IPIALES, EN LA MIRADA DE ARMANDO OVIEDO ZAMBRANO

El método que emplea Oviedo combina el estudio de los hechos históricos –contenidos en archivos, libros de Cabildo, Crónicas, etc.- con el estudio de las ideas y los pensamientos

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves Bustos

 

 

IPIALES, EN LA MIRADA DE ARMANDO OVIEDO ZAMBRANO

 

Sólo se puede estudiar lo que antes se ha soñado.
Gastón Bachelard.
(Psicoanálisis del fuego)

 

Ipiales es uno de los puertos terrestres más importantes con los que cuenta el país, un gran cúmulo de capitales circulan por entre sus calles como el agua en ríos abundantes; sin embargo, su tradición es ancestral y muy antigua, se debe remontar a la época precolombina para encontrar al pueblo Pasto, que iba desde la frontera sur con los Caranquis, al oriente con los Cofanes, al norte con Abades y Quillacingas, y al occidente con grupos sociales pertenecientes a la familia de los Barbacoas. Esto para afianzar y reconfirmar la tesis de que la historia de Ipiales no es nueva, sino que hay un recorrido histórico importante, el mismo que es indispensable interpretar y estudiar si se quiere perfilar un futuro y un porvenir para las actuales y nuevas generaciones de ipialeños. Y en esta labor también existe una tradición de aquellos que de una u otra manera se han detenido a auscultar la historia propia, por denominarla de alguna manera, historia madre en un lenguaje mucho más romántico: Roberto Sarasti, Justino Mejía Mejía, Florentino Bustos Estupiñán, entre los cronistas ya fallecidos, y Bernardo Andrade, Jorge Luis Piedrahita, Julio Jácome, Guadalupe Flórez y Armando Oviedo Zambrano, entre quienes lo hacen en la actualidad.

 

En la dialéctica que le es propia al conocimiento –y por ende a los saberes-, se han perfilado diferentes maneras de abordar la historia; hoy por hoy, se ha abandonado el precepto de hacer historia para dar una mera explicación de ciertos hechos y acontecimientos, en donde la forma, la trama y la ideología configuran una triada, los mismos que terminan por configurar un estilo de escribir y hacer historia. El historiador actual, fruto de una experiencia acumulada en años y en saberes, trata de auscultar también la poesía y la estética que son sustrato y proyección de la historia misma. Así se abandona, de una vez por todas, la pretensión moderna de hacer de la historia una ciencia, si bien rigurosa y fundada en la razón, también fría y entendida en su objeto de estudio al ser humano, al ser social, como un sujeto en el límite de la cosificación en el objeto. Vista la historia con un sustrato poético esencial, los hechos antes que explicar generan un sentimiento de apropiación, de entrañamiento en unos acontecimientos, sucesos, individuos, personas, que se encauzan en la mismidad. Así, y como lo reconoce Dussel, se abandona el extrañamiento de la otredad, se difumina la periferia para reconocer en el otro el complemento de la mismidad.

 

Este sustrato poético fundamental es el que se encuentra en las obras del historiador nariñense Armando Oviedo Zambrano: Ipiales: historia, cultura, arte (2006) y en Banda de músicos de Ipiales (2006). Lo poético es fundamental en el estilo de hacer historia empleado por Oviedo, a tal punto que reconoce que sus textos tienen un asidero importante en la tradición oral, en los imaginarios colectivos, en los recuerdos, en fin, en lo que Spinoza postula como lo entitivo pulsional. Los teóricos de la razón, fundamento de una modernidad que inaugura e impone a Occidente como prototipo de civilización y thelos de desarrollo, temblarían ante tal aseveración, toda vez que la historia de occidente, quizá desde Hegel en su búsqueda del espíritu universal, se postuló como meta a la que hay que llegar, “es posible ver la conciencia histórica como un prejuicio específicamente occidental, por medio del cual se puede fundamentar en forma retroactiva la presunta superioridad de la sociedad industrial moderna” (White, 2001).

 

Si bien el siglo XXI se inaugura con un proceso de globalización en un afianzamiento del capitalismo trasnacional y de pérdida de los límites entre lo público y lo privado, de pérdida de control por parte del Estado Nación, y en donde hay cada vez menos distinción entre adentro y afuera, postulado por Negri y Hardt en Imperio (2000), llamado por algunos El Capital del siglo XXI, también es cierto que se impone, desde esa misma crítica a la modernidad, el afán por anteponer al desarrollo de los postulados burgueses europeos el afianzamiento de lo local, lo singular, de apropiación de lo particular como componente de una lucha que ya está iniciada. Oviedo rompe paradigmas y estructuras no sólo en su forma de hacer y estudiar la historia, sino cuando reconoce que su interés estriba en que sus obras susciten discusión en lo que él mismo considera el centro de su actividad: “ojalá en las comunidades y no solamente en las academias e instituciones educativas, sumergidas como están en una visión eurocéntrica, anacrónica, de la vida y la cultura” (Oviedo, 2006)

