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EN MEMORIA DEL COMPOSITOR JEREMIAS QUINTERO

A propósito de días navideños: homenaje en memoria del compositor colombiano Jeremías Quintero

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Por:

Ignacio Coral Quintero

 

Ignacio Coral Quintero

 

Hablar de navidad es hablar de villancicos y hablar de estos en Colombia, es referirse obligadamente al eximio compositor de aquellos, el barbacoano nariñense Jeremías Quintero Gutiérrez (1884-1964). De allí que por los días navideños, aparezcan biografías suyas que relievan los hechos sobresalientes de su rica vida artística y política, unas más completas que otras, pero que poco se detienen en mostrar lo que fue su personalidad íntima y social.

El tío Jeremías Quintero

 

Este vacío es el que pretendo llenar con los tres momentos vivenciales de niñez y juventud que permanecen en mi memoria, muy seguramente afincados por la nombradía que el Tío Jeremías adquirió a nivel nacional. Esta se acrecentó luego de que saliera al mercado un disco longplay con sus principales villancicos, cantados por las hermanas Garavito a quienes acompañaba el maestro Jaime Llano González. Por supuesto que el reconocimiento de sus méritos artísticos constituía prez y honra familiar, motivo de conversaciones y tertulias de entredías y especialmente de los anocheceres en las novenas navideñas, cuando la familia se reunía a cantar los villancicos del tío. Ello hizo que los recuerdos hubiesen permanecido en mi memoria y que hoy pueda reseñarlos en este intento de acercarme a su imagen humana.

 

Jeremías Quintero Gutiérrez (1884-1964).

 

No es por exceso de confianza que me refiero a él como el tío Jeremías. No, en verdad él tuvo dos sobrinas, una mi madre, hijas de su hermano Ignacio y al igual que lo hacían las dos señoras, los hijos de ellas nos acostumbramos a llamarlo tío, costumbre que también tomaron sus familiares más cercanos. Esta relación familiar que nació en la población nariñense de Barbacoas, a las orillas del río Telembí, se mantuvo viva durante toda su vida y aunque escasas, hubo ocasiones de encuentros y reuniones tanto en Pasto como en Cali. En esta ciudad vivía su sobrina Mercedes y a ella viajaba “a botar el frío de Bogotá”, desde que el tío fijó su residencia en la capital de la República. Siempre viajaba acompañado de su amadísima esposa Cristina Rincón y su hija única Emilia.

 

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Remontémonos a los primeros años de la década de 1940, para encontrarnos con el tío Jeremías ocupadísimo en montar una obrita de teatro musical de su autoría, un cuadro de costumbres cantado, que mostraba el trabajo de las negras lavadoras de oro a orillas del Telembí y sus afluentes. El coro femenino encargado de cantar las melodías era el que más atención le exigía, a excepción del actor que actuaba como capataz, quien por más que lo intentaba, no podía fumar el tabaco con la punta encendida metida en la boca, cual era costumbre entre los mineros de Barbacoas. Este gracioso detalle lo recuerda la hermana del actor, Zaida Rueda.

Mi madre, que hacía parte del coro, me llevó una tarde a un ensayo de la obra. El tío la recibió y ubicó en su sitio y a mí, puesta su mano delicadamente sobre mi cabeza, me condujo a un banco donde estaban sentados otros dos niños. “Aquí te estás quietecito, sin molestar, sólo puedes mirar lo que haga tu mamá”. Era un señor alto y delgado, con camisa y pantalón blancos, elegante se veía. Sus palabras me sonaron de tal manera, que en el banco permanecí inmóvil tal cual él me lo había dicho. “El tío parece bravo por serio, pero es muy bueno y delicado, tú te portaste bien hijito”, me dijo mi madre cuando salimos del ensayo. Luego en casa, se puso a cantar moviendo sus caderas y manos: “Así se menea, la humilde batea, que entre mis dos manos, suele relucir, el oro que es causa de mi porvenir”. Era ese el coro de la canción, que años después lo recordaría cantándolo en tertulias de amigas, en las que se aludía también al clamoroso éxito social y cultural que fue en Barbacoas, la velada de presentación de “Las lavadoras de oro”.

