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EL MAESTRO ROSENDO MORA ROSERO: UN FALSO POSITIVO DE SAN EZEQUIEL

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LAVILLAVICIOSA DE LA CONCEPCION DE LOS PASTOS (XXIV, PENULTIMA ELEGIA)

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Víctima de las espesas tinieblas de la Regeneración y del Concordato (Núñez-León XIII) que se le ensañaron implacablemente y lo abatieron sin misericordia cristiana, el maestro por antonomasia Rosendo Mora Rosero, luego de una denodada carrera pedagógica especialmente en la Villaviciosa de la Concepción de la provincia de los pastos, fue a morir muy joven, a los 45 años, en la capital de la república hermana y alfarista. Pero fue un hostigamiento improcedente porque en sus colegios se observaba estrictamente el pensum de la órbita escolástica. Véase no más el plan de estudios impreso que se prescribía tanto en los institutos de la directora Hortensia Mora como en el del propio Rosendo.

No en vano don Simón Rodríguez, el ayo del Libertador, moró por Túquerres estableciendo escuela y echando raíces de su revolucionario método. Sus discípulos, como los del Galileo, se repartieron por las provincias esparciendo sus candiles, especialmente se vinieron para la Villaviciosa: Juan Álvarez, Tomás Arturo Sánchez, Rosendo Mora Rosero, su hermano Dositeo y sus hermanas Hortensia y María.

Los liberales ipialeños Nicanor Burbano Córdoba y Fernando Montenegro, también aprendices de Rodríguez, en 1847, fundaron entre nosotros la primera escuela pública, iniciativa mutilada porque fueron fusilados pérfidamente por el inquisidor Julio Arboleda, en 1862.

Mora Rosero en 1888, fundó el Colegio “La Regeneración”- ¡vaya el nombre! -, en el mismo plano sabanero donde don Simón Rodríguez instaló el suyo 40 años atrás. En 1891, Rosendo, dirigió en Ipiales, el Colegio San Luis Gonzaga, fundado por él mismo, en recuerdo y membretado en homenaje de su antiguo camarada de comunidad cristiana hermano Luis Gonzaga (en la vida profana Julio Vela Coral). Rosendo era el hermano Constancio. Cuando su mansión en Bogotá, dejó los claustros y habiendo ganado una beca en la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, cursó Agronomía en el Instituto Nacional de Agricultura del doctor Juan de Dios Carrasquilla del cual egresó con una lustrosa tesis publicada en la revista “El Agricultor”, de agosto y septiembre de 1883. Allí fue condiscípulo de Fortunato Pereira Gamba, que vendría muy luego a Pasto, a la instalación de la Facultad de Ingeniería.

 

Rosendo Mora Rosero

 

A su retorno al sur, para 1884, Rosendo fue nombrado Vicerrector de la Universidad del Cauca.

Educador, Polígloto, Filósofo, Astrónomo, Matemático, Ideólogo, autor de macizas empero inéditas elaboraciones sobre “El Poder de las Ideas”, “Escritos Filosóficos”, fue un pionero en los sistemas pedagógicos de la región. El periódico “El Carchi”, recogió sus encendidas polémicas que le dieron célebre ventaja en el mundo científico. Siguió el derrotero esclarecido y progresista de tantos maestros de escuela primaria emblemáticos en el continente como Rómulo Gallegos, Gabriela Mistral, César Vallejo, José María Arguedas, D.F. Sarmiento, Velasco Ibarra que lo fue en colegios de Pasto y Tuluá; Carlos Restrepo Piedrahita, en Armenia; Alfonso Reyes Echandía, en San Gil.

Su sangre y su espíritu contestatario y científico se prolongaron y se refinaron en su estirpe Mora Osejo, Osejo Peña, Cerón Mora. Repárese no más en Humberto Mora Osejo, iuspublicista de altísimo aletear, jurisperito de la Sala de Consulta del Consejo de Estado, reputado internacionalmente.

Y la nómina de tuquerreños se extendió en diámetro sideral de brillantez y sabiduría. Víctor Sánchez Montenegro (1903-85), Juan Álvarez Garzón (1898-74), premiado en España por sus creaciones folclóricas; Benhur Cerón Sánchez, María Isola Salazar, María Tulia Álvarez, Pablo Muñoz Ibarra, José Rafael Guerrero Villota, Mario Jacoby Bacca, Ana Lucía Rosero, César M. Garzón (“Vetulio y Eudoro”, 1908), Manuel Benavides Campo, todos surgieron de la fecunda hornada sabanera.

