EL TIBET DE LAS REGIONES EQUINOCCIALES DEL NUEVO MUNDO (HUMBOLDT – CALDAS – BOUSSINGAULT)

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LA CONCEPCION DE LOS PASTOS (11)

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Bien puede considerársele al Barón de Humboldt el verdadero descubridor del Nuevo Mundo y precursor de su independencia. Si la geopolítica es el estudio de la influencia de los factores geográficos sobre el desarrollo de los pueblos, el germano es el primer geopolítico y el pionero planificador de la Amerindia.

 

El eurocentrismo había divulgado una noticia deprimente del Nuevo Mundo, de sus riquezas, de sus posibilidades, de sus gentes. Voltaire y Buffon –no se hable de Hegel-, abrieron la compuerta del vituperio, y pensaron que no había valido la pena haberlo hallado como obstáculo en el camino a la India.

Humboldt, avisado expedicionario sobre el lomo del continente, fue el vocero entusiasta de las maravillas indoamericanas, con información actual y exuberante. Su admiración y patrocinio de los precursores, Bolívar, Nariño, Codazzi-, así lo habilita.

Y es que a partir de la Revolución Francesa el mundo occidental fue muy entusiasta con las ciencias. Napoleón dio impulso definitivo a su promoción con su inusitado viaje a Egipto. El mundo de la ilustración política que había provocado la revolución burguesa estaba absorto y pendiente de los secretos de la fauna, de la flora, de la furia de los volcanes, de las insospechadas expediciones. El joven Humboldt, casto, apasionado que también homosexual, había despertado un ardiente deseo por explorar el mundo americano.

 

Colombia, tomado de Humboldt y otras autoridades recientes en: A Walker ed Colom

 

El lustro que duró su inusitada expedición por las Américas –de 1799 a 1804- fue el milagro de un viaje sobresaltado pero prodigioso, remontando ríos impredecibles, escudriñando selvas bíblicas, escalando cordilleras, hollando inalcanzables nevados, desbrozando pueblos ignotos. Levantó decenas de mapas apoyados en posiciones astronómicas, centenares de alturas barométricas, observaciones geomagnéticas, clasificó miles de plantas, minerales, formaciones geológicas. Escaló el Chimborazo, a 5.870, la mayor altura lograda por el hombre. Expuso su vida misma, al tomar temperaturas de aguas oceánicas que le permitió descubrir la corriente fría que lleva su nombre y que produce la extrema sequedad de la costa peruana. Comprobó personalmente la existencia de una comunicación natural entre el Orinoco y el Amazonas. Descubrió la potencia fertilizante del guano y llamó la atención sobre este abono con gran usura para la agricultura mundial y para la economía industrial en ciernes. Definió y construyó las líneas isotérmicas, comienzo de la climatología comparada. Descubrió las leyes que rigen las variaciones del magnetismo terrestre, entre el Ecuador y los polos. Formuló hipótesis sobre el origen de las cordilleras y de los volcanes. Diseñó cortes geognósticos, descubrió culturas precolombinas.

Así pudo presentar las maravillas del Nuevo Mundo ante la Vieja Europa, que quedó absorta ante estas primicias de la naturaleza que aparecía silvestre e insospechada.

Vino Humboldt por Cumaná. Pasan a La Habana y el domingo de ramos, 30 de marzo de 1801, están en Cartagena. El trópico, la selva, los indios, los ríos turbulentos, la pletórica flora y fauna, crearon en el científico la más fascinante y rotunda prueba de la riqueza de un nuevo y magno mundo.

El 8 de septiembre salen de Santafé, se internan en el Valle del Magdalena, el camino por Pandi a Ibagué y Espinal, cruzan el Quindío. De ahí van a Cartago a pie, cuyo tránsito les consume 17 días; rehúsan ser cargados por indios, pues les indigna semejante crueldad. Parten hacia el Sur por el Valle del Cauca camino de Popayán. Luego, Almaguer y Pasto.

Apenas celebrada la nochebuena de 1801, en compañía del botánico naturalista francés Amado Bompland, Alejandro Barón de Humboldt remontó, con zozobra, pero con expectativa, la Provincia de los Pastos (Túquerres e Ipiales) extendida desde el rápido y bravo Guáitara hasta el pedregoso y ajeno Chota. Este es el complejo cordillerano conocido como Nudo de Huaca o de lo Pastos. En carta a su hermano Wilhelm fechada en Lima, 25 de noviembre de 1802, aquél explorador impenitente se siente impactado: “La entrada y la salida de esta pequeña ciudad –dice en la susodicha carta a su hermano- donde pasamos las fiestas de Navidad y donde los habitantes nos recibieron con hospitalidad la más conmovedora, es todo lo que hay de más espantoso en el mundo son selvas espesas situadas entre pantanos, las mulas se hunden hasta medio cuerpo y se pasa por cañadas tan hondas y tan estrechas que parecen galerías de una mina. Los caminos están pavimentados de osamentas de mulas que perecieron de frio y de fatiga. Toda la provincia de Pasto, inclusive los alrededores de Guachucal y de Túquerres, son una planicie helada casi por el límite de la vegetación, rodeada de volcanes y de azufreras que desprenden continuamente torbellinos de humo. Los desgraciados habitantes de estos desiertos no tienen alimentos distintos de las patatas, y si estas les faltan, como en el año pasado, van a las montañas a comer el tronco de un árbol llamado Achupalla, pero como éste mismo árbol es el alimento de los osos andinos, estos les disputan con frecuencia la única comida que les brindan estas altas regiones”.

