LA ALEGRIA DE ESCRIBIR

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LOS PASTOS (10) 

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

 

Este 7 de agosto –fecha patricia por excelencia- se conmemoraron ciento un años de Otto Morales Benítez, legendario prócer greco-quimbaya,  ensayista de un centenar y veinte tomos, condecorado con plata y oro por todas las academias del mundo, parlamentario, ministro de Trabajo que institucionalizó el seguro social para la invalidez, vejez y muerte, y ministro de la reforma agraria, presidenciable, académico de treinta colegios de altos estudios internacionales, comisionado e investigador de la paz, de la cual dijo que tiene “enemigos agazapados”, ideólogo de Indoamérica pero también de las tres Américas, cercano a los estudios revolucionarios de Vasconcelos, Haya de la Torre, Mariátegui, Leopoldo Zea, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Luis Alberto Sánchez, Riva Agüero, Silvio Zabala.

Profesor y estudiante de siempre, de letras jurídicas y literarias, su hábitat ha sido la universidad. “Las aulas están hechas no sólo para guardar profesionales sino para permanecer en vigilia continua de la realidad”. El Externado, la Pontificia Bolivariana, la Central, la Nacional, lo han tenido como expositor y como docente actuante y honorario. No se diga el periodismo que lo tuvo por setenta años hasta lo último, cuando reivindica las doctrinas del liberalismo en el diario “El Mundo” de Medellín. En “El Tiempo” durante décadas buceó su “Aguja de marear”. Apenas murió Eduardo Santos en 1974, lo reemplazó en su silla en la Academia Colombiana de Historia. En 1980, lo eligen en la de la Lengua. Ya era de la de Jurisprudencia.

 

 

Otto Morales Benítez

 

 

En aquellos escenarios es en donde se convirtió en la conciencia nacional que traza los rumbos certeros, pero también se estremece con los padecimientos y las rupturas de nuestra sociedad convulsa. Permanentemente ha estado en el imaginario nacional como ideólogo y conductor de la tierra prometida. Generacionalmente ingresó a la beligerancia partidista en 1947, con los dos Espinosa Valderrama, con Virgilio Barco, Agudelo Villa, Pardo Parra, Víctor Mosquera, Durán Dussán, Indalecio Liévano, Restrepo Piedrahita, los Arango Jaramillo, Gómez Valderrama, Martínez Vega, Juan José Turbay, escuadrón de necesario relevo de las vacas sagradas que habían fatigado la revolución en marcha en la república liberal. Pero casi de inmediato sufren la clausura de los recintos democráticos, que anuncia la implacable dictadura por diez años que se instala en el país atribulado. El Congreso de la República es escenario de matones con dieta parlamentaria. Gustavo Jiménez y Jorge Soto del Corral, el prohombre liberal, son víctimas propiciatorias.

Después de dos luctuosos lustros de despiadado despotismo –civil y militar- reaparecen en el frente civil para rehabilitar la democracia convaleciente. Van al Congreso, ocupan ministerios, dictan cátedra en las universidades, en las plazas, en los libros y en los periódicos. Pero, deplorablemente, su partido, el liberalismo, en condominio con su contendiente histórico, había perdido el horizonte y va a dejar expósitos a sus ideólogos y a sus mariscales. Como en el verso de José Eustasio Rivera, “se los tragó el clientelismo” bipartidista del Frente Nacional.

Los dos Lleras lo empujaron en su vida pública y era lógica e imperativa la candidatura presidencial que la pensó lo mismo Belisario Betancur cuando reconoció que “no acabaremos de lamentar los colombianos, el no haber llevado a un paradigma de la inteligencia y la abundancia del corazón, a conducir los destinos de la Patria”, pero que Otto la rechazó por los compromisos incinerantes que encerraba con esa clase política tan plebeya, vitanda, abyecta y corrupta como la que le tocó. Cuando Otto repelió aquella embajada fenicia inmediatamente concurrieron al Hotel Tequendama a donde los esperaba auspiciosa la campaña de Virgilio Barco. Fabio Lozano Simonelli refirió que Otto se retiró “con una beligerante y picante carta sobre la nueva moda de fabricar candidatos, imponiéndoles desde los discursos y los programas –para que no vayan a molestar a nadie- hasta los trajes y el peinado”. Tradición que la copiamos de los gringos, según dijo Alberto Lleras, todos aderezados a lo Kennedy, el campeón de los cosméticos.

 

“Repito que mi vocación política, obedece a mandatos de fidelidad a Colombia. No hay ninguna tarea como la de la política que ofrezca tantos resplandores a la patria. Está concebida –en los órdenes espiritual y moral- como el mandato para que el ser político encienda los fulgores de la nacionalidad. Se necesita constancia y amor. Es exigente con sus deberes morales. El país siente que la aparición del clientelismo, desvió sus contenidos éticos. Esto será transitorio si volvemos a tener partidos fuertes. Estos garantizan la vocación democrática; la expansión de una doctrina seria y ordenada. Y cuando condene a los corruptos, hay una organización que los rechaza y los aísla. La política es la mejor vocación para servir al destino de la republica libre y democrática”.

 

“En medio de todos sus ajetreos literarios, jurídicos e históricos no pierde el gran Otto su afición por la cosa pública, su indudable vocación política y su fe en el Partido Liberal”, dice en un editorial de Nueva Frontera, su director el expresidente Lleras Restrepo, en septiembre de 1975. “Es uno de los positivos valores del liberalismo y de la República y, como escritor, uno de los más prolíficos y populares entre los miembros de su generación”. 

 

Encuentro en San Juan de Pasto  

 

Un día de 2006, cuando yo era diputado liberal me lo encontré de manos a boca alrededor del bronce de don Julián Bucheli en Pasto, en una de sus frecuentes visitas a Nariño. Había venido invitado por la Universidad y la Academia de Historia, en sus muy frecuentes giras de convivencia personal y cultural. Lo insólito era que ningún anfitrión lo escoltaba ni lo acompañaba, así que me sentí en el irremplazable honor de recorrer con el ilustre visitante la población de don Lorenzo de Aldana y los paisajes embriagadores “desde el mar hasta el Galeras”, mientras advenía la hora de su disertación en el alma mater.