 

 

Armando Oviedo Zambrano, en su juventud

 

 

El método que emplea Oviedo combina el estudio de los hechos históricos –contenidos en archivos, libros de Cabildo, Crónicas, etc.- con el estudio de las ideas y los pensamientos, no en vano Juan Chiles es la columna vertebral de todo el conjunto en su obra, un pensamiento que rastrea desde la alta colonia hasta su heredad en los tiempos contemporáneos. Siguiendo a Enrique Dussel, se reconoce el pensamiento amerindio desarrollado por los habitantes de este continente, generando una cosmogonía particular en clara respuesta a sus propias inquietudes y necesidades, no propiamente filosófico, en el sentido de que no genera un instrumento metódico de organización; el simbolismo de Juan Chiles y de su escuela se expresa en una forma de dar respuesta a los requerimientos de un pueblo particular en unas circunstancias y que, bajo la óptica de Oviedo, aún se mantienen.

 

Juan Chiles, sujeto histórico concreto, específico, es visto bajo la óptica de su concepción histórica poética como un símbolo de lucha, de protesta, de rebeldía, pero también de conquista, de amor a la tierra, de maestro y enseña. Juan Chiles es símbolo, pero no entendido este como un apartamiento de lo real concreto frente a la figuración abstracta, sino que es símbolo desde la praxis, su ejemplo, su tozudez, permiten marcar derroteros para quienes descendemos del pueblo Pasto, nuevamente retomando a Dussel, la praxis “es la actualidad misma del ser en el mundo… El hombre es hombre en la vigilia, en su ser en el mundo, y cuando el hombre es en su mundo está siempre en praxis, es decir, está obrando” (1991), de ahí la pertinencia de un pensamiento que es vivificado en la enseña de los Pastos, de los pueblos que conforman su heredad legítima, la de los actuales Cabildos, aunque una guerra intestina por ansias de poder pareciera carcomer su propio sentido.

 

 

Juan Chiles

 

 

Chiles, en la mirada de Oviedo, representa un pueblo que ancestralmente ha asimilado la otredad, es “el saber pensar el mundo desde la exterioridad alternativa del otro” (Dussel, 1991); el aporte investigativo y poético es fundamental en este caso, toda vez que el enclave de reconocer a Ipiales como puerto terrestre importante en el contexto de la trashumancia que aúna al hombre del Pacífico, de las selvas amazónicas y de los Andes del Sur y el norte, Oviedo pareciera reconocer en esto una alteridad en el pensamiento Pasto, pues habiendo asimilado su condición pluricultural, reconoce al Otro como Otro, como ser libre, dotado de saberes, mitos, tradiciones, incluso lenguas, que es necesario apropiar y asimilar.

 

De ahí las cuatro enseñas de la Escuela de Juan Chiles que fortalecen un pensamiento particular estético, político, lúdico y económico. En el completo tratado sobre la música en Obando, Oviedo reconoce en lo estético un fundamento que comunica no solamente sensaciones, sino también ideas con un profundo contenido social, no en vano La Guaneña¸ el bambuco inclasificable, como lo denomino en otro ensayo, tiene un contenido en su música y en su letra, recogida por la tradición oral, de raigambre libertaria. No sobra en este punto recordar la posición de Ipiales, y de la ex provincia de Obando en general, frente a San Juan de Pasto en la época de Independencia.

 

La música habla, quizá más que ningún otro componente, de la transculturalidad, toda vez que la oralidad nos es sustancial, aquí nuevamente lo triétnico cobra vital importancia, “ la primera forma triétnica y tricultural de la música en Colombia, e incluso en el Ecuador, debió generarse, con base en las firmes relaciones entre movimientos sociales de los Pastos y de los relativamente cercanos “palenques” afroamericanos en el siglo XVIII … situación ésta que fortaleció sensiblemente las posibilidades de continuidad de la escuela musical regional o, mejor, trans-regional” (Oviedo, 2006), y así, en el método descrito de combinación de lo histórico-teórico con el sentimiento poético, llega Oviedo a interrelacionar la estética con los aconteceres socio- políticos de importancia para la región: levantamiento insurreccional de Pizarro, los Comuneros del Sur, posición libertaria en la independencia, los justos reclamos indígenas desde Juan Chiles, pasando por Quintín Lame, hasta llegar a los dignos y justos reclamos de los cabildos actuales.