En Bogotá, alrededor de la Calle Túquerres (Carrera 5 calles 5 y 6, merodeando el actual Archivo Nacional), se fundó la Academia Colombiana de la Lengua, porque seguramente por ahí vivirían Alcántara Herrán o Anselmo Pineda muy vinculados a la genealogía de Túquerres.

Todo el pugilato con los báculos intemperantes empezó cuando el rector Rosendo Mora en el discurso de fin de año lectivo de 1896, en su instituto de Ipiales, atinó a perorar que “solo por la sabiduría podrá el hombre aproximarse al conocimiento de Dios y (…) que la ciencia ha avanzado a los mundos habitados de Flammarion y del evolucionismo darwinista”. En el Colegio Académico de Pasto también pregonó el origen del universo como un fenómeno físico del que surgieron los planetas, de acuerdo con las enseñanzas de La Place y Platteau. Señaló el curso de los astros, las causas paganas de los terremotos y pronosticó la visita del cometa Halley.

Premisas de tan pura estirpe racionalista vinieron a perturbar la conciencia de quienes predicaban y reclamaban la fe del carbonero. Considerado herético, heterodoxo, ateo, “gentil” y de suyo excomulgable y ajusticiable, por todas aquellas imposturas fue anatemizado como disidente y pecaminoso y para peor, enciclopedista. Execrado y abatido, emigró a la libérrima y fronteriza Tulcán en donde templó tolda bajo el alero del Colegio “Bolívar”, que prontamente contó con más de cien estudiantes ipialeños, exalumnos del “Luis Gonzaga”, que fue clausurado.

El obispo de Pasto, Manuel José Caicedo, había hecho saber a los padres de familia que no debían enviar a sus hijos al susodicho Colegio de Tulcán, paranoia que recicló el nuevo Obispo, el oscurantista Ezequiel Moreno Díaz. Esto no fue obedecido toda vez que ya estaban en la Diócesis de Ibarra. Ahora no sólo fue ex comulgado el cismático Mora Rosero sino todos los padres de familia liberales y restaba sólo el seguramente francmasón obispo Federico González Suárez.

Acá, en la Biblioteca Nacional, en su venero documental, me he zambullido en el piélago de interrogatorios que se tomaron a los despabilados alumnos del “Luis Gonzaga” de Ipiales, para ver de auscultar somera sospecha de las maléficas catequesis del Rector Mora Rosero. En la imprenta de Martínez F. y Valle, de la Ipiales de 1898, ante la asechanza del diácono Julio Rómulo Delgado, ante el Juez, se imprecó la pregunta: “¿existía enseñanza anticatólica en el colegio de Ipiales y/o circulaban libros inmorales para corromper y anticatolizar al alumnado?”.

“¿No está en conciencia del Diácono de Ipiales que en la muy cristiana ciudad de Ipiales, estos mismos padres de familia han contribuido para el sostenimiento del culto, para la edificación de templos y conventos?”.

El insospechable cura párroco, doctor Luis Gutiérrez, depuso el primero de muchos, a favor del Rector. Y la muchachada desprevenida y aventajada dio cuenta de su adoctrinamiento provechoso enderezado a la vida en oración y ayuno. Cayetano Mazuera, Célimo Peña, Leonidas Coral, Segundo Castro, Segundo Viveros…, alumnos, entre muchos, de 1892 y de 1893 confesaron que estudiaban en los textos del padre Shouppe y del abate Gaume, almas gemelas en la construcción santificante de juventudes.

Es de regocijar las almas  indulgentes al comprobar que en los planes de estudio –tanto del “San Luis Gonzaga”, como del Colegio de señoritas, entrambos dirigidos por los hermanos Mora Rosero, en la asignatura religiosa contiene el devocionario de todas las vírgenes, la exploración del antiguo y nuevo testamento, la vida y milagros de los apóstoles y santos, las virtudes teologales, los misterios del santo rosario, en fin, todo un repertorio de encíclicas y pastorales que aquilatarían el alma del más inmaculado de los beatos; todo ese era el arsenal de los hermanos Mora Rosero para pervertir la inocencia de los infantes obandeños. No hay satánico olor de pólvora, sino balsámico incienso de redención…

