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HAY QUE SALVAR VIDAS Y FRAGUAR LA GUERRA

Esa frase contradictoria, cargada de ignorancia y malsanía, ni siquiera es original del impuesto presidente De La Espriella -por muchos dedos de frente que posea-, sino proveniente del poder reinante en el mundo, hoy -quizás como siempre ha sido- en manos de personas sin responsabilidades éticas ni morales.

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Por:

Guillermo Linero

Fundación Pares

 

Guillermo Linero

 

El título de esta nota, connota una premisa puesta en práctica por el nuevo gobierno y sus planes llenos de medianía y maldad. Es una suerte de “yunta disyuntiva”, así de contradictoria o hilada con extrema incoherencia. Hasta un niño sabe que fomentar la guerra es todo lo contrario a salvar vidas, y cualquier fulano sabe que para salvar vidas lo primero que debemos hacer es impedir los enfrentamientos armados; pues, de los numerosos conflictos entre humanos, estos son donde muere más gente inocente.

Esa frase contradictoria, cargada de ignorancia y malsanía, ni siquiera es original del impuesto presidente De La Espriella -por muchos dedos de frente que posea-, sino proveniente del poder reinante en el mundo, hoy -quizás como siempre ha sido- en manos de personas sin responsabilidades éticas ni morales. Un grupo de deshumanizados, carentes de alma y corazón, que quieren dominar el mundo, y lo están consiguiendo coadyuvados por muchos ciudadanos moral y cognitivamente desorientados, y por aquellos a quienes los mueve la codicia y la aporofobia y, como pudimos observar en las últimas elecciones en Colombia, aupados por representantes de algunas iglesias cristianas y católicas, lo cual no es desconcertante, si hacemos memoria o estudiamos la llamada “Teoría de las dos espadas”.

Se trata de “pastores” y curitas desprovistos de autonomía mental ante los criminales, y en consecuencia se ofrecen al servicio de estos, a cambio -no es vana la historia de la avaricia de Judas- de unas cuantas monedas que obviamente no comparten con sus feligreses ni reportan a sus jerarcas, o lo que resulta más grave, a cambio de un espaldarazo o de una fotografía junto a criminales a quienes veneran, sólo y precisamente, por cargar armas y monedas.

Salvar vidas no es una frase cuyo valor de verdad se active exclusivamente en aquellas situaciones trágicas provocadas por un desastre natural, sino también eso debe suceder, indefectiblemente, si hay personas en grave peligro de muerte por causa de la maldad de otros. Todas las situaciones que impliquen un riesgo de muerte de una persona -así sea el peor de los enemigos- deben activar nuestra solidaridad de especie con igual interés.

Que el presidente impuesto y sus funcionarios de oscuro perfil, se muestren dolidos por la tragedia mortal de una población, es una conducta de pura hipocresía si, a la vez, están festejando “guerras” donde un solo sujeto, Netanyahu, ha determinado la muerte de al menos 22.000 niños y ha conminado a sus soldados -más allá de lo que el expresidente Uribe exigió durante sus gobiernos- a reportar diariamente la muerte de al menos treinta personas.

De tal suerte, nada debe extrañarnos que el personaje Abelardo -un actor incapaz de ocultar que es una morisqueta-, salga en medio de la catástrofe, en frente de las víctimas y en plena angustia del desastre, sonriente de oreja a oreja y lanzando besos, quién sabe a quién, porque no creo en la existencia de un solo colombiano, mentalmente sano y con sentido del dolor ajeno, que se los reciba.

Muchos, entre sus electores, esperaban verlo entristecido, con la neurona espejo activada; y no -como salió a lucirse- más feliz que una reina de pueblo.

Desafortunadamente, no puede esperarse empatía social de personas capaces de ponerse en favor de un genocida, como lo es Netanyahu -al parecer la reencarnación de Hitler- y además invitar a sus soldados, dizque a salvar vidas de colombianos damnificados por cuenta de la consabida tragedia natural. Esperar algo bueno de una soldadesca insensible, es un despropósito monumental; pues, el mundo civilizado sabe muy bien que, en los últimos cinco años, el ejército de Israel ha producido más muertos que decenas de terremotos.

Pero, bueno, y qué se puede esperar de un presidente tan irreflexivo que, en vez de llevar alimentos, medicinas y frazadas a los niños damnificados del Chocó, les llevó balones de fútbol, como si desconociera que parte de ellos -los primeros a quienes debería asistirse- han perdido sus piernas, y los demás niños sobrevivientes, difícilmente podrían patear un balón, si ni siquiera pueden sostenerse en pie por falta de alimentos y de una casa con cama para descansar.

Por eso, no sé cómo llamarle a lo que tenemos de presidente y, cuando lo visualizo mentalmente para precisar y describir su traza, siempre se me interpone una especie de soldadito de plomo: muy malo, pero hecho de trapo y suciedades.

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