La automirada del cantor nariñense

Aurelio Arturo (La Unión, Nariño,1906 - Bogotá, 1974)

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Por: Julio César Goyes Narváez*

 

Julio César Goyes

 

En la poesía del nariñense el “Yo” no es un personaje como en la ficción o el drama, sino un sujeto de enunciación y experiencia del lenguaje; ese yo-personaje se silencia para dar paso al Yo lírico con el propósito de escuchar La otredad para luego cantarla. En este verso célebre podemos advertirlo: “Yo soy la voz que al viento dio canciones” (Clima, 1931), o en uno de sus poemas de juventud: “Porque yo canto toda cosa loable bajo el cielo./ Yo el cantor, el cantador,/ de ritmos/ prestidigitador/ Si una hoja se mueve en los bosques,/ yo lo sabré” (El Cantor, 1936).

En una sociedad que tiene miedo al silencio, que hace lo posible por evitarlo, la poesía arturiana nos reenvía al paraíso perdido, a la niñez auroral, al mundo oculto desacostumbrado, al otro nivel de la realidad donde oralidad y escritura son un ritual de sentido pleno, que otorga a la palabra densidad ética y estética. La poesía en una sociedad sin creencias o en crisis de valores, restaura el silencio como eco de un grito que calla en la inconmensurabilidad del mundo.

La obra poética de Aurelio Arturo es nuestra automirada crítica y creativa en la variedad hispanoamericana; culturas disímiles y múltiples erigidas como imágenes para el autoconocimiento continental. El sentido de una automirada no es la “identidad” mecánica que supone la permanencia e inmutabilidad del ser de las cosas, sino diferencia en la confluencia de lo propio y lo ajeno, lo sublime y lo grotesco, lo particular y lo universal. Es esta escritura dialógica y polifónica la que remueve las visiones propias. Su lectura-escucha es nuestra automirada y por su autenticidad totaliza los tiempos que pasan y aquellos otros que vendrán.

Pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,

hoja sola en que vibran los vientos que corrieron

por los bellos países donde el verde es de todos los colores,

los vientos que cantaron por los países de Colombia.

(Morada al Sur, 1945)

 

Una escritura cuando autoafirma el Ser engendra su propia lectura; de suerte que es el mismo texto poético el que ofrece una mirada que permite plantear una situación de habla en el orden literario, lingüístico, histórico, filosófico, sociológico, antropológico, etc. Una lectura crítico-creativa de lo fragmentario busca el sentido que prolifera en sentidos: como horizonte, como significación, como sentimiento. La voz  que poetiza para cumplir con su desinteresado tráfico de ensueños le regala al poelector los sentidos al disimulo, en sugerencia, en fragmentos para completar. Los sentidos del paisaje del mundo son secretos, por tanto comunicables solo por la experiencia del sujeto en el lenguaje, de allí que el poeta impone su condición de cantor o rapsoda que, al igual que Porfirio Barba-Jacob en sus canciones o José Asunción Silva en su poética, parece decir: “El verso es un vaso santo, pon en el un pensamiento puro”. El nariñense regala sus versos con gratitud en una íntima comunicación espiritual, por ello solicita:

 

Mira, mira estos campos que por nada

te ofrecen su extendida cosecha de belleza.

Pon ternura de amor en tus ojos, tú que cruzas,

que cruzas leguas, leguas,

siempre en tu hombro el cielo con su gorjeo infinito,

y dos hojas vivas sobre la cabeza de tu joven caballo.

Mira, mira con ojos puros,

pon suavidad en ellos, alegría profunda:

caen ya las primeras lágrimas de la noche.

(Paisaje, 1945)

 

Esta voz es un ecopoética, una manera de vivir y re-existir; es un acto que encuentra en lo “nuestro” americano la vanguardia internacional, adelantándose en varios años a los poetas que giraron en torno a la revista colombiana Mito (1955-1962), dirigida por el lúcido poeta Jorge Gaitán Durán. Al mantenerse en silencio frente a los acontecimientos culturales de su época, al no publicar sino eventualmente y en lapsos bastante prolongados (recordemos que no le atraían las “guerrillas literarias” y que insistía en que la poesía no era para los periódicos), Aurelio pasó desapercibido como uno de los claros y originales renovadores de la poesía colombiana, lo demuestran poemas como Silencio, Canción de ayer, Vinieron mis hermanos (1932); la Rapsodia de Saulo, Canción de la noche callada, Canción de amor y soledad (1934); Morada al sur, Arrullo, Canción de hojas y de lejanías (1945).

 

Hoy recepcionamos la obra arturiana de manera intensa y acabada, no pudo ser asimilada a ningún grupo o período; su originalidad se proyecta desde la ambigüedad emocional y meditativa, y es esto lo que la hace heredera de la más alta poesía Modernista vía romanticismo simbolista, con la lucidez con la que es parto vanguardista. Con el romanticismo simbolista habita en las imágenes cósmicas y oníricas del ensueño, la naturaleza, la noche, la mujer y la muerte. Aurelio viaja por estos arquetipos hasta encontrarse con lo Unidad Primordial y alquímica de los elementales: fuego, tierra, aire y agua, acogiéndose al ritmo épico universal y a la melodía interior, lírica: “En la noche balsámica, noche joven y suave,/ cuando las altas hojas ya son de luz, eternas…”.

Aurelio, es capaz de imaginar la infinitud por vía sensorial, ver la unidad en la diversidad a través de la analogía y sentir la ironía ante el abandono de los dioses: “(…) quizá entonces comprendas, quizá sientas,/ por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla”;  entonces funde lo sublime con lo cotidiano, el erotismo con la melancolía, lo culto con lo popular, lo escrito con lo oral, intentando alcanzar de nuevo la Morada en el lenguaje, reconstruyendo la antigua concepción del mundo que redime la armonía perdida: “Trajimos sin pensarlo en el habla los valles,/ los ríos, su resbalante rumor abriendo noches”; “Los muertos viven en nuestras canciones”; “y las nubes, se dicen, sedosas resbalando:/ aún más bello y dulce otro país existe”; “En las hojas rumoraban bellos países y sus nubes./ En las hojas murmuraban lejanías de países remotos”.

Aurelio Arturo con Fernando Charry Lara

 

La poesía arturiana nos conduce hacia el otro lado de la realidad cotidiana que no se ve ni se oye por el acostumbramiento utilitario y racionalista, y por el consumo pulsional de lo básico que reduce la conservación cultural de la especie humana. La perspectiva de una renovada realidad se modula con el poetizar, con la experiencia del lenguaje que forja la subjetividad, con el imaginario, el ritmo y el tono, por eso el Ser-Sur que llevamos dentro acontece y emerge cada vez que leemos-escuchamos ese viento de palabras y silencios que es Morada al Sur.

* Julio César Goyes Narváez. Poeta, ensayista y realizador audiovisual nacido en Ipiales, Nariño.

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