A los nariñenses nos hizo privilegiados destinatarios de su estimación especial y a lo largo de más de 50 años no solo elogió los valores de la tierra, sino que nos visitó con la asiduidad y camaradería de los propios. Todos los prohombres de la región fueron exaltados por el Maestro con un saludo de entusiasmo, afecto y delectación, vibrante aliento de patria. “Mis viajes a Nariño y Pasto, nacen de mi ardor íntimo por su paisaje, por el fulgor que me transmite el contacto con su realidad nacional, que en cada ocasión me ha estremecido. Vengo a renovar mi coloquio con amigos solidarios, los cuales me han dado lecciones aprovechables. La patria aquí se siente en la intensidad de la vehemencia creadora”.  “Aquí se viene en peregrinaje de admiración y de devociones. Su paisaje multicolor, en pequeñas parcelas de verde amoroso que el cultivador rescata de la tierra, da descanso al hombre. Y así es su paisaje humano, lleno de colorido, donde la inteligencia y la sensibilidad individuales, prolongan la mejor tradición de la estirpe. Estirpe de la cual debemos proclamar que vivimos orgullosos los colombianos. Para mí, no es difícil levantar estas palabras para que ellas me asistan desde el más hondo afecto por esta región, que es medallón vivo del destino nacional. Los nariñenses saben que permanentemente vengo a entregar mis tributos a la tierra de la noble prosapia en la historia y en la cultura colombianas. Lo hago como rito y euforia de mi vida interior”.   

Yo lo había conocido hace más de diez años atrás cuando, portando un ejemplar de mi libro “La Fuerza de la Patria” (Bogotá, Ediciones Jurídicas Gustavo Ibañez, 1997, 365 pp.), me aventuré a someterlo a su amable cuanto implacable experticia. Acudí a su gabinete de trabajo ubicado en todo el piso 19 del edificio de Colpatria. Me recibió con espontaneidad y alegría y me dijo, refiriéndose a mi ensayo, que se trataba de un trabajo denso y erudito. Allí mismo me hizo entrega de sus Obras Completas, que van desde el semanario literario “Generación” (del diario “El Colombiano”) que redactaban a seis manos con Miguel Arbeláez Sarmiento y Belisario Betancur, hasta las cartas a sus nietos suecos que hablan de la ética en la conducta pública, magisterio que enseñó no sólo a los suyos sino a todos los correligionarios que han sentido el llamado del servicio público. En el último libro que me obsequió, su biografía sobre la vida apasionante y heroica de Rafael Uribe Uribe, me colocó una dedicatoria enorgullecedora: “A Jorge Luis Piedrahita, a sus desvelos por Nariño, por el liberalismo, por la Patria”. Sin contar los otros manuscritos en los incontables ejemplares cedidos para deleite espiritual de sus contertulios. Aquí no se reseñan los últimos trabajos que Otto entregó para su edición, y que eran una selección de cartas de Eduardo Santos, que amorosamente coleccionó a lo largo de los años y que mantenía orgulloso en las estanterías privadas de su biblioteca.

Ese es el perfil de Otto Morales, el de un hombre munífico y anti protocolario. Ya lo voceaba así el maestro Germán Arciniegas, cuando al acusar recibo desde Roma de su “Aguja de Marear”, hace más de sesenta años, le avalaba la calidad de “colombiano generoso que tiene ese gusto espontáneo del reconocimiento de lo que hacen los demás”.

 

 

Otto Morales, bien vestido

 

 

Alto, erguido, a la última moda propia de los cachacos, con vestido de paño, chaleco, sombrero Barbisio de ala agachada, gabán y paraguas Fox, era muy fácil descubrirlo por los lados del centro internacional de Bogotá, saludando a todos con optimismo y nobleza. Más fácil aún, era escucharle, por cuadras enteras, su contagiosa carcajada salpicada de anécdotas, las más sabrosas, de la historia y la literatura nacional o foránea. Dicen que el exministro de Eduardo Santos, su paisano Jorge Gartner o el ex Fiscal Gómez Méndez le compiten en risotadas envolventes. ¿O quizás César Gaviria?

Alberto Lleras decía que “sería formidable meter una carcajada de Otto en una botella, cerrarla al vacío y destaparla en un Tedeum en la Catedral de Bogotá” 

“Como nació un 7 de agosto, sus amigos dicen que la voz y sobre todo la risa de Morales Benítez resuenan al igual que la diana de la batalla de Boyacá”, tercia Carlos Lleras.

Y Belisario habla de Otto cómo de Nietzsche decía de sí mismo, que no era un hombre sino dinamita. Solo que dinamita risueña por la estentórea carcajada fúnebre que lo identifica dondequiera.

Cada visita a su gabinete de trabajo es una fluida y fecunda excursión a la epidermis colombiana, a su historia, a su raza, a su literatura, a su cultura autóctona.

Cómo disfrutaba evocando a “don Olimpo”, su padre, que le inculcó el amor total al Gran Caldas –que no al exótico Eje Cafetero-, a su Manizales del alma, a su ancestral Ríosucio y sus festivales del diablo, a las inagotables y encarecidas minas de Marmato, en fin, a la familia Quimbaya toda que le ha merecido sus desvelos y sus investigaciones más eruditas y esmeradas. Dice que de su padre aprendió el amor a los libros que él compraba por cajadas en los municipios próximos de Medellín, Pereira y Manizales para consumo primero de sus hijos, pero también para todo el vecindario. Y de su madre, doña Luisa Benítez, el amor que por la literatura le viene en la sangre si se tiene en cuenta que era prima de Miguel Ángel Osorio Benítez, mejor dicho, del incandescente Porfirio Barba Jacob.