Mientras nuestro paleógrafo Oviedo Zambrano informa que los viajeros escalaron el volcán nevado del Chiles e hicieron las observaciones y mediciones de ley, el biógrafo de “Caldas”, Hermann A. Schumacher nos las documenta en sus exhaustivas noticias de la expedición de Humboldt.

De esta jornada memorable, si las hubo, quedó la “Geografía de las Plantas” (Traducida por Jorge Tadeo Lozano y publicada en el Semanario de la Nueva Granada), en la que el célebre explorador germano, señaló que nuestra región es una de las más elevadas del planeta, “más de 1.600 tasas de elevación sobre el nivel del mar. Este es el Tíbet de las regiones equinocciales del Nuevo Mundo“.  

Hemos de recordar que el Barón de Humboldt había solicitado y obtenido del Rey Carlos IV licencia para visitar y estudiar nuestras tierras en 1799, cuando hubo de quedarse en Madrid al no poder acompañar a Napoleón en su expedición a Egipto.

Botánico, geólogo, zoólogo, cosmógrafo, lingüista fue este berlinés nacido en 1769. Su obra científica es enorme, va desde índices para la clasificación de plantas hasta ensayos sobre política en la Nueva España (Méjico).

La independencia Hispanoamericana había sido sospechada por Humboldt en sus correrías científicas por nuestro continente, en donde no sólo descubrió especies exóticas (como el árbol macondo, con cuyos troncos ahuecados se hacían canoas), sino que percibió la independencia como una ley física. Así se lo manifestó a Bolívar en el otoño de 1804, en Paris, cuando éste quizá no pensaba en su futura gloria. “América del Sur, exclamó ante Bolívar, está madura para la libertad, pero no veo el hombre de esa empresa”. Lo que hizo sobrecoger al caraqueño. Viajaron por Italia; subieron a la cima del Vesubio; Roma los deslumbró y Bolívar hizo el presentido juramento del Monte Sacro. Faltó el acuarelista que hubiera guardado el recuerdo de aquella expedición de veras memorable.

La inevitable perspectiva del viaje al Sur, hacia la comarca de Los Pastos, a través de los valles del Patía, del mayo, del Juanambú, del Guáitara, sobrecogió de zozobra a los viajeros, avezados en dominar las vicisitudes y maravillas de la naturaleza. Los caminos reales y los de herradura, eran los mismos de la mayor parte de los pueblos de la América colonial: los que construyeron los incas, desde el sur del Huila en linderos de San Agustín, hasta el norte de Chile, que habían desbaratado los conquistadores atrabiliarios.

Humboldt llega a Ibarra el 31 de diciembre de 1801. Nuestro sabio vernáculo, Caldas, fue a darle la bienvenida; antes le había escrito a Pasto, una carta, propia de su espíritu, sumisa y elogiosa. Admira el talento y las virtudes por referencias de sus amigos de Santafé y Popayán, le ofrece su amistad con el entusiasmo de un “hombre que ha nacido en el centro de la América, que recibió de la naturaleza un amor insaciable de saber”.  

Los dos sabios no pudieron entenderse en su vida doméstica cuando su estadía breve, de un mes, en una hacienda de Quito.

“Debe ser considerado por nosotros, y debe considerarse así en América, como un incidente trágico, señala Germán Arciniegas, el que le impidió al sabio prusiano que sabía gustar de los placeres de la vida, hacer su excursión de brazo con el astrónomo de Popayán a quien dejó pegado en Quito por su gazmoñería santafereña.   

Y es que el tranquilo y conventual San Francisco de Quito tuvo fama de hacer perder la cabeza a los serenos sabios, porque allá se bailaban los alegres fandangos y se embriagaban con mistelas, canelas y licores calientes y locos”.

 

Humboldt, el naturalista que redescubrió América

 

 

German Arciniegas, aquí muy picaresco y burlón, es el que relata las sugestivas aventuras del prusiano. El incidente de Quito con Caldas tuvo un desarrollo muy rápido… porque Caldas tenía una moral de seminarista santafereño que chocaba con la moral de mundo que soplaba por el espíritu de Humboldt deliciosamente, sobre todo bajo el encanto de la ciudad de Quito.

Caldas lo dice muy claro en sus cartas. Su padre le había educado bajo un rigor inflexible Cuando estuvo en edad de salir para Santa Fe de Bogotá, puede decirse que le envió sellado con los siete sellos de las siete virtudes. La ciencia se chupó todas esas facultades. El día en que, ya en edad de contraer matrimonio, tuvo que contemplar este problema, se casó por poder, por no poder. El hermoso barón de Humboldt, que se paseó por América con todo el desenfado de un gran señor, lo mismo que se paseaba por los paisajes de la ciencia, miraba la vida sin cercenarle nada, como si hubiese aprendido a vivirla a la manera de su contemporáneo Goethe, el amigo de su hermano, bajo el impulso generoso de la naturaleza que ha sabido acordar tan bien los compases del amor en medio del ajetreo árido de la vida. “Este ingrato pueril parte para Lima”, decía Caldas cuando salió Humboldt, y en otra carta: “Humboldt partió de aquí el 8 del corriente con Mr. Bompland y su Adonis, que no le estorbaba para viajar como Caldas”. Qué diferencia con Mutis, “este monstruo de virtud”, como dice el propio Caldas.

