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JUAN MONTALVO: EL TRATADISTA DEL BARROCO 

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LAVILLAVICIOSA DE LA CONCEPCION DE LOS PASTOS (XXIII)  

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

 

No puede soslayarse que fue su crucial pernoctancia entre nosotros lo que le permitió a nuestra Villa ganar tempranamente los honores de las redes internacionales. El universo de los literatos y de los políticos se volcó a nuestro suelo en procura de descifrar el destino de aquél estilista desventurado.

También debe recordarse que Ipiales se aludió erga omnes cuando se supo que Panamá se había desgajado del mapa y sólo se avisó oficialmente por el telégrafo ipialeño, que había sido conectado  quince años atrás. En la capital no se supieron los sucesos del Istmo sino 3 días después de ocurridos gracias al telegrama originado desde Quito: “Ipiales, 5 de noviembre de 1903, Min Relaciones Bogotá. Anteayer 3 hubo en Panamá levantamiento separatista … Es indispensable mantener expedita línea telegráfica” (Fdo.) Emiliano Isaza, Ministro en Quito”. El gobierno de Marroquín tan malo y tan de malas que hasta el cable marítimo (del Pacífico) “se había caído”, y estaba autista. Por Ipiales se dio parte al mundo la descoyuntada de la otra frontera.

El mérito manifiesto del celebérrimo asilado de Ipiales holgó en su asombrosa memoria que le permitió recordar todas sus insaciables lecturas en este paraje mediterráneo y producir su monumental y sonada obra literaria y panfletaria. Por eso dijo otro desterrado paradigmático: “De todo mi pasado no llevo conmigo más de lo que guardo detrás de la mente”.

Y decimos asilado, porque según el reputado internacionalista Ignacio Rodríguez Guerrero, de eso se trató en febrero de 1869 a raíz del golpe de Estado que perpetró García Moreno, cuando Montalvo vino por la primera vez a su destierro en Ipiales, saliendo de la Legación Colombiana en cuyo circuito buscó y obtuvo franco asilo. Cuando el amparo para Montalvo estaba vigente la ley 2 de 1871, sobre internación de refugiados y prohibición de actividades amenazadoras del orden público (Cavelier, t. IV, p. 16).

En 1881, Montalvo viaja por tercera y última vez a París, la ciudad luz del mundo, en la que muere ocho años después, en el número veintiséis de la calle Cardinet, con un ejemplar de “El Semanario”, de Caldas, abierto sobre su mesa de trabajo … probanza del afecto por Colombia, que haya sido con un periódico nuestro, y coincidente el final con otro exiliado, el austríaco Stefan Zweig, quien igualmente se vistió de frac para ajustar el postrer ceremonial en patria lejana, sin más mobiliario que su propia memoria, que les permitió a entrambos escribir aquellos monumentos insuperables. El austríaco escribió: “No se había iniciado todavía esa situación espantosa del sin patria, que es imposible explicar a quien no lo haya experimentado en su propia carne, esa sensación enervante de tambalear en el vacío con los ojos despiertos, y de saber que dondequiera que se pongan los pies, se puede ser rechazado en cualquier momento”.

En lo que tiene que ver con sus construcciones barrocas, la crítica consensuó que fue la indignación lo que hizo de lo que no habría sido más que un literato, con la manía del cervantismo recabado, un apóstol, un profeta encendido en quijotismo poético; es la exaltación la que salva la retórica de Montalvo. “El más complicado, el más raro, el más originalmente enrevesado e inédito de todos los prosistas del siglo XIX”. Juan Valera, en sus celebradas “Cartas Americanas”, estuvo concorde con Menéndez y Pelayo, al afirmar que el estilo de Montalvo tiene mucho de redundante y mucho de arcaico.  Culpa de su idealismo que lo remontaba hasta las alturas de la nebulosa.

En Nueva Granada y Colombia tuvo prosélitos entusiastas y convencidos, cual más letrados y contestatarios: Santiago y Felipe Pérez,  José María Samper, Ezequiel Uricoechea, el indio Uribe, Vargas Vila, Marco Fidel Suárez, Alfonso López Pumarejo, Tomás Carrasquilla (que no fue muy laudatorio, valga la verdad; tampoco de “La Vorágine”, de la que dijo que “era una lata”), Rafael Maya y María Mercedes Carranza (que lo proclamaron precursor del modernismo), Rubén Uribe Ferrer, Germán Arciniegas, Otto Morales Benítez, Miguel Antonio Caro, Alberto Lleras, Eduardo Santos, Ignacio Rodríguez  Guerrero, Vicente Pérez Silva, la nómina de políticos y letrados que fueron sus catecúmenos es de lo más linajudo y preciosista.

Sólo dos piezas encomiásticas de dos presidentes periodistas: “Allí está vivo el polemista de su época -dice Alberto Lleras-, que seguramente desde su exilio disparaba las más aceradas diatribas en contra de sus contendores ecuatorianos. En Ipiales descargaba sus hieles y su sabiduría contra quienes le negaban la patria al otro lado yerto de la frontera. Pero eso era hiel pura. Este Juan, tenía antes de escribir con esa felicísima soltura que implica poco aliño y repaso, una inmensa cultura, de las más antiguas hasta las más jóvenes, de los hechos más viejos de la especie hasta los últimos, y de esa cantera iban derivando, a buenos golpes inspiracionales, todo lo que su imaginación requería en el sutilísimo arte de la discusión y la polémica. Ya mucha gente no recuerda contra quién escribía Montalvo sus catilinarias, pero es un deleite releerlas”.

 

Juan Montalvo

 

Y Eduardo Santos: “Apenas quiero recordar que son muy pocos los espíritus cultos de América que no se hayan nutrido de la prosa y el pensamiento de Montalvo; que no se hayan formado en la cultura de esos libros tan exquisitos por el estilo como fuertes por el recio espíritu luchador; tan americanos y tan europeos en tan justa medida; asombrosamente saturados de cuánto hay de grande en esas fuentes inexhaustas e irremplazables de la cultura, que son las literaturas clásicas, y enérgica y profundamente vinculados a nuestras tierras americanas, a sus paisajes, a sus hombres, a sus problemas y a sus pasiones”.

En Ecuador: Oscar Efrén Reyes, Vascones Hurtado, Gonzalo Zaldumbide, Agustín Yerovi, Raúl Andrade, Vacas Gómez, Alfredo Parejo Diazcanseco, Benjamín Carrión, Velasco Ibarra, Galo René Pérez, Alfaro papá e hijo, Velasco Ibarra, Clodoveo González, Jurado Noboa, Juan Alberto Moncayo, Juan León Mera (también para despotricarlo), Jorge Jácome Clavijo, Martínez Acosta.

En Sur América: Antonio Guzmán Blanco, Rómulo Gallegos, Rómulo Betancour, Numa Quevedo, José Enrique Rodó, Blanco Fombona, Sarmiento… Y en el mundo, Jorge Luis Borges, Rubén Darío (que le dedicó poema), Juan Valera, Unamuno, César Cantú, Edmundo de Amicis, Emilio Castelar, Campoamor, Núñez de Arce, condesa Pardo Bazán, Lamartine, el Nobel Asturias… En el zócalo de la Biblioteca del Congreso de Washington está el nicho de Montalvo junto al de Cuervo, de Bello, de Sarmiento, de González Prada…

Montalvo privilegia a Ipiales porque sentía el impulso del rastro de una gota de sangre en su abuelo colombiano José Marcos Montalvo. A diferencia de tantos otros fugitivos que preferían las costas del Pacífico, empezando por Manuelita Sáenz, por el mismo García Moreno, su cuñado Ascázubi, Urvina o su propio hermano Francisco Javier, expulsado por Flores.

Apenas cumplidos los 20 años se había graduado en Filosofía y Letras, también espulgó jurisprudencia, estudió lenguas ajenas para saber mejor la propia y siguió su formación con vastas y tenaces lecturas ya en Ambato ora al pie del Tungurahua. Todos los autores de la Ilustración y del Enciclopedismo, de la antigüedad helénica y latina, los clásicos españoles, los cronistas de indias y desde luego los literatos e historiadores andinos, fueron la fuente lustral de su radiante memoria que virtió luego en sus solitarias, pero prodigiosas soledades de Ipiales.

En 1857 viaja por primera vez a Roma y París. En 1860 retorna a la patria de sus mayores para convertirse en legítimo contradictor del caudillo teocrático García Moreno que iniciaba su primer período pronto a convertirse en implacable tirano.