Pero las demás regiones también las ha examinado con devoción y afecto. El Caribe, Boyacá, los Santanderes, Bogotá, el Gran Cauca, colindante y patricio, en donde aprendió las letras universitarias. De Popayán recuerda con nostalgia su adolescencia dorada en aquella ciudad de versos y dolores, “nartecio glorioso” que dijo Suárez. Evoca estremecido el esplendor del maestro modernista Guillermo Valencia que ejercía su hálito rectoral. Para hacerlo rabiar fundó con Luis Carlos Pérez, futuro penalista y Rector de la Universidad Nacional el periódico “Orientación Liberal”.

También es motivo de su querencia la provincia nariñés, a la que visita como propia, y nuestro Ipiales, que visitó con Lleras Restrepo en los trigos de la “Democratización Liberal”. Completó su investigación sobre nuestro departamento, y si faltaran pruebas de su afecto por el sur, ahí está la nariñense Rocío, su secretaria legendaria.

Precisamente en 2013, el CEILAT, editó el opúsculo “Nariño y Pasto en el panorama de la Historia y la Cultura”, en el cual Otto divulga varios ensayos seleccionados que tienen que ver con sus estudios linajudos y detenidos sobre el Décimo Departamento y sus valores sustantivos. Antonio Cacua Prada en la presentación del documento reconoce que el autor “resucita a los más notables exponentes, cuenta sus milagros para que en esta forma las nuevas generaciones se sientan orgullosas de sus ancestros. Entre ellos el rector Emilio Bastidas (sic), el historiador Edgar Bastidas Urresty, el soldado Ignacio Coral Bastidas, los novelistas Guillermo Edmundo Chaves y Plinio Enríquez. El notable humanista Ignacio Rodríguez Guerrero y el inmenso lírico de “Morada del Sur” (sic), sobre quienes inyecta a sus lectores una inusitada curiosidad por saber más sobre ellos”.

El maestro rastrea con puntualidad y parsimonia indispensables las álgidas vicisitudes que sufrió la audaz iniciativa de formar un nuevo reparto territorial y geopolítico desprendido del inconmensurable y autárquico Estado del Gran Cauca. Fueron innúmeras y procelosas las contingencias que interpuso la dirigencia caucana para impedir la secesión. Si no es por la casi que obstinada actuación de Rafael Uribe Uribe se hubiera frustrado una vez más la justiciera aspiración; y de ahí deviene la genuina admiración por el estadista liberal que confiesa Otto.

El tomo divulga también un inédito reportaje logrado por Edgar Bastidas Urresty por quien profesa una singular debilidad intelectual y con quien se detiene en muchas referencias eruditas para esclarecer hechos de las historias comarcanas. Rescata su intención de despertar la conciencia regional, hacerla beligerante. Bastidas Urresty se aproxima al Maestro y decanta un enjundioso compendio de vitalidad literaria. “Formado intelectualmente en el diálogo humano, en la cultura de los arrieros, en la pedagogía de los mineros, de los mitos campesinos, en los viajes de la infancia, ha producido una obra de importancia y significación en la cultura colombiana y latinoamericana”.

A su turno OMB en la presentación de los textos históricos de Bastidas Urresty señala que: “Para entender mejor su planteamiento y su anhelo, nos aclara cómo fue la adhesión del pueblo nariñense a la monarquía española que tanta critica ha despertado en historiadores y sociólogos de la independencia. El enuncia una tesis original: en el pasado por razones históricas, existió una mayor conciencia regional. Durante la Independencia, Pasto asumió una posición de lealtad y defensa de la monarquía. Se peleó para preservar el orden establecido, lo que favorecía a la aristocracia local detentadora del poder y de los privilegios. Pero no fue una lealtad incondicional, pues de lo que se trataba era de mantener ese statu quo, de venerable antigüedad y de obtener para la ciudad los mismos privilegios y preeminencias –un gobierno civil y eclesiástico en alto grado, institutos de alta cultura- concedidos por la Corona a Popayán y Quito, de eximirla del pago de alcabalas, de favorecer a los indios de la región con la exoneración de impuestos y que se permitiera la libertad de aguardiente y tabaco. Además, estaba en juego la relativa autonomía en independencia de la región, sufrieron una de las grandes catástrofes y frustraciones de la historia”.

En el susodicho reportaje OMB habla de la educación que le tocó, “no tenía diferenciaciones. Se hacía en forma comunitaria en unas tablas de guayacán, donde nos confundíamos sin recelo de grupo. Vine a advertir las injusticias sociales y las diferencias de clases muchos años después. Porque allí estábamos amalgamados, unidos, concordes en nuestros fervores, profundamente unidos a nuestras identidades, rememora. No nos sentíamos como personas extrañas, o seres privilegiados por tener dones de la sangre o de la riqueza… Mi generación tuvo que soportar la censura política, intelectual y religiosa en los claustros de los colegios y en la universidad. El desamarre hacia la libertad de investigación, de enseñanza y de pensamiento ha sido un fenómeno muy reciente, fue una liberación iniciada en el año treinta por la república liberal. Y por ella recibió amenazas de guerra religiosa y política”.

Luego destaca que él fue el primero en lanzarse en el país a intentar una interpretación económica y social sobre la colonización de Antioquia en Caldas. Los materiales estaban allí, dispersos en relatos, en cartas, en documentos. “Testimonio de un pueblo”, contiene entre otras particularidades la denuncia de la lucha entre el título y el trabajo, entre el papel sellado y el sudor campesino. Entre la primacía del trabajo sobre el titulo inscrito.

Después se detiene en el estudio de la gran aventura menospreciada de la revolución de los comuneros. Ese desdén por los héroes porque dizque eran seres humildes que no tenían ascendencia social, huérfanos de poder político.

Otto dice que la historia no es más que un gran fresco humano, en el cual se mueven las fuerzas sociales. Por eso se ha preocupado por las historias regionales y dio ejemplo sumergiéndose en los archivos y documentos que dan cuenta de la fundación de su pueblo Riosucio, de sus raíces, de su antropología y arqueología. Igualmente fortalece sus convicciones y enseñanzas compartiendo sus meditaciones sobre la aparición del mestizo y el barroco en la revolución económica de 1850, “Revolución y Caudillos”, y las luchas por la libertad en “Muchedumbres y Banderas”.