Humboldt había tenido tiempo ya para darse cuenta de que entre él y Caldas había dos maneras de ver la vida que inevitablemente hubieran producido un choque tarde o temprano. Caldas que veía con repugnancia las liviandades del maestro, no pudo dejar de observarle, para reprenderle en lo íntimo de su conciencia escrupulosa y desesperada porque el sabio germano medía de carrera cierta pirámide de Quito, únicamente por atender a la solicitud de compromisos sociales que el discípulo de Mutis no podía entender en modo alguno.

Y Caldas, tan piadoso como sincero abre su sentimiento desgarrado por la equivoca desilusión por su Maestro:

 

Alexánder von Humboldt y Francisco José de Caldas

 

“El aire de Quito está envenenado: no se respiran sino placeres; los precipicios, los escollos de la virtud se multiplican, y se puede creer que el templo de Venus se ha trasladado de Chipre a esta ciudad. Entra el barón a esta Babilonia, contrae por su desgracia amistad con unos jóvenes obscenos, disolutos: les arrastran a las casas en que reina el amor impuro; se apodera esta pasión vergonzosa de su corazón, y ciega a este sabio joven hasta un punto en que no se puede creer. Este es Telémaco en la isla de Calipso. Los trabajos matemáticos se entibian, no se visitan las pirámides, y cuando el amor a la gloria reanima al viajero, quiere mezclar sus debilidades con las sublimes funciones de las ciencias. Mide un base en las llanuras de Quito, aquí viene objeto de sus amores, o el de los cómplices de sus fragilidades”.   

“A veces compadezco a este joven, a veces me irrito. Cuando me anima esta última pasión, me parece que veo reanimarse las cenizas de Newton, de Newton que no llegó a mujer, y con un semblante airado y terrible decir al joven prusiano: ¿así imitas el ejemplo de pureza que dejé a mis sucesores?”.

Caldas insistió en la correspondencia con sus amigos, en señalar la causa del rechazo de Humboldt en la incompatibilidad de caracteres: el uno retraído, silencioso, ajeno al trato con el sexo femenino, aun de las pertenecientes a la vida social; el otro alegre por temperamento, sociable, acostumbrado a la vida cortesana del gran mundo europeo, aunque dominados ambos por el anhelo del saber, por la pasión de los estudios. Caldas seducido por las ciencias, vivía siempre en las más altas regiones del espíritu; Humboldt, hombre de mundo, gustaba de los devaneos, y a pesar de la poderosa inteligencia que poseía, pagaba como Goethe, su tributo a los placeres. Humboldt es posible que no quisiera tener en Caldas un mudo censor de sus caídas y flaquezas. Pero la explicación no satisface totalmente. Deben tenerse en cuenta otros factores. Caldas, empujado por su sed de conocimientos, interrogaba con tenacidad, acosaba a su sabio amigo en busca de explicaciones cada vez más difíciles de satisfacer; con mirada inquisitiva hallaba los puntos flacos o los esguinces que suelen darse al misterio. Una situación como esta puede soportarla y aún complacerse en ella el interrogado, cuando es temporal, cuando el calor de la disputa o de la conversación aviva la mente y la exalta; pero no es resistible de manera permanente: entonces se hace pesada, casi angustiosa. Humboldt había tratado ya a Caldas lo suficiente para conocer su temperamento vehemente, su inagotable espíritu contestatario, lo contundente de su lógica cuando no le satisfacían los razonamientos ajenos, y el hecho de pensar que estaría sometido a aquella atmósfera de perenne tensión nerviosa durante el resto de su viaje por América, si aceptaba la compañía de Caldas, debió exasperarlo al extremo de resolver negarle el tan anhelado sueño.

Especialmente dotado para las ciencias exactas, Caldas tuvo que estudiar, por exigencia paterna, la carrera de Derecho y graduarse de abogado, no obstante que en una de sus cartas advierte: “Me pusieron a Vinio en las manos, pero no había nacido para jurisconsulto. A pesar de los castigos, reconvenciones y ejemplos no pude tomar gusto a las leyes, ni a Justiniano, y perdí los tres años más preciosos de mi vida”. Vuelto a Popayán, luego de renunciar a la cátedra de derecho civil en el Colegio del Rosario para poderse entregar a sus estudios predilectos, vése forzado por la precaria fortuna familiar a tomar el menos imaginable de los caminos: el de mercader ambulante, buhonero de géneros, bayetas, sarazas y baratijas sin número que pasando y repasando la provincia de la Villaviciosa de los Pastos trae desde Quito y que irá vendiendo en los días de ferias por los pueblos del Huila, con tal mísera suerte que al iniciar el peregrinaje por las torturantes vías de ese tiempo, rodó por las laderas del rio Páez la carga que llevaba llena de intereses, ropas y alhajas, en cuantía de tres mil pesos, y al terminarlo, retorna empobrecido y fracasado a los lares paternos, “con el conocimiento de que no era para mercader”.

Un pleito familiar requiere de su asesoría en la Real Audiencia de Quito y allá se marcha no ya en su antigua y castigada profesión de buhonero sino en la de mayorazgo y jurisconsulto de su familia. En todo caso para la fecha postrera del año 1801 está en Ibarra recibiendo y abrazando al sabio teutón.

Pero sus correrías también son fructíferas en el mundo de sus investigaciones. Dejó de ellas una Memoria sobre la nivelación de las plantas que se cultivan en la vecindad del Ecuador, acá en la Provincia de los Pastos, que confeccionó y remitió a Mutis en 1802. Fue el germen de la archifamosa Geografía de las Plantas y su Carta botánica que publicó después.

