JUSTINO CASTULO MEJIA Y MEJIA, LA PALABRA ENCANTADA

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LOS PASTOS (XVIII)

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

PRIMERA PARTE   

 

Nada pudo ser más abrasador para avivar nuestro fuego patriota como tener la oportunidad de rescatar su biblioteca que se sabía reposaba bajo abrigo filial y que porfiaba para devenir lucrativa en mentes frescas y alertas de la comarca y así arrebatarla angustiosamente de la vorágine del polvo y del olvido. Era sabido que se trataba del remanente porque gran parte de aquel tesoro había sido expoliado in continenti por la Diócesis la noche misma del fallecimiento del inerme párroco, es decir habían incautado su biblioteca, su pinacoteca, su discoteca, su emisora, su imprenta, su incalculable museo, caudales ahora ofrendados a los pies de los nuevos ángeles o demonios custodios.

Cuando muchachos condiscípulos del Champagnat de Ipiales, íbamos al Santuario con su sobrino Eugenio a saludarlo. Sospecho que se le bautizó así en recuerdo del recientemente fallecido Papa Pio XII (1958) Eugenio Pacelli, de quien había sido, en Roma, prelado personal. Eugenio era el adelantado de nuestro curso, el que sabía la inaprensible ortografía y descifraba el latinajo de la bendición urbi et orbe, el que decantaba el galimatías de que la mejor poesía era “La Luna”, pero que el mejor poeta era Guillermo Valencia, el que graduaba nuestras primicias literarias y lo más carnudo: presumía que san Pedro no había estado en Roma… ¡Claro, si en sus decires lo escoltaba su santo y sabio tío…!

 

Monseñor Justino Mejía y Mejía

 

Recién egresados en septiembre de 1977, y desde la Capital, supimos de su muerte en una clínica de Cali, víctima de fulminante infarto, pero propiamente inmolado ante el tajante duelo que le ocasionó su destitución de Director y Párroco del Santuario durante 40 años al que había servido con abnegación y frenesí, primero como coadjutor, luego como capellán y ante todo como curador y suficiente biógrafo de la Virgen y del Santuario. Su superior jerárquico, el donmatiano Alonso Arteaga Yépez, había decidido relevarlo de aquel magisterio sin parar mientes en que él había desdeñado el Obispado cuando se lo ofrecieron en 1964 –recién creada la Diócesis, bula “Cunetis in Orge”, 23 septiembre-, ni tampoco sus añejas y acrisoladas credenciales de  viris illustribus,  “varón por donde atravesó el meridiano de Dios”, autor católico de más de 30 títulos de circulación doméstica e internacional, traducciones, poemas, disertaciones y de invenciones ensayísticas de  inapreciable linaje místico y laico.

Nacido hace 72 años en el pueblo circunvecino de Potosí, había recibido las sagradas investiduras de manos del monseñor aragonés Pueyo de Val. Se pudiera decir que había tenido Justino Cástulo el privilegio de nacer en el propio Santuario, la primera vibración por él sentida habría sido la quejumbre perpetua del misterioso Guáitara y el inescrutable destino le había hecho la magia de convertirle por siempre el santuario por casa.

El Santuario era un edificio ciclópeo que inspiraba en nosotros todas las solemnidades.  De factura rococó, obra sobre roca o gruta, rocoso o pétreo, “mole de fe y de arquitectura aberrujada en los vértigos permanentes del milagro”. Su interminable y rediviva escala de Jacob de 262 gradas de piedra volcánica tallada; los muros infranqueables, las holgadas plazoletas, su puente de doble arco que figuraba también atrio jubilar. Primera iglesia que tuvo en Colombia una imagen de Nuestra Señora de Fátima. Único santuario en el mundo con cárcel propia para albergar a los prisioneros del milagro sería. Esta era la última fábrica iniciada en 1916.

La espléndida biblioteca políglota; los muníficos museos, la pinacoteca anestesiante, la discoteca marcial y popular, la despampanante emisora; todo nos hacía sospechar a nosotros, díscolos y frívolos, en un mundo ancho y ajeno del cual era acucioso fiduciario aquél hombre de sotana negra que se deslizaba en un diminuto pero lujoso coche igualmente azabache que inmediatamente evocaba el ambiente vaticano, con sus estrechas calles, sus piadosos clérigos, sus fuentes de agua y su naturaleza muerta de muchos siglos. En “Paisajes de Recuerdo” lo evoca el absorto viajero y escribano. “Quanta Roma fuit ipsa docet”:  la pretérita grandeza de Roma la predican sus propias ruinas.

 

II.- “¡Qué cosas de la vida”!  (Ipiales, 1929), como se titula uno de sus primeros libros

 

¡Cómo iba a sospechar yo que, al cabo de veinte años, por insondables designios de los hados del destino, me sería dado adquirir y heredar su preciosa biblioteca y sus propiedades más entrañables!

En 1994, cuando yo despachaba desde la Contraloría de Ipiales fue iluminante iniciativa el rescatar la biblioteca de Monseñor Justino Mejía y Mejía que yacía en refugio fraternal y convertirla en entrañable pabellón de la Casa de la Cultura. Más de 2.000 títulos retornaban al acervo humanístico de Ipiales para asaz alimento de inteligencias diletantes y desprevenidas en todos los temas del mundo y de todos los tiempos. Para la ceremonia de su entrega en comodato, que coincidía con los noventa años de la creación del departamento, invitamos por oportuna sugerencia del poeta montalvino Julio Cesar Chamorro, al famoso y filogálico escritor Edgar Bastidas Urresty, quien disertó sobre los dos acontecimientos.