 

La obras de Otto Morales Benítez, en cuatro tomos

 

Los Pastos no fueron del incario 

 

Y Otto es el que nos permite insistir, de la mano del profesor ipialeño Eduardo Zúñiga Erazo, en una noticia increíble para huestes numerosas de pretendidos estudiosos de la historiografía vernácula: Los pastos detuvieron a los incas imperialistas. “En su ensayo, dice OMB refiriéndose al texto de Zúñiga, hay un aparte titulado “Presencia inca en el sur de Colombia”. Y exultante vocea: “Al terminar de leerlo, nos acompaña el júbilo por la derrota que lograron dar los pastos a aquella que era una de las tribus más poderosas en nuestro continente. Se confirma la calidad de luchadores de que gozaban nuestros compatriotas. Lo ratificaron así en las luchas que emprendieron. Siempre fueron combatientes ejemplares. El avance de los incas era incontenible. Trataban de tener dominio sobre la totalidad de las tierras. En el norte los detuvieron los pastos. Es una hazaña que nos hace emocionar y sacudir de orgullo. Los incas tuvieron que someterse a tener el rio Carchi como su frontera. Las fechas más aproximadas con la verdad histórica son los años 1520 a 1527”.

 

La bahía iluminada  

 

Fervoroso y acabado admirador de Guillermo Payán Archer, el iluminado poeta del litoral pacífico, inadvertido para nosotros sus propios coterráneos. De no bajo perfil político toda vez que el Presidente López Michelsen lo designó Gobernador del Departamento, distinción que no aceptó porque el gobierno nacional no definió el futuro positivo de la Refinería de Tumaco. Años atrás en el renacer de la república liberal cuando Alberto Lleras fundó “El Liberal”, fue director del Suplemento Literario. Amén que fue diputado, parlamentario, auditor de Ecopetrol. El mismo Lleras Camargo lo enganchó para la revista interamericana “Visión”, antes de que la capturara la dictadura de Somoza Debayle.

 

 

Guillermo Payán Archer, entre los poetas preferidos por Otto Morales

 

 

En un inesperado pero entusiasta ensayo, OMB nos emociona al recordar a Guillermo Payán Archer, el poeta costeño, su mar, su amor, su soledad y su alegría. Sorprende también la erudición y sensibilidad lírica de Otto no tan dimensionada ni tan divulgada en su ensayística cálidamente enderezada a la temática social.

Otto se extiende amorosamente en la poética del febricitante aeda, ignaro casi para sus paisanos que lo hemos saboreado gracias a su cariñosa y detenida invocación. Y OMB no elogia a Payán en ademán de sibarita o mero diletante, sino que goza lucrativamente con la lira y con la prosa del deslumbrante artesano de infinitas maravillas. Su admiración por el tumaqueño es sincera y edificante y contagiosa porque une a su exultante narrativa la lúcida convocatoria a descubrirlo y admirarlo.

Otro de sus personajes inolvidables era Milcíades Chaves, el arqueólogo pionero por quien también tuvo especial admiración. Cuando llegó al Ministerio de Trabajo en 1959 encontró al nariñense como Director Técnico de la Seguridad Social Campesina, rubro administrativo apetecido por el clientelismo frente nacionalista. OMB evaluó a Milcíades, lo escuchó y calibró su peso específico en las disciplinas económicas, sociales, econométricas y no salieron avantes las “voces reaccionarias” de quienes querían su cabeza. El joven ministro sentenció que “no hubo dudas de que se trataba de un trabajo con seriedad profesional”. Tanto entendimiento se cultivó que muy luego se lo llevó al Ministerio de Agricultura a defender la nueva reforma agraria. (“Nariño y Pasto en el panorama de la Historia y la Cultura”, Op. cit., p. 200)

Para Chaves era importantísimo que se adquiriera conciencia geográfica del país. Este hecho es primordial para acudir a determinaciones lógicas. Quienes mejor han gobernado son aquellos varones que se recorrieron la patria, instruyendo a sus electores ideológicamente, repasando los asuntos doctrinarios, enseñando derroteros, o quienes en sus empeños económicos o en sus designios de exploradores en aventuras industriales o de cultivadores, hicieron la misma travesía, señala OMB. Chaves consideraba que una de las causas de las mermas que eran explícitas en esos años –y algunas que persisten-  se originaban en la insularidad de Nariño.  Acentuaba un principio que no se ha valorizado cabalmente: “para que mutara su realidad asfixiante y limitante era indispensable no conservar su estructura social y económica”.

Igualmente fue entusiasta de las ejecutorias industriales y gerenciales de José Elías Del Hierro, cuando Ministro y Director de la Caja Agraria, Industrial y Minera por diez años.

Y de Guillermo Edmundo Chaves, en escolio de “Chambú”: “… Y en la selva, como en la clásica novela de José Eustasio Rivera, tiene la opulencia de ese macrocosmos abigarrado y misterioso en el cual también predomina la enfermedad y la muerte”.

En la icónica Revista Correo de los Andes, que dirigió por lustros Germán Arciniegas, nuestro pendolista Otto, publicó un ensayo sobre la pernoctancia en Ipiales del “tratadista” Juan Montalvo. El trabajo es de 1989, en el centenario de la muerte del ambateño, en el que se reivindica su resonancia en nuestra patria porque ésta le entregó sombra, protección y firme comprensión con su lucha y con sus propósitos mentales y políticos. Para reseñar su exilio en la Villaviciosa de la Concepción de los pastos, Morales Benítez recurre a los dictados de los maestros Rodríguez Guerrero y Vicente Pérez Silva. En la Elegía que corresponde a Juan Montalvo haremos la clínica de esta memoria inédita y vindicadora.

 

El liberalismo:   destino de la patria 

 

“Claro que vamos mal”, repetía hace lustros desde su periscopio del edificio Colpatria, en el que consúltaselo sin cita previa y sin agenda protocolaria. Como un varón consular que lo es, en el hábitat de sus oficinas se lamentaba como predicador y deudo: “El liberalismo ha perdido su rumbo popular y no tiene claros sus enfoques ideológicos. Lentamente se ha entregado a la influencia de los poderosos. Ya tiene dudas del poder crítico. Se inclina más por el dogma del silencio. Se quiere hacer política sobre la utilización de la burocracia. Se ha llegado a la creencia de que lo importante es el prestigio electoral. Aquí los liberales, tan tranquilos, colocando a la gente para que nos garantice la eternidad electoral!”.

