IMAGEN POÉTICA DEL CONCEPTO “CASA”

IDEAS CIRCULANTES

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Por: 

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

“Cuando las cimas de nuestro cielo
se reúnan,
mi casa tendrá techo”
Paul Eluard
“Dignos de Vivir”
 

Mientras nuestro país se debate en la contienda política más incierta de la historia colombiana, no nos queda otra alternativa que continuar envolviendo el alma con la inmensidad espiritual de la Literatura.

El concepto “casa” hace relación a una de las imágenes más reiterativas cuando de poesía se trata. La casa alude a la morada, al castillo, a la choza, a la cabaña, al albergue. Sus simbolismos apuntan a los sentidos de reposo, de tranquilidad, de amparo e intimidad. Es definitivamente “el adentro existencial” que nos cobija.

Cuando llegamos a casa nos sentimos situados en el centro de la protección, no importan la lluvia, ni los terribles vientos que abren y finalizan el verano, ni el aterrador trueno, ni las calamidades que se agitan en el cosmos, ni el frío del afuera. Nada es mejor que llegar a casa. Allí se encuentra nuestro nido, por encima de las tragedias que la habiten.

La casa es una de las “cosas” que más deseamos tener los seres humanos; es como si ella fuese el sitio, el lugar, la parte de la tierra a la que tenemos derecho por ser habitantes del mundo.

Hay una diferencia en la forma de conceptualizar la palabra “casa” para quienes tienen casa propia y para los que desean tenerla. Los primeros la conciben como cosa material mientras los segundos, la visionan como forma, la sueñan, la imaginan. Es, de esta forma, una quimera que a veces condiciona muchos comportamientos por el deseo de tenerla.

En este momento recuerdo un texto de Borges, citado por Foucault en el prefacio de su libro “Las palabras y las cosas”. Borges se refiere a una enciclopedia china que enumera y clasifica los animales de mil maneras, para mostrar realmente cómo el pensamiento humano, tratándose de individuos con las mismas capacidades, se encuentra con el límite y la imposibilidad de pensar de la misma manera como lo hace el otro.

Se trata de la incapacidad que tiene quien piensa la realidad objetiva, la que se ve, la que se toca, fría, exacta, tal vez rígida e inamovible, y quien imagina y sueña formas e ideas. Por lo general, la primera condición humana se suele llamar pensamiento práctico. Desde este punto de vista, a esta clase de pensamiento le será muy difícil adentrarse en la posibilidad de imaginar un mundo nuevo con la integración de esas divisiones crudas de la realidad compleja, la posibilidad de soñar, de visionar, de movilizar formas, antes de caer a esa realidad estática. Es por eso que la poesía suele ser, para este tipo de personas, “solo palabras, solo eso, poesía”, como si ella no representara nada objetivo y estuviese lejos de toda realidad.

 

 

Los seres reales son fáciles de nombrar, pero las utopías, las formas que anidan en los sueños, las que no tienen un lugar en la realidad física objetiva, se desarrollan en un espacio maravilloso con un sinfín de posibilidades. Ellas permiten las fábulas y los discursos, se encuentran en el filo, en el umbral, en el intersticio; desatan el mito y la aventura no tienen lugar ni sitio firme. Se encuentran en la orilla.

Los ensueños, fantasmas y evocaciones que se mueven dentro de nuestra casa, despiertan todos nuestros recuerdos y nostalgias, son los seres de nuestro pasado, esos que deambulan por las habitaciones con sus voces, como nos contaron nuestros padres y abuelos, son ensueños, son los medios de comunicación con nuestro pensamiento y nuestro mundo interior y es aquí donde el pensador pone tiempo a esos recuerdos.

Nombramos y evocamos la casa grande, la casa vieja, la casa de paredes blancas, la casa de verano, la casa de invierno, la choza, el albergue, la casa abandonada. Surgen imágenes tan profundamente diversas y polisémicas que suscitan el mismo asombro que la clasificación de los animales que menciona Borges. ¿Podremos conceptualizarlas con la misma esencia de la que todas las casas mencionadas participan?

Una casa es una “cosa” indispensable para todo ser humano. Borges nos conduce a un pensamiento sin palabras ni categorías, sin lugar, a una forma en el vacío. En un sentido que reposa en el fondo, en un sitio solemne, sobrecargado de figuras complejas, de caminos embrollados, de sitios extraños, de pasajes secretos, de comunicaciones imprevistas y que, sorprendentemente, nos lleva también hasta lo elemental y risible.

De manera que el concepto poético de la palabra “casa”, más allá de ser cosa y ser palabra, se instala en una conciencia y un pensamiento que se eleva cuando crea su forma y encuentra una imagen que por lo general pasa de ser sólida, descriptiva y objetual, a ser inspiradora de nuevas formas de decirla, como lo hace la poesía. Por esto, cuando el poema salta, también saltan serias contradicciones; por esto también el poeta será más sugestivo que el filósofo.

Por un lado, está el orden empírico, y por otro, las interpretaciones. Entre estos dos extremos existe un mundo intermedio. Esta región media se puede considerar fundamental, pues es reflexiva y se libera y desempeña un papel crítico.

De todas maneras, más allá de la casa habitada se encuentra el cosmos como casa abierta. “El afuera” de la casa, donde se encuentra el frío, la nieve, la lluvia, el rayo, el desamparo, y donde la vida cambia de colores, la nieve borra los pasos, se confunden los caminos y los ruidos.

El soñador siente todo eso y conoce allí el valor de lo que es tener casa. Un espíritu práctico, piensa que nada de esto se mantiene en pie. Para él, es solo poesía vana e inconsistente, una poesía que ya no se relaciona con la realidad. Para un hombre objetivista, todo lo poético es irreal y se asemeja, ya que en la irrealidad todas las formas están sumergidas y añoradas, por lo tanto, no existen.

Sin embargo, considero que es la poesía el espacio de la verdad, es en un poema cuando el concepto “casa” es más que un paisaje, un estado del alma, es la intimidad humana, es su adentro y su afuera única realidad existencial verdadera.

Para comprender más, encontremos el sentido de la palabra “casa” en algunos poetas conocidos.

 

Jean Bourdeillette

 

La estancia muere miel y tila

donde los cajones se mueren de luto

La casa se mezcla a la muerte

en un espejo que se empaña.

 

Jean Laroche

 

Una casa erigida en el corazón

mi catedral de silencio

reanudada cada mañana en sueños

y cada noche abandonada.

Una casa cubierta de alba

abierta al viento de mi juventud.

 

Louis Guillaumé

 

Cuánto tiempo llevo construyéndote, ¡oh casa!

a cada recuerdo transportaba piedras

de la ribera a la cima de tus muros

y veía, bálago incubado por las estaciones

tu tejado cambiante como el mar,

danzando sobre el fondo de las nubes

a las cuales se mezclaba el humo

casa de viento, morada que un soplo desvanecía.

 

 

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