 

 

 

Y aquí viene la coincidencia y el sortilegio:

Lo que no contaba el Contralor era con la perspicaz cuanto filial reserva que, de algunos libros, archivos y documentos íntimos y más preciados, había hecho don Próspero al momento de la entrega de la biblioteca de su hermano y que muy pocos años más tarde iban a asomarse con su carga espectacular cuando su propia muerte.

El antiguo Contralor, ahora como abogado encargado de la sucesión Mejía-Bravo, recibía como honorarios aquél tesoro oculto que eran las pertenencias más entrañables de Justino. Las delicadas y eruditas grabaciones para radio “Las Lajas”, el reproductor de cintas magnetofónicas, los archivos eclesiásticos lo más espectacular… sus papeles personales, las colecciones recónditas, el Boletín de Estudios Históricos desde el comienzo, la revista Las Lajas, la revista de Indias, la revista Bolívar, los Libros de Cabildos de Quito, sus suscripciones periódicas, la Historia de los Papas de Castiglioni, Virgili y Ranke, el cofre de su correspondencia particular, las ediciones príncipes de sus 30 libros…

Qué decir de sus manuscritos sobre las pioneras relaciones entre la Santa Sede y el recién instalado gobierno de la Nueva Granada, “Diplomacia versus Diplomacia”, don Ignacio Tejada y la preconización de Obispos colombianos en 1827, opúsculos que fueron redactados hace 60 y 70 años y que aún esperan hoy los honores de una edición.

Aunque desmantelada sin saberse en qué cuota –por la desalmada avaricia de sus gratuitos inquisidores al interior del abrumado pero silente santuario-  la biblioteca que pudo salvarse en 1994 arroja galerías de enciclopedias, compendios, tratados, catecismos, biblias sagradas y seculares, tomos píos y profanos y cientos de títulos oriundos de las más  recónditas edades y retorcidos idiomas al igual que textos de teología, filosofía, narrativa y literatura, la más extrovertida, crítica y exhaustiva. Adjuntas sus millares de fichas bibliográficas de usanza en su época, probanzas reinas de su afición impenitente a las letras y a los letrados todos.

El archivo que contiene su correspondencia, verdadero cofre en el que yace depositada la afinidad y mutua simpatía de notabilidades que fueron cúpula de la inteligencia regional contemporánea. Toda la constelación de figuras estelares del clero, de la política, de la narrativa, de la historiografía, gira en torno de aquél pastor imanado que los recibe cálidamente en el Santuario a todos y a todos los bendice, los patrocina, los aquilata, los fortalece, los excita…

El nuncio José Paupini, creador de la Diócesis de Ipiales (en 1964) le escribe a Monseñor y le cuenta pormenores de la erección. Y le señala la posibilidad de que él podría ser el primer obispo, primicia que Mejía declina piadosamente. Lo que sí acepta es ser prelado papal.

Con José Rafael Sañudo, Monseñor despliega una admiración sin precedentes. En “Cauces de Inquietud” (Las Lajas, 1941) en el capítulo IV: “Ejemplar Ejemplo”, Monseñor habla de que “es un símbolo enhiesto de pastusidad”, “fruto exclusivo de Pasto, ciudad donde la lealtad, las arraigadas creencias católicas, el desprendimiento, el valor, la independencia de carácter son proverbiales”. “El doctor Sañudo es una piedra miliar en la cruzavia de los siglos”. “Su nombre estará en los anales de la ciudad como el nombre de Augusto sobre los mármoles desgarrados de los fastos prenestinos” (p.54).

 

José Rafael Sañudo

 

Desde 1931 la admiración es mutua. En carta del 6 de octubre, Sañudo dícele: “en uno de los últimos números de “El Derecho” leí un artículo suyo en que me da honrosos y benévolos calificativos. Habría bastantes motivos para enorgullecerme, si no conociera y no estuviera bien persuadido que mi modesta persona no merece ningún honor y que las honras que usted me hace son efecto único de su genial benevolencia”.

A propósito del envío de su “Ensayo sobre Prehistoria nariñense” (1934) Sañudo escríbele: “yo no sé cuál de los capítulos del librito es más importante, pero debo decir que el titulado “Amagos lingüísticos” y el sobre “Mestizaje” parécenme soberbios y que nadie puede superarlos hasta gústame que en la página 23 haya dado un rifirrafe a las personas que han cambiado la toponimia nariñense, poniendo v.g. Aldana en vez de Pastás y Chaguarbamba tan histórica cambiándola por Nariño, con lo que han hecho un grave daño a la etnografía y filología del país”.

En carta de 13 de enero de 1937, remitida a Roma, Sañudo pídele a Monseñor Mejía (a la sazón estudiante de la Universidad Gregoriana): “Quiero que se relacione con el ilustre director Jorge Del Vecchio, uno de los filósofos más notables de la Italia moderna”…

A lo que el joven estudiante de teología, de historia eclesiástica, paleografía, archivología, diplomacia, cronología y acción católica accede: “me dirigí a la residencia del ilustre filósofo situada en la vía Appennini 52. Una amplia y cordial acogida como a un amigo del doctor Sañudo fue el distintivo del encuentro. Me detuvo largamente en sabrosa conversación sobre la vida intelectual de Suramérica y en modo particular sobre la del Doctor Sañudo.

Al fin, cuando le pedía permiso para despedirme, me dijo afablemente: Pero Usted no conoce todavía mi biblioteca…

No profesor, y cuánto lo desearía si no temiera importunarlo.

Venga, continuó. Y pasamos a lo largo de una media docena de salones colmados de libros escritos en casi todas las lenguas vivas.

Al extremo del último salón, junto a su escritorio privado, el profesor Del Vecchio se detuvo, me miró, como para insinuarme en la sorpresa que me reservaba, tomó un libro de uno de los anaqueles y presentándomelo me dijo, ¿conoce Usted esta obra?

Entre confuso y admirado, le respondí: Sí, sí profesor, la conozco.