 

“Y seguiremos mal, si no hacemos grandes rectificaciones. Si no volvemos al pueblo, a reclamar su participación, a conseguir su presencia en la calle, a que diga sus frustraciones y sus esperanzas a través de su poder social y no a través de los burócratas de turno”.

 

Nunca lo escucharon los aurúspices de la cotidianidad especulativa y menos los cancerberos electorales. Y como los temas del día a día colombiano son un eterno retorno, repetía que “no hay que olvidar que la violencia produjo unas consecuencias muy graves, que aún se prolongan: se desvalorizó la vida humana, no hubo justicia para quienes sufrieron vejamen, muerte o despojo de tierras. Y quienes en ese caldo de cultivo nacieron, han venido a invadir las ciudades. De suerte que, por ello diagnosticar la tragedia nacional, es muy difícil. Pero son antecedentes que tenemos la tendencia a olvidar”. 

“En Colombia nos hemos acostumbrado a identificar el tema de la violencia con el número de muertos en las veredas y en los pueblos. Pero hubo otra manifestación que produjo aún más daño en el desenvolvimiento nacional. Fue la violencia intelectual. Se ejerció clausurando el parlamento, para que no hubiera crítica de los problemas nacionales. Se censuró la prensa y la radio. Quedó cerrado el circuito para que prosperara toda la inmoralidad administrativa sin que reflejar ninguno de los actos de deterioro ante la opinión pública. Así avanzó también el contrabando y otras formas de disolución social.” 

“La violencia avanzó aún más contra los profesionales liberales. Se les cancelaron los contratos a los médicos y a los odontólogos en las instituciones de salud y de seguridad social. A los clientes de los abogados, se les hacía saber que sus intereses peligraban teniendo una asistencia legal no adicta al gobierno. Los ingenieros salieron de las obras públicas. La licitación perdió su rigor. Así se inició el éxodo de profesionales hacia el exterior, que le produjo una tan sensible pérdida de inversión social al país”. 

Esa fue la generación del silencio que no ha sido clasificada por los genealogistas, la que –en virtud de su lealtad partidista-  no pudo asomarse ni a la vida política ni a la profesional, sobre la cual recayó la persecución oficial.

Y por eso desde su indignada entereza lanza su teoría-fuerza, la que ha acompañado su parábola política en el liberalismo, desde joven, hasta la honra de nona en sus editoriales de “El Mundo”: “El liberalismo confía más en las soluciones sociales que en las soluciones de fuerza”. 

 

Indoamérica 

 

El ensayo es el género más recurrido por Otto Morales mediante el cual ha examinado las variopintas facetas de la vida de América –en sus movimientos populares, en el arte, en la religión, en el folclor, en la literatura, en la música, en la política, en el derecho y en sus hombres-, para desembocar, en dos hechos esenciales:

La fusión de sangres que se dio en América no debemos asumirla como una maldición, sino como el principio de un hombre nuevo, el indoamericano, dando sus propios aportes a la cultura universal; y que desde el momento mismo en que llegaron las carabelas, con la cultura del barroco a bordo, comenzó a modificar la cultura occidental, integrándose a ella como uno de sus componentes vitales. Desde entonces, el universo mundo empezó a ser otra entidad, cuando se encontró con América.

El mestizaje no solo es racial sino espiritual: todo aquel que se pone en contacto con América, así conserve la supuesta pureza de su sangre, se vuelve mestizo. Para explicarlo de mejor manera, retomo las palabras del escultor antioqueño Pedro Nel Gómez, quien, corroborando las tesis de Morales Benítez, coincidentes además con las de Leopoldo Zea y Germán Arciniegas afirmaba: “Yo tengo una sensibilidad que es hija de estos soles. La medida fotométrica, por ejemplo, de la luz y de la sombra en Colombia es de uno a diez y siete; y en Europa de uno a cinco o seis. De modo que aquí es otra cosa, otro mundo”.

 

Ello nos obliga concluir que en el continente americano todos los hombres somos iguales, porque todos somos mestizos, reivindicando además el vocablo mestizo, que no implica ya un rebajamiento sino una exaltación, no en términos de superioridad racial, sino en cuanto que el hombre de Indoamérica tiene su propia identidad; y que no tiene necesidad, para explicarse, de acudir a modelos euro centristas. 

 

Pero es precisamente lo que no han entendido bien las élites dirigentes de América, las de ayer y las de hoy, con insignes excepciones, que persisten en un sentido rastacuerista, en el torpe  propósito de educar a sus pueblos en el cartabón de modelos foráneos que, a la  postre, han retardado la consolidación ineludible de una gran cultura indoamericana que, a pesar de todo, se manifiesta con sus apuntes de lanza de ser la cuna del gobierno republicano; de su “boom” literario que ha impuesto sus hombres  y sus obras en la escritura universal; y de la revolución musical que está significando el canto, las letras y los pases de baile de la salsa, para no hablar de la exuberancia. Todo esto nos lo ha enseñado el maestro en un magisterio sin pausas, y en el ejercicio de su pasión indoamericana.

También dirá que a nuestro continente le encubrieron su cultura, su organización social, sus mitos, sus símbolos. Porque después del cristianismo, nada se ha producido tan importante como el descubrimiento. América hizo posible a Copérnico, Descartes, Galileo. Vives levanta la filosofía de la paz para reducir la impetuosidad del imperio español. Vasco de Quiroga predica una colonización a la americana. Cae el sistema de Tolomeo cuando lo están discutiendo en el monasterio de Saint-Diéu al conocerse las noticias de Vespucci, los predicados de Condamine. Linneo y Humboldt no pueden tener explicación sino con la existencia de este continente. En la isla de Galápagos, Darwin descubre el origen de las especies. La mestiza Anita, que ha huido con Garibaldi, alcanza una estatua en Italia para consagrar la conducta libertaria de nuestras mujeres. Vivaldi crea la Opera de Montezuma. Mientras en Europa gobiernan las monarquías nosotros inventamos la República. Y todos los perseguidos, en esa época, alcanzan aquí refugio y sosiego para las torturas que les imponían sus gobiernos aristocráticos. Comenzamos a ser el continente de la libertad.