 

Ezequiel Moreno Díaz, Obispo de Pasto

 

Por todo ello era atolondrado y pueril perseguir a estos catedráticos protocatólicos. Con razón el periódico “El Atalaya”, editado en Quito, números 95, 96, 97, no rebana al Obispo, Ezequiel Moreno Díaz, de “fanático, estrafalario, carlista ultra, capaz si hubiera nacido en los calamitosos días de Felipe II, de soplar a pulmón lleno, sobre la hoguera inquisitorial”. Entre muchas blasfemias que vomitaba el obispo prorrumpía que “ser liberal es más pecado que ser borracho, ladrón, homicida”, según su pastoral de 12 de febrero, 1897, p. 12. Si el monje de caverna lo hubiera dicho en el entendido de “neoliberal”, hasta hubiéramos estado de acuerdo.

El profesor de religión en Tulcán era el presbítero Amable Agustín Herrera, designado directamente por Monseñor González Suárez, Obispo de Ibarra y llamado el “Bossuet sudamericano”. (Res Non Verba, B. de Ocampo, Ipiales, marzo 18 de 1898).

Es que fundar escuela siempre ha sido empresa de titanes. Y más en aquellas épocas retardatarias y eclesiales. Y no por falta de educandos ni de profesores, sino por las alambradas a las que estaba sometida la enseñanza que se presumía proselitista y anticatólica. Llevaba el sello de lo heroico, como islote, en donde se refugiaban los inconformes de los últimos retoños de la generación radical. Infranqueables trabas oficiales velaban sobre el pensum, por el que el anacrónico Concordato facultaba a la Iglesia para revisar textos, vetar profesores, imponer la enseñanza de religión romana como asignatura perentoria en cada uno de los años de docencia.

Los colegios liberales en donde no se enseñaba ni la metafísica ni la summa teológica, no podían expedir diplomas de bachilleres. La vigilancia era hostil y policíaca, para ver que la verdad sea instrumento dócil de sus fanatismos. Mejor dicho, mucha iglesia y poco rey, como se decía en la colonia.

El servicio episcopal del señor Moreno en el Distrito de Pasto se vio sembrado de sobresaltos y desdichas. Los antecedentes hay que fecharlos en los años de gobierno episcopal en Pasto, ejercido por monseñor Manuel José Caicedo. Desde 1891 existía en Ipiales un colegio dedicado a San Luis Gonzaga y dirigido por Rosendo Mora, un antiguo miembro de las Escuelas Cristianas, el Hermano Constancio, que en Bogotá había abandonado los hábitos, se había hecho agrónomo y se había casado con Rosa Villota. Los problemas de Mora comenzaron en 1893 cuando su talante liberal lo indispuso con los párrocos de la región. Mora pasaba por hereje, pues negaba la divinidad de Cristo, la concepción inmaculada de María, su pureza virginal, y decía que la Virgen de Las Lajas no era aparecida sino pintada. Dígase in límine, que Monseñor Federico González Suárez había conjeturado lo mismo.

Atendiendo las informaciones y sugerencias de sus párrocos, monseñor Caicedo publicó el 22 de enero de 1894 una circular en la que ordenaba a sus fieles retirar a sus hijos del colegio regentado por Mora, bajo las consabidas amenazas parroquiales. Como éste no se daba por aludido, el obispo ordenó inmediata reparación en los lugares donde Mora había protagonizado sus escándalos e inició luego un proceso judicial en el Distrito e Obando, donde se le dictó auto de prisión, que confirmó el Tribunal de Ipiales. ¡Oh témpora, Oh mores!

Mora huyó al Ecuador y se instaló en Tulcán, donde apareció en agosto de 1896 dirigiendo el Colegio Bolívar, que había sido de los misioneros oblatos de San Francisco de Sales. Entonces los vecinos de Ipiales comenzaron a enviar a sus hijos al colegio de Mora de Tulcán, sin reparar en la prohibición hecha por el ordinario en 1894. Como la mayor parte de los alumnos de Mora en el Ecuador eran colombianos, los párrocos de esa región acudieron al Obispo, que ya lo era monseñor Moreno Díaz, para que tomara cartas en el asunto.

