consideraciones en torno al amor, la mujer, el matrimonio, la educación, la libertad, el valor, la dignidad de la persona y la esclavitud.

Nada que extrañar de su formación intelectual autodidacta ni de sus lecturas. Bástanos resaltar la referencia que hace del escritor, político y economista Pierre Joseph Proudón, “uno de los fundadores de las teorías mutualistas y colectivistas”, y, autor de la obra Filosofía de la miseria. En un renglón lo dice todo: ciertos propietarios de aquella época “tenían una comunidad de bienes capaz de asustar al mismo Proudhon”.

A lo anterior, con miras a obtener el mayor acierto de esta lumbrera de las letras y de la historia, es preciso agregar los atributos fisonómicos que nos depara el Prólogo de la obra:

La señora Angélica, abuela de Eva, era una matrona respetable, querida, con ternura filial por todos los que tuvieron la dicha de tratarla con intimidad y conocieron cumplidamente sus muchas cualidades. De elevada estatura, robustas formas, ojos vivos, muestra de una brillante inteligencia, era un tipo perfecto de belleza y fuerza. A los 50 años, conservaba la frescura de su test, el brillo de sus ojos, la ternura del corazón y un carácter festivo que hacía que ella sola fuera la alegría de su casa. Anticipando la narración, podemos conocer a la señora Angélica a los diecinueve años.

Una mujer de las virtudes, del temple y carácter de Evangelista Correa, merece plenamente sea suya, la atinada y tan sentida expresión de Mategazza: La voz de alguna mujer no puede ser oída impunemente.

De su vida matrimonial, nos cuenta que la tuvo con el coronel Rincón Soler, un joven de apuesta figura que se había entregado con entereza y valentía a la causa de la independencia. A tal punto habían llegado sus actuaciones militares, que muy pronto estuvo al lado de Santander, en la región de Casanare, lugar en donde realizaba la organización del ejército patriota que debía acometer la campaña libertadora del régimen español.

Con tan dura separación, pero unida solidariamente y sin desmayo alguno a luchar para alcanzar nuestra independencia, la joven esposa ha quedado sumida entre el amor, el dolor y la soledad. El tiempo discurre con la normalidad de las labores hogareñas de cada día, de modo especial, al cuidado y crianza de su tierno hijo, sin dejar a un lado, su devoción por la lectura. Sin embargo, la ausencia y el silencio de su esposo se tornan insoportables. Un amor cercano y sin embargo tan distante. Ante la falta de noticias, por causa de la distancia que los separaba, un buen día resuelve viajar, con su pequeño hijo, en busca de su ser amado. Y así lo hace sin tardanza alguna.

El viaje, como era apenas natural en aquel lejano tiempo, discurre, a lomo de mula, en algunos tramos del camino, y otras, a pie, sorteando tantas dificultades y peligros, pero siempre ayudaba por dos veteranos conocedores de tan apartadas regiones, de su absoluta confianza.

Al cabo de los meses, la infatigable viajera ha pasado de la oscuridad telúrica de la selva, a la infinita luminosidad de los Llanos. En este largo tránsito, como era de esperarse, ha disfrutado y padecido todos los reveses e infortunios que prodigan los senderos propios de una vorágine. Ante la inmensa maravilla del Llano, el espíritu anhelante de Evangelista, cobra aliento y prosigue el camino. De esta maravillosa experiencia nos da cuenta prolífica los capítulos dedicados a su vida en el bosque y El llano; escritos por la mano mágica de quién ha vivido y padecido en toda magnitud e intensidad, hasta alcanzar extremos insospechados.

Y aquí viene lo inesperado. A poco tiempo de llegar al término de su viaje, Evangelista, recibe una carta de su esposo, en la que le dice lo siguiente:

“Mi amada Angélica, Dios nos ha protegido, porque estando el tiempo tan malo, no hemos muerto de fiebre; pero estamos acosados por cien necesidades. Hace un mes te envié un mensajero; si no lo dejaste allá, sin duda habrá muerto. Empezamos a notar que el general Bolívar, que llegó hace poco y se encargó del mando, desconfía de Santander, de mí y de otros pocos. Esto nos ofende, nos indigna, y sólo el amor a la patria, podrá tenernos sujetos al hombre que duda de nuestro honor. La unidad en el ejército es lo único que puede salvarnos, y por esto obedecemos a Bolívar hasta la muerte. Además, este hombre tiene no sé qué que nos fascina. Mucho deseo que le conozcas. Espero que don Pedro te haya enviado sal. Mil besos a nuestro Cecilio y mis recuerdos a los bravos que te acompañan. Esperanza y valor, amiga mía. 11 de noviembre”.

Luego de leer esta carta, Angélica, que corresponde al nombre de Evangelista, quedó profundamente conmovida. “La suerte de su esposo, escribe, le pareció peor que la suya”, como luego lo vamos a ver.