 

Como José Luis Romero en Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976), Oviedo entiende la importancia de lo urbano; si bien se encuentra un entrañable sentimiento por lo rural en las áreas de toda Obando, también es cierto, y así lo manifiesta el autor nariñense, que hay una importancia vital frente a lo urbano, con un aporte maravilloso, reconoce lo urbano Pasto también alejado y extraño a lo urbano hispánico: “Los Pastos de la sabana vivían en pocas y muy funcionales unidades de habitación, con una compleja organización concéntrica y una red de caminos que se tejía hacia todas las direcciones como si se tratara de concentrar o anular una serie de asentamientos “modelo” a corta, mediana y larga distancia” (Oviedo, 2006); los españoles aprovechan la situación estratégica y fundan la ciudad o villa, para de ahí partir hacia nuevas conquistas –especialmente al Oriente desde el Pun- y para emprender la evangelización; el asentamiento de los Pastos se convierte así en enclave para la red de ciudades del imperio colonial.

 

La primitiva Ipiales fue destruida por los propios Pastos, por orden de los Conquistadores –sobre todo en el enfrentamiento entre Pizarro y Belalcázar-, por las ambiciones de encomenderos y hasta por la de los predicadores –Franciscanos contra Dominicos-, pero pareciera que en el fondo los Pastos rehusaban a vivir bajo el modelo urbano hispánico, rechazaban la imposición de ese modelo, no estaban dispuestos a sumarse a un imperio que les era totalmente ajeno: “Para que constituyera un imperio, era imprescindible que fuera homogéneo, más aún, monolítico. No sólo era imprescindible que el aparato estatal fuera rígido y que el fundamento doctrinario del orden establecido fuera totalmente aceptado tanto en sus raíces religiosas como en sus derivaciones jurídicas y políticas. También era imprescindible que la nueva sociedad admitiera su dependencia y se vedara el espontáneo movimiento hacia su diferenciación; porque sólo una sociedad jerárquica y estable hasta la inmovilidad perinde ac cadáver, según la fórmula ignaciana, aseguraba la dependencia y su instrumentalización para los fines superiores de la metrópoli” (Romero, 1976),

 

y era algo que el pueblo Pasto no estaba dispuesto a admitir: “lo cual explica por qué los indígenas no querían poblar al estilo español en la sub-región, porque se los constreñía no sólo a este sobretrabajo como también a restringir sus movimientos de comercio y trueque que, desde la llegada de los españoles, se había vuelto muy importante, casi determinante en el conjunto de relaciones productivas y reproductivas” (Oviedo, 2006), así quizá se pueda comprender y desentrañar el añejo debate acerca de la fundación hispánica de Ipiales o Pasto, entendiendo hoy día el desarrollo y la posición socio-política de cada una.

 

Aquí es necesario entrar en una cuestión delicada, el de la crítica, máxime cuando las letras nacionales, y aún más las nariñenses, carecen de dicha tradición. Sin embargo, hay la clara convicción de que con Oviedo y muchos de los autores nariñenses contemporáneos, se puede iniciar – o quizá recuperar, si existió – la tradición crítica. Gutiérrez Girardot va más allá y concluye que España –y por ende sus antiguas colonias- carecen de estudios críticos serios, el sustento básico viene de un detenido estudio desde épocas remotas, en donde la majestad de la religión y de la legislación imposibilitaron su surgimiento y desarrollo, a España, en palabras de Gutiérrez, le importó mucho más mantener puro el dogma que el desarrollo de la ciencia, y que el filósofo rumano E. Cioran resume en su cínico estilo: “Si Dios fuera un cíclope, España le serviría de ojo”; lo importante aquí es la fe de carbonero, en una crítica insulsa a lo moderno, “pero esa fe de carbonero, fundada en el “argumento” de que todo lo que es moderno es malo porque es moderno tiene otra versión individualista, si así cabe decir: tal o cual libro es malo, porque no me interesa o, y eso es lo más corriente, porque le tengo envidia. Y envidia es, en el fondo, lo que sienten los defensores de la fe católica frente al protestante mundo moderno” (Gutiérrez, 1992).

 

Pero creo que muchos estamos lejos de tal sentimiento, las obras así lo dictan. Si no se ha dado, hay que emprender el camino para superar el rastracuerismo heredado del insular pueblo acrítico fundado en el arte de la simulación.  De ahí que me atreva en este acápite a hacer una serie de preguntas que suscitan la lectura de Ipiales: historia, cultura, arte y Banda de músicos de Ipiales, del autor nariñense Armando Oviedo Zambrano.

 

Hay una convicción profunda acerca de encontrar la singularidad y la particularidad de los sujetos que conocemos y de las sociedades a las que pertenecemos; esa singularidad y originalidad también es parte de lo entitivo que va paralelo, o incluso más allá, de la razón misma; Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche y Freud van a desentrañar el equinoccio de lo humano como complemento de lo puramente objetivo y racional, así la modernidad misma entre en crisis. Ese afán de reconocer lo propio, sin embargo, también puede conducirnos a exaltar de manera hiperbólica lo que creemos nos es original.