El nuevo obispo firmó el 8 de diciembre de 1896, en Túquerres, una circular que confirmaba la prohibición de su antecesor. No sólo encartó penalmente por impío al Rector, sino que agregó “que no se podrá dar sepultura a los fieles de nuestra Diócesis que teniendo hijos o dependientes en el expresado colegio, murieran sin dar señales de verdadero arrepentimiento de ese pecado”.

Se produjo el enfrentamiento de las dos diócesis. La que dirigía el feroz y rural Moreno Díaz y la que ostentaba el sabio humanista e historiador González Suárez quien inclusive había nombrado profesor de religión en el susodicho colegio. En el archivo de Jacinto Jijón y Caamaño reposaba el epistolario cruzado entre el Obispo de Ibarra y el Rector del Colegio “Bolívar”. Allí se comprueba la tranquila autoridad del mitrado esmaltado también por el estudio de las humanidades y el acrisolado fuero científico del tuquerreño que era acatado por los radicales ecuatorianos a cuya cabeza estaba el Viejo Luchador Eloy Alfaro.

El obispo de Ibarra recurrió tanto a las autoridades civiles como eclesiásticas. Al ininteligible y banderizo vicepresidente Caro, que era padrino de Ezequiel y suegro de una hermana del anterior Obispo Caicedo; y a la Santa Sede, en procura de inhabilitar al extralimitado obispo de Pasto. Caro, en su vida tuvo dos únicas noticias de Ipiales, una en carta autógrafa… “El Obispo de Pasto y el Colegio de Tulcán, en la ciud (tachado) población de Ipiales, en territorio limítrofe con el Ecuador, existió un colegio…”, manuscrito que no llegó a publicar pero que avalaba los desatinos de su recomendado y confesor Moreno Díaz.

En la otra solitaria alusión a Ipiales, el señor Caro, que sólo conoció Sopó y que sin embargo gobernó todo un período presidencial de seis años, en julio de 1880 en su sectario periódico de “La Reforma” había dicho: “Los únicos que desean el Décimo Estado son los confiscadores de la propiedad y la culebra de Pasto; un jesuita con el santo oficio en Túquerres (la leonera y su jefe), y los asalariados con trago y café en Ipiales”. Despistado y arbitrario, –como en todo- el editorialista Caro, porque en Ipiales no queríamos Décimo Estado. Arsenio Vela y Avelino Córdoba Bravo habían fundado periódicos con tal designio porque para nada queríamos dejar de ser prosélitos de Popayán para serlo de Pasto.

Le dijo González Suárez a Caro: “En Tulcán, ciudad ecuatoriana, perteneciente a mi diócesis, hay un colegio, que es nacional y que, desde el año pasado, lo dirige un señor Mora, colombiano; aunque el Colegio es nacional yo he establecido allí una clase de Religión, he designado el texto y he nombrado el profesor, que es un sacerdote de mi confianza; el Ilmo. señor Moreno, movido de celo por el bien de sus feligreses, ha excomulgado a los padres de familia que tienen hijos suyos en el colegio de Tulcán, y yo no he podido menos de reclamar  contra la violación de mi jurisdicción, y suplico a Ud. que se digne hacerme el servicio de poner la adjunta reclamación en manos del Ilmo. y Rvdmo. Metropolitano de Bogotá”.

El aludido arzobispo Herrera Restrepo acusó recibo y respondió que no se creía autorizado para intervenir oficialmente en el asunto… “se trata de una causa mayor entre los obispos, reservada al Sumo Pontífice…”.

El encargado de negocios colombiano escribió a su gobierno: “La Santa Sede ha dispuesto que el Ilmo. Sr Obispo de Pasto no lleve a cabo ninguna medida sobre el colegio de Tulcán, sin consultarla previamente. Pero desea a la vez que el gobierno de Colombia contribuya por los medios que estime convenientes a que el diocesano en referencia proceda con mucha discreción y tacto en el asunto de Tulcán y en cualquier otro que pueda relacionarse con el gobierno del Ecuador”.

Camilo Orbes Moreno recuperó una circular que divulgó Ezequiel Moreno en 20 de noviembre de 1897 y que era contundente en reclamar a sus sacerdotes en Jesucristo: “Oposición absoluta a todo candidato liberal, enseñando a los fieles que no se puede votar por los liberales sin ofender a Dios”.