La folclorista Alicia Rueda Lemos comenta que el tío Jeremías fue aclamado y declarado hijo ilustre y predilecto de Barbacoas y que siguió yendo a su pueblo natal desde Pasto, aprovechando las vacaciones escolares de su hija Emilita, estudiante del colegio femenino Santa Teresita. En la familia se exaltaba la sencillez, las maneras atentas y cálidas como recibía las visitas de familiares, amigos y admiradores que con él compartieron veladas, serenatas y sabrosos “pusandaos”-plato típico de la gastronomía barbacoana- en la playa grande del Telembí. Suceso inolvidable y recurrente en las conversaciones, fue el de la visita que hizo el entonces presidente de Colombia, Marco Fidel Suárez a Barbacoas, por allá en los años 20. La organización de la velada de recibimiento y agasajo estuvo a cargo del tío Jeremías, quien nunca se envalentonó ni hizo aspavientos con ello, ni perdió su gentil sencillez por los reconocimientos y agradecimientos de que fue objeto. El hecho es registrado igualmente por el escritor Mauricio Chaves Bustos, en su biografía titulada “Jeremías Quintero, un enamorado de la navidad”, de octubre de 2019, publicada en Página 10.com.

 

El maestro Jeremías Quintero con su esposa Cristina Rincón.

 

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Fue seguramente después de sus estudios en la Normal de Popayán, cuando el tío Jeremías salió de Barbacoas y fijó su residencia en Pasto. Vivía con su esposa Cristina Rincón, “la tía Cristina”, y su hija Emilita, en el segundo piso de una casa grande de dos plantas, ubicada al lado izquierdo del parquecito (en aquella época), frente a la iglesia de San Andrés. La casa, en cualquier momento que se la visitase, estaba aseada y limpia desde sus escaleras, y más aún lo estaba la sala principal donde un piano ocupaba lugar preferente.

Pulcro, vestido con traje oscuro y luciendo corbatín en lugar de corbata, el tío emanaba un carisma especial. La elegancia y delicadeza le eran connaturales y esta visión suya que tuve en Pasto, fue permanente durante su vida y pude constatarla años después en Bogotá. Así recibía siempre a sus contertulios, en quienes indudablemente dejaba una imagen de bondad y respeto. Por otra parte, el amor por su esposa era de tal naturaleza, que se expresaba en la ternura que imprimía a todos y cada uno de los detalles de su comunicación y relación, sin importar presencias ajenas. Ni qué decir con respecto a su hija, centro de toda su atención de padre amoroso. A una y a otra les compuso sendas obras musicales.

Para 1947, año en que mi familia salió de Barbacoas para radicarse en Pasto, el tío Jeremías ya había ocupado cargos públicos de bastante significación, tal y como lo reseña el escritor Chaves Bustos antes citado: Presidente de la Asamblea departamental, Representante a la Cámara, Secretario de Educación del gobernador tumaqueño con raíces barbacoanas Max Llorente, Secretario de Gobierno, cargo desde el cual impulsó la creación de la escuela de música en la Universidad de Nariño, y antes en 1920, Secretario privado de la Gobernación, tiempo en el que recibió la orden del Mérito del Ecuador. En un blog de El Espectador del 24 de diciembre de 2021, Chaves Bustos igualmente da cuenta de los periódicos que Jeremías Quintero fundó en PastoAlbores, Escudo y El Liberal. Pero lo cierto y para lo que nos interesa resaltar, es que nada de ello influyó para que él perdiera su sencillez y carismático don de gentes.

Con Cristinita, como llamaba a su esposa, “constituyó una de las parejas intelectuales de Pasto, destacándose como pianistas. Eran sociables y sencillos y en su casa se celebraban animadas veladas en las que se interpretaba música, se declamaban poemas y en las cuales Jeremías recitaba, otras veces improvisaba y se acompañaba del piano”, relata Rosa Isabel Zarama en un artículo del 17 de diciembre de 2022, publicado en Página 10.com, con el título de “Cristina Rincón de Quintero pianista y musa de Jeremías Quintero”. El tío no sólo interpretaba el piano, sino también la guitarra y la flauta.

Estuve en una de las visitas que mi madre hizo a la pareja en su casa de San Andrés, previas todas las amonestaciones pertinentes al comportamiento que debía observar. Fue un entredía con café y pasteles al que se había invitado igualmente a unas paisanas barbacoanas, entre quienes estaban doña Ruth Velasco de Cortés, esposa del magistrado Adriano Cortés, Delfina de Ortiz, Lucía Pérez, la señorita N. Ruano y otras cuya memoria se me pierde. El motivo, agasajar a Mercedes de Guerra, la mencionada sobrina del tío Jeremías, quien por esos días visitaba a su hermana Carmen Amelia.