Fundó entonces, “El Cosmopolita”, su revista política, en donde vierte todo su acervo doctrinario y en la que decanta su rigurosa formación literaria y política descargando contra el gobernante devenido insufrible déspota toda la ira santa de su sentimiento democrático y sangrante. Redacta también el “Mercurial Eclesiástico”, diatriba en contra del arzobispo de Quito Ignacio Ordóñez, el mismo mecenas del prelado -su sucesor en la silla- Federico González Suárez, prominente historiador e intelectual finisecular.

Más de doce años retuvo el mando supremo García Moreno, dictador jesuítico de procederes patibularios. No sólo fue un teócrata intolerable sino que fue su acariciado propósito el reeditar la edad medieval con sus monjes inquisidores y sus brujas malditas. Y como un Savonarola sufrió el tiranicidio.

Y en todo el continente fueron varios los paladines que como Montalvo hicieron propia la resistencia en contra de la maldad de los autócratas que daba la tierra. El insigne humanista Manuel González Prada en el Perú; en Portugal, Guerra Jurquero combate una monarquía decadente; el prócer José Martí al dictador Estrada Palma en Cuba; Hostos en las Antillas, Lastania en Chile, Juan Vicente González en Venezuela, Manuel Acuña contra Porfirio Díaz, y entre nosotros los abuelos radicales y Vargas Vila en su desesperado desafío a la regeneración, todos ellos en comunión espiritual para perseverar el talante democrático del Continente.

El 17 de enero de 1869 García Moreno asume también la pretoría militar y desaloja a Javier Espinosa. La Constitución que impone exigirá que para ser ciudadano ecuatoriano se requiere ser católico y garciano.

“El Cosmopolita” sale precipitadamente de su país y pasa por Ipiales, rumbo a Tumaco y Panamá en donde se entrevista con el paladín en agraz Eloy Alfaro. Le escoltaban José Ignacio de Veintemilla y Mariano Mestanza, futuros contradictores.

Viajó por segunda vez a París, que sufría las vísperas de la guerra franco-prusiana de 1870. Conoció al sabio colombiano Ezequiel Uricoechea, aquel lingüista amigo de Cuervo, que enseñaba árabe en la Universidad de Bruselas. Refiriéndose a Montalvo dícele a su compatriota: “Aquí conocí a Montalvo, el del Cosmopolita, y me encargó que lo saludara muy cordialmente. Es un hombre particular medio alocado o maniático, pero de gran capacidad, y de juicio, a mi entender, en ciertas cosas” (7 XI, 1869).

Regresó a Lima y vino a Ipiales, ciudadela en la que permaneció hasta 1876. “Había que buscar un lugar pequeñito, una aldea de aire limpio, gente llana, casas pobres, amigos generosos”, dice entusiasmado Germán Arciniegas en “América Mágica”, cálido homenaje que hizo el celebérrimo bogotano a doce figuras del continente, entre ellas a Montalvo.

Tenía 37 años y escribió en este destierro, los Siete Tratados, además de los Cinco Dramas o Libro de las Pasiones; el 7 de agosto los suscribe en nuestra ciudadela. El drama “El Dictador”, es premonitorio de lo que vendrá para Gabriel García Moreno, muy poco después.

Oscar Efrén Reyes que historiaba la vida íntima de Ipiales: “anoche escribía alumbrado por una vela, en medio del silencio universal, hasta la madrugada. Montalvo cita mucho en sus escritos el canto largo y melodioso de un gallo distante. Es que lo oye siempre, como un compañero del alma, en cada tregua que da a su faena, mientras se levanta del escritorio, para abrir una ventana y sumergir los ojos en la negrura de las noches”.

Entre tanto en su Patria amada, García adquiere dimensiones de monstruosidad: destituye a Urvina, flagela al general Ayarza, fusila a Maldonado, envenena al arzobispo, acaba con su propia esposa. Es más lucrativo leer a Alfredo Iriarte, el del “Bestiario Tropical”, para percatarnos de todo este prontuario espeluznante.

A la luz de los velones en cabañas perdidas, en un ambiente de clandestinidad heroica, sus abnegados compatriotas leían y circulaban de mano a mano, el rampante panfleto “La Dictadura Perfecta”, que Montalvo proscrito lanzara desde Panamá en contra del Dictador que amenazaba perpetuarse con una tercera reelección por el que jóvenes conjurados, ilustrados y puros, sacramentaron la eliminación del monstruo.

Por fin, el viernes 6 de agosto de 1875, fulminan su gestión delirante gracias a catorce machetazos, como le sucede a todo tirano ideal. Faustino Rayo, Juan Terrazas, Roberto Andrade y Manuel Polanco permitieron que desde Ipiales se escuchara la vocinglería: “Mía es la gloria. Mi pluma lo mató”.

 

El atentado a Gabriel García Moreno

 

Y el apóstol retorna al Ecuador. Pero para padecer aún más por su patria inmortal. Antonio Borrero, “el infusorio” como le llama Blanco-Fombona, fue depuesto por una revolución victoriosa que lideró el general Ignacio de Veintemilla, en diciembre de 1876, que terminó indefectiblemente como tirano nueve años después en medio de oleadas de sangre. Por esos meses del año de 1876, apareció en Quito, “El Regenerador”, revista irregular, libre siempre, alegre y virulenta en ocasiones, en otras desencantada y sombría, dice en el cáustico prólogo Francisco García Calderón, conocido por su cercanía con Juan Vicente Gómez, de la misma fauna, a quien había consagrado su “Cesarismo Democrático”.

Montalvo se exilia por tercera vez en nuestra Villa y se disciplina a escribir “Los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes”, su libro póstumo, alentado por el notable político y escritor colombiano José María Samper, quien le había dicho: “Cervantes hubiera querido tener mil plumas para firmar ese capítulo”.

También se inspiró en el episodio que presenció en Ipiales: “Estaba en Ipiales desterrado por la dictadura de Veintemilla. Por rehuir el fastidio, o quizá los malos pensamientos, tomamos la pluma y pusimos por escrito en tono cervantino una escena que acababa de ofrecernos el cura del lugar, ignorantón medio loco y aquijotado. El cura del pueblo había congregado a los curas de los contornos para dirigirse con ellos a la cresta oriental de los Andes a comprobar la aparición milagrosa de la Virgen. A la Virgen halláronla en un cepejón, con cara, ojos, boca tan patente, que allí luego dieron orden de que se erigiese una capilla. Después de comprobarla, los curas volvieron al pueblo a anunciar la buena nueva, para lo cual se presentaron en la plaza vestidos de salvajes, cubiertas sus vestiduras con musgos, líquenes, hojas, todos ellos con máscaras extravagantes, gritando que la Virgen había nacido en el monte. Un matasiete que a la sazón se hallaba en el pueblo con una brigada de soldados, un oficial del ejército que acertó verlos en esos instantes y creyó en una burla, arremetió contra ellos hiriendo a unos y poniendo en fuga a otros. Nosotros moríamos de risa en nuestra ventana, sintiendo sí que no hubiesen venido a tierra cuatro monigotes más a los golpes de este invencible caballero. (Capítulos, Quito, 1971, Biblioteca de Grandes Autores Ambateños, t. II, p. 193).

Desde luego que la escena era de la más genuina filiación cervantina y Montalvo no dudó un instante para reconstruirla y darle vuelo a su pluma canija y picaresca. La fe atormentada y siempre escéptica le imprecaba: “Tienen razón ustedes de venerar este Santuario porque pudiera ser que aquí estuviera latente la mano de Dios”, y diciendo esto tomaba el camino de Frontales para saciar manjares más terrenales…

 

Ipiales en el corazón

 

 

Ipiales, la ciudad de las Nubes Verdes

 

Por Ipiales y por Colombia, Montalvo sintió la más tierna y sincera debilidad. Diría como el romano: “ecuatoriano soy, pero nada de lo colombiano me es ajeno”. Es abultada la documentación en la que el noble y grande estilista se refiere a nuestro pueblo y nuestra gente de esos brumosos pero lacerantes ayeres.

Se puede lograr una apabullante antología de lo mucho que escribió Montalvo acerca de Ipiales: “Fue Ipiales uno como centro de equilibrio en el vaivén de su vida de proscrito –dice el maestro Rodríguez Guerrero-. Y quizá en la influencia de la modalidad que esa villa provinciana reflejó en el espíritu de Maestro, hay que atribuir no pocas de las características más señaladas de la obra del escritor, la expresión cabal del ímpetu de su orgullo, de la honda y grave nostalgia que ensombreció siempre su espíritu de altísimo poeta. Quién sabe si las recónditas afinidades ancestrales de Montalvo con la Nueva Granada determinaron en él esa como predilección suya por la fronteriza ciudad nariñense, que elogió en más de una oportunidad como sede de sus amargos exilios”.