En Haya de la Torre reconoce que, por su formación política, es el único caudillo que descubre la tesis del Espacio-Tiempo Histórico, que ha persistido a través de la evolución del pensamiento contemporáneo. Anterior al perspectivismo de Ortega y Gasset, a la teoría económica de Prebisch, a los enunciados de Whitehead. Y es que Haya de la Torre, desde 1923, en “El Tiempo” de Lima, evaluando el relativismo de Einstein llega a su tesis del Espacio-Tiempo Histórico, que revoluciona el planteamiento de los problemas históricos, culturales, políticos, económicos de América. Modifica los conceptos de espacio y tiempo, que en la teoría clásica son abstractos y metafísicos. De allí su divergencia con el marxismo, que se apoyó en ellos. Haya postula que cada hecho –cultural, político, económico- tiene “su” propio Tiempo y Espacio. En Indoamérica ello es indudable. Por lo tanto, no podemos admitir la clásica división de la historia europea en Antigua, Media, Moderna. “La historia no es un proceso, sino una serie de procesos”. Por lo tanto, los de América son diferentes a los de Europa. Haya así continúa el desarrollo de su antiguo planteamiento: la realidad de América no hay que inventarla, sino descubrirla.

Para toda esa constante pasión de lo indoamericano, en la búsqueda sin claudicaciones de las raíces y de la propia identidad, OMB adoptó como vehículo apropiado de expresión de sus hallazgos, el género del ensayo. No hay escritor colombiano que le haya guardado tan irrevocable fidelidad a un solo género, pues no ha sido más que ensayista, sin veleidades conocidas, en su decurso como escritor público.

En fin, biografía y bibliografía seductora e irresistible. Decía que, a sus años, pletórico de alegría y de vigor, estaba preparado para que Dios le de otros tantos y rogaba por encontrar un editor que le publique otros cien títulos que hacen alborotado y desesperado turno.

El primero de sus secretos era la alegría, una actitud optimista ante el destino propio, de sus amigos, de la nación. Después, la austeridad. Jamás fumó ni bebió. Y luego, la dieta del chontaduro de Riosucio. Y ahora, el amor por sus nietos, lo que él llamaba abuelear, el gran verbo que ennoblece su vida. También el espíritu de solidaridad. Y una actitud de dignidad y limpieza ante la vida.

Esa es, en últimas, la gran enseñanza de su existencia para nosotros. La empatía, el diálogo, la fe y la dignidad que la aprendió de Eduardo Santos (de quien alcanzó a preparar, seleccionar y publicar su correspondencia en dos tomos), la perseverancia, la humildad en el trabajo, la amistad y el amor.

Soñó la patria y por eso se dedicó a buscar las líneas de la mano del continente. Y comprobó que somos una cultura diferente a la de los otros continentes. Y en cuanto rechacemos el eurocentrismo o el occidentalismo imperial y el hispanismo que exige blancura, subyugación al catolicismo y lejanía de lo que entrañe libertad –dice- iremos descubriendo nuestros propios caminos de ventura y creación.

Cuando se celebró el bicentenario, sus páginas pertinentes sobre las causas sociales y económicas de las protestas no sólo son imágenes vivas de las luchas populares, sino que comprueban su compromiso auténtico con los ofendidos y los humillados. “Revolución y caudillos”, quizás es la pauta para entender su enseñanza: la lucha de los comuneros capitaneada por un mestizo que no sólo liberta a los esclavos del Tolima, sino que reclama que cada campesino debía ser propietario de su tierra por derecho propio. Con Antonio García encabezan la prédica de que “los comuneros abren el camino de la rebelión indoamericana y son el comienzo de la independencia”. Y relieva el mérito de los cabildos: “en la historia de nuestra América mestiza la revolución de los cabildos y su acción política que los llevó a convertirse en los adalides y en los impulsores del derecho de los pueblos para su libertad, independencia y organización del gobierno republicano, que es la esencia de la vida nacional”.

 

 

Revolución y caudillos

 

 

No se crea que no se ocupa del Bolívar revolucionario. En el ensayo “Bolívar y el pueblo”, referencia a Túpac Amaru II y a José Antonio Galán como nuncios del Libertador. Es “la liberación que canta, la libertad que se impone, la alegría tumultuosa”. 

Y cierra el siglo XIX con la más contundente descalificación del Regenerador que ahogó las divisas liberales, primero en traición, luego en despotismo y finalmente en corrupción: en el denso prólogo que escribió a las “obras completas” de Darío Echandía comprueba que Núñez estuvo siempre y en todo en absoluto concierto con lo promulgado en 1886. “En el tomo II de la biografía del doctor Álvaro Holguín y Caro acerca de su padre titulado “Carlos Holguín, una vida al servicio de la República”, aparecen los documentos que habilitan que los únicos reparos formulados por el señor Núñez a la Constituciòn represiva, fueron por falta de mayor consagración de normas coercitivas, precisamente las que más ha repudiado tradicionalmente el liberalismo”. 

Es que, durante mucho tiempo se dijo que Núñez no sancionó la Constitución de 1886 porque tuvo súbita cólera al no ver identificado su pensamiento con lo que habían aprobado los constituyentes y particularmente lo redactado por Caro.

Así mismo señala que el Presidente Manuel Antonio Sanclemente estaba al tanto de su época y de sus vicisitudes y no ido y ajeno a sus deberes como lo sugerían los “históricos”, conspiradores del 31 de julio de 1900.