Sepa, caro amigo, añadió, que este es en mi concepto, uno de los más grandes filósofos suramericanos. Se refería a la “Filosofía del Derecho”, del doctor Sañudo”.

En la introducción a sus meritorios apuntes sobre la Historia de Pasto, rubricada  en 1894 (se trata indudablemente de un error de edición comoquiera que para ese año Justino no había nacido), José Rafael Sañudo señala que “es de notar que conforme a un documento hallado por el ilustre escritor presbítero Justino Mejía y Mejía, se traduce por nava o llano, pues así se denominó Iscualquer o llano de las lombrices (hoy Miraflores), al modo que en euskaro egui que lo mismo significa, entra en la combinación de numerosos nombres de los lugares y apellidos. Más adelante también reconoce que según el inteligente presbítero, el río que pasa por Las Lajas es el Pastarán.

Valga la pena citar aquí otra digresión filológica del idioma de los Pastos que explicaba Monseñor (“Ipiales mi pueblo”, 1992, p.26, 27) El propio Monseñor hacía justicia también con Sergio Elías Ortiz quien había descubierto la traducción pasto de “puetal”, que significa piedra redonda.

Otro de sus íntimos corresponsales fue precisamente Sergio Elías Ortiz, el célebre historiador, etnógrafo, arqueólogo, lingüista, y mil títulos más, autor de “Agualongo y su Tiempo”. “Crónicas de mi ciudad”, “franceses en la Independencia”, “Felipe Díaz Erazo”, entre muchísimos otros rótulos.

Es copiosa la correspondencia con Sergio Elías, que se inicia desde 1929 cuando con motivo del “Boletín de Estudios Históricos” comienza la amistad mutua y de aquellos manuscritos se desprende la inmensa admiración por sus trabajos literarios, pero especialmente los lingüísticos que tanto animó la investigación de aquellos años. Es la correspondencia más nutrida y que se prolonga por más de 40 años.  El 15 de diciembre de 1940 Sergio Elías acusa recibo de las “Notas crítico-históricas sobre la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas” (Imprenta La Luz, Ipiales, 1940) en las que Monseñor descarta absolutamente que el padre dominico Pedro Bedón haya sido el pintor de la imagen como se alegaba insistentemente. Bedón, nieto de Gonzalo Díaz de Pineda, conquistador y poblador de Pasto, no pudo conocer la técnica del óleo (la imagen es una pintura al óleo o lo que es lo mismo con colores disueltos en aceite de lino o de nuez) toda vez que apenas hacía esos años se difundía en Italia. A lo que el eminente Sergio Elías comenta: “descartado el padre Bedón como autor de la venerada imagen muy bien podría pensarse en un artista de estas regiones. Tengo datos para asegurar que en esta ciudad de Pasto hubo escuela de pintores desde el siglo XVIII; que a principios del siglo XIX los visitó Ernesto Capelo, pintor quiteño a lo que se me alcanza y de quien quedó como recuerdo un retrato seguramente del pintor pastense con la leyenda al pie “STO CAPELO EN PASTO EL AÑO” y que hubo aquí especial devoción por la Santísima Virgen del Rosario, por san Francisco y por santo Domingo”.

 

Sergio Elías Ortiz

 

“¿Cuál el origen de la imagen?”, se pregunta Justino en el catecismo “Tradiciones y Documentos”. La imagen tiene, para el Justino mariano, un origen milagroso, vale decir es aparecida, y así lo confiesa exultante y piadoso y parece resguardarse en el recordatorio de Fray Juan de Santa Gertrudis quien la festejó el 16 de julio de 1759. (“La perla más bien pulida / que en fina concha se cuaja / es la Virgen de las Lajas / en la laja aparecida”).

En su correspondencia con Sergio Elías Ortiz –que ya la saboreamos-  le dice que el más indiciado, fray Pedro Bedón, no pudo ser el pintor porque para ese entonces no se conocía la técnica del óleo. Pero si no es probable no es imposible. Pero, ¿por qué solo hasta 1759 se hace visible o mejor dicho se aparece la imagen después de 150 años cuando dizque la pintó Bedón? ¿Cómo subsistió sesquicentenaria a sol y sombra, sin romperse ni mancharse?

Al margen de tan preciosas y piadosas disquisiciones, comoquiera que Monseñor estaba en sus trance de descartar la mano humana en lo que él  predicó la intervención divina, “sólo los ángeles nos regalaron ese tesoro que hicieron aparecer en la roca legendaria”, bien vale recabar lo que se ha investigado secularmente, empezando por lo alegado por Avelino Vela Coral y siguiendo con otras varias indagaciones que apuntan a la autoría del dominico Fray Pedro Bedón, quiteño (1556-1621), con sus estudios sacerdotales y artísticos en la capital del entonces Virreinato de Lima. Por razones inquisitoriales, Bedón fue remitido al Virreinato de Santafé, al convento dominico del Rosario y luego al de Tunja, desde 1593 hasta 1598. Devoto de la advocación de Nuestra Señora del Rosario, que es la que se halla plasmada en la roca, muy parecida a la Virgen de la Escala (Quito), pintada esa sí por él en su ciudad.