Era Ipiales en aquellas calendas finiseculares una villa muy modesta enclavada en la vida colonial, con precarias inclinaciones culturales. El ipialeño erudito y joven filósofo Mauricio Chaves Bustos, quien hace ya 15 años ofreció una aproximación comparativa entre el Quijote de Avellaneda y los Capítulos de Montalvo en este punto precisa: “Frente a sus vidas, diremos que ambos, de una manera u otra, experimentaron el sentimiento de la soledad, si bien hay siempre palabras de oro de Montalvo para con Ipiales, es menester reconocer que el villorrio de finales del siglo XIX no debía ofrecer mayores alicientes al Cosmopolita proscrito”. “(Y) se suscita –diagnostica- en ambos lo que pudiéramos llamar “el síndrome de Estocolmo”, que, si bien en Cervantes no es tan marcado como en Montalvo, también se da en el sentido de inmortalizar de una manera u otra a sus captores, toda vez que creció bajo la influencia mozárabe y musulmana, cosa que conoció Cervantes en lo arquitectónico, en lo verbal y en lo cultural-popular. Montalvo recrea en Ipiales los sucesos del Quijote y Sancho y si Cervantes los vislumbró en La Mancha, el ambateño los presenció en Ipiales. Montalvo hizo del Quijote su escuela asidua. Lo supo casi de memoria, desde temprano. No necesitó releerlo para nutrirse de él en su “soledad sin libros”. Lo llevó al destierro, no consigo, en sí. ¿Quién mejor que Cervantes para consejero de su adversidad? Pero Montalvo, más que cervantista, fue quijotista”

En esa misma cuerda fue que el autor del “Ariel”, José Enrique Rodó se sintió autorizado para hablar de “la soledad del villorrio, ruin y menguada donde no tiene su habitación ni el caballero ni el bárbaro, sino el palurdo; donde los gallos cantan para que amanezca la murmuración, y el sol se pone para que ella atisbe más el cubierto”. Otros se conmiseran de aquella etapa de la vida de Montalvo “pasando aquellos largos años de su cautiverio en el empinado yermo paramuno de la ciudad del sur de Colombia”. Rufino Blanco Fombona deplora la orfandad de libros y contertulios: “Los Siete Tratados escritos en Ipiales, villorrio de Colombia, donde fijó su tienda de proscripto por 7 años. ¡Era Ipiales, lugarejo fronterizo olvidado, desierto, donde no existen bibliotecas ni periódicos, ni espíritus dignos de comercio mental, qué horror, que soledad tan sola! Cómo pudo escribir sin obras de consulta. La pobreza lo hizo anclar en Ipiales”.

No han pensado siempre así los cultores del idioma. El Gabo había sancionado que toda su genial obra está inspirada y regida por la inmensa soledad… del poder y de la fama. Azorín también hizo el elogio encendido de sus desoladas y tristes provincias en tierras castellanas. Y Jean Lorraín lo hizo con aquellas ciudades normandas, lluviosas y lúgubres. Pío Baroja, Tolstoi, Miró, Sarmiento y Blanco Fomboná, también exaltaron la entrañable calma de sus villorrios, la misma melancolía que buscó Montalvo bajo el cobijo de una hechizada geografía que nunca le fue esquiva y que hasta su hora de poniente lo mimó y lo impulsó en sus manuscritos prodigiosos.

¿Y qué decir entonces de Cervantes -su legítimo precursor en el hechizado arte de desentrañar las intimidades de esta segunda religión que es el idioma-, que redactó su genial obra en una prisión?¿O de Luis de Camóens quien en el ergástulo cincela Las Lusiadas?¿O del Dante que desterrado habla del infierno?¿O de Lutero que aprisionado en Wartburg destila su formidable doctrina? ¿O del mismo autor de “Crimen y Castigo” que en los corchetes de Siberia concibe y concilia sus estremecedoras novelas?

Tanto Julio César al igual que Napoleón, descendían de su imperio, atravesando el uno los Alpes redactando un tratado de Analogía y el otro, en las gélidas planicies moscovitas, componiendo el reglamento de la Comedia Humana. Mirabeau, en las oscuridades de su penitenciaría organiza una gramática de la lengua y un tratado de oratoria del que era superior oficiante. Nuestro precursor, en la mazmorra de Cádiz, aderezaba la Constitución de Cúcuta. E increíblemente la némesis de Montalvo, el dictador García Moreno, cuando su destierro en Paita, también adelantaba una gramática de la lengua castellana, que nunca editó.

Gonzalo Zaldumbide, igualmente escritor y compatriota de muchos talentos de Montalvo –aunque equívoco glosador de su vida- ha dicho que los años de este largo destierro fueron una bendición, porque fue entonces cuando Montalvo escribió casi completamente las obras literarias que, en los postrimeros años de su vida, transcurridos en París, le hicieron conocer la fama y la gloria literaria, y difunto, aseguraron la perennidad de su nombre entre los escritores mayores.

 

En Ipiales escribió la mayor parte de sus obras

 

En la procelosa circunstancia que padecía, amenazado inclusive en su integridad física por los turiferarios de la “Dictadura perpetua”, Montalvo sabía bien de la lealtad que le guardaban los ipialeños. En 1873 escribió: “Si es verdad que Pacho Gómez ha ofrecido pasar el Carchi, le ruego no dejar podrir tan saludable determinación. Venga como hombre de honor, esto es solo, y me pondré a sus órdenes tan pronto como venga. Si viene al frente de la consabida falange de mayordomos y cachicanes, el pueblo dará buena cuenta de los malhechores, tanto por mantener sus fueros como por acudir con la proyección debida al huésped que no ha hecho sino granjear la estima de cuantos son sus miembros. Que no puede o no sabe defenderse, que hacer el teatro de sus barraganerías un pueblo de nación extraña, pueblo celoso de honras”.

Por si fuera poco, a las amenazas directas de Veintemilla, el Directorio Liberal del Municipio de Obando, respondió que hasta con las armas respaldarían al Ilustre Huésped.

En lo cotidiano no se agotan las sabrosas anécdotas maduradas seguramente en el romancero castellano: …un día, para comer, vende su reloj al coronel José Francisco Vela quien le da veinte pesos … no vale tanto, le dice al comprador; su precio … doce pesos. Y le devuelve ocho … Llegan unas señoras de Quito a visitarle, y le ven el pantalón raído. “Don Juan: qué poca confianza la suya; por qué no me lo había dicho y en un santiamén está compuesto ese pantalón … ¡Déjelo, doña Alegría: lo roto significa descuido, mientras que lo remendado es pobreza”!

Era proclive a orillarse en los caminos. Tirarse a cavilar sobre los prados. Hundirse en una cueva. Arroparse en las piedras. Llorar a solas. Viendo a una lavandera que estregaba la ropa blanca en las piedras del río, entró en tratos con ella.

Le lavaría la ropa. El la miraba de cierto modo; ella mostraba los dientes blancos, bajaba los ojos. Así comienzan los amores agrestes. En la yerba, bajo los árboles, cerca del río que murmura tan suavemente. De ahí nacieron los hijos obandeños de Montalvo.

Los nombres de los doctores Ramón Cerón, Juan Ramón Rosero Montenegro, Pedro Erazo, son evocados con nostalgia y gratitud por aquel gonfaloniero. A Rafael Portilla en 1876, desde Ipiales, dícele Montalvo a propósito de Evangelista Burgos: “Es de mis mejores amigos de Ipiales, y espero lo trate usted como tal y aún le preste los mejores servicios que le pudiere ocurrir como comerciante. Yo aprecio a este amigo y verá que mis recomendaciones son fundadas”. Y al propio corresponsal en otra carta del mismo año, con referencia a Rosero decíale: “El Doctor Rosero portador de esta, que es uno de mis buenos amigos de Ipiales, a quien usted debe tratar como un recomendado y especialmente por mí”.

El 28 de agosto de 1871, en carta al mismo Rosero Montenegro: “Siempre cristiano, siempre bueno y generoso usted querido amigo: su oferta no podía venir más a tiempo, pues la pensioncita con la que he vivido aquí no viene ya ni vendrá, según declaración del doctor Terán, que es quien bondadosamente me había hecho hasta ahora su préstamo mensual”. Es que Montalvo había sido recomendado a don Ramón por la familia Arellano del Hierro de Tulcán.