Consagrado por entero al amor de la sabiduría, consigue la amistad de Humboldt y obtiene por munífico gesto de Mutis el dinero de que carecía para acompañar al prusiano en su expedición por el resto de Suramérica, que le permitiría adoquinar sus conocimientos; pero Humboldt, la víspera de su partida, con desdeñoso gesto que no explica, se niega a llevarlo, deshaciendo la ilusión de nuestro sabio que exclama: “Qué rayo! ¡Que golpe tan terrible sufre mi corazón! Todo el vasto edificio de mis proyectos se desploma; todo desparece como el humo”.

Presentado por don José Celestino Mutis como el único capaz de sucederlo en la dirección de la Expedición Botánica, resulta póstumamente nombrado por su tío el joven Sinforoso Mutis. Contrae matrimonio sin noviazgo y cuando espera en Bogotá a doña María Manuela Barahona, con quien se había casado por poder, las vicisitudes de la guerra, lo obligan a encontrarse con ella la primera vez, en un monte cercano a La Mesa. Que tampoco se dio porque Caldas el viernes 7 de septiembre, – que le había prometido-, estaba entregando el número V del Diario Político, anunciando los sucesos de Quito, que para el payanés eran mucho más atrayentes que su novia. El comienzo de este enlace se da el 6 de febrero de 1810 cuando Caldas exhorta a su esposa a no torcer el buen camino del matrimonio. Hasta concluir en una carta definitivamente recriminatoria y “muy reservada”, el 31 de marzo de 1816, en donde aprovecha la epístola para darle a doña Manuela tiernos y religiosos consejos sobre su conducta, carta de veras afrentosa para ella y para él. Estas cartas, la que dirigió a su esposa y la que puso, el 22 de octubre, desde La Mesa de Juan Díaz, a Pascual Enrile, en la que maldice la revolución y ruega el indulto, son testimonio de un alma atormentada, destruida implacablemente por la alimaña del destino.

Hace parte de la revolución como el más sabio de los jefes militares y se enfrenta a Nariño, sus consejos son desoídos por la deslealtad y soberbia de Baraya y Santander, y derrotado toma el camino menesteroso del proscrito. Remata su tragedia la incomprensible y desgraciada carta que le dirige a Pascual Enrile suplicándole por su vida, “penetrado del más vivo arrepentimiento de haber tomado parte de esta abominable revolución”.

Caldas se encuentra en Quito poco antes de la llegada de Humboldt. No lo esperó en Popayán presionado por arreglar un litigio familiar en Quito. Encarga en Popayán a su amigo Antonio Arboleda un manuscrito con instrucciones de que se lo entregue a Humboldt. Se reservó los originales sobre el agua hirviendo y sus termómetros. Cree haber descubierto que el calor del agua en ebullición es constante y que aumenta o disminuye según aumente o disminuya la presión atmosférica. Humboldt no lo conoció pues en la ciudad nativa, pero don José Caldas García de Camba, padre de Francisco José, abrió al visitante el cuarto de estudio, los archivos científicos y los manuscritos de pesquisas científicas, con lo cual pudo el germano consolidar su admiración por el granadino.

“Este Mr. Caldas es un prodigio en la astronomía –escribió en su diario Humboldt-. Nacido en las tinieblas de Popayán ha sabido elevarse, formar barómetros, sectores, cuartos de círculo; medir latitudes con gnómones de quince a veinte pies: yo he visto alturas correspondientes tomadas con esos instrumentos, que apenas difieren de cuatro a cinco líneas. ¡Qué habría hecho este genio en medio de un pueblo culto, y qué no debíamos esperar de él en un país en que no se necesitase hacerlo todo por sí mismo! El genio no puede extinguirse; él se abre las puertas para seguir la gloriosa carrera que los Bouguer y los La Condamines han abierto. La Audiencia de Quito ha podido destruir las pirámides, pero no sofocar el genio que parece propio de este suelo.  

Es un apunte posterior de su diario: “Infinitos han sido los frutos que hemos sacado de este dilatado viaje en el Nuevo Reino de Granada, la provincia de Popayán y la de los Pastos…”.

Caldas fue fusilado en 1816 en los escalofriantes días de la reconquista. “España no necesita de sabios”, había dicho el brigadier cubano Pascual Enrile, segundo del sanguinario Morillo, cuando el payanés le rogó aplazar su ejecución mientras ordenaba y clasificaba los papeles de la Expedición Botánica.

Lo que le sucedió al sabio francés Antonio Lorenzo de Lavoisier, uno de los creadores de la química moderna, autor de la nomenclatura, que fue ejecutado por la revolución en 1794, que también pidió a sus verdugos, un plazo breve para ver de terminar sus investigaciones.

Caldas había sido el más cultivado y estudioso de la generación independentista. Alumno meritorio de la Expedición botánica. El promotor y padre –por ello mismo llamada como la expedición mutisana- fue un verdadero sabio y profético patriota que pulsó las cuerdas de la revolución que se veía llegar. A sus discípulos no les fue difícil adivinar el mensaje.

Mutis despertó en ellos el interés por la ciencia y los últimos conocimientos que había en Europa. Introdujo las matemáticas, la medicina moderna y la química. Pero el mayor alcance logrado, fue el cambio de mentalidad llevado a cabo en los jóvenes que lo acompañaron, años más tarde pioneros en la campaña para lograr la independencia.