Cuando su peregrinación por nuestro paisaje, a comienzos de 1593, tanto en Ipiales como en Pupiales, sede de un convento dominico hay quienes se encargan de la posibilidad de que hubiera sido el padre Bedón el pintor de la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas, si éste habría querido desviarse voluntariamente de su camino para conocer la piedra laja y enamorarse de ella para pintar a la Virgen. Algunos opinan que no, por lo lejano y agreste del paraje y porque iba de huida. Hay que saber, dice Alejandro García Gómez, que desde Pupiales hasta Ipiales, en el día de hoy y por carretera, hay unos 7 Km. aproximadamente, más la distancia que por carretera hay hoy entre Ipiales y Las Lajas (9 km, por carreteras de hoy ambas distancias). Con los atajos propios de los caminos de esos tiempos podríamos inferir una distancia total de 15 o 18 Km, más o menos, o sea una jornada de tres o cuatro horas de camino en cada viaje sencillo y seis u ocho dobles, sin contar con el acarreo de la logística propia para pintar en semejante breña, aunque podría pensarse que Bedón podría haberse hospedado en la casa cural de Ipiales, regentada por un dominico. Adicional a aquello y según Mons. Justino Mejía y Mejía (1966), Las Lajas como poblado no empezó a existir sino sólo hasta 1771, cuando se edificaron las dos primeras viviendas para abrigo de los peregrinos.

 

Fray Pedro Bedón

 

 

¿Por qué sólo hasta mediados de 1754 (a la vista de Santa Gertrudis) se hace visible o pública la imagen, o sea después de más de 150 años de la acuarela de Fray Pedro, en un camino que era, no sólo de uso público, sino muy frecuentado? Otra interrogación picuda: ¿Cómo subsistió la imagen sin desmejorarse, por más de 150 años expuesta a la intemperie, si según la meteorología de la época (Mejía y Mejía, ibid., pág. 47), para ese tiempo toda la región de Ipiales estaba sometida a un período de lluvias constantes hasta el punto de que ni siquiera se podían fabricar adobes “porque no se secaban nunca”.

Desde 1575 Bedón estuvo en Lima con el hermano jesuita Bernardo Bitti, pintor italiano, enviado por el padre general para que mediante la pintura de motivos religiosos promoviose la catequización de los indios. Estuvo en Lima 1576 -1583 e hizo de talla y pincel el altar mayor y pintó muchas imágenes.

Avelino Vela Coral en funciones de historiador –y de primer historiador- del Santuario, abre plaza afirmando que “el 15 de septiembre de 1894 cumple un siglo de la aparición de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Las Lajas. Causa asombro que en tan largo lapso de tiempo no haya habido un piadoso escritor que siquiera en compendio nos dé la historia de esta aparición; y que continúe siendo un misterio.

“En 1824 fue saqueado el archivo de la Santa Iglesia Matriz de Ipiales, por partidarios del rey de España, y se perdieron documentos históricos importantes que marcaban algunos acontecimientos de la conquista y entre ellos, se perdieron también los documentos que referían la prodigiosa aparición de que me ocupo, y de las sumas que se invirtieron en la construcción del bellísimo Santuario”

Después de narrar las vicisitudes de la aparición, Vela afirma que al clarear el alba el cura Eusebio Mejía que tenía altar portátil, celebró la primera misa ese día 15 de septiembre de 1794. En ese mismo día se hizo un techo de paja, bajo el cual se celebraron las mismas ceremonias hasta tres años después.

“No ha faltado quien diga que la Imagen es obra de un buen pintor y hasta nos dicen su nombre, pero eso es pura patraña. La imagen no ha sido tocada por ningún pincel humano. La existencia de ella en esta roca es también un milagro; aquí no se sienten temblores ni terremotos y ningún daño han causado, en los pueblos de la provincia los que destruyeron a Pasto, Ibarra y Popayán”.

A pesar de sus devociones, de todas maneras, Monseñor Justino no les dio el imprimátur a los decires de Vela Coral, en lo que tiene que ver con la edad de la aparición suponemos, pues Avelino sólo la hace posible al finalizar el siglo XVIII, cuando Santa Gertrudis ya la había festejado desde 1768, predicando su aparición muchísimas generaciones atrás.

Más erudito y menos piadoso, Monseñor Federico González Suárez: “En verdad el hecho sobrenatural está supuesto, ya que no está suficientemente comprobado ni tampoco la Iglesia ha emitido fallo alguno”.

Sigamos con el epistolario: En carta de 18 de noviembre de 1941 por la cual Sergio Elías reporta a Monseñor que: “lo más importante de todo en este viaje mío ha sido el contacto con el ilustre maestro Rivet, verdadera cumbre de las ciencias antropológicas, unido esto a la satisfacción con que el maestro ha visto mis modestos esfuerzos por el avance de la etnología en Colombia”.

El 6 de agosto de 1947, lleno de felicidad, Sergio Elías le da un “notición, que quizá no va a creer, pero véngase por acá y verá: TENGO IMPRENTA, así como suena. En estos momentos la están montando en mi propia casa. Compré la imprenta de José Elías Dulce y Jorge Tadeo Martínez, por $ 2.000. Por el momento es suficiente para obrillas de no mayor aliento, pero tengo en proyecto la compra de otras máquinas y más tipo, aunque tipo tengo algo más de mil kilos, suficiente para un periódico interdiario o un libro. ¿Qué le parece? Ahí tiene a sus órdenes ese pequeño establecimiento tipográfico. Hágame el favor de avisarle a Alexander y de amonestarlo que tenga listo el rocinante. ¿No le decía yo que al fin tendría imprenta? Pues ya ve…”.

En carta fechada en Sevilla el 3 de abril de 1962, cuando ocupaba el cargo de Cónsul, le dice a Monseñor: “Ahora tengo que suspender mis idas al archivo porque en la embajada en Madrid me encargaron el control de nuestro pabellón del café. Pienso consagrar el mes de mayo a revisar legajos de Quito. De monseñor Jiménez de Enciso encontré algunas comunicaciones de los años 1819, 1820, que no sé si han publicado en Cali, pues todas ellas se refieren a asuntos de independencia que allá fueron comentados en el Boletín. Llevaré algún material que estará a sus órdenes, aunque solo se refiere a esa época, pues convinimos con Friede (Juan) que él busque en los siglos XVI y XVII y yo me dedicaría a partir de 1750. Lo que más se encuentra es sobre Cartagena y Santa Marta. De Pasto casi nada”.