Y el veintiuno de octubre de 1869 en carta al mismo Portilla, lleno de entusiasmo y picardía, dícele: “No teman estar mal, aquí tengo una linda casa, cómoda, alegre, y dispongo de toda ella, estarán aquí ustedes como príncipes, y si son enamorados no les ha de faltar pastusas de buen rejo…”.

Ido a París en 1881, Montalvo recuerda con gran ternura y nostalgia sus días vividos en este apacible rincón andino. Quizá con amargura inenarrable enciende en su corazón ardiente y agradecido los momentos vividos junto al Carchi y al Pastarán.

En carta a su hermano Francisco Javier desde París, el cuatro de diciembre de 1881, escríbele: “Ya estoy suspirando por el cielo y por el clima de Ipiales. Son las tres de la tarde y necesito la luz artificial. Las calles están llenas de niebla espesa y fría, el cielo se ha caído en los infiernos”. Y cinco años más tarde, al mismo destinatario: “Me acuerdo con amor de Los Andes, y te sé decir que los días menos amargos y más tranquilos de mi vida han sido los de mi destierro a orillas del Carchi”.

En la “Dictadura Perpetua”, demoledor alegato político que publicó en Panamá, con ocasión de su primer exilio, dice: “Cinco años de destierro son para cualquiera cinco muertes. Cinco años vividos en un destierro hermoso donde la mano de Dios está extendida sobre la naturaleza y los pocos hombres que la habitan, me enseñaron a quererla a esta Colombia, heroica por sus hechos, libre por su querer, clara por sus luces, cuando al pie del Chiles y del Cumbal pasaba yo mis días tristes en esa felicidad misteriosa de que sólo son capaces ciertos corazones”.

No era el deber ni las difíciles vicisitudes políticas las que lo obsesionaron por regresar a “orillas del Carchi”; era un entrañable afecto por estas tierras y estas gentes que lo albergaron siempre con calidez y con estímulo que se les da a los propios.

 

Los ipialeños rodearon a Montalvo por lo mucho que significaba su vida procera bajo el signo de la persecución despiadada. Para él pudiera predicarse que la adversidad fue la roca en la cual afiló su pluma impugnadora. Ningún título supera la credencial de ciudadela – asilo que tuvo Ipiales para el exiliado ecuatoriano; quizá sea el antecedente más remoto, en Latinoamérica, de la vigencia de este fundamental capítulo de Derecho Internacional Público. La Embajada Colombiana en Lima, será el segundo episodio cuando Haya de la Torre en 1949. Inclusive cuando trataron de sustraerlo del amparo, nuestra Secretaría de Exteriores, negó la extradición.         

 

“Montalvo profesa admiración profunda hacia el pueblecito de Ipiales, donde se ha asilado de su primer destierro. Vive en un piso alto –con buen aire para sus sensibles pulmones- y en el frontis de su casa los ipialeños han clavado una (sic) placa conmemorativa alusiva a su estancia allí. (Valga decir que en 1979, coincidiendo con los cien años de su último destierro, la Generación del 77, a la que pertenece el autor de esta prosa, también empotró piedra laudatoria). La ipialeña Quintana Elena Fernández, maestra normalista, subdirectora de la Normal de Quito y de Popayán, también arregló una biografía de Montalvo.

 

Placas conmemorativas de Juan Montalvo en Ipiales

 

En medio del boscaje, artesano al fin, con sus propias manos construyó una mesa muy alta con palos y bejucos, de suerte que “el gran caminador a pie”, cada vez que llega de un paseo liberador de tensiones, escribe una o dos hojas de su resma de papel de 500 páginas. “El Cosmopolita” acababa de llegar meditabundo, de una caminata larga. Y se entabla un diálogo entre el espectador y la soledad y la naturaleza. Eso ocurre de tarde en tarde. El espectador no ejerce oficio obligatorio, es sólo escritor de tiempo completo. En Ipiales se dan milagros, ese Ipiales que está sublimado en las páginas de su largo y minucioso artículo titulado “El Sur de Colombia” … el sol se ha hundido tras el Cumbal. Añorando su Ficoa y su Ambato desde la distancia ha visto un hermoso atardecer de nubes lejanas. Ha visto más: una nube con figura de un pavo real a manera de abanico de colores variadísimos; ha percibido NUBES VERDES nunca vistas; ha visto esfinges apocalípticas. Desde su balcón ha contemplado y pintado esos cuadros de la Cordillera Andina” (cubano Roberto D. Agramonte)

¿Desde cuándo -ya publicada toda esa obra maciza que integra El Cosmopolita- se han ido nucleando los “Siete Tratados”? Las biografías no pormenorizan mucho. Sólo dicen que en Bensanzón los dio a la luz en hermosa cuadernación, en 1883-84. El 24 de octubre de 1879 le escribe a Rafael Portilla: “Roberto Andrade me dice que me envía los manuscritos que le dejé para que usted los lea. Si tiene ratos perdidos, léalos pronto; no hay más plazo que hasta el 20 entrante. Y si los lee no se excuse de darme su opinión”. Reitera Montalvo que son “Los Siete Tratados”, son siete cuadernos destinados a ver la luz del día en Francia. Contenidos en dos lujosos volúmenes, admirablemente impresos en Bensanzón, el autor se ocupa de filosofía, ética, estética e historia, culminando la obra con un trabajo curiosísimo en doce capítulos titulado “El Buscapié”, prólogo de un libro inédito “Ensayo de imitación de un libro inimitable o Capítulos que se le olvidaron a Cervantes”: “No tan insigne guerrero como los grandes capitanes que ganan batallas, pero yo también peleo y he peleado. He peleado por la santa causa de los pueblos como el soldado de Dammenais; he peleado por la libertad y la civilización; he peleado por los varones ilustres; he peleado por los difuntos indefensos; he peleado por las virtudes; por los inermes, las mujeres, los amigos, he peleado por todos y todo”.

Cuando en alguna circunstancia en su presencia a sus contertulios les dio por deslizar frases inadmisibles sobre la raza pastusa, Montalvo reivindicó sus fueros. Se trata de un trabajo inédito que el ambateño dio a la imprenta donde el doctor Roberto Arias, en Quito, enero 28 de 1879 y se enlista en un cuaderno: “Páginas Desconocidas”, que redactó en Ipiales, sitio de su destierro esta vez bajo la dictadura de Ignacio de Veintemilla. Eran las vísperas de su soñado viaje a Europa. En este hábitat entrañable produce a guisa de homenaje y de agrado este folleto que lo mismo se trata de Pasto, de Túquerres y amorosamente de Ipiales, “su Tebaida”. Es una tierna postal del cielo en el ocaso y lo lleva mágica y misteriosamente a compararlo con el de Roma y más sensiblemente, con el del castillo de Santo Ángel. Eran los suspiros que el romanticismo apabullaba en los espíritus para avasallar el paisaje y la naturaleza toda viva y apuesta. Se dijo que natura tenía el talismán de lo religioso, de lo taciturno, melancólico y contemplativo. “La imaginación crea monstruos; atribuida a Goya explicaría la cadena de imágenes que acumula Montalvo para hablar de lo fabuloso y fantasmagórico de aquel mundo primitivo y polícromo de las nubes en el ocaso. Y mientras las de Ipiales son “nubes verdes”, que pasará a ser por su inventiva el canónico apelativo de la población meridional, las de Roma en su castillo de Santo Ángel, serán, por el contrario, “un nubarrón enorme”. “Las celestes epopeyas”, las veía, las sentía, las palpaba.

Y también corrió publicada en la revista literaria “La Patria” de Bogotá (1878), reproducida cincuenta años después en una publicación de la Universidad de la Habana en 1936, la rotula “El Sur de Colombia”: “Entre el Juanambú y el Guáitara se dilata una altiplanicie elevadísima donde la naturaleza en alegría perpetua está enseñando sus galas al mundo y sonriendo de su propia hermosura..”.

El insigne montalvista Rodríguez Guerrero relata que en la tradición familiar que escuchó de niño de boca de sus mayores, referían las escapadas de don Juan desde su refugio de Ipiales hasta Pasto, donde los liberales admirábanlo. Manuel Santiago, José Pablo y José María Guerrero, Alejandro, Modesto y Adolfo Santander, los Erazo, los Hinestrosa, los López Caicedo fueron, entre otros, sus mejores amigos y confidentes. Allí, tomando pie de cierto incidente político, compuso una página cervantina que podría figurar entre sus “Capítulos” admirables que publicó sin nombre en una hoja volante cuyo texto puede leerse en la Historia de la Imprenta de Sergio Elías Ortiz.

