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GAITAN, PETRO Y LA GUERRA A MUERTE

El absurdo total. ¿Ven ustedes a unos “nobles” líderes del país político, defendiendo los intereses de los trabajadores que se van a ver afectados por las injustas e inconvenientes reformas del gobierno del Cambio?

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Por:

José Aníbal Morales Castro (*)

 

José Aníbal Morales Castro

 

Corría el año de 1924. Jorge Eliécer Gaitán se graduaba como abogado. Su tesis reflejaba la comprensión de la realidad colombiana que tenía el dedicado estudiante. “Las ideas socialistas en Colombia” fue el título. Su brillo intelectual se vio enaltecido al obtener una distinción Magna cum laude con su tesis de doctorado en jurisprudencia, en la Universidad de Roma, dirigida por el ilustre penalista  Enrico Ferri. Ya en 1929 es representante a la Cámara por el partido liberal y su coherencia se pone en práctica en los debates que planteó en el legislativo acerca de la masacre de las bananeras, acaecidas en 1928, en Ciénaga, como resultado del contubernio entre el gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez y la trasnacional United Fruit Company. El congresista se la jugó en la defensa de los derechos de los trabajadores y de las víctimas de la masacre.

Gaitán era una expresión del despertar de la conciencia social, dormida o en reposo durante los años que duró la hegemonía conservadora, desde 1886 hasta 1930, al menos. Todo parecía “estar bien”, había “paz”, después de la terrible Guerra de los Mil días y la entrega de Panamá a los Estados Unidos. En esa Colombia rural, gamonales, grandes comerciantes y la naciente burguesía industrial, manejaban el país a su antojo. La “república bananera” estaba ya al servicio de la “estrella del norte”. Apenas despuntaban las luchas de campesinos, obreros e indígenas. Gaitán fue testigo excepcional de ese despertar de la conciencia liberal. Ya en 1936 era alcalde de Bogotá, en el gobierno de la Revolución en Marcha, del presidente Alfonso López Pumarejo. Fueron tiempos de reforma constitucional, de reforma agraria, de quitar un poco de poder a la omnipresente Iglesia Católica; era el tiempo de la inclusión de algunos derechos de trabajadores y campesinos en la legalidad vigente, como el de huelga, por ejemplo.

El líder revolucionario había visto la imposibilidad de lograr transformaciones en el marco de los partidos tradicionales, liberal  y conservador. Había fundado en 1933 la UNIR, Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria. Aunque no duró mucho su invento, este demostró su visión contestataria frente al régimen social, económico y político vigente. Estuvo en las huestes del liberalismo, incluso como presidente del partido. Fue ministro de educación y también de trabajo, también magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Desde la UNIR, se le consideró un traidor a la causa revolucionaria. Ya en 1948, sus discursos evidencian la contradicción insoluble entre sus profundas convicciones ideológicas y la realidad de injusticia, exclusión y muerte que vivía el país. “País nacional” versus “País político”, así describió esa realidad. El “País nacional” es el pueblo; el “País político” es el que representan las oligarquías liberal y conservadora, con sus partidos y burocracia, detentadores del poder que cabalga sobre la tragedia de campesinos y trabajadores.

 

“No me he engañado cuando he dicho que creo en la conciencia del pueblo … donde los vítores y los aplausos desaparecen para que solo se escuche el rumor emocionado de los millones de banderas negras, que aquí se han traído para recordar a nuestros hombres villanamente asesinados”, exclamaba Gaitán en su Oración por la paz, el 7 de febrero de 1948, en la gran Marcha del Silencio. El gobierno era el conservador de Mariano Ospina Pérez, y los muertos en los campos colombianos eran sobre todo liberales, pero Gaitán lo vio claro: era el poder de la oligarquía liberal conservadora la causante de la tragedia del pueblo.

 

¿Le parece a usted que hay hoy polarización en Colombia?