La Cédula Real del 1o de noviembre de 1783 autorizaba a constituir la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. El genio promotor fue el sabio Don José Celestino Mutis y Bocio nacido en 1732 en Cádiz y residente en Santa Fe de Bogotá. Era médico, sentía gran afición por las matemáticas, la astronomía, la física y la botánica. Más tarde se hizo sacerdote. Humboldt reconoció que el sabio gaditano “Sin reserva nos dio a conocer todas sus reliquias en botánica, zoología y física; comparó sus plantas con las nuestras y además nos permitió tomar todas las notas que quisiéramos sobre los nuevos géneros de la flora de Santa Fe de Bogotá. Es ya viejo, pero asombran los trabajos que ha realizado y los que prepara para la posteridad, admira que un solo hombre sea capaz de concebir y de ejecutar un plan tan vasto”.

En su cátedra, Mutis enseñó públicamente, como antes había tratado de hacerlo Galileo, el sistema de Copérnico, quien decía que el Sol estaba inmóvil mientras la tierra y los demás planetas giraban a su alrededor. Pero muchos, en las atrasadas colonias, recibían aún las enseñanzas de Tolomeo. De inmediato, los padres dominicos comenzaron a atacar a Mutis. Más adelante lo hicieron los agustinos, decididos como los anteriores, a perpetuar las enseñanzas erradas de Tolomeo.

El inmenso trabajo llevado a cabo por este hombre tan especial con su equipo selecto de colaboradores, casi se pierde. Se hicieron 5.393 dibujos sobre 2.696 especies, de los cuales 2.945 se dibujaron a todo color, y son un verdadero cofre de maravillas que la gente no se cansa de admirar. En 1808 llegó la hora de la muerte a Mutis sin haber clasificado las muchas muestras recolectadas en una vida de intenso trabajo. Afortunadamente su sobrino, Sinforoso Mutis, se dedicó a organizar el gigantesco archivo, pero fue interrumpido por la guerra de independencia.

Entonces, en 1816 por orden del rey, el general español Morillo decomisó todo el material descubierto, descrito y dibujado, lo mismo que los instrumentos, enseres y 8.524 libros. Resolvió enviarlos a Madrid. Los trabajos de la Expedición no tuvieron inconveniente en apoderárselos Enrile y en ofrecerlos al observatorio de Paris.

Allí expulsaron al plagiario y ordenaron que la magnífica “Flora de la Nueva Granada” y los manuscritos del herbario se depositen en el Museo Natural de Madrid. Aguardan hasta hoy su reclamado retorno al trópico de donde surgieron como raíz de independencia y de libertad.

Alfonso XIII, abuelo del actual Rey Juan Carlos, en 1925 mandó colocar en el vestíbulo del Palacio de Biblioteca, una rara placa que dice: “Perpetuo desagravio de la madre España a la memoria del inmortal neogranadino José De Caldas”. Marcelino Menéndez y Pelayo, en su escrito introductorio al tomo de la Antología de poetas hispanoamericanos, llama a Caldas, “víctima nunca bastante deplorada de la ignorante ferocidad de un soldado a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de sus provincias ultramarinas”, y agrega: “Caldas, botánico, geodesta, físico, astrónomo, y a quien sin hipérbole puede concederse genio científico de invención… como prosista didáctico vigoroso, grandilocuente a veces, rico de savia y de imaginación pintoresca, dejó admirables fragmentos en sus Memorias sobre la geografía del Virreinato y sobre el influjo del clima en los seres organizados, donde hay páginas  no indignas de Buffon, de Cabanis, de Humboldt”.  

 

Expedición Botánica Nuevo Reino de Granada; 1783-1808, 1812-1816; participantes: José Celestino Mutis, Eloy Valenzuela, Pablo Antonio García, Francisco Antonio Zea, Jorge Tadeo Lozano, Francisco José de Caldas, Sinforoso Mutis.

 

BOUSSINGAULT FUNDÓ LA AGRONOMIA MODERNA

 

 

Jules Dalou, Monumento a Jean-Baptiste Boussingault (1895) en el jardín interior del Conservatorio Nacional de Artes y Medidas en la Plaine Saint-Denis.

 

Completa la nómina de sabios el coronel, naturalista y critico francés Juan Bautista Boussingault, amigo de Humboldt y Bolívar. Este último le posibilitó acrecentar su fama de fundador de la agronomía moderna.

Desde el punto de vista histórico Boussingault rescató a una figura excepcional. La ancestral discreción de la Academia no habla permitido apreciar en su justa dimensión histórica el proceloso recuerdo de Manuelita Sáenz que hizo en sus desprevenidas memorias el sabio francés. Hasta entonces para los escritores oficiales del culto a Bolívar la quiteña no había existido. Aquél hombre europeo tan experto en conceptuar la jerarquía de las personas que conoció en Suramérica no dudó en volver a su pedestal a la bella y decidida quiteña.

El sabio confesaría al escribir sus memorias, muchos años después en vísperas de su muerte ocurrida en 1887, que fue su estancia en Riosucio, en los trabajos mineros del cerro de Marmato cuando nació su vocación y su profesión de agrónomo pionero: “Al organizar esta agricultura tropical, comprendí que se debía pedir a la tierra los alimentos indispensables para la población, en una palabra, que había que cultivar para vivir. De esta época dotan mis estudios de agronomía”. 