 

El Externado de Derecho y de Colombia   

 

Para lograr el contraste entre los pesados pliegues retardatarios y cavernícolas de los regeneradores invoca el luminoso magisterio de los radicales fundadores en aquellas mismas fechas del Externado de Colombia:

En estas circunstancias históricas aparece un hombre joven, de amplio espíritu de combatiente intelectual que resuelve fundar el Externado para conjurar estos cercos mentales contra un grupo de educandos que no estaban dispuestos a entregar sus pensamientos cardinales desde el punto de vista ideológico. Era un momento dramático de la vida del pensamiento nacional. Por eso la actitud de Pinzón Warlosten, adquiere dimensiones de grandeza y de liberación intelectuales. Su resolución es la de un varón recio. El venía de la guerra en la cual había luchado al lado de esa generación de tan singulares varones que fue arrasada en el combate de la Humareda. Tenía honda devoción por su partido y por su patria. No estaba jugando a la improvisación mental. Gozó de larga tradición como profesor de derecho constitucional en el Colegio del Rosario donde fueron penetrando los recortes científicos para que prevaleciera la concepción teocrática. Ni los estudiantes, ni los profesores ni los periodistas ni los escritores ni los académicos podían exponer su pensamiento. Los censuraban; los extrañaban; los perseguían en nombre de las disposiciones de una constitución y de un concordato que limitaban las esperanzas de libertad de pensamiento. Por ello adquiere más valor y significado el gesto de audacia mental de Pinzón. De allí que su memoria necesite muchas consagraciones como uno de los luchadores insignes de Colombia.

Funda nuestro Externado. Precariedad de medios, pero resplandor de los más caracterizados valores de la ciencia en sus claustros. Era un desafío. Lo aceptaron así discípulos y profesores. Llegaban a las aulas con el carácter de hombres que luchaban por el derecho a la enseñanza libre.

Pinzón es un libertador cultural en la historia de la educación en Colombia. Como en ésta, el claustro que él creó y que ahora compartimos entre devociones por la patria y respeto por las diferentes creencias políticas, religiosas o ideológicas, se caracteriza por la tolerancia, rigor académico y conducta moral. Esas son sus grandes enseñanzas y las que se prolongarán en el tiempo académico de la República.

La vida del claustro ha estado sometida a las limitaciones que han querido imponer los enemigos de la libertad de cátedra. Estos, en Colombia, han tenido varios periodos de primacía. Recién fundado fue sitiado por las tropas que contra las modestas aulas envió el Presidente Carlos Holguín, apoyándose en la célebre ley de los caballos, que era el instrumento para impedir el goce de la autonomía intelectual, en cualquiera de sus formas. A uno de sus orientadores, el ex presidente Santiago Pérez, lo desterró Miguel Antonio Caro. Se luchaba contra los valores que tenían primacía cultural y moral en sus aulas. El combate fue arduo y permanente. Mientras tanto se iban creando, aquí en el Externado, instituciones básicas en la vida universitaria: por primera vez llegaban los estudiantes al Consejo Directivo; se organizaban los consejos estudiantiles y los seminarios para la investigación, lo mismo que la extensión universitaria. El ministro de guerra, Felipe Angulo llegó a notificarle a Pinzón Warlosten que sería cerrado el Externado si no se sometían los textos a la censura. El fundador del Externado dijo por convicción: sí, señor Ministro, lo cerrarán, pero por la fuerza.

Nunca abandonó sus creencias y ellas las levantaba como banderas doctrinarias. Su nombre permanece por ello en el sitio que le corresponde a quienes confunden su vida con la grandeza del destino de la Patria. Lo sucedieron Diego Mendoza Pérez, hombre de claras ciencias. Después Ricardo Hinestrosa Daza, quien compartió su lucha cultural con los más nobles espíritus de la vida colombiana. Ahora nos dirige Fernando Hinestrosa, igualmente erudito. Todos doblados de jurisprudentes, señalando caminos de severas conductas éticas. La labor de ellos, del mismo timbre de audacia intelectual, le permitió al profesor Carlos Restrepo Piedrahita proclamar que esta Universidad cumple años para la educación de la libertad.

 

El caudillo Uribe Uribe

 

 

Rafael Uribe Uribe

 

 

Al ideólogo y caudillo y jurista y agricultor y gramático –también militar, pero para OMB este título no es relevante- que más ha investigado Otto es a Rafael Uribe Uribe y cuando lo evoca  parece que hiciera su autorretrato: “Su enfoque liberal de la vida se confundía con unos deberes sociales y sus razones fueron invariablemente explícitas: para que irradiara sobre la mayoría de las personas mantuvo un azogue intelectual que impresiona por la diversidad de sus vertientes y los temas que abarcó. Se le halla investigando y observando. Su escritura iba recogiendo las conclusiones pertinentes, con una característica que es pertinente subrayar: la probidad de sus juicios. Los fenómenos políticos, los humanos, los históricos, los sociales, los relacionados con la literatura, le preocupan de igual manera. Su tendencia es la de un orientador, y por eso trabajó sus páginas para transmitir sin confundir. Lo ético presidía cada uno de sus escritos y de sus argumentaciones. Encuentro en él una rectitud de criterio que orienta, eficaz en sus enunciados y de una gran precisión doctrinaria”. 

Desde 1962, por lo menos, ha tenido esa debilidad por Uribe Uribe. El estudio crítico que hizo de la biografía del mártir que escribió Eduardo Santa, así lo comprueba. Y la última, sobre su vocación por la política internacional lo catapulta.

OTTO es el charlador más veraz y convincente que hay en Colombia porque le ha tocado por lo menos presenciar si no protagonizar todo lo que cuenta, “entre los cenáculos de los poetas varados y los castillos del poder”. En un semanario chabacano que dirigía Arturo Camacho Ramírez en la legendaria HJCK, así lo admite como su hobby.

Ha sido el prologuista, el seleccionador y patrocinador de la obra completa de prominentes figuras de la patria. Francisco Miranda, Conde Casa León, Vicente Azuero, Florentino González, Laureano García Ortiz, Baldomero Sanín Cano, Rafael Uribe Uribe, Benjamín Herrera, Darío Echandía, Eduardo Santos, Alberto y Carlos Lleras, Carlos Arango Vélez, Míster Coffee, Eduardo Santos. Prologuista en extensión de René Uribe Ferrer, de Eduardo Uribe Escobar en su biografía del indio Uribe que vivió y murió en Quito.

