Los apodos, esas bellas figuras.

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Por: Henry Manrique

En la película El Cartero se narra la vida de un personaje, aprendiz de poeta y adorador de Neruda, que, en el trance de crear su propia obra, concluye que el mundo en su totalidad es una metáfora.

En sí la razón es válida, pues, quién no ha nombrado una realidad con otra que se le asocia sin que lo nombrado pierda su esencia, su sentido, su significación; quién en el entorno familiar no logra un apelativo para un ser querido en el que se trasplante, no solo la parte física de lo nombrado, sino también, la parte espiritual, intelectual o valorativa.

Es común, por ejemplo, que a la niña avispada le digan “Pascua”, porque refleja lo festivo, o a otro lo llamen Manos de Seda por su capacidad sutil para extraer lo ajeno, o Paso de Ánima a aquel que al andar levita por no tocar el suelo, el Ronco por su tonalidad áspera al hablar… y así sucesivamente. Pues ese trance, o apodo, son metáforas, símiles, que al igual de las leyendas, mitos, adivinanzas, trabalenguas… son creación del pueblo, carecen de autor individual y forman parte de la cultura oral de las comunidades.

En los pueblos, cuando aún no han perdido el encanto del reconocimiento, familias enteras se identifican por sus apodos, por lo demás heredados y eternos. Así en Ipiales es notable la genética de estas figuras que lindan con lo literario. Los “Chonos”, para indicar a una familia cuya identificación era el chiste, el gracejo, el humor, el mal genio; “Calabazos”, a una familia dedicada al comercio de las carnes; el Tres tostados, por la constante queja del comprador debido a la escasez de frito en la talega o chuspa; los Cuadrados, para identificar una contextura física peculiar en el cuello y la cabeza; los Alcabaleros, relacionados con el cobro de impuestos de forma menos que pacífica; los “Primitos”, vendedores de frutas que se caracterizan por su ronquera y el reiterativo uso de ese término de familiaridad; las Peineras (fabricantes de peines de cacho), grandes matronas que surtían licor de dudosa procedencia y atendían a clientes procedentes del campo.

En sí, el mote identifica alguna circunstancia laboral, una actividad familiar; son textos que adjetivan a la persona o al grupo familiar, dotándolos de una identidad más firme y segura que no permite las ambigüedades. Así, los “Puchos” adquieren una significancia general que provoca temores, Mata Sietes, los “Canguileros” que se asocia a un oficio, pero de la misma forma, a una actividad muy cuestionada; los Frijolitos, pequeños trabajadores eximios de la mecánica.

Aunque también muchos de estos nombramientos, así como las palabras, se arcaízan, entran en desuso, pero, se recuerdan en el anecdotario de los pueblos: el Pancha, famoso personaje de la historia, pues, al estilo de Robin Hood ayudaba a los pobres; el “Caballito Acosta” excelente ciclista; “el Ruso” amigo de todos y con deficiencia de pronunciación. los Chuponeros, Cebolleros, Cueteros, Cuyeros, Carreteros, los Tombos, según el oficio y el beneficio.

Las Pachas Caras y baratas, los Honorios, las remolachas, como reconocimiento a la vida institucional; el “Mojito”, el andariego de todos los tiempos; los Payacuas, jocosos y enamorados de la música. La Pachita, primera recicladora; los Palomos, el Lucho Casado, el Cochise, el Mechudo, el Pepe, el Chispas; personajes icónicos de la ciudad. El “Chico”, las Solanas, el Negro Solís, indudables símbolos del carnaval.

En fin, y se nos quedan muchos. Si algún día se le ocurre preguntar, en un barrio cualquiera de la ciudad por una persona y lo hace por el nombre o el apellido: García, Rojas, Caicedo, Pinchao, Revelo, Villota, Estupiñán, Romero, Rosero, Cárdenas, Huertas… tenga la seguridad que no le darán razón, pero, interrogue por el apodo: “el Mocho, el Zombi, el Cacana, el Aguja, el Pelado, el Voz de Trueno, el Ñato, el Patolo, el Trompón, Los Garrinchas, el Culón, Lunarejo, Los Churuchos, el Chulla Teta, el Santo Compadre, don Chumado, Olafo, Manotas, Patrón del mal, Guaicoso, Cumbambón, el Barbas, casi un curandero del pueblo; el Muelón, el Pájaro, el Muerto, Zancudo, Poropopó, Caprini, el Lagartijo, tripa me falta, los Cabos, el Salchichón, papá Choclo, el Panelas, la Porcelana, la Piernas de Oro, Patilimpio, el Baraloncha, doctor Caballo, “Care” Puño, el Chaclas, Tajilos, Carangas, el Arbolito”… y cientos de motes más, se encontrarán con la sorpresa de acceder a un reconocimiento total de o las personas en el ámbito familiar, laboral, ético y moral.

Es un reconocimiento que, aunque, se determine de mal gusto en algunos sectores de la sociedad, porque, al rata o gallinero le dicen cleptómano, fungiendo un estrato seis; al cuero de puerco asado le llaman epidermis de cochino, el apodo no deja de ser una impronta popular que no sabe de clases sociales y que resalta las características humanas y éticas de la comunidad.

Además de lo estético en lo que concierne a la lingüística y literatura. El Quijote de la Mancha es don Alonso Quijano y su autor el manco de Lepanto; Gabo es García Márquez; personajes que pasaron a la eternidad junto a Chuchito, Jesús, quien desde lo alto los llamará en sus bellas metáforas y los reconocerá; quizá algunos se vayan donde don Sata y éste no los reconozca por sus nombres y se salvarán del fuego eterno, solo entonces, los redimidos, se rendirán a los encantamientos de los apodos, pues, la equivocación del “Cachudo” les dará otra oportunidad sobre la tierra antes de llegar al cielo.

Nota adicional:

Por sugerencia de algunos amigos lectores, quienes aportan al tema, añadimos los siguientes apodos: los Alomías, el Bizbi, el Chumadazo, el A mí no, la Culeca, Kalino, Carebajada, don Tráigala, Carepambazo, la Bienestarina, Pan de Halina, la Sincalzones, los Culiverdes, el Mión, Puendo Guato, el Chirlillo, el Mala Hora, Buenagente, el Carangas, Sarampión, los Muertos, Michael Reed, Mayor Desgracia, Calzones de Notario, el Supremo, Angelito, tres Bandas, Obispo, la mami Blue, Eléctrica, Mejillón, Bienecho, Zurumbático, el Dedotes, Pintuco, la Chicholina, Astralacia, Dolche Amore, Baratillo, el Mamporas, Pispo, Lempo, la Piroca, el Gatillo, el Rabazo, qué Canastazo, Chango, Nananina, Capariche, los Sapos, Laisa, el Tingazo, el Colorado, el Mexicano, Chapulín, la Pobre Viejecita, el Chato, Naríz de Patacón, el Negro Beli, Viejo Bámbaro, los Sarandengues, el Limosna, tres Tulpas, Bolerazo…

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