Así que el celebrado y justísimo título de fundador de la agronomía moderna lo labró en nuestras eras este agradecido y memorioso sabio francés que se presentó a Bolívar, en 1822, portando una carta del Barón de Humboldt, amigo personal del Libertador con quien había conocido el Vesubio en 1804:

“Al ofrecer a Vuestra Excelencia el homenaje de mi vivo reconocimiento, tengo que pedirle un favor muy particular. Esta señal de vida y de nuestra antigua amistad os será transmitida por un joven sabio, el señor Boussingault, quien debe hacerse cargo de la cátedra de Química y Mineralogía en Santa Fe de Bogotá y cuya suerte (para expresároslo enérgicamente y en pocas palabras), me interesa como si él hiciera parte de mi familia. El señor Boussingault es tan notable por la profundidad de sus conocimientos, la sagacidad y extremada exactitud de su inteligencia, como por la amabilidad de su carácter”   

“Bien merece ser feliz en vuestra patria, porque abandonando un país donde todos le quieren y donde sus descubrimientos químicos (sobre el acero y el hierro) le han asignado ya un puesto muy distinguido entre los químicos, sacrifica sin vacilaciones todas las ventajas que su patria le ofrece a ese noble deseo de emprender algo grande y útil y de ver de cerca esa naturaleza tan rica y tan variada en sus producciones. Vos no tendréis (y he aquí un gran punto para la industria naciente en Colombia), en el señor Boussingault sólo un profesor de Química y Mineralogía extremadamente distinguido, sino que también hallaréis en él un gran conocimiento práctico de los trabajos subterráneos del minero y del arte de toda suerte de metales”.   

“Adquirió esta práctica en los socavones y, como yo mismo tuve en otro tiempo la dirección de las minas de una parte de Alemania, célebre por sus explotaciones, sé que mi testimonio en esta materia será de algún valor ante Vuestra Excelencia. Vuestro territorio colombiano, y, por tanto, el de la Nueva Granada, es, desde el punto de vista mineralógico, uno de los más curiosos que conozco en el mundo entero”.

“Desde el tiempo en que las explotaciones o lavados han existido hasta estos últimos tiempos no han sido casi nunca interrumpidos desde hace siglos. Pamplona, El Topo, Zipaquirá, Tequendama, Chire, Villeta, La Vega de Supía, Antioquia, el Chocó, Barbacoas, La Quebrada del Azogue del Quindío, Almaguer, el Condorachí cerca de Riobamba, la montaña del azufre de Alausi, Azogues cerca de Cuenca, Zamora el S.E. de Loja, merecen, sin duda, la mayor atención; pero pienso que lo más importante, por el momento, es hacer explorar geognósticamente todo el territorio montañoso de la Nueva Granada y de Quito. Hace falta conocer el conjunto para que la administración pueda después fijar concepto individualmente sobre tal o tal punto. Me atrevo, pues a proponer a Vuestra Excelencia que haga recorrer sucesivamente al señor Boussingault las diferentes partes de Santa Fe, Antioquia, Chocó, Popayán, los Pastos, y toda la bella provincia de Quito. Será una empresa digna de vuestro nombre, y que fijará la atención de Europa, el publicar una descripción geognóstica y física de la república de Colombia”. 

El Barón de Humboldt la víspera de esta carta se había entrevistado con el fantasmagórico Antonio Nariño en París, recién liberado de su infamante prisión perpetua. Con fe iluminada había preparado un proyecto de Constitución para cuando su patria fuere libre. Inmediatamente fue proclamado presidente de la sociedad patriótica de la Isla de León, a donde se trasladó; allí explicaba los derechos del hombre y los principios constitucionales, e inclinaba los ánimos a que se aceptase y reconociese la independencia de América. No pudiendo combatir con las armas al general Morillo, que entonces devastaba su patria, lo atacó con la pluma, y desde el país del pacificador dio a la imprenta tres cartas contra el opresor, bajo el seudónimo de Enrique Somoyar, el nombre de su antiguo protector en Cartagena; cartas elocuentes y telúricas que acribillaron a Morillo. Empero, la revolución liberal que lo había puesto en libertad, perdía terreno ante la respuesta patibularia y absolutista del borbón. Huyó a Gibraltar, y pasó a Londres, y luego a París con la mira de consultar su proyecto de Constitución, con los sabios contemporáneos. El barón de Humboldt le trabajó la parte geográfica para la división territorial de los nuevos Estados, y el conde Tracy y otros políticos le examinaron y aprobaron su proyecto. Estos le proveyeron de una abundante librería de ciencias políticas; y Humboldt y la sociedad de geografía, a la que fue introducido, de documentos sobre ciencias exactas.

El siempre servicial y proindoamericanista Humboldt también recibió la visita del agrimensor y cartógrafo Agustín Codazzi, que igualmente acababa de explorar la provincia de los Pastos y todas las del antiguo Virreinato, atiborrado de mapas y de coordenadas, con el propósito de editarlos. El teutón le franqueó su archivo y le infundió el impulso para su divulgación y consumo en los legendarios territorios que habían promovido la Expedición Mutisana y la Comisión Corográfica.