En carta de 8 de febrero de 1963 Sergio Elías lo felicita por haber instalado la Emisora del Santuario. (A la que se vinculó tempranamente Vicente Cortés Almeida, otro ipialeño notable poseedor de una voz aurífera, pariente y generoso promotor de sus paisanos particularmente desde su antiguo radio periódico “Monitor” de Caracol nacional desde donde nos proyectó en repetidas ocasiones. Para la legalización de Radio Las Lajas, apoyaron en los diferentes momentos el senador Montezuma Hurtado, el abogado Diego Renato Salazar, el ministro José Elías Del Hierro ante su colega de Comunicaciones, Esmeralda Arboleda de Uribe: 1.400 kilociclos HJZV. Simultáneamente nacía la Radio Cultural “Bolívar”).

En carta fechada en Nueva York el 15 de enero de 1966 le queda agradecido tanto a monseñor como “al doctor Pantoja Muñoz por su bondadosa iniciativa de presentar mi nombre a la representación nacional”.

En carta del 20 de agosto de 1969 le desliza una confidencia sobre el prócer norteamericano Macaulay: “a pesar de lo que digo que estoy de acuerdo con Naranjo Martínez y García Vásquez en tener como fabuloso lo de los amores de él con la hija de Montes, encuentro misterioso en su insistencia en llegar a Quito… Insistencia que le costó la vida y, según la leyenda, le costó igual precio a la hija de Montes. En fin, hay cosas que nunca se sabrán a ciencia cierta”.

Además, en la misma carta, Ortiz celebra el anuncio de que Monseñor acaba de corregir las pruebas del segundo volumen de “Pasto, pastores y pastorales”. “Creo que ya le dije en carta anterior que para mí esa magnífica obra es la historia de la Diócesis de Pasto que tanto anhelábamos tener, y que debe conocer en sus 2 volúmenes el padre Pacheco, S.J., quien quedó en definitiva hecho cargo de la historia de la iglesia en Colombia, en LA HISTORIA EXTENSA”.

Sergio Elías fue definitivo como Vicepresidente de la Academia Colombiana de Historia para que monseñor Mejía hubiera sido electo Académico Correspondiente en septiembre de 1965. Diploma e insignia que le entrega en Ipiales, ceremonia que aprovechó para echar un gajo de saudade sobre la ciudadela a la cual había estado vinculado años atrás como Rector del Colegio “Sucre”: “llegar a esta preciosa región de tan gratos recuerdos para mí, como educador en ya lejanos tiempos” (…) “brillaban entonces dos personajes que eran una especie de institución. El padre Luis Gutiérrez Villota y el popular padre Luisito, como lo llamábamos cariñosamente y don Luis B. Luna, dos almas gemelas por el don de gentes y el apostolado en la caridad… En la comunidad neriana lucía por su ciencia teológica, su porte distinguido y su natural comunicativo el padre José María Cabrera. Veían la luz dos hebdomadarios ENSAYOS Y PORVENIR, de distintas tendencias (…).

“En las letras se distinguían tres poetas: Aníbal Micolta, quien de pronto llegaba a la ciudad desde su hacienda de El Cascajal, donde se aburría de hastío y de desesperanza; el “mono” Álvarez siempre eufórico, siempre cariñoso, así estuviera diáfano o cargado su espíritu, y Florentino Bustos, excelente amigo, de pronto también desaparecido del trato humano, para dedicarse a lo que él llamaba la contemplación ultraterrena. Yo los oía a los tres declararme sus versos y me complacía en ponderar sus creaciones. Yo, pecador de mí, no había nacido bajo el signo de Clío y estaba condenado sólo a admirar el astro poético de los tañederos del arpa lírica. Pero me desquitaba de esa inferioridad luciendo mis modestas habilidades en el violín, en la orquesta del maestro José Antonio Regis, músico de nacimiento, habilísimo en el manejo de todos los instrumentos al lado de un violoncelista y compositor, el inolvidable amigo Aristóbulo Ibáñez, autor entre otras composiciones del fino pasillo “Desde Lejos” (…). “Acababa de llegar de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, con título de doctor en medicina el simpatiquísimo Julio Ortega (…).

“Me trae ahora a Ipiales el encargo de la Academia Colombiana de Historia, de poner en manos del ilustre académico doctor Justino C. Mejía y Mejía, el diploma y la insignia que lo acreditan como miembro Correspondiente de esa docta institución…”.

Entre las muchas primicias de la cultura nariñés además de la correspondencia con otras figuras rutilantes como Ignacio Rodríguez Guerrero, Alberto Quijano Guerrero, Alberto Montezuma Hurtado y los políticos José Elías del Hierro, Carlos Albornoz, Domingo Sarasty con quienes comparte no solamente las navegaciones intelectuales, sino que con estos últimos gestiona efectivamente auxilios tanto para el Hospital San Vicente, para la carretera, para la Emisora…

Figura también una carta manuscrita por el propio Luis Eduardo Nieto Caballero de octubre de 1935 en la cual agradece el nombramiento de miembro correspondiente del Centro de Historia. LENC hizo un esguince a la correría presidencial de Eduardo Santos por la provincia de los Pastos y siguió “en compañía de los doctores Montenegro y Miño con la felicidad de un promesero, hacia el templo que arrancó tantas expresiones de mística entonación a ese gran perseguido que fue el señor Suárez”. En la misma revista LAS LAJAS número 105, de agosto de 1958, está inserta la incalculable columna del mismísimo JOSE VASCONCELOS que deja la escritura de su romería: “En seguida y sobre un atrevido puente de cantería, se fabricaban muros de una Basílica que acaso hoy se halle terminada”. Ciertamente el azteca cósmico se precipitó por los abismos del Juanambú y del Guáitara en la segunda década del siglo, cuando estaba en confección el imponderable milagro sobre el abismo.