 

Políticos en la intimidad

 

A mediados de los años cincuenta, Otto, Belisario, Gómez Martínez, Sanín Echeverri, Eddy Torres, amigos del escultor Rodrigo Arenas Betancourth, que estaba recalado en Méjico, decidieron becarlo, y por ello sus honorarios periodísticos los endosaban en una cuenta que se llamó PRAB (Para Rodrigo Arenas Betancur). Igualmente le solicitaron que elaborara una escultura de Bolívar sin charreteras ni lauros militares comoquiera que para ese entonces el Continente padecía de dictaduras tropicales: Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, Alfredo Stroessner en Paraguay, Trujillo en Dominicana, Batista en Cuba, Estrada Cabrera en Guatemala, todos de condecoraciones hasta los pies vestidos. Así se esculpió el “Bolívar Desnudo” de Pereira. Y la solicitud de Arenas Betancourt de que los honorarios se los bebieran en su honor, porque ya no los necesitaba.

 

 

El Bolívar Desnudo es un monumento realizado por el maestro Rodrigo Arenas Betancourt y por el ingeniero Guillermo González Zuleta que se encuentra en la plaza de Bolívar de la ciudad de Pereira.

 

 

Sobre la verdadera enfermedad que sufría Gabriel Turbay, a Otto le consta que ella fue la que lo llevó a la tumba en un hotel de París. No el pretendido y falso suicidio del que hablaron las crónicas de la época. En su última gira por el Viejo Caldas, Otto Morales acompañó al candidato presidencial y fue testigo de cómo antes de entrar a Manizales se inyectó para calmar su mortal asma. Analgésico que no procuró ni le procuraron en el refugio solitario francés. Así lo testimonia también Jorge Zalamea en “La rueca en el molino”.

Ahora que nos lamentamos de la ausencia de verdaderos oradores y estadistas en el Congreso de la República, Otto recuerda que los jefes López Pumarejo, Santos y los dos Lleras, decidían que los dos primeros renglones en todas las listas las ocuparan obligatoriamente los mejores tribunos del partido que eran los únicos que hacían estremecer no sólo las columnas de los periódicos sino también las del Capitolio. Sólo así pudieron llegar al parlamento Darío Echandía, Antonio Rocha, Carlos Lozano, por el Tolima, Carlos Restrepo Piedrahita por el Quindío y en nuestro departamento Montezuma Hurtado u Horacio Ortega de Ipiales. Patricios que no tenían un voto, pero sabían de elocuencia y de patriotismo.

En las elecciones de “mitaca” de 1948, Jorge Eliécer Gaitán se alzó con la victoria liberal y el doctor Eduardo Santos se vio precisado a entregarle las llaves del partido, a lo que López de Mesa se opuso por su antigaitanismo. Decían que era hasta antisemita.  Santos se impuso y le ordenó inclusive a Roberto García-Peña, a la sazón Director de El Tiempo, que escribiera un editorial en ese sentido y lo leyera en la Convención “para que la voltereta fuera completa”. Otto acompañó en esa gira nacional al “negro” Jorge Eliécer”. O “doptor Forfe Eliécer”, como le decían los lustrabotas o los gamines cachacos.

Por lo menos una vez Otto salvó la vida de Alberto Lleras. En 1954, en plena dictadura, muchas llamadas telefónicas a su casa alertaban sobre el atentado mortal contra Lleras en la Plaza de Toros. Por conducto de López Pumarejo se las trasmitieron al jefe del liberalismo que no asistió a la fiesta taurina. Ese domingo hubo centenares de muertos, anónimos pero liberales, porque la policía y los hospitales tenían orden dictatorial de no informar nada.

Otto siempre se afilió a la corriente que favorece la herencia histórica del general Francisco de Paula Santander. En ese ejército lo acompañan Germán Arciniegas, Carlos Restrepo Piedrahita, Roberto Botero Saldarriaga, Laureano García Ortiz, José Rafael Sañudo, Maximiliano Grillo, Enrique Otero D’acosta

En tanto que en el culto bolivariano ofician Indalecio Liévano Aguirre, López Michelsen, Álvaro Uribe Rueda, Guillermo Camacho Montoya, Fernando de la Vega, Álvaro Gómez Hurtado, Fernando González, Luis Eduardo Nieto Caballero, Fernando Hinestrosa, Benjamín Ardila Duarte, Enrique Santos Molano, Víctor Otero Paz, Luis Eduardo Nieto Caballero, William Ospina, Edgar Bastidas Urresty, Milton Puentes, Fernando Vallejo. (Cuando el parque de San Francisco fue convertido en parque Santander, dijo que “Han cambiado el nombre de un santo piadoso por el de un prócer dudoso”). Irónicamente, como Otto hizo sus estudios de pregrado en la Pontificia Bolivariana, por lo menos como universitario, era bolivariano… A este propósito de recordar su universidad, son de antología sus perfiles de los monseñores fundadores y rectores Manuel José Sierra y Félix Henao Botero y del profesor y director de “El Colombiano”, Fernando Gómez Martínez, su valedor de “Generación”.

También cuando evoca al Maestro Germán Arciniegas, a quien llama “humanista sonreído”, se pinta él mismo:

 

“La obra (de Arciniegas) se caracteriza por la profundidad y sagacidad con que ha trabajado la autenticidad colombiana en lo histórico, en lo sociológico, en su irradiación cultural. Por la fuerza y sentido de lo americano, que es una constante en su creación. Por la permanente defensa de la libertad y de la democracia. Su vigilancia mayor y su repudio perseverante, van contra el fanático y esclavista en cualquiera de sus manifestaciones. Su actividad contra los dictadores no ha tenido reposo. Es bueno recordar su combate cuando la internacional de las espadas prevalecía en muchos de nuestros países y tantos escritores y políticos –principalmente por algunos de nuestra patria- utilizaban explicaciones para amparar su cobardía y aplebeyamiento frente al autoritarismo”.   

 

 

 

 

 

 

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