 

“Podría yo ser imputado de parcialidad al hablar de Ipiales, si todos supieran el cariño profundo que abrigo por este pueblo; mas, como a pesar de mis afecciones no soy sino extranjero para él, nadie me sindicará de juez y parte, ni mis honrosas memorias merecerán la tacha de vanos encarecimientos. Bajo cielo tan grande, pintoresco y hermoso como el que cobija ese fresco valle de los Andes … Oiga usted, Semblantes, le dije una vez a mi compañero de destierro, mirando a la bóveda celeste: ¿si yo escribiera que he visto NUBES VERDES, me creerían? Por decirlo usted, quizás; pero realmente es increíble lo que estamos viendo…”.

 

De esa guisa, Montalvo ponderó a nuestra Villaviciosa de los Pastos. Además, que su vigorosa prosa es, si él quiere, estremecedora antología de un puro y genuino sentimiento. “Las Catilinarias”, “El Regenerador”, “El Cosmopolita”, “El Espectador” (t. I), su estudio sobre los poetas de la “Lira Nueva”, todas son remembranzas entusiastas de lo colombiano: de su ilustración, de su gallardía guerrera, de sus habitantes, de sus ciudades, de sus mujeres, de su parnaso … En “Las Catilinarias”: “Lo digo con dolor: hasta cuando empezaron a llegar a Quito las opiniones de Caro, Cuervo y Santiago Pérez, yo estaba pasando por loco en mi patria; si tarda ese socorro, amigos y enemigos me meten en la casa de orates”. Desde luego también su “Geometría Moral”, en “El Epistolario” y en los mismísimos Siete Tratados. “Mi Tebaida”, llamaba a Ipiales en sus momentos íntimos.

“Esas lomitas que parecen desaforadas esmeraldas; esas laderas cubiertas de flores silvestres que brotan de la yerba; esos barrancos del río donde mil arbustos carimbulosos forman inextricables embolismos; todo, todo le da semblante hermoso a este país”.

Para qué abundar en más repertorio si la lealtad tuvo un corazón tranquilo en aquél gran americano. “Montalvo era un pedazo de Ipiales”, es el colofón de Germán Arciniegas.

 

Sus exilios en Ipiales

 

Casa donde vivió Juan Montalvo en Ipiales, en la plaza 20 de julio, hoy almacenes Alkosto

 

El primer pasaporte de la cultura fue conceder a los extranjeros el derecho a la hospitalidad. El propio Montalvo en su artículo “El Sur de Colombia”, confiesa que “en cinco veces que he pasado por ese hermoso infierno, he quedado siempre con vergüenza y tristeza de no poder hacer nada por mi salvador de cada minuto”.

Invocando un falso alzamiento de Urbina, García Moreno depuso a Espinosa en la noche del 16 de enero de 1869. Muchos genízaros recorrieron la capital para capturar alebrestados liberales. Juan Montalvo, Mariano Mestanza y Manuel Semblantes consiguieron asilo en la Legación colombiana y al día siguiente cogieron camino hacia Ipiales. A su paso por Tulcán, los Arellano Del Hierro lo recomendaron a don Ramón Rosero Montenegro en el puerto colombiano.

Mestanza y Semblantes siguieron por el litoral vía Panamá. Montalvo supo en Ipiales esa vez, que había sido padre y recibió también la provocativa carta de Alfaro, joven de 27 años, liberal, comerciante y empresario exitoso. Lo invitaba al Istmo con auspiciosas promesas por lo que Montalvo se enrumbó al encuentro con el futuro revolucionario y mártir. Muy poco después levó anclas para París.

Un año después, en 1870, llegó nuevamente a Ipiales, y casi no desmontó de la cabalgadura para proseguir al arrebatador Perú. Allí en Lima se encontró con el expresidente Urbina y compartieron el ácido pan de la pobreza y del destierro. Similar suerte que había corrido los expresidentes neogranadinos José María Obando treinta años atrás y Mosquera hace menos de tres.

De todo el acervo literario que contienen los pliegos panfletarios, es conmovedor rescatar el relato patético de su coincidencia con el antiguo presidente José Marìa Urbina en la ciudad de los virreyes; entrambos desterrados y entrambos paupérrimos. Era ese otro capítulo que se le olvidó al Quijote.

…Cansado de la soledad en que vivía a los pies del Chiles y el Cumbal, allá en los misteriosos Andes, salió al mar de occidente, después de una larga semana de montaña. Hallábase recién llegado a Lima, a la mesa del hospedaje. De pronto entró un anciano, fijó los ojos en Montalvo desde la puerta: como sus ademanes eran de echarle los brazos al cuello, aún antes de conocerlo, púsose en pie: ¡Juan! ¡Juan! Y le abrazó estrechamente descansando su cabeza cana sobre su hombro. Era el general y ex presidente Urbina. Habían sido tan pudientes y alebrestosos y vivían tan holgadamente, que no había en su cuarto sino unas tacitas sin asa y unas cucharas, las cuales compartían. El expresidente tomaba su buen té en un jarrito de hojalata más pretérito y desportillado que el señor del Buen Pasaje, batiendo el azúcar con un mango de pluma. Otro joven proscrito que le acompañaba le tomaba por su parte en un asiento de botella, de esos que en las aldeas sirven de tintero a los muchachos pobres. Él té nunca se descuajaba; lo que saboreaban era una muy buena agua tibia, guardándose lealmente el secreto: ninguno de los tres le decía al otro que no era aquella sustancia de la que se consume en Pekín, a la mesa del hijo del sol. A pesar de inopia tan rematada, nunca se oyó una queja ni se vieron abatidos. Para ellos estaba escrito en letras de fuego que no hay árbol recio ni irrebatible sino aquel que el viento azota…

 

Ipiales, fue su casa en el exilio, pero también el sitio del retorno de sus viajes

 

Después de algunas semanas de aquel inclasificable exilio decidió regresar a Ipiales a finales de ese mismo año. Prefirió orillarse al Guáitara, “de pocas necesidades, donde en último caso, puedo vivir con cebada como indígena o con un vaso de leche como filósofo o con tres habas por día, como santo”. “Mi proscripción no fue estéril, dijo en 1872, pues ya había escrito 2 tomos de los capítulos cervantinos y otros 2 tomos del Libro de las Pasiones, obras póstumas. Los Siete Tratados y Geometría Moral también tuvieron su libelo genitor en Ipiales. Sólo el tratado sobre “El genio”, lo compuso en Ambato.

“La dictadura perpetua”, fue el detonante del crimen del capitolio. Financiado por Alfaro y publicado ese año, fue el devocionario de los jóvenes conspiradores, por eso fue que desde Ipiales lanzó su cuenta de cobro.

Regresó a su patria y dio a luz sus demoledores cuadernos contentivos de “El Espectador”. En septiembre de 1876, Ignacio de Veintemilla se proclama Jefe y Supremo Capitán General de los Ejércitos. Surgía pues un nuevo opresor, más sanguinario y rudimentario que García Moreno, si cabe. Por cuarta vez entró Montalvo a Ipiales, escoltado por sus parciales carchenses.

Desde el 10 de septiembre del 79 hasta enero del 80 fue esta vez, cuando en el primer semestre visitó a Eloy Alfaro en el Istmo que editó los folletos de El Regenerador. Y desde julio del 80 hasta julio de 81 regresó a Ipiales y fue su quinta y última vez. El 30 de octubre de 1880, un grupo de liberales ataca Tulcán y proclama la jefatura suprema de Montalvo, que dura 24 horas. Y en Guayaquil igualmente. Pero Montalvo no tiene encaje ni de orador, ni de caudillo, ni siquiera de funcionario público. Todo lo desprecia y aplaza.

El último día de julio de 1881, Montalvo se despide una vez más, pero ésta vez para siempre de Ipiales.

 

Seis caucanos en busca de dictador 

 

García Moreno integra el elenco de peligrosos intendentes de América Ladina que llevó a los politólogos a hablar del “continente de la fuerza”. Lo irónico pudiera decirse, fue que su suerte militar y destino final dependió de caucanos, país al que pertenecíamos los nariñenses para esas calendas.

En efecto, Arcesio Escobar se llamaba el payanés que había arrebatado el corazón de Virginia Kingler y de la cual también estaba perdidamente prendado el guayaquileño.

Escobar ostentaba la investidura de plenipotenciario que el pretendiente al gobierno neogranadino Julio Arboleda había destacado ante el palacio de Carondelet. Víctima de sus celos encanijados GGM declaró ofendido el honor nacional y se vino a la frontera norte a romper hostilidades contra el gobierno espurio de Arboleda con tal mala suerte que fue desbaratado y capturado en las gradas de Tulcán. Poco después fue liberado por el mismo Arboleda a quien inmediatamente traicionó y vio asesinar en Berruecos.