Volviendo a Boussingault. Entonces vino a Bolívar, ayuno de funcionarios especializados, para dar rendimiento a la colosal y nueva empresa del gobierno. Así que se le permitieron todos sus estudios y exploraciones. A mediados del año treinta llegó a Pasto. “Estaba en estado lamentable. La población estimada en 20.000 almas había quedado reducida a 8.000”, señala el crítico social. Más como anécdota que como referencia histórica para relievar la distancia con que se escriben los recuerdos y se examinan los sucesos leemos en sus apuntes una versión libre de la Batalla de Bomboná a más de 60 años de ocurrida: “Se presentó una grave dificultad cuando una columna trató de pasar por la ciudad de Pasto, toda la provincia estaba en estado de insurrección gracias a la influencia del obispo de Popayán, Jiménez de Padilla, quien hacía que sus clérigos dirigieran sus sermones contra los patriotas heréticos y cismáticos. La provincia de los Pastos, debido a los accidentes del terreno, presenta posiciones inabordables y se necesitó tiempo para dominarla”   

“Esta provincia, gracias a su aguerridos y fanáticos habitantes, ha sido siempre la Vendée de la América meridional, sin embargo, el general Sucre terminó por imponer allí el armisticio” (La Vendée-decimos nosotros-fue una provincia francesa adicta al Rey Luis XVI durante la Revolución. Es decir, la más monárquica y reaccionaria).

Es claro que como ocurre normalmente el francés confunde la provincia de Pasto –Quillasingas-, con la provincia de Los Pastos.

En otro pasaje de su escrito trastoca a los Mosquera, dice que Venezuela es puerto de la Nueva Granada, y que la asamblea constituyente de Rosará de Cúcuta fue en 1825… (p.157)

Su perspicacia analítica le permitió agregar en sus controvertidas memorias que al salir de Pasto “y teniendo en cuenta que había permanecido en medio de una población tan hostil al ejército republicano, si alguien me hubiese preguntado cómo me había ido, le habría respondido como Sieyés, después del terror. Viví”. Luego sí el fino hombre de arte describe el clásico y prestigioso desde entonces barniz de Pasto:

“Visité en Pasto las raras industrias que todavía estaban en actividad: tinturas y textiles; una de ellas me interesó vivamente. El barniz de las obras de madera con el sistema conocido como “de Pasto”. La sustancia conocida con el nombre de “barniz” es traído por los indios de Mocoa, es verde y tiene la apariencia de una goma que dicen ser producida por la Elaega utilis de la familia de las rubiáceas. No se puede pulverizar y para poderla analizar tuve que rasparla con cuchillo. Esta goma no se disuelve en el alcohol, ni siquiera en el éter, pero se infla enormemente como si fuera caucho. Tiene una característica específica curiosa: pierde la dureza con el calor, pero no se disuelve y la aplican aprovechando esta plasticidad que permite estirarla en una membrana delgada transparente, cuando está caliente”.   

De su penetrante observación destaca como operan los indios:

“Los objetos de madera como calabazas, cajas y recipientes dedicados a guardar vino o aguardiente, se pinta de diversos colores. El barniz, tal como viene de Mocoa, se somete a la acción del agua hirviendo; al cabo de un instante está lo suficientemente blando para ser estirado en una lámina delgada que se aplica cuando todavía está caliente, teniendo cuidado de afirmarlo con un trapo para que adhiera a la madera, luego con un carbón al rojo, sostenido con una tenaza, que se pasa muy cerca del objeto decorado, se hacen desaparecer las burbujas”:   

“En esa forma se obtiene una superficie unida, brillante y transparente, a través de la cual aparecen las pinturas con toda la vivacidad de sus colores, mejorados con aro y plata algunas veces. Este barniz es de una solidez notable, ya que es resistente al agua, al alcohol y a los aceites fijos y volátiles, lo que lo distingue del caucho”.

 

 

Barniz de Pasto

 

 

Además, confiesa que el Libertador le donó un poncho pastuso que allí le habían regalado, lo que demuestra-decimos nosotros-que el Libertador tenía sus amigos en Pasto… John Potter Hamilton, primer agente diplomático enviado por el ministro Canning de Inglaterra, en dos apretados tomos publicados en 1827, recuerda también su visita al interior de nuestras provincias. Afortunadamente la Comisión del V Centenario acometió la noble empresa de reproducir éstas (y otras) memorias de aquéllos viajeros perspicaces que nos dan la oportunidad de recrear los paisajes nacionales, en especial, los nuestros, expuestos al olvido colectivo y permanente. Es de antología la descripción que hace Hamilton de la típica ruana, “tela de paño cuadrada grande, con un orificio en el centro por el cual se introduce la cabeza; cubre los brazos y las piernas cuando se está cómodamente a caballo”. Dice que las más finas de algodón se fabrican en la provincia de Pasto, “pero ésta ha sufrido mucho en su población a causa de la resistencia tenaz de sus habitantes contra la causa de la independencia, por lo tanto, pocas ruanas se fabrican ahora allá” 

Boussingault es el que confiesa: “Dejé a Pasto el 19 de junio, después de haber pasado allí 11 días. No me gustaba esa ciudad y con satisfacción volví a tomar el camino del Sur”.

A mediodía ya andaba por la cuenca del Guáitara: “El torrente corre por una garganta estrecha y profunda formada por dos muros de aluvión estratificado; se llega al puente por un camino que da vueltas como un tornillo; me detuve un instante para admirar el efecto imponente de este terreno escarpado que presenta salientes que le dan, en algunos puntos, la apariencia de una galería de mina. La sombra y el ruido del agua, que repercute como el trueno, dan a ese lugar un aspecto siniestro. En el puente del Guáitara la altura es de 1.551 metros y la temperatura de 21.6 grados”.  