La reunión transcurrió normal, entre charlas y risas provocadas por anécdotas barbacoanas que contaban las señoras, hasta que, sin saber por qué, dirigiéndome a mi tío Jeremías le pedí que tocara el piano. Ya se pueden imaginar los lectores las miradas y expresiones de reproche que el atrevimiento infantil causó, pero el tío, afable y si se quiere cariñoso, poniéndome su mano sobre la cabeza como antaño, me dijo: “Ajá, tú eres el mismo de Barbacoas que se portó muy bien. En premio atrasado te haré caso”.  Y así fue como se sentó al piano y tocó tres piezas, una de las cuales cantó Cristinita. Recuerdo mucho las risotadas de mi tía Mercedes cuando estuvimos de regreso en casa, las que amainaron el disgusto y evitaron el castigo con que mi madre venía amenazándome.

 

A Belén todos

 

Villancico de autoría del maestro Jeremías Quintero. (Coros de Rosa de Martínez).

 

Mas la visita cuyo recuerdo se me volvió entrañable, fue la de una noche de navidad en la que estuvimos niños barbacoanos y vecinitos de San Andrés, convocados por la tía Cristina para cantar en la novena del niño dios. Ella y el tío ya habían armado el pesebre y para esa noche tenían empanadas de añejo y botellas de limonada La Cigarra para agasajar a los pequeños invitados. Los niños todos llegamos con pitos, panderetas, sonajas y rodetes de madera, los que hacíamos sonar a más no poder. Cuando llegó el momento de los villancicos, desgañitándose algunos de los niños, cantamos a voz en cuello los más conocidos compuestos por mi tío: A la nanita nanaPimpollo de canelaVamos pastores vamosVenid pastorcitosEntre nubes de oroVes como ríe la luna y el más pegajoso de todos, “ya viene el niñito, jugando entre flores y los pajarillos le cantan amores…”.

 

Album de villancicos del maestro Jeremías Quintero, interpretado por las Hermanas Garavito.

 

Este villancico que compuso mi tío en tono mayor y que así lo cantamos en presencia suya, sufrió tiempo después en Pasto una transformación a tono menor, por la influencia ecuatoriana, con lo cual adquirió un aire más bien melancólico por no decir triste. Con este nuevo tono se grabó y las emisoras lo convirtieron en la insignia navideña. En el Colegio Javeriano fueron varias las discusiones que sostuve, defendiendo el tono mayor originario del villancico, que por supuesto compaginaba mucho más con el espíritu del autor, que a su vez impregnaba la alegría y el bullicio navideños que armábamos los niños en Barbacoas.

Vale la pena retomar del blog de Mauricio Chaves en El Espectador, la cita que hace del maestro Fausto Martínez Figueroa, quien dice de la música de Jeremías Quintero: “Es en cierta forma el iniciador del romanticismo musical en el sur… Dejó en sus valses fulgores de intensidad lírica y de conformidad con los cánones de la estética, valses de gran nobleza y elegancia melódica. Son composiciones de un músico inspirado. El estilo de Quintero brilla con luz propia por su sencillez y claridad temática. Sus composiciones son como un espejo de los estados anímicos y del mayor lirismo de su autor, todas son cautivadoras por la belleza de las ideas y por su atmósfera poética”. Agréguese a ello, la inmensa ternura que vuelca en la música y letra de cada uno de sus villancicos.

 

 

‘El Duraznero’. Canción navideña interpretada por el Coro Nirat, composición a ritmo de bambuco de autoría del maestro colombiano Jeremías Quintero Gutiérrez, nacido en Barbacoas (departamento de Nariño) en 1884 y fallecido en Bogotá en 1964.

 

Clavel rojo, sonata de autoría del maestro Jeremías Quintero.

 

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En junio de l958 viajé a Bogotá en plan de conocer la ciudad y avizorar el futuro. Por la generosidad de mi tío y de Cristinita, pude alojarme en una casa de su propiedad, grande y modesta, ubicada en un barrio de clase media, la que ellos compartían con Emilia, su esposo y sus hijos. Por supuesto, mi presencia significaba una carga más pero nunca, jamás recibí el menor gesto suyo de molestia y por lo contrario, no fueron pocas las expresiones de cariño que de su parte recibí.