 

Las Lajas centro poblado; en primer plano, sede de la antigua Radio Las Lajas. (https://www.flickr.com/photos)

 

Es una verdadera lástima que no haya espacio para exhumar tanto patriotismo. Qué decir, entonces, del detenido estudio que el también etnólogo y hazañoso prócer nica-colombiano y prologuista de “Inquietud de Cauces”, Alfonso Alexander Moncayo aporta sobre el vocabulario kofán y que aparece también refundido en este piélago de riquezas y bellezas que rodean la pletórica herencia de lo que fue el patrimonio total de Monseñor Mejía y Mejía.

Predicador sagrado, orador profano, discurrió extasiado en la profundidad del abismo y del milagro, desentrañando los misterios del misticismo, aquilatando las verdades eucarísticas, decantándolas para su grey insaciable, irredenta e impaciente. También los fastos cívicos fueron de su fuste literario y las de factura patriótica no fueron aisladas pues que para eso estaban abiertas las tribunas voraces del Vicariato castrense, de la Emisora, de la imprenta y de las Academias. Y en la cátedra de Pedro sus homilías transfiguran al riguroso exégeta que se ha sumergido en la patrística y que desde el Vaticano y la Gregoriana formó su conciencia y su inteligencia militante y comprometida. Los padres de la Iglesia fueron sus consultores y acudientes en las horas de tinieblas que también las hubo.

Muy pronto en los años treinta, marchó a Roma, a graduarse de historiador profesional, archivólogo, arqueólogo, periodista, carismático teólogo que todos estos atributos portó con holgura, solicitud y humildad apostólica.

Desde 1936 fraterniza con el Renacimiento, pero antes con la Academia della Crusca, y el cultivo del toscano que es el italiano antiguo, en el que el Dante se condenó en el infierno hace 700 años. Cercanas y acariciadas estaban Florencia, Génova, Nápoles, Palermo. Pero también tenía cita con Jerusalén, Belén, Nazaret, Galilea, Jordán y la España, Francia, Suiza y la anhelada bendición de Fátima. Todo está escriturado en los “Paisajes del Recuerdo”, de 1952.

En “Cauces de Inquietud”,1960, recrea su búsqueda de Papini, el artista ciego, combatiente del demonio, a quien entrevistó antes de 1941 y a quien aprendió “a amar sobre las páginas perfumadas de alabastro, limpias de escoria”. Cuando se entrevistaron seguramente el florentino ascético le espetó: “si me buscas es porque me has encontrado”. El hombre que no aceptó al mundo. Muerto y sepultado anticipadamente. “Bastante trabajo cuesta a un viajero de verano en Florencia dar con el paradero del sepulcro de Papini, por más que el Piazzale Michelangelo sea una de las colinas más ventiladas y pintorescas de la ciudad, desde donde se divisa el encanto de Fiésoli, la tranquilidad de Pistoya y las crestas esfumadas de los Apeninos”. “De regreso a la sacristía, pregunté al padre, lo que a cualquiera se le ocurriría preguntar en caso semejante: ¿Por qué está aún insepulto el cadáver de Papini? No lo sabemos me responde. Dicen que más tarde lo inhumarán en la iglesia de Santa Croce”. Bien puede ser. Santa Croce es el altar de los grandes de Italia. Allí están los monumentos de Dante, de Miguel Ángel, Galileo Galilei, Leonardo da Vinci, de Machiavelli, de Foscolo. El crédulo Justino sí se fía de la conversión del florentino tan ermitaño como cismático. L’homo finito, el hombre acabado, aun cuando valeroso y caótico. Navegante de los siete mares e intrépido colonizador de continentes espirituales. Justino sabía que en Papini como en todos los intelectuales italianos hay alma de condotieros. Aire, ademán, voz de capitanes. D’Annunzio, Marinetti hasta Curcio Malaparte.

Papini, almirante con ropaje de monje. Vida contrastada entre la luz y las tinieblas, grito de angustia en la noche de sus incertidumbres. Filósofo, combatió la filosofía. Poeta acabó con la poesía. Todo un anárquico. Hasta que se entrevistó con Cristo.

Justino rescata del naufragio aquella frase implacable: “¡Debemos tener coraje, solamente el coraje necesario! Coraje, coraje y después coraje. Y si no basta el coraje, la audacia. Y si no basta la audacia, la temeridad. ¡Si no basta la temeridad, la locura y si no basta la locura… la muerte”!

Imposible que en los manantiales de Justino no fluya impaciente la señera presencia de don Miguel de Unamuno, “el apóstata solitario”, predestinado a lo trágico y agónico. Contradictor y contradictorio. “cristiano en angustia, heterodoxo y hereje”. Igualmente, siempre actual, clásico, ibérico. En versión de su biógrafa póstuma Margaret Rudd, aquel anciano de 72 años, la noble cabeza sobre los anchos hombros erizada la barba en duras puntas de acero, es todavía la guerra civil.

Albert Camus también se destaca en el prontuario de los autores privilegiados del nada avaro párroco que no se apacienta ante el universo inacabable que le acompleja diaria y nochemente en aquel santuario acogedor y sobrecogedor como diría él mismo de su morada en su lenguaje críptico. “Se lee a Camus, pero no se piensa en el hombre ni se asoma a mirar el alma que lucha en las profundidades de un angelical terror metafísico en la búsqueda desesperada de un camino de luz y de un puesto de paz”.