Otro caucano vendrá al año siguiente a desestabilizarlo nuevamente. Pero esta vez se trataba del soberbio e imbatible además de legítimo y constitucional presidente de los Estados Unidos de Colombia, general de mil soles Tomás Cipriano Mosquera, por lo demás diabólico, masón y ateo de lo romano. Tanto que el papa Pío Nono le profetizó que caminaba a pasos agigantados hacia el infierno. GGM se sentía uncido por la providencia divina para castigar al renegado y lo enfrentó con el pirata Juan José Flores en los campos de Cuaspud.

Un cuarto caucano en el sino trágico del dictador jesuítico vino a consumar la nefasta parábola cuando se unió a los jóvenes conspiradores de agosto de 1875 para acabar con el sátiro e infausto pero devoto dictador. Era Faustino Rayo quien fue el que asestó los machetazos fulminantes en la testa coronada de quien venía depredando su modesto hogar y su casquivana mujer. Y Rayo -valga el apellido- era fulminante pues que en los ingenios del Valle del Cauca descargaba con tino y certeza su “Collins” vengativa.

Y otro caucano, Avelino Rosas, también fue conspirador contra GGM, pero escapó a tiempo. E increíblemente otro caucano, el abogado Alejandro Santander, autor de la “Corografía de Pasto”, vino a ser el defensor exitoso de uno de los conspiradores, Roberto Andrade, hermano del general Julio, todos liberales.

Para García Moreno, no fue Montalvo el desconocido joven de “la carta de Babahoyo”, el adversario que le quitara el sueño. Sin duda alguna la palabra ardiente de Montalvo, en panfletos tan tremendos como “la dictadura perpetua”, estaba minando, más que opositor alguno, el poderío del autócrata; pero en el ánimo de García Moreno, el fanático integral, el megalómano, la oposición del literato era una cosa adjetiva, aunque molesta y estorbosa.

Por eso, y creyéndose poseedor de todas las excelencias, Gabriel García Moreno combatió a Montalvo en el campo de las letras, en el propio campo Montalvino: en su vanidad, como los césares de la decadencia, quiso bajar a la arena, seguro de vencer al más esforzado gladiador.

Benjamín Carrión lo enseña: Me atrevo a pensar que hay cierto paralelismo biográfico al enfrentar siempre estas dos vidas, estas dos poderosas significaciones humanas. Montalvo es el insurgente romántico, el hombre de Plutarco, que cree que su misión permanente es la de combatir y de abatir tiranos, uno de ellos, en su lucha es García Moreno; pero la obra de Montalvo no necesita magnitud humana de adversario. La prueba es que, para mí, a pesar de la pequeñez del enemigo Veintemilla, nunca es más grande Montalvo como escritor y combatiente que en “Las Catilinarias”. GGM en cambio, es el hombre del poder; sus enemigos, es natural, están en todas partes, manejando las ideas o manejando el fusil. Uno de ellos, poderoso es verdad, es Juan Montalvo; pero la beligerancia permanente la mantiene el gran teócrata principalmente con el adversario en la misma línea de lucha, o sea con ese otro filático y labioso de nuestra historia que fue el general Urbina. Cuando el estorboso panfletario llegó a impacientarlo, lo desterró. García Moreno fue el provocador, el tema, el personaje para el desarrollo del panfleto político, género hasta hoy mejor logrado de nuestra literatura política.

La literatura es alucinante y sinuosa que lo digan los áulicos del dictador, por ejemplo, Gabriel Cevallos García, en 330 páginas escribió un panegírico sobre García Moreno, en el cual no se registra una sola línea sobre Juan Montalvo. Para el ambateño Juan León Mera, autor de Cumandá, el gran escritor era García Moreno. Y para Blanco Fombona y el radical colombiano Eduardo Rodríguez Piñeres, GGM es el gran estadista ecuatoriano.

 

El hijo francés

 

La inusitada aparición del parisino Jean Contoux-Montalvo, hijo de don Juan, obligó a su paisano Gonzalo Zaldumbide a desasir entuertos. Recabando sus esfuerzos y denuedos a favor de la memoria de Montalvo, reivindicó que para el sesquicentenario del nacimiento, publicó las obras completas con la editorial de la Casa Garnier Hermanos. Y dijo aquesta enormidad: “Para la celebración del contrato con el editor, acompañóme un deudo de Montalvo que, por uno de esos azares de la sangre, imprevisibles para el espíritu, apareció en París de único derecho-habiente, por parentesco inmerecido, de los derechos de autor del muerto inmortal. Cobró en caja derechos habidos y por haber; yo no volví a saber de él, ni de la caja, con la cual nada tuve que ver nunca”. Esto pronunció Gonzalo Zaldumbide en el mausoleo de Montalvo en 1956. Zaldumbide fue el primer embajador ecuatoriano en Bogotá, en 1940, cuando conoció al Maestro Guillermo Valencia. Logró que Unamuno se vinculara en un homenaje a Montalvo en la rue Cardinet.

No era complaciente Zaldumbide con la memoria de Montalvo: en el prólogo que hace al “Estudio y Selecciones”, se muestra aséptico. Tampoco con Eloy Alfaro es entusiasta, no le vale un encomio de reconocimiento por todo su patrocinio a Montalvo desde Panamá, y menos a Yerovi, “en su pobre ensayo biográfico”. Ni para qué hablar del horrendo engendro psiquiátrico del profesor Agramonte, dice.

A pesar de perorar discursos aparentemente laudatorios -el uno de 1928 y el otro de 1956-  Zaldumbide expolia el alma de Montalvo en ocasión impropia que diríase es autoencomiástica. Recuerda de la intermitente amistad con Julio Zaldumbide. Que fue su mecenas. Años más tarde, ya no se vieron como antes: el irritable genio del proscrito había concebido ciertas soberbiosas desconfianzas, cobrado cierta cizañería recelosa, que volvía su trato intolerante y quebradizo, como su humor mal conforme.

“Enemigos tuvo Montalvo; acaso los tiene aún. Enemigo de muchos fue Montalvo, y acaso lo sería ahora de otros tantos. Yo mismo he tenido, para depurar en mi mente mi imagen de Montalvo, he tenido que borrar en mi memoria injurias y resentimientos que afectaron a progenitores de mi sangre y de mi espíritu. Montalvo, acerbo polemista y hombre injusto, volvióse a menudo airado contra inofensivos benefactores suyos; altanero, desagradecido e inconsecuente. Montalvo no era un intelectual ni un humanista. Su valer radica en su poder de indignación. No fue ni siquiera mal orador. En Guayaquil no quiso musitar sílaba. Mal amigo, irascible, irritable.

Esa fue la vocería de Zaldumbide en el panteón. Sus oyentes musitaron también la conjetura que todo lo dicho no era sino una excusa al abuso cometido contra el hijo europeo de Montalvo.

…Montalvo, siete años antes de morir, conoció y se prendó con la modista Augustine-Catherine Contoux, muchacha campesina avecindada en París, con la que procreó a Juanito que nació el 17 de octubre de 1886. Con Augustine no se casó a pesar de ser viudo de Marìa Manuela a sus 50 años, con la que tuvo a Marìa del Carmen Guzmán.

Fue Darío Lara, otro diplomático de fuste, Montalvino inclaudicable, genealogista y apologista enderezado, quien encontró en París al único “derecho-habiente” con el que edificó gallarda cercanía y supo de sus cuitas y desencantos. Lara publicó 2 tomos conmemorativos del sesquicentenario (1982) del nacimiento y que tenían que ver primordialmente con la vida de Montalvo en Europa. Ahí novela su hallazgo del “hijo secreto” y en las páginas pertinentes denuncia la conducta, por lo menos “misteriosa” de Gonzalo Zaldumbide con el hijo del ambateño, de mestizaje francés, a quien conoció lo mismo que a su madre. Y Jean Contoux-Montalvo también lo conoció. “Me aseguró –dice Lara- no haber recibido un solo franco en aquella ocasión de la edición de las obras completas. Volvió a confirmarme que su madre entregó a Gonzalo Zaldumbide varios documentos inéditos, pues le había asegurado que “pensaba completar y rectificar lo que había escrito el señor Yerovi”. Lo único triste y nítido que quedó fue el hijo siempre desahuciado de la fortuna. Por ser hijo –y no inmerecido- de don Juan nunca recibió un cobre y hasta una visita a su mausoleo en Ambato le fue burlada. Zaldumbide nunca acusó recibo de las noticias que Darío Lara alborozado le remitía sobre el feliz descubrimiento y conquista del hijo francés de Montalvo.