La pareja había hecho exclusivo el uso del segundo piso de la casa, salvo la sala de recibo en la cual, como en la de Pasto, el piano ocupaba lugar apropiado. Cerca estaba un televisor, aparato este que apenas se entronizaba en el país y en cuya pantalla ya había aparecido el tío Jeremías“En la primera programación navideña de la televisión colombiana, bajo la dirección del maestro Humberto Martínez Salcedo, el maestro musical fue Jeremías Quintero”, reseña Chaves Bustos en su artículo citado.

El tío Jeremías, para mí, seguía siendo el mismo que había conocido en Pasto. Los más o menos diez años transcurridos desde entonces, no habían afectado su figura e imagen. Pulcro, bien vestido, luciendo su infaltable corbatín, alto, no tenía atisbo alguno de joroba. Sus maneras gentiles y afectuosas, su carisma atractivo, permanecían inmodificables. Aunque parco en palabras, su comunicación gestual era significativa y quien compartía con él sentíase comprendido. Quizá su actitud en general, ajena a la extroversión, lo hiciera parecer distante, demasiado serio. Pienso que ello ocultaba una timidez propia de personalidades artísticas que como él, prefieren la intimidad y privacidad de su creación, a la fama y el enaltecimiento públicos.

 

Señor don Jeremías Quintero

 

Cosa distinta sucedía con Cristina Rincón, su esposa. Era como la natural compensación a la manera de ser del maestro. Ella fue muy sociable, alegre, la sonrisa era una constante en su rostro, nada la importunaba y si así fuera, ella lo disimulaba con su atractiva sonrisa que expresaba permanentemente su buen humor. Como ya lo señalé, ella también tocaba el piano y cantaba y como dice su pariente Rosa Isabel Zarama en su agradable y valioso artículo, “fue la musa de Jeremías Quintero”. La pareja fue católica, muy creyente y practicante de devociones, rosarios, novenarios y misas especialmente las navideñas. La sensación mía de muchacho, era la de que estaba compartiendo la vida de una pareja feliz, que vivía sin afugias y disimulaba cariñosamente los defectos y fallas de los demás.

El tío se levantaba temprano y la mayor parte del tiempo permanecía en su casa, a menos que tuviera compromisos que cumplir, ya que no le faltaban alumnos para clases de piano o instituciones que requerían sus servicios musicales y artísticos. Incluso sé que compuso himnos para varios colegios. Tuve algunas oportunidades de departir con él y satisfacer mis curiosidades preguntonas, y así pude darme cuenta de su gran acerbo de conocimientos, de su cultura integral que lo hacían, lo que podríamos llamar, un humanista. “Hay que leer, leer mucho”, me repetía cuando terminaban nuestras charlas. Él no era amigo de referirse a sus logros y decía que “la fama enferma aún a los espíritus más fuertes” y que le huía como al enemigo malo. Me leyó algunos poemas suyos de fuerte corte romántico y respecto a la música y su ejercicio, planteaba postulados que si en esa época yo no apreciaba suficientemente, hoy los puedo valorar al leer lo que transcribe Mauricio Chaves.

 

Homenaje

 

Él hace referencia al discurso, mejor llamarlo conferencia, que Jeremías Quintero pronunció en Pasto, titulado: “Desde el altoparlante de la Agencia internacional” y que fue publicado en la revista Ilustración Nariñense de febrero de 1931. El texto que conocemos por su blog , ilustra el pensamiento de Jeremías Quintero sobre la música y en él podemos encontrar planteamientos tales como: “Antes de cualquier expresión artística fue la música”; “El hombre que no tiene en sí música alguna … es inclinado a la traición, al robo y a las asechanzas culpables”; “Donde hay música no puede haber cosa mala, asevera Sancho”; “El alma arraiga y se confunde con las canciones que nos regocijaron o conturbaron desde niños”; “Mientras que los Estados Unidos atruenan los cafés y los teatros del mundo con la monotonía ruda y chillona de sus danzas, hecha música yanqui por la vanidad nacional … nosotros tenemos vergüenza de nuestra música, tan rica en expresiones, tan humana, tan flexible…”.

Nos haríamos interminables con las citas de ese discurso, producto de un gran intelecto, de escogido y exquisito lenguaje, esplendente por su vocabulario y redacción. Bien vale la pena leerlo en su totalidad, pues es una muestra del amplio conocimiento y profundo pensamiento, y de la alta calidad humana de quien fue y seguirá siendo, el inolvidable y nunca bien exaltado tío Jeremías Quintero.

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