Acullá, Tehilard, asistido por sus libros cual más famosos: “La aparición del hombre”, “El grupo zoológico humano”, “Las grandes etapas de la evolución”. Con idéntica vena paleográfica el filósofo lajeño acudía a la voluminosa y provocativa producción del sabio jesuita, pariente remoto del propio Voltaire, patriarca de Ferney padrino del enciclopedismo. Su afán había sido “cristificar la evolución a través del trabajo científico para establecer la convergencia del Universo -en dirección al Espíritu mediante la sicogénesis y la hominización– y mediante el trabajo religioso para afirmar la naturaleza universal de Cristo en la historia del Evangelio; Dios, históricamente encarnado”. Compañero de Paul Rivet, conocido en Colombia por sus estudios etnohistóricos, casado con quiteña, amigo y condiscípulo de Sergio Elías Ortiz. Viajero en Egipto, China Central, vuelto a Francia lanza su teoría de la Noosfera, esfera pensante, cobertura de la esfera de la vida, biosfera. Desde su infancia, decía, sentía latir en su espíritu el élan cósmico de totalidad, concentrado en lo humano, en “lo crístico”.

No se desdeñe el abundante e iluminante ascendiente de los inacabables manantiales que son Cervantes, Calderón, Tirso, Lope, Santa Teresa, fray Luis de Granada, Saavedra Fajardo, Jovellanos, Donoso Cortés, Jaime Balmes, Vásquez de Mella, Tomás de Aquino, Juan Luis Vives, Tomás Moro, Juan de Mariana, y en versos Hugo, Baudelaire, de Maesterlink, Wilde, Peter Altemberg, Machado, de Asís, D’Annunzio, Mallarmé, Olavo Bilac, Stefan George, Keats, Anatole France.

Tenía desapacible opinión de Zweig y en general de los biógrafos novelistas, “derrotistas, a fuer de buenos judaizantes trasplantaron al campo de la literatura, arropada en brillante estilo, las perniciosas teorías seudocientíficas de Freud: psicoanálisis, pansensualismo, complejos de Edipo, de eviración, de Electra”. “Los más lúcidos estudios de Zweig los hizo Laureano Gómez”, dijo impertérrito el orondo levita. Por lo neurótico, paranoico y atrabiliario que era Gómez sería, decimos nosotros.

La estantería es lujuriosa en el censo de los pensadores y filósofos que le fueron coetáneos y consentidos: Tehilard de Chardin, Papini, Unamuno, Baroja, Ortega y Gasset, Azaña, Camus, Eugenio D’Ors, Ernest Junguer, Celini, Jouhandean, Paul Morand, Gaston Gallimard, Bonard, Leon Blois, Drien La Rochele, Maritain Guitton, Suenes, Karl Rahner, Schillebeck, Ives Congar, Girardi, Daniel on de Truhlar, Conde de Lucanor, Gracián.

En otro rincón vigilaban Georges Duhamel (“Escenas de la vida futura”), el pacifista Romain Rolland, “los hombres de buena voluntad” de Jules Romains, Paul Claudel, Saint John Perse, Mallarmé, Verlaine, Valery, Francis, Mauriac, Barrés, Bergson, Spengler, “la decadencia de Occidente”, Dickens, Tolstoi, Hardy, Dostoieski, Jacobsen, Joyce, Balzac, Conrad, Proust, Chejov, Huxley, Mann, Graves, la Yourcenar, Federico de Onís.

Pero también los autores seculares: la historia de España, de Francia, de Napoleón, del Consulado y del Imperio. Lamartine, Guizot, Thiers, Houssaye, Masdon. La poética representada en T.S. Eliot. R.M. Rilke, Giusseppe Ungaretti, Hugo von Hofmannnstal, Arthur Lundkwist, Gide, Fargue, Larbaud, McLeisch, Stephen Spencer y de todos los argonautas gálicos y latinos, a los que tradujo con complacencia y usufructo.

Monseñor Mejía fue elegido para la Academia Colombiana de Historia en 1965, con los auspicios de S.E. Ortiz, su fecundo y encomiástico amigo desde 1929, cuando fundaron el Boletín del Centro de Estudios Históricos de Pasto. Pero también con la firma de Carlos César Puyana y Hugo Bastidas Santander por allí revuela el pergamino de Miembro Honorario del Círculo de Periodistas de Nariño. En su acuciosa carrera de explorador y paleógrafo, Justino halló la escritura de bautismo y de confirmación de Agualongo en los libros parroquiales de la concatedral de san Juan Bautista de Pasto. “BAUTISMO: En veinte y ocho de agosto de mil setecientos y ochenta, bauticé, puse óleo y crisma a Agustín de edad de tres días, hijo legítimo de Manuel Criollo Indio y Gregoria Sisneros montañesa. De que doy fe (f) Miguel Ribera” (Libro 5 años 1870-1794).

“Como se advierte –señala Monseñor- hay una diferencia entre el apellido que figura en la partida de bautismo y el del que figura en la partida de confirmación, pues mientras en la primera se dice que es hijo legítimo de Manuel Criollo Indio, en la segunda se pone expresamente Manuel Agualongo. Parece que Criollo no se puso como apellido sino en el sentido de nativo, como era de usanza entonces y quizá por eso mismo se agregó indio”.

Parecido mérito cábele al pupilero Camilo Orbes Moreno, quien encontró la partida de bautismo que comprueba que Manuelita Sáenz fue hija expósita, y por qué Antonio Nariño ingresó a Pasto el 15 de mayo y no el 14 de 1814, amén de su rastreo benedictino del itinerario del cacique Henao ante el palacio de El Escorial y de los Sindaguas en el litoral pacífico y de la desgracia patibularia de los “macabeos” en la capilla de La Escala, de la correspondencia inédita del Libertador y de una cartica insoportable del santo Ezequiel.