 

Hay muchos pasajes de los libros de Oviedo donde se hacen conjeturas rayanas en la hipérbole, sobre todo en lo ateniente a comparar al pueblo Pasto con los pueblos del Sur, específicamente con los Incas. De Ipiales: historia, cultura, arte, extraigo estos cuestionamientos:

 

Facsímil carátula del libro Historia, Cultura, Arte

 

 

¿corroyó el pueblo Pasto las bases del Imperio Inca? (p. 127), ¿fue el pueblo Pasto antagónico del pueblo Inca? (p. 146), ¿se funda en Ipiales “verdaderamente el primer partido liberal de masas”? (p.214), ¿las primeras normales para mujeres existieron en el Sur de Nariño “antes que en las demás ciudades de nuestro continente”? (p. 41), ¿en el Sur tuvo entrada, “muy temprana, única en el país, de las corrientes científicas que se desarrollarían en el mundo y en el siglo XX a través del Colegio privado de San Luis Gonzaga, el mejor que ha tenido la nación y acaso Suramérica; el mejor colegio que hasta ahora ha existido en Colombia”? (pp. 221,223, 260), ¿la Sociedad del Carácter es “la organización cultural y artística de orden privado más antigua de Colombia”? (p. 237), ¿en Ipiales se fundó el “primer periódico de tendencia socialista?” (p. 240), ¿es Ipiales, territorialmente, “el mejor posicionado dentro de los avatares de la contemporaneidad, acaso a nivel continental”? (p. 254), ¿con la estatua de Abdón Calderón, del maestro Vallejo, “por vez primera en el mundo se desafió la gravedad”?  (p. 270).

 

Y de Banda de música de Ipiales:

 

¿fueron los kechuas “verdaderos enemigos antagónicos” de los Pastos? (p. 27), ¿es la escuela musical de Pasto “acaso la más reflexiva y creativa sobre la significación de la cultura sonora en los Andes y en las regiones bajas próximas”? (p. 28), ¿los Pastos habían logrado, de antemano, “el inicio de la decadencia del mayor imperio que se conoció en la América precolombina”? (p.30), ¿enfrentaron los Pastos “exitosamente la imposición de dos imperios (el incaico como el más importante en América precolombina y el español como el más grande que el mundo ha conocido)? (p. 54), ¿”la Provincia de los Pastos y parte del actual Carchi alcanzaron a convertirse en el primer territorio libre de América”? (p. 59), ¿”se crea en Pasto y en Ipiales, liderado por Obando y López (y Santander desde Bogotá), el primer partido liberal, de corte popular, que existiera en Colombia, y, en cierta forma, en la vecina y también naciente república del Ecuador”?(p. 68).

 

Facsímil carátula del libro Banda de Música de Ipiales

 

Tengo la convicción de que tales hipérboles se asientan en el afán de singularizar lo propio en un punto tal que permita aducir que el pueblo, y por ende la cultura Pasto, no son fruto de la simulación, sino de la experiencia particular de vivenciar su acaecer cosmogónico. Me he abstenido de dar respuesta a tales cuestionamientos, toda vez que no es intención en esta crítica de hacer gala de saberes acumulados, de fechas, datos y nombres que digan lo contrario. Esa subjetividad que traza el nuevo modelo historicista –cuánta falta hace un verdadero desarrollo y estudio de una historia crítica del pensamiento colombiano- deja abierta la posibilidad de encarar lo singular con lo universal, ya no es lo individual como parte del todo, sino el todo compuesta de esas particularidades.

 

Así entiendo las hipérboles que encuentro en el texto de Armando Oviedo. Quizá es la poética de su método la que hace aflorar tal figura literaria. Y como una paradoja, o como afianzamiento de mi propia confusión, sólo quiero terminar esta nota con una estrofa del Poeta Bustos, enclavada en las escalinatas del Santuario de Las Lajas, que nos habla de esa particularidad de nuestro Ipiales, el mismo que exige, para el caso, leerse sin el apasionamiento de dogmatismos o creencias que no comparto:

 

¡Todo aquí es singular y poesía!
¡Es la Virgen Lajeña la clemencia,
con sus ojos de dulce refulgencia
y el río al desgranar su sinfonía…!
 
¡Todo aquí es singular… El sentimiento
que vuela en el suspiro hecho plegaria
y el sollozo, cual blanca trinitaria
se confunde de Dios en pensamiento…!

 

Acuarela de Manuel María Paz (1820-1902): muestra la capilla de Las Lajas, del siglo XIX, en el cañón del río Guáitara en Ipiales

 

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