 

Pues polarización extrema era lo que había en 1948, polarización frente a la vida y a la muerte. Sí, de un lado los defensores de la vida y de la paz, de los derechos de campesinos, indígenas y trabajadores a participar dignamente en la vida social, económica y política. Gaitán encarnaba estos propósitos.

Del otro, las élites dueñas del país, aliadas con las trasnacionales que se apropiaron de la explotación de materias primas agropecuarias y mineras en diversas regiones. Oligarquía liberal conservadora, entreguista y abusiva, diría el caudillo liberal. El “negro comunista”, el “indio renegado”, como muchos le llamaron, asumió como propia la lucha de los desarrapados, de los marginados de Colombia. Nada exclusivo de nuestra patria era la tragedia del pueblo.

¿Quieren ver en Europa? Bastaría solo con leer “Germinal” de Emile Zola, en el caso de la explotación de los mineros en Francia. ¿De dónde salió el fascismo, de dónde el socialismo? Podemos hacer un recorrido de la mano del director Bernardo Bertolucci en la película 1900 (Noveccento). ¿Queremos sentir de cerca la tragedia del pueblo estadounidense después de la Gran Depresión de 1929? Ahí están “Las Uvas de la ira”, de John Steinbeck. En América, veremos la realidad de campesinos, trabajadores e indígenas expoliados por “místeres” y “misiús” en “Gentes y gentecillas”, de Carlos Luis Fallas, “La Rebelión de las ratas”, de Fernando Soto Aparicio, “El llano en llamas”, de Juan Rulfo, “El mundo es ancho y ajeno”, de Ciro Alegría, entre otras recreaciones de la realidad por medio de la maravillosa imaginación literaria.

El 9 de abril de 1948, se cortan las alas del Ícaro que iba en pos de la luz para millones de marginados y de víctimas de la violencia criminal que desde el mismo Estado se gestaba. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán ocurre en el marco de la IX Conferencia Panamericana que dio lugar a la creación de la OEA, en Bogotá. Ese año del “Bogotazo” es, coincidencialmente, el mismo del surgimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, unos meses después, el 10 de diciembre, en París.

 

Con Gaitán, murió un sueño de libertad, de justicia y de paz. Quizás Roa Sierra, su asesino, fuese uno de esos fanáticos que, aupados por aquellos dirigentes de ayer y de hoy que saben aprovecharse de las emociones populares, no toleraban las diatribas del caudillo liberal contra el poder establecido, contra la oligarquía liberal conservadora y la iglesia católica que reinaba bajo la protección de ese poder político. Quizás Roa Sierra no haya sido sino el instrumento material de la maquiavélica maquinaria en el poder para impedir el ascenso de un proyecto político transformador que no favorecía los intereses de las élites sino de los sectores más populares.

 

El proyecto quedó abortado. ¿Consecuencias? La represión más feroz a todo intento de reformas sociales. La gran violencia de la década del 50 que mató a unos 300.000 colombianos y desplazó a millones. Usted y yo, su familia y la mía, somos quizá sobrevivientes de ese genocidio. Dumar Aljure, Guadalupe Salcedo, y luego Tirofijo, las Farc, el ELN, el EPL, el M-19, tienen sus orígenes en la frustración del proyecto transformador. Gaitán quería la implementación de una reforma agraria más incluyente, más social, más justa. No fue posible. El país anclado en los privilegios de unos cuantos, el país conservador y retrógrado, pervivió por muchos años más. La Constitución de 1991, transformó algunos fundamentos, rompió ataduras con el pasado, pero la realidad siguió siendo la vigencia del “País político” del que habló Gaitán. El “País nacional” sigue postergado.