Historiador y paleógrafo acucioso fue Justino, si no repárese en sus fuentes para “Tradiciones y Documentos”, por ejemplo: Archivo Metropolitano de Quito, Archivo del Convento Máximo de La Merced de Quito, Archivo Parroquial de Ipiales, del Santuario de Las Lajas, de la Universidad del Cauca, del Convento de Santo Domingo de Quito, Archivo Pueyo del Val, y el propio Mejía y Mejía. Y no le faltó para sus otras investigaciones el Archivo Histórico de Indias, en Sevilla, porque allá tiene probanzas de sus pesquisas.  Hasta localizó en un periódico socarrón bogotano de comienzos de siglo XX, algunos “Recuerdos Frescos” del ipialeño ERNESTO BURBANO, digno para el archivólogo contemporáneo Mauricio Chaves Bustos, de tejerle la genealogía y desde luego la necrología.

Con tal espléndido inventario amobló su refinamiento espiritual que le permitió amar la prosa tersa y sencilla pero profunda y erudita que fluye pacífica y nos lleva de la mano como si se tratara de una música encantada.

No en vano había viajado varias veces por el mundo y era poseedor de las lenguas apostólicas encantadas para apurar de los vinos más refinados y embriagantes, los que él mismo enumera en “Paisajes de Recuerdo”.

Se paseaba por todas las literaturas; bebía –como dijo el clásico- en su propia copa y eludía deliberadamente la ostentación y el brillo que prestan las joyas ajenas. Su sed lo condujo al escepticismo, a tolerar las debilidades de los otros y a saber que –como el poeta controvertido- el hombre es mudable, diverso y ondulante.  Ese pensamiento se lo impuso su ecumenismo cultural porque su magisterio eclesiástico le gritaba catedrales de contención.

La crisis del catolicismo la abordaba Justino en sus propias fuentes vaticanas. Para eso sus lecturas y traducciones de Felice y Ledit; y para eso hacían turno Jean Guitton, filósofo seglar en sus diálogos reveladores con el filósofo titular Baptiste Montini (Paulo VI), papa en la tormenta, con la misión de “aggiornar” la doctrina de una iglesia al borde del cisma permanente. Fue pastor del dogma mariano, pero también post-conciliar y tímidamente también de la “teología de la liberación”.

Tantas celebridades, unas católicas otras no tanto. O conversas como diría la inquisición. Qué tal Jacques Maritain, filosofo, apologista, combatiente. De la mano de Bergson y de Blois vino al Vaticano. El mundo ya era positivista y estaba en jaque la cuestión católica. Se precisaban esos cincuenta y más tomos para montar el neotomismo, la doctrina actualizada. Pero también su apología de los derechos humanos, su defensa cuando los totalitarismos negaban y humillaban las libertades. Toda la obra de Maritain en su deslumbrante resplandor aquí, casi que a hurtadillas, a orillas del Pastarán.

Y claro que el levita de la remota capilla en los paisajes de Ipiales, leyó a Karl Adam –allí figura en el catálogo- en su apologética de la iglesia militante cuyos integrantes son los pobres de espíritu. Los pigmeos del Estado, de la Iglesia y de la sociedad; los ignorados y preteridos que cada día recorren el camino de sus deberes asombrados de que Dios infinito y santo se digne estar con ellos. Son los mansos, los que nunca se quejan de la vida, antes bien la aceptan siempre con gozo como Dios se las envía. Son los que lloran, los que en la noche desolada claman a Dios entre gemidos: Señor no se haga mi voluntad sino la tuya; los que llegan incluso a dar gracias a Dios de todo corazón por la honra de padecer con Jesús; son los que tienen hambre y sed de justicia, los que no hallan contento en la piedad cómoda y en la virtud satisfecha, sino sienten en su alma el tormento de la propia indignidad y viven en continuo forcejeo por asirse a la mano redentora de Jesús. Son los misericordiosos, los que hacen propias las necesidades ajenas y por remediar, corriente de viva simpatía por los humildes, por los desheredados, por los que no han tenido un puesto en el banquete de la vida.

 

Las cenizas del Padre Justino Mejía y Mejía reposan en el Santuario de Las Lajas, después de una ceremonia solemne liderada por el colegio y la población de Las Lajas

 

Inmersos –nosotros-  en estas navegaciones extrasensoriales déjesenos evocar postreramente en estas especulaciones el discurso mariano que más ha despertado la emoción y el encanto de nuestro agnóstico y nervioso estro. Lo pronunció Emilio Castelar, tribuno iberoamericano, constitucionalista radical, presidente de la República:

“Yo, señores diputados, no pertenezco al mundo de la teología y de la fe; pertenezco, creo pertenecer al mundo de la filosofía y de la razón. Pero si alguna vez hubiera de volver al mundo de que partí, no abrazaría ciertamente la religión protestante, cuyo hielo seca mi alma, seca mi corazón, seca mi conciencia; esa religión protestante, eterna enemiga de mi patria, de mi raza y de mi historia; volvería al hermoso altar que me inspiró los más grandes sentimientos de mi vida; volvería a postrarme de hinojos ante la Virgen santa que serenó con su sonrisa mis primeras pasiones; volvería a emprender en el aroma del incienso, en la nota del órgano, en la luz cernida por los vidrios de colores y reflejada en las doradas alas de los ángeles, eternos compañeros de mi alma en su infancia; y al morir, señores diputados, al morir, le pediría un asilo a la cruz, bajo cuyos sagrados brazos se extiende el lugar que más amo y más venero sobre la faz de la tierra: la tumba de mi madre”.

2 Comentarios
  1. Cristina dice

    Quisiera saber si alguien conoció al padre Darío Alcides Rosero. Gracias

  2. Cristina Munoz dice

    Me gustaria saber si alguien recuerda o tiene alguna informacion del Padre Dario Alcides Rosero.
    o del Padre Leovigildo Chaves.
    Muchas gracias.

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