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LA RECONSTRUCCIÓN QUE SE LE APARECIÓ AL GOBIERNO

La emergencia no debe transformarse en una campaña financiada con recursos públicos ni la asistencia en un mecanismo para premiar lealtades.

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Por:

Germán Valencia

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia

Fundación Pares

 

Germán Valencia

 

A Abelardo de la Espriella se le apareció el terremoto. La frase puede sonar cruel ante la muerte, el dolor y las pérdidas de miles de familias. Ningún desastre es una buena noticia. Sin embargo, para un Gobierno que apenas comienza, la reconstrucción representa una oportunidad excepcional para demostrar capacidad de gobernar, movilizar la economía y construir legitimidad. El desafío consiste en convertir una tragedia en una respuesta pública eficaz.

Los gobiernos suelen ser evaluados por sus promesas, pero las crisis los obligan a mostrar de inmediato lo que saben hacer. El terremoto puso al nuevo Gobierno frente a una prueba que no estaba en su programa: rescatar, atender, coordinar, reconstruir y rendir cuentas. Si responde con rapidez y transparencia, puede obtener en pocas semanas una legitimidad que normalmente tarda meses, incluso años, en consolidarse.

La magnitud del desastre permite entender el tamaño de esa prueba. El terremoto alcanzó una magnitud de 7,4 y fue, según el Servicio Geológico Colombiano, el mayor registrado en el país durante el siglo XXI. Al cierre de esta columna, cerca de 290 personas habían muerto, más de 4.000 estaban heridas y alrededor de 140 continuaban desaparecidas. Más de 14.000 viviendas quedaron destruidas y unas 81.000 sufrieron daños. Son cifras provisionales que siguen aumentando.

Recuperar esta infraestructura tendrá un efecto económico visible. Levantar viviendas, reparar colegios, recuperar hospitales y restablecer carreteras demanda cemento, acero, vidrio, madera, maquinaria, transporte, créditos, seguros, servicios profesionales y mano de obra. Decenas de actividades productivas recibirán nuevos pedidos. En las regiones afectadas pueden aparecer empleos e ingresos precisamente cuando muchas familias perdieron al mismo tiempo sus viviendas, sus bienes y sus fuentes de sustento.

Aquí conviene recordar la parábola de la ventana rota, formulada en 1850 por el economista francés Frédéric Bastiat. Un niño rompe el vidrio de una tienda y su reparación pone a trabajar al vidriero. Si ampliamos la cadena, también intervienen quienes fabrican, transportan e instalan el vidrio. Es fácil observar esas cuatro actividades y concluir que la ventana quebrada generó empleos. Sin embargo, Bastiat construyó la parábola para advertir sobre lo que permanece oculto.

El dinero utilizado para reparar la ventana habría podido destinarse a comprar otros bienes, ampliar el negocio o contratar nuevos trabajadores. La destrucción activa gastos, pero no aumenta por sí misma la riqueza de una sociedad. Colombia quedará con viviendas reconstruidas y con menos recursos para atender otras necesidades. Por eso, el terremoto no beneficia a la economía. La oportunidad surge de la manera como se organice y aproveche la recuperación.

La experiencia se parece, en varios sentidos, a la de una sociedad que sale de la guerra. El posconflicto tampoco transforma la violencia en una ventaja. Recibe territorios destruidos, instituciones débiles, comunidades desconfiadas y economías fracturadas. Su posibilidad transformadora aparece cuando la reparación permite llevar bienes públicos, recuperar capacidades locales y construir una relación distinta entre el Estado y la ciudadanía. En ambos casos, reconstruir lo perdido resulta insuficiente si permanecen las condiciones de vulnerabilidad que multiplicaron las consecuencias de la tragedia.

De allí que el principio deba ser reconstruir mejor. No basta con levantar la misma casa en el mismo terreno y con las mismas fallas. Se requiere actualizar los estudios de amenaza, cumplir las normas sismorresistentes, recuperar escuelas y hospitales con estándares superiores, ordenar el uso del suelo y fortalecer la preparación comunitaria. Cada peso invertido debe devolver una obra y, al mismo tiempo, reducir las pérdidas que ocasionaría un futuro terremoto.

El Gobierno ya anunció algunos pasos: subsidios de arrendamiento, alivios temporales en los servicios públicos, maquinaria para retirar escombros, un banco de materiales y equipos profesionales para clasificar las viviendas que pueden repararse, deben reconstruirse o requieren reubicación. También convocó a constructoras, gremios, entidades financieras y gobiernos territoriales. Todas ellas son decisiones necesarias, aunque todavía falta convertirlas en una política con responsables, presupuesto, prioridades territoriales y plazos verificables.

La financiación será una de las mayores dificultades. El Banco Mundial desembolsó 200 millones de dólares e inició una evaluación rápida de los daños y las pérdidas económicas. Es un respaldo importante, pero representa una fracción de las estimaciones preliminares, que sitúan las pérdidas entre 1.000 y 10.000 millones de dólares. Además, el Gobierno recibió un presupuesto desfinanciado y buena parte del cupo anual de endeudamiento ya utilizado. El terremoto también puso a temblar su promesa de reducir el gasto público.

La reconstrucción puede producir réditos políticos. Una ayuda entregada a tiempo, una carretera reabierta o una escuela reconstruida se convierten en pruebas concretas de gestión. Ese reconocimiento podría favorecer al Gobierno en las elecciones regionales de 2027. Precisamente por eso se necesitan controles estrictos, veedurías ciudadanas y un tablero público de contratos, costos y avances. La emergencia no debe transformarse en una campaña financiada con recursos públicos ni la asistencia en un mecanismo para premiar lealtades.

De la Espriella tiene ante sí una oportunidad que ningún gobernante quisiera recibir. Puede limitarse a reemplazar lo destruido, repartir contratos y exhibir cifras de gasto. También puede dejar territorios más seguros, instituciones coordinadas y comunidades con mayor capacidad para enfrentar futuros desastres. La diferencia estará en la planeación, la transparencia y la participación ciudadana. En definitiva, el terremoto no es positivo para Colombia, pero una buena reconstrucción sí podría serlo.

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* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.

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