En 2021 Colombia vivió otro “Bogotazo”, esta vez en casi todo el territorio nacional. Fue el grito de un pueblo excluido, fue el levantamiento de la juventud. Un año después, Gustavo Petro, llegó al poder. Una posibilidad de materializar los viejos proyectos transformadores de Gaitán y hacer que el “país nacional” sea una realidad, es su propósito. Por eso la reforma agraria como prioridad, por eso las reformas tributaria, laboral, pensional y a la salud. El “País político” se retuerce, se arma con todos los medios a su alcance para evitar que las reformas pasen. La guerra es a muerte. A Petro no lo pudieron matar como a Gaitán, pero lo quieren destruir como ya lo hicieron con el proyecto de Bogotá, bajo su alcaldía. Procuraduría, Contraloría, medios masivos de comunicación, congresistas, alcaldes, gobernadores, el país político, todos a una como en Fuenteovejuna, contra el proyecto que quita privilegios a quienes siempre los tuvieron, a quienes hicieron con el país lo que les vino en gana. Ahí están Gaitán y el Bogotazo como símbolos de lo que representan la villanía y la megalomanía de unas oligarquías que se niegan a ceder siquiera un ápice de sus privilegios.

Ahora, en el colofón, una escena del teatro del absurdo. El absurdo total. ¿Ven ustedes a unos “nobles” líderes del país político, defendiendo los intereses de los trabajadores que se van a ver afectados por las injustas e inconvenientes reformas del gobierno del Cambio? Helos ahí, César Gaviria, el de la “apertura económica” de 1990, puerta abierta al neoliberalismo cercenador de derechos de los trabajadores; Álvaro Uribe, “noble varón”, el de le la Ley 100 que creó el sistema de salud con las EPS que convirtieron  el derecho a la salud en un negocio lucrativo para unos cuantos, y Vargas Lleras y Pastrana y Turbay, y Mosquera y Valencia y … Todos aquellos herederos de las familias que por centenas de años administraron el país, sumiéndolo en la tragedia social que hoy se vive, misma contra la que se levantó Gaitán en la primera década del siglo XX. Hay sinvergüenzas por todas partes, los ha habido siempre en la historia de la humanidad, pero hay algunas personas que sin vergüenza se convierten en la máxima expresión del cinismo y el descaro, así, por ejemplo, estos especímenes de unas clases que han ensangrentado a Colombia. Atreverse a decir que las reformas del gobierno del Cambio van a empobrecer a las clases trabajadoras… ¡Cuánto cinismo, cuánto descaro! Ellos, que se dedicaron a recortar los derechos de esas clases, una y otra vez, para que los empresarios pudieran crear empleo, desarrollar el país. ¿Y fue así? Pues no. Ahí están las evidencias. La mitad de la población en situación de pobreza, esto no es obra de un gobierno que lleva siete meses en el poder, es el resultado de la aplicación de modelos económicos que favorecieron de manera exclusiva a esas oligarquías contra las que se levantó Gaitán.

 

Necesitamos que las élites oigan el llamado hecho por Gaitán, en su Oración por la paz, al presidente Mariano Ospina Pérez y, en él, a las oligarquías; era el llamado a la paz, a sumarse a las reformas que el país necesitaba para que el pueblo pudiera incorporarse al banquete. Solo así es posible la paz. Con hambre, sin educación, sin salud, sin justicia, jamás será posible la paz. Ese llamado, esa invocación a la paz, la hace hoy el presidente Gustavo Petro. El pueblo está listo para ver quiénes son los que sí atienden el llamado.

 

El 9 de abril, Día Nacional de la memoria y de solidaridad con las víctimas, no podemos olvidar los porqués. In Memorian de aquel que dijo “No soy un hombre, soy un pueblo”, y lo fue. Nuestro Martin Luther King, nuestro Gandhi, a su manera. 75 años después, es buena noticia que la nieta del líder inmolado, María Valencia Gaitán, sea la directora del Centro Nacional de Memoria Histórica.  Homenaje de Petro a Gaitán. Poder popular.

 

¡Para la vida y la paz, todo!

¡Para la muerte, la violencia y la guerra, nada!

 

Cali, abril 9 de 2023

 

(*) Docente y abogado de la Universidad San Buenaventura; especialista en Derechos Humanos y Magíster en Educación, de la Universidad Icesi.
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