Nada hicieron por el hijo de Montalvo: Ni Zaldumbide quien lo negó más de tres veces ni la cancillería, ni la Casa de Cultura Ecuatoriana ni Ambateña.

Al contrario de Agustín Yerovi, Víctor Manuel Rendón, Carlos Winter, Miguel Ángel Carbó, los hermanos Seminario, Olmedo Alfaro hijo y hasta Velasco Ibarra que mitigaron austeramente la pobreza del descendiente. Darío Lara, diplomático ecuatoriano en París, inició una afectuosa campaña para divulgar la existencia de Jean Contoux-Montalvo. En corresponsalía con EL COMERCIO de Quito dio a conocer mucha documentación, todo por el año 1964. Incluso en abril con el embajador Luis E. Jaramillo, lo invitaron a París porque vivía en Costa Azul, en Cannes. A donde no llegó fue a Ambato porque, aunque lo invitaron, no le cumplieron. Murió de 83 años, en 1969.

 

Los otros hijos

 

Cuando don Juan se escapaba para Potosí a sus galanterías con Elvira Terán procreó a Jorge Montalvo Terán (1874) quien se nombró Juan Coral Samper (en francés, “sin padre”). Abogado, casó con la ipialeña María Luisa Torres Arellano, padres a su vez, de Jorge y Benjamín y abuelos de Juan Coral Erazo. Rumoróse que en el barrio periférico de La Yerbabuena, circunvecino al cementerio central, procreó igualmente a la niña Visitación Montalvo.

Es fama que  fue expulsado del hogar de don Juan Ramón Rosero Montenegro y doña Petrona Arellano Del Hierro, por haber abusado de la menor de 15 años Mercedes, quien fue remitida a Popayán sin saberse la suerte de su descendencia.

En su pueblo natal también fue padre de María del Carmen Guzmán, hija de Concepción, dueña de la hacienda Cruzpamba, casada luego con Modesto Chacón Cobo, industrial y político. El año fatídico de 72 se cerró con la muerte de su hijo Carlos Alfonso de 5 años. El genealogista Jurado Noboa adjudica otro hijo con Pastora Hernández Zúñiga –Adán Montalvo- quien también recibió el apellido Coral pues doña Pastora casó precisamente con Víctor Coral Acosta y el retoño vivió en Ipiales hasta 1915. También con Mercedes Acosta hubo retoño que llegó a ostentar rango militar.

 

El Tratadista del Barroco

 

Múltiples son los adjetivos con que el Barroco es conceptuado: deforme, retorcido, pomposo, exuberante, ornamental, extravagante, grandilocuente, superlativo, exagerado, refulgente, contorsionado, fulgurante, hiperbólico, áulico, desequilibrado, extático, apoteósico, palaciego, dionisíaco… No se sabe si eventualmente se lo habría también calificado absolutista, pero la verdad es que absolutismo y barroco fueron coexistentes y hermanados estrechamente.

Si el barroco es desequilibrio, exageración, irracionalidad, hipérbole, deformidad, lo que de estos componentes albergue un documento constitucional o un sistema de gobierno, necesariamente hállase inficionado de virus barroco. La desproporción o desequilibrio de los poderes del Estado es de filiación barroca. No debe olvidarse que el constitucionalismo liberal del siglo XVIII fue la negación, la reacción contra todos los absolutismos.

Muchos de nuestros pensadores iconoclastas han utilizado el ariete demoledor de la diatriba montalvina contra los tiranos y las tiranías que, como yerba mala se multiplican en América aún después de las refriegas mundiales para la liberación del hombre. Don Juan de la Insurgencia nombrólo el venerable Carrión, voz ancha del pensamiento americano, largo y persistente grito de condenación a las tiranías. Montalvo ama en Cervantes la gala del estilo. El período numeroso y sonoro de los requiebros y garbo; pero no se contiene, no puede hacerlo en el equilibrio supremo del maestro, y pone lo suyo: la grande y permanente rabia, la admirable y soberana fuerza de la diatriba. Su implacable y feroz poder de insulto”.

“Don Juan de Ipiales”, conociólo Quijano Guerrero, pone lo suyo: la grande y permanente rabia, la admirable y soberana fuerza de la diatriba, su implacable y feroz poder de insulto.

“El arte de hacer del idioma una catapulta prodigiosa para abatir la fortaleza de los tiranos y los enemigos de la libertad, ésa es la gloria de Montalvo, categoriza Rodríguez Guerrero. Haber dejado a lo largo y ancho de América continuadores estupendos de su obra múltiple, de lo que ella es como código de libertades, de lo que ella tiene como arte puro imponderable, de lo que ella posee de contenido civilizador, de lo que ella representa como dechado de estilo, como cantera inagotable de la egregia habla de nuestros padres”.

Y el indio Uribe, igualmente contestatario, en 1886, al congregar a tres colosos: Montalvo, Eloy Alfaro, Vargas Vila, y sobre el Cosmopolita reconoce que “el rollo de la palabra de Montalvo abruma … se requiere iniciación para comprenderlo; y gusto literario para admirarlo en sus pormenores artísticos. Ningún escritor hizo, por otra parte, mejor uso de su talento … Lo que caracteriza es su actitud varonil delante de los usurpadores del derecho humano, y lo que en la literatura universal le dará un puesto privilegiado es su gran conocimiento del idioma que escribe y la nobleza de sus asuntos. Como ciudadano desapareció demasiado pronto de la escena, muy antes de que sus ideas se realizaran, por lo que se nota la falta de este adalid en el curso de la vida política del Ecuador y quizá en la suerte de las repúblicas vecinas, que tanto podían esperar de su ardiente propaganda”, señala el temible panfletista que víctima del Regenerador cartagenero fue a morir providencialmente en el Quito alfarista y liberal.

Marco Fidel Suárez, en sueño de Luciano: “Es cierto que Juan Montalvo es un cofre donde brillan tantas gemas y tan bellas y bien talladas que uno no comprende cómo pudieron acudir en arroyo seguido a la mente y a la pluma de un escritor todos esos pensamientos, todos esos ornatos, toda esa erudición clásica, todas esas formas castizas que brotaron de pluma tan singular como la del escritor ecuatoriano. Pero a mí me agrada más Baralt por su sencillez y reposo correctísimo, que el otro por su opulencia y esplendor magnífico.

El impecable crítico payanés, Rafael Maya: “Unos imitan a los clásicos tomando de ellos, literalmente, giros y modos de decir, palabras y construcciones que fueron valederas en su época, pero que trasladadas a una distinta suenan mal. Pongo como ejemplo de este clasicismo a Juan Montalvo, advirtiendo que en Montalvo esta imitación es genial, y que en ocasiones no parece tal imitación, sino modo propio y original de escribir. Otros no llegan a la maestría del ecuatoriano y dejan ver demasiado la trama burda del calco, apareciendo como afectados, arcaicos y arqueológicos”.

“Juan Montalvo maestro indiscutible del liberalismo ecuatoriano que propuso principalmente en los Siete Tratados. Fue católico, pero mutiló el dogma; le fue odiosa la disciplina eclesiástica, se sulfuró contra el clero criollo y extranjero. Es difícil extraer de sus obras un cuerpo completo de doctrina; no siempre precisa su pensamiento envuelto en bellísimo follaje de inagotable retórica” dice el conservador Jimón y Caamaño.

Miguel Ángel Asturias se inspiró en la sarcástica auto apoteosis del general Ignacio de Veintemilla, que figura en la primera Catilinaria para rematar las zalamerías que puso en boca de uno de sus aduladores y secuaces del sátrapa de su más famosa novela “El señor Presidente”. Se hace alusión precisa a Montalvo.

Pocos escritores hay que, analizados en la abstracta entidad de sus ideas, rindan al análisis tan escaso residuo personal, y pocos hay también que, tomados en conjunto y en vivo, tengan un sello de personalidad tan claro y resistente. Leído una vez, en una sola página -argumenta el autor de “Ariel”- Montalvo ya no se despinta su carácter de escritor y basta que diez líneas suyas pasen de nuevo bajo nuestros ojos para obligarnos a decir: Este es Montalvo”.

 

Mausoleo de Juan Montalvo, en Ambato

 

 

II

 

Desde el punto de vista histórico-social, la época del barroco se distingue por el empeño de la Iglesia y del Estado para obligar al hombre a situarse en un riguroso confesionalismo y autoritarismo.