Otro incidente, ocurrido poco antes de llegar al lugar en donde se hallaba su esposo, es el relacionado con la presencia de un soldado, quien le manifiesta estar autorizado para conducirla al cuartel. Ante su extrañeza, le infunde confianza con estas palabras:

Señora, vos no hacéis recuerdo de mí, pero yo os conozco: sois la esposa del coronel J. M. V. Pues bien, el general Bolívar desconfía, no sé por qué, del coronel Santander y de su amigo, vuestro esposo. El Capitán N. Es el favorito de Pérez y tal vez de Bolívar; es posible que este hombre haya causado desde un principio la desconfianza del general, ambiciona el puesto que ocupa vuestro esposo y lo pierde con calumnias. Marchad, pues, señora, es preciso que marchemos al momento.

Transcurre el año de 1818… Cuando Bolívar y el general Páez llegan a Casanare para unirse a Santander, gracias a su iniciativa y a su tesonero emprendimiento, este militar, todo previsivo y convencido de su labor, ya había conformado un ejército dispuesto a emprender la campaña libertadora por tierras de nuestro país. Esgrimiendo sus razones, así se lo manifestó a Bolívar, quien le contestó con una rotunda negativa: la compañía libertadora hay que iniciarla por Venezuela: “es preciso marchar a Venezuela  y marcharé “.

Aquí fue Troya. Entre Bolívar y Santander, se había ocasionado el inicial altercado o enfrentamiento. De aquí en adelante, cunde el desconcierto hasta alcanzar ciertas actuaciones que perjudicaban notablemente la unidad del ejército.

Cuando el general Bolívar se encargó del mando del pequeño ejército, organizado en Casanare, quedó de subalterno Santander. El ejército, creación casi exclusivamente suya, lo amaba con ternura, y vio con pena que su amado coronel quedase de subalterno. No eran muchas las simpatías con que contaba en el ejército el comandante Pérez, y se sintió descontento, porque este quedara más alto que Santander, aunque más abajo que Bolívar.  Santander era el amigo predilecto del coronel V., y el ejército que los adoraba a ambos, comprendió entonces que la causa del uno era también la del otro…

Los primeros síntomas de desconfianza que notaron en el Jefe, los pusieron turbados, inquietos y desalentados; pero, al continuar notando lo mismo, se sintieron profundamente indignados, y pensaron de común acuerdo, si debían hacer dimisión de sus empleos como jefes y pedir se les dejase servir como simples soldados.

A todas estas, las animadversiones y el ensañamiento contra el ejército levantado por Santander y su aliado el coronel Rincón Soler, se ha desatado la tormenta. Aún más, la calumnia ha logrado su cometido con la inculpación endilgada contra el coronel de conspirar contra la patria; razón por la cual se le ha instaurado un consejo de guerra y debe ser ejecutado. El momento de sublevación del ejército había llegado en defensa de un militar independentista a toda prueba.

Cuando todo esto ocurría, entrada la noche, en medio de una llovizna tenaz, y, lo que es más desgarrador, ante la fatal noticia de que su esposo debe ser ejecutado, ha llegado la salvadora de su vida.

Era apenas el justo y oportuno calificativo, que debía demostrar en un trance de semejante tensión. No queda un instante que perder. Con todo su tacto y diligencia, ha obtenido del ejército la orden de libertad. Con semejantes arreos y semejante documento la señora Evangelista, se encamina ante los guardas que custodian la entrada del cuartel, en donde permanece en capilla de muerte el tan vilipendiado militar. Al interrogatorio de rigor que los guardas le hacen para lograr su identificación, responde con su arrogancia:

¿Quién ha podido lograr esa contraorden?

Yo.

¿Y quién sois vos?

Soy, dijo la joven, levantándose la ancha ala de su sombrero, soy la esposa de vuestro coronel, traicionado y calumniado.

Por favor, señora, dijo el oficial, dejadme pensar que no sois vos quien decís, porque si así es, es espantoso el cambio que habéis tenido.

Sí, diez meses de vivir en los bosques con privaciones y peligros no es lo más a propósito para conservar la salud y la hermosura. Basta, deseo ver pronto a mi esposo y que sepa él que está en libertad.

En el instante preciso y oportuno, se ha recibido la referida orden de libertad, que sigue su curso con el anhelado resultado. A media noche de tan trágico día sale el coronel a unirse en estrecho abrazo con su amada esposa, y ahora la salvadora de su vida. Aquí, oportuno recordar aquella frase admonitora: “el abrazo es terso y milagroso”.

Definitivamente, hay golpes del destino o coincidencias en la existencia humana, que la razón no alcanza a dilucidar. En el remoto ayer, la privilegiada Evangelista en la hora suprema de un fatal desenlace, salva la vida de su amor. Algunos años después, otra mujer de la talla de Manuela Sáenz, se constituye en la libertadora del Libertador, en la noche septembrina. Con la gran diferencia, que el coronel sale libre entre la aclamación y el alborozo de su ejército, en tanto que Bolívar, se torna en un guiñapo de libertador, entre la inmundicia nauseabunda debajo de un puente.

Al día siguiente de su liberación, Bolívar mandó llamar al coronel Rincón Soler, “quien con la obediencia propia del soldado y la galantería de un hombre bien educado” pronto acudió a este llamamiento.