Seguimos subiendo y a las 2 atravesamos la quebrada de Santa Rosa, que desemboca en el Guáitara, un poco más abajo del puente. A las 4 entrábamos en la hacienda de Imués y como también se encontraban allí los enfermos de viruela, pasé la noche al aire libre, a pesar del frio bastante fuerte (altitud 2.967 metros, temperatura 9.4 grados). Al día siguiente, 23 de junio, salimos a las 7 y llegamos a “Túquerres a mediodía (altitud 3.107 metros, temperatura 11.9 grados)”.

El ilustre viajero dice que Túquerres es cabecera de municipio, con corregidor, con 3.000 almas, “allí se cultiva trigo, cebada, alfalfa, papas, cultivos éstos de tierra fría”. A las 8:30 salí para el Azufral, acompañado por dos indios; la mañana era lindísima. Apenas habíamos salido de la población vi dos volcanes cubiertos de nieve: el Chile y el Cumbal. Subíamos insensiblemente por un camino trazado sobre el pastizal, pero después de haber atravesado la pampa, comenzó la subida; enseguida entramos a un terreno pantanoso del cual salimos para trepar una cuesta que llevaba a un alto, desde donde descubrimos repentinamente el Azufral, lo que nos sorprendió agradablemente (altitud 4.058, temperatura 11 grados).   

La vista abarca un circo, se pudiera decir un pozo, encerrado por inmensas murallas de tranquitas de colores variados: rojos, amarillos, negros, grises, etc., consecuencia de las alteraciones producidas por las exhalaciones volcánicas. El fondo de este recinto encierra tres lagunas de poca extensión; la primera a la que le di el nombre de “Lago Verde”, está situada abajo del alto de Azufral; el agua parece ser de un verde esmeralda magnifico; estimo -porque no lo he medido que tiene una milla de largo, por media de ancho, aun cuando posiblemente exagere”.  

El 23 de junio salió para las nieves de Cumbal, “de donde salía una columna de humo y de llamas”. Pasó por Sapuyes (3.080m), por la pampa de Chillanquer.

“Durante todo el camino recibimos alternativamente granizo y lluvia, hasta la población de Guachucal, en donde el mal tiempo nos obligó a suspender el camino a las 4 de la tarde; nos encontrábamos en un triste estado, casi congelados. Me hospedé en casa de una mujer cuyos 5 niños acababan de pasar una viruela. La mortalidad causada por esta enfermedad era considerable desde hacía unos meses.   

“Había oído decir que los indios comían los piojos y charlando con mi huésped, una mestiza casi blanca, la vi ocupada en buscar piojos en la cabeza de una niñita y tan pronto como un insecto cala en sus dedos, lo hacía traquear en sus dientes”.  

Así es que trescientos años más tarde los aborígenes seguían rindiendo culto a sus ancestrales manías criticadas ya por Cieza de León –decimos nosotros, jlp. —

“24 de junio. Altitud 3.124 metros, temperatura 6 grados. Por la mañana se distinguían claramente al SO los nevados del Cumbal y de Chiles y la iglesia de Cumbal. De Guachucal de donde salí a las 8, se pasan las quebradas de Muellamués, Guachucal, Cumbal y las Partidas.  Y en esta última, comienza un camino que va hacia Barbacoas; los ríos que habíamos atravesado, desembocan en el Sapuyes. A las 11 estaba en Cumbal, en donde la viruela hacía de las suyas (altitud 3.219 metros).   

“25 de junio. Cumbal es una población grande, al SO vi las nieves del volcán que iba a escalar y obtuve 5 grados 32 como ángulo vertical de la cima”.   

“26 de junio. Antes de dejar a Cumbal en donde el frío me impidió dormir, tomé la temperatura del suelo: 10,6 º. Salí a las 11 y después de 2 horas de marcha llegué al río de Las Juntas, tributario del primero; cerca de las 4 entré a Tulcán, población situada en la extremidad sur de la Nueva Granada, con 0º 53′ de altitud y 80º12’ 30” de longitud oeste. Altitud 3,019 metros, temperatura 11º 60’.   

Esa era pues la ruta para viajar al Ecuador, que utilizaron casi siempre las tropas, los libertadores y los expedicionarios: Pasto-cuenca y puente del Guáitara- Quebrada de Santa Rosa-Imués-Túquerres-Guachucal-Cumbal-Tulcán.

“Me encontraba sobre territorio de la República del Ecuador. Tulcán se halla a una legua de Carchi. La noche fue desagradable, pues en la casa en donde me habla hospedado había una fiesta. Una docena de indias borrachas de chicha me divirtieron al principio, por su locuacidad, pero yo no entendía lo que decían pues hablaban “quechua”; los indios dormían profundamente y ellas continuaban riendo como locas; que es su manera de expresarse; ordené a mi negro que las hiciera entrar en razón y pensé en el singular efecto que tiene el alcohol, pues si esas indias no hubiesen estado bajo la influencia de la bebida, no habrían articulado ni una palabra. Más adelante describiré una escena de borrachera en la muy alta sociedad del Ecuador. La orgía, el humo del fogón y los tristes gritos de los curíes, no me permitieron cerrar los ojos. Temperatura 12º”.   

Al día siguiente, Boussingault dejó Tulcán y el 4 de junio entró en olor de naturaleza a Quito, la colonial ciudad tan famosa, ¡que había hecho las delicias tan picaras y alarmantes de sus predecesores!

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