Los dos colosales macizos de poder, la monarquía secular absoluta y también la Iglesia autárquica, localizaron su centro de gravedad en una exigencia frente a las respectivas sociedades -las de los súbditos y a la vez prosélitos-: la plenitud de la sumisión, la perentoriedad de la obediencia. Las dos doctrinas de poder se identificaron en sus correspondientes contenidos: prínceps legibus solutus y plenitudo potestatis.

El autoritarismo que ha sido uno de los elementos de la cultura política latinoamericana es mucho más producto de la dominación monárquica-teocrática durante aquellos tres siglos de transculturación que el atribuido a la supuesta tradición del caciquismo precolombino.

El Estado disponía del perverso arsenal punitivo que entre sus recursos contaba la pena de muerte, la tortura, la prisión por deudas, las temibles letras de cachet y en general toda la gama de la crueldad indispensable para asegurar la eficacia de la obligación de obediencia. La inquisición fue instrumento de común utilidad a una y otra potestades absolutistas y de allí el magistral y desafiante empeño de Beccaría para distinguir y superar la noción de delito (competencia del Estado), de la de pecado (propia de la iglesia), en procura de una humanización del Derecho Penal y de lo que hoy denominamos derechos fundamentales.

Cuando pues en el primero y segundo decenios del siglo XIX, la Gran Colombia emprendió la grande aventura de la Independencia, el estilo de las instituciones vigentes en el continente hispano era de perfiles no sólo medievales en parte, sino también inconfundiblemente barrocos.

Son copiosas y de modo general muy interesantes e ilustrativas la historiografía y la ensayística relacionadas con el barroco en América Latina. Picón Salas, Carpentier, Leonardo Acosta, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Enrique Krauzer, Alexis Márquez, Carmen Bustillo; Los pasos perdidos de Carpentier; Cobra, de Severo Sarduy; El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso; La vida Breve, de Onetti; Tres tristes tigres de Cabrera Infante; Paradiso, de Lezama Lima.

Edgar Bastidas Urresty habla de la historia y ficción en las novelas de los dictadores latinoamericanos, muy en la línea de Conrado Zuluaga, el de la novela de los dictadores y los dictadores de novela. EBU admite también lo barroco de las dictaduras o de la literatura continental. Tirano Banderas (1926), de Valle Inclán es el antecedente de la figura esperpéntica. Seguramente el novelista fue subyugado por Oliveira Salazar y Francisco Franco con 48 y 36 años de dictadura.

“Todavía seguimos creyendo que nos salvará un cacique supremo. Esa tradición, la del hombre salvador, visionario, es nefasta. Como Perón en la Argentina, que sigue siendo visto como un salvador” o un Uribe Vélez -decimos nosotros a Héctor Abad- que ayer mismo lo dijo, que semejan virreyes e intentan perpetuarse en el poder y reforman la Constitución, a pesar del cohecho.

Miguel Ángel Asturias y Gabo ganaron el Nobel por la narrativa despiadada del señor Presidente y su otoño, pioneros del realismo mágico en el continente de los cuartelazos. El señor Presidente fue el general Manuel Estrada Cabrera cuya alucinante gestión se prolongó por 22 años. Y el otro, quizá Juan Vicente Gómez, tirano por tres décadas.

Otro coterráneo, Alberto Montezuma Hurtado, que fue diplomático en aquellos países lo identificó al de Guatemala como abogado de Quetzaltenango “y no solo mantuvo al ejército haciéndole guardia de honor, sino que le mostró 14.000 hombres a Porfirio Díaz, armados hasta los dientes y listos no a defender el suelo de Tecomán sino a invadir las viejas tierras del Anáhuac. A Porfirio se le enfriaron las ganas”. Montezuma alega igualmente que Melgarejo, el boliviano, era colombiano y combatió en Bomboná.

Gabo hace la reseña policíaca de un dictador tropical aupado por los gringos e ingleses, amnésico, “gobierna un país imaginario por más de cien años, y muere de muerte natural en la soledad del poder, en el otoño de su vida, en el palacio de sus ruinas y devorado por las vacas, los gallinazos y los gusanos”. El patriarca toma la personificación proteica de Amín Dada –según EBU- pero es la misma de Perón, de Estrada Cabrera, de García Moreno, de Franco, de Rodríguez Francia, Melgarejo, del cubano Machado, pero el más atinado es Juan Vicente Gómez, el tachirense. El autor ya había escogido a Mario Latorre Rueda para que sea su encarnación en el cine. Y lo más desconcertante fue que Omar Torrijos dijo que todo era verdad, que así mismo eran.

Alejo Carpentier, socorrido por el cartesianismo adjudica como método el buen gobierno, la violencia y la crueldad. Primer magistrado culto, galicado, sibarita, transfigurado a lo Stevenson, en primate y cavernícola. Es el típico sargento que culmina como hacendado de las repúblicas bananeras a órdenes de mamita Yunai. Puede ser el correlato de Gerardo Machado, como de Antonio Gómez Blanco, Gabriel García Moreno, Rafael Núñez, como de Antonio Santa Anna 12 veces y de Porfirio Díaz, nueve veces presidentes de Méjico.

Paraguay dio para dictador y novelista superlativos. José Rodríguez Francia (1766-1840) aporta su espasmódica presencia y Augusto Roa Bastos, la voraz imprenta. También Rodríguez Francia era letrado en Ciencias, en Enciclopedia y en Rousseau. Eso estudió en la Universidad de Córdoba lo que le valió ser activista en la Independencia de su patria ante España y el Río de la Plata. En 1814 se asoma a su primer cuatrienio que lo convertirá en dictadura perpetua. Ni siquiera Bolívar pudo liberar al naturalista Aimé Bompland, amigo y socio de Humboldt que fue enmurallado diez años por el dictador filósofo biografiado por Carlyle.

El dictador se convierte en la literatura hispanoamericana en una tradición desde 1926 cuando Valle Inclán publica Tirano Banderas. Pero dice Sergio Ramírez que la primera novela es El señor presidente de Asturias que la fraguó en Guatemala en 1922, cuando tenía 23 años, y terminó en París en 1932. No se publicaría sino en 1946 en México, en una tirada casi clandestina pagada por la madre del autor.

El general Jorge Ubico, en la misma Guatemala, disfrazado de Napoleón; el general Maximiliano Hernández Martínez, de El Salvador, teósofo que daba por la radio conferencias espiritistas y ordenó en 1932 la masacre de 30.000 indígenas en Izalco; el general Tiburcio Carías, de Honduras, cuya divisa era “destierro, o encierro, o entierro”, y el general Anastasio Somoza, de Nicaragua, con su zoológico particular en los jardines del Palacio Presidencial, donde los reos políticos convivían rejas de por medio con las fieras.

El dictador, y la manera como las vidas son alteradas y trastocadas bajo su peso sombrío, siguió pendiente en nuestra literatura como una obsesión que no había manera de saciar, en la medida en que estos personajes de folclor sanguinario no desaparecían del paisaje.

Por ello es que nuestro arte siempre fue barroco: desde la espléndida escultura precolombina y de los códices, hasta la más despiadada novelística de América, pasándose por las catedrales y monasterios coloniales de nuestro continente. El legítimo estilo de la novelística latinoamericana es el barroco.

El barroco, pues, como coeficiente constante de lo histórico-cultural del continente criollo, como leit motiv de los espíritus, temperamentos, visión del mundo, del latinoamericano. No sólo el universo artístico es enmarcado por el barroco y se identifica con él sino que otro tanto ocurre con las demás expresiones de la existencia total, de la mecánica y la dinámica generales del acontecer histórico de nuestros pueblos.

Cualquiera sea la visión doctrinaria que se tenga sobre la historia del continente, la dimensión barroca de sus artes y sus letras formará parte de ese imaginario. Para nosotros los latinoamericanos, el barroco es una cuestión vocacional.

 

Juan Montalvo, una de sus imágenes más reconocidas

 

1 comentario
  1. Julio César Chamorro Rosero dice

    Interesante trabajo de Jorge Luis. Da pie para discutir y aclarar muchas cosas sobre la vida de Montalvo en Ipiales y sus estancias. Existe descendencia de Adán Coral y Visitacion Montalvo aún en Ipiales. Son sus bisnietos. A discutir el presunto abuso a la hija de don Juan Ramón Rosero. Sería bueno aclarara fuentes por el ostensible demérito con Mercedes o con Belarmina, lo cual por lo menos para mí es inédito y voy a consultar con Ambato.
    La Casa de Montalvo Núcleo de ipiales que muchos desconocen, como Jorge Luis, ha hecho coloquios y fotos con intelectuales de los dos países y este trasunto no ha salido a flote, lo cual lo vuelve más interesante.

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