EL VIEJO OFICIO DE CAZAR BRUJAS
Técnicamente, la Santa Inquisición no desapareció. Quinientos años después se llama Dicasterio para la Doctrina de la Fe y oficia en el Vaticano. El último gran inquisidor fue el señor Joseph Ratzinger. Desde entonces, se le ha llamado “cacería de brujas” a cualquier intento de un Estado por acallar al que piensa diferente.
Por:
Iván Gallo
Fundación Pares

Sobre el siglo XVI, en algunos poblados de Europa, la mujer que se quedara viuda o decidiera estar sola en medio de un bosque, era calificada inmediatamente de bruja por el tribunal inquisidor. En España, Torquemada, el más acucioso y persistente de los inquisidores, condenó a la hoguera a más de trescientas personas, la mayoría de ellas eran mujeres. Si alguna de ellas decidía, como modo de vida, dedicarse a las artes curativas, cometería sin duda un error que solo se pagaría chamuscando su piel en las llamas.
Técnicamente, la Santa Inquisición no desapareció. Quinientos años después se llama Dicasterio para la Doctrina de la Fe y oficia en el Vaticano. El último gran inquisidor fue el señor Joseph Ratzinger. Desde entonces, se le ha llamado “cacería de brujas” a cualquier intento de un Estado por acallar al que piensa diferente. Cacería de brujas hubo, por ejemplo, en la Unión Soviética, sobre todo en la época de Stalin. Los Koljós, que eran campesinos pudientes, fueron apretados con tenazas de acero hasta sofocarlos. También se persiguió a los judíos, a homosexuales, a líderes religiosos, a algunos comunistas que no creían en las restricciones del totalitarismo y que pensaban que cuando el proletariado llegaba al culmen de la revolución y triunfaba, se convertía automáticamente en poder y por ende debía ser combatido. Esto fue lo que, desde el troskismo, se conoció como La revolución permanente.
La hambruna y los gulags, que eran los campos de concentración del régimen soviético, segó muchas vidas. Ni hablar de la cacería de brujas de los nazis. Apenas llegó Hitler al poder total en 1933, instaurando el Tercer Reich, la orden fue acabar con las diferencias. Se sacaron leyes raciales en donde, desde lo legal, era correcto discriminar, expropiar, exiliar y hasta matar a una persona por su raza y creencia religiosa. Hay algo muy curioso en el Tercer Reich: la mayoría de sus miembros eran artistas que habían fracasado en cada una de sus artes. Goebbles, el jefe de la propaganda, era un filósofo frustrado, Hitler quiso ser pintor y nunca le dio el talento.
En Cuba está el caso de la homofobia del régimen castrista, que quedó grabada en las gloriosas memorias del escritor Reinaldo Arenas y que fue llevada al cine por Hollywood a principios de este siglo, con Javier Bardem y Johnny Deep. Antes de que anochezca es una de las obras más demoledoras sobre el glorificado régimen cubano que también aplastó las diferencias. El caso del poeta Padilla, preso por versos que no eran del agrado de Fidel, significó una ruptura con el régimen por parte de los intelectuales latinoamericanos.
En Estados Unidos de la posguerra, el FBI, en manos de Edgar Hoover, montó una ofensiva contra todo lo que sonara o se pareciera al progresismo. En la Lista Negra fueron consignados los nombres de todos aquellos que no estuvieran lo suficientemente comprometidos con el odio a los rojos.
En Venezuela, Nicaragua, en el mismo Salvador, se han vivido episodios en donde la intolerancia de sus gobiernos ha hecho imposible el oficio de la prensa. Por eso es necesario recordar que uno de los errores absolutos que ha cometido la humanidad es la caza de brujas.