– Seáis bienvenido, Amigo V., – le dijo el general Bolívar, teniéndole la mano al coronel-. ¿Conque estuvo usted preso?

– Y sentenciado a muerte, mi general. – contestó V.

– ¿Sabéis, coronel, de qué se os acusa?

– Sé que se me acusa de traidor, –dijo el Coronel, poniéndose rojo de cólera-. Si, se me acusa de traidor, a mí, que todo lo he ofrendado en aras de la patria.

– ¿Qué pruebas han exhibido contra vos?

– Lo ignoro, mi general. Sólo que sé que se esgrime la calumnia.

– Coronel –dijo Bolívar-, veo con pena, que estáis grandemente disgustado, y a fe que os hallo razón. Sin embargo, debo deciros que no tuve conocimiento del asunto: ayer estuve algo indispuesto y dejé casi absolutamente el mando a Pérez. Este informó hoy que el capitán N., estaba reducido a prisión, por su orden; me refirió los acontecimientos de ayer y acordamos que se efectuase una entrevista entre vos y N., la que pasará en presencia mía. ¿Convenís en ello?

– ¡Ah, señor!, –contestó V. Con amargura-. Queréis persuadiros de quién es el desleal? Pues bien, no es que convengo, sino que obedezco. Si en vuestra conciencia soy criminal, castigadme; si resulto apenas digno de desconfianza, aceptad la dimisión que hago de mi grado y hacedme el honor de darme colocación como simple soldado; yo no debo servir de estorbo en la marcha de los acontecimientos. Además, mi conciencia me dice que, aunque soldado de la patria, soy también hombre y no podré mandar un cuerpo cuando se me cree desleal. No seré un cobarde desertor, no; yo no abandono el peligro, dejo un puesto de honor por otro cualquiera, pero creo que tanto valor hay en aceptar la muerte como jefe que, como soldado, y que tanto vale la sangre que derrama el orgulloso jefe, como la que derrama el pobre hijo del pueblo.

– ¡Bravo, coronel! – exclamó Bolívar-, bien dicho está, pero yo no me conformo: os creo leal y bueno y no podría cambiar como queréis vuestro puesto en el ejército.

Cumplida la referida liberación, al cabo de algún tiempo, gracias a la acertada y convincente intervención del sacerdote del ejército venezolano, el padre Mariño, religioso dominicano, Bolívar rectifica su obcecada determinación y acepta cometer la gesta libertadora por Colombia con estas palabras de aceptación:

“Vuestra voz tiene la prerrogativa de convencer. Será como vos lo queréis, pero decidme: ¿Respondéis de que vuestros compañeros piensan lo mismo que vos?”.

“Todos somos patriotas y hermanos”, respondió el religioso, abarcando con una sola mirada a todos los circunstantes, los que a una voz y como conmovidos por un golpe eléctrico dijeron: “lo juramos, general”, y pusieron sus manos con la señal de la cruz sobre el puño de sus espadas.

La suerte está echada. La campaña libertadora ha dado comienzo por los terribles e inimaginables desfiladeros del Páramo de Pisba, hasta alcanzar la victoria con la batalla del Pantano de Vargas. Y más adelante, sellar nuestra independencia con la victoria del Puente de Boyacá.

Libre un día, Colombia de tan larga y cruenta esclavitud, de su entraña surge una mujer altiva y fuerte, íntimamente convencida de la independencia, de cuyas virtudes y talentos nos ha legado una leyenda, “Leyenda histórica”, reveladora, como queda dicho, de ciertos episodios ignorados y olvidados, en las nacientes relaciones y actitudes entre las cimeras figuras de Bolívar y Santander.

Quede en esta forma, al cabo de tanto tiempo, hecha la revelación del episodio apasionante vivido y revelado por la gran matrona y escritora Evangelista Correa, honra y prez de las mujeres que tan dignamente deben llevar el calificativo de heroínas de la gesta libertadora.

Infortunadamente, la animadversión o enemistad entre Bolívar y Santander, en forma manifiesta o soterrada, perduró de por vida. ¿Acaso, en las postrimerías del gobernante, para mantener a distancia o lejos de su presencia, no designó a Santander ministro plenipotenciario de Colombia ante el gobierno de los Estados Unidos de Norte América? Enigmas o actitudes de la conducta humana. De aquí, la frase irremediable de Bolívar en el atardecer de sus días: “¡El no habernos compuesto con Santander! ¡Nos ha perdido a todos!”.

 Al cabo y término de estas reminiscencias, es imprescindible recordar que, ni en las profusas páginas de Mis desavenencias con el Libertador Simón Bolívar (1829); ni en las de los Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada por el general Santander (1837); éste no hace la más mínima alusión a lo acontecido en Casanare.

 

Bogotá, 8 de octubre del año 2026

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Fuente única:

Los Emigrados. Leyenda histórica, por la Señora E. Correa de Rincón Soler; Bogotá, Imprenta y Estereotipia de Medardo Rivas. 1869.

 

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