Moreno Díaz, se refirió a las súplicas de monseñor González Suárez, el 17 de marzo de 1898: “el obispo de Ibarra escribió al señor Caro, y ¡quién sabe si habrá escrito al Gran Turco! Si sigue escribiendo, no sé en qué parará esto, porque los periódicos masones, que copian sus cartas y lo alaban, no solo me han insultado a mí, sino también a los de Pasto y éstos han contestado con la hoja que acompaño, aunque sin saberlo yo, como ellos confiesan”.

El cardenal Serafín Vannutelli (¿o el cardenal Gaasparri, o Luigi Trombetta Secretario de Asuntos Eclesiásticos?), en abril de 1898 emitió minuta: “Esta sagrada congregación resuelve que es necesario que el Obispo de Pasto desista de su actitud belicosa contra el Colegio de Tulcán, que revoque la excomunión fulminada contra los padres de familia que hayan mandado sus hijos al Colegio y que absuelva sin tardanza ulterior a los que hubieran sido ya excomulgados”.

Pero esta vez no funcionó aquel añejo y venerado latinajo de que “Roma locuta causa finita”, sino que Moreno Díaz desafió personalmente en el Vaticano al mismísimo León XIII quien atormentado por aquél redivivo Savonarola dictó una pastoral reclamando satisfacciones al rector del colegio. Nuestro sabio a 9 de mayo de 1899, ripostó que “una protesta de catolicismo hecha por mí en las presentes circunstancias, por sincera que fuera, no sería nada digna; y mis enemigos no se darían por satisfechos con ella y la atribuirían no a la profunda y entrañable adhesión a la fe de mis mayores, sino al miserable e interesado propósito de continuar al frente de este Colegio como director. Ahora se me manda dar satisfacciones al Ilmo. y Rvdmo. señor Moreno; mas, ¿de qué voy a dar satisfacciones, si no sé en que podré haberle ofendido?  Señáleseme los errores que yo hubiera escrito, que yo haya enseñado alguna vez; y estoy pronto a retractarlos al instante; dígame el Ilmo. y Rvdmo. señor Moreno en tal parte sostuviste este error, en tal tiempo sostuviste esta máxima reprobada, y yo ofrezco reconocer mis yerros y retractarlos públicamente”.

Allí surgió en toda su nitidez lo que dicen los ilustrados: nada es tan peligroso como la certidumbre de tener razón. Nada causa tanta destrucción como la obsesión de una verdad que se considera absoluta.

Retornando a su abandonada y atribulada sede, Ezequiel vio morir a su hermano Eustaquio quien llegó desahuciado desde Filipinas. Se embarcó en Barcelona rumbo a La Guaira y Panamá. Allí permaneció largo tiempo hasta lograr enrutarse para Tumaco. El 30 de mayo de 1899 retomó su silla de Pasto.

Los pastusos hicieron una “Forzosa Defensa” en marzo 10 de 1898… “es sensible en extremo que nos veamos obligados a volver por la honra, no solamente nuestra, al vernos tan gratuitamente insultados por la prensa radical del Ecuador, sino muy especialmente por el buen nombre del sabio y virtuosísimo prelado Ezequiel Moreno, gloria inmaculada del episcopado.

Al finalizar 1899, los estudiantes que demoraban en Tulcán también se lanzaron a la guerra fratricida de fin de siglo que habría de durar más de mil días. Aún los jóvenes ecuatorianos se alistaron en las filas. Rosendo Mora Rosero se fue para Quito, llamado por Eloy Alfaro, en donde fue Director del Observatorio Astronómico y rector del ya legendario Colegio Mejía. Murió en aquella capital muy poco después en 1901, a la temprana edad de 45 años.

 

Eloy Alfaro

 

… En aquel tiempo…  -como rezan los renglones bíblicos-, mientras Ecuador y Venezuela finalmente lograron normalizar sus relaciones con el Vaticano, nosotros resistimos hasta la Constitución de 1991, la perturbadora y maléfica injerencia y los conflictos nocivos que ha padecido con persistente carácter ultramontano, impuestos por la Silla Apostólica. El intachable constitucionalista de comienzos del siglo pasado Tulio Enrique Tascón, tuvo que admitir inconcusamente que entre nosotros se cometió el grave error de haber derogado el real patronato, para establecer en su lugar la separación de la Iglesia y el Estado, pues en la Nueva Granada se emancipó a la Iglesia del poder estatal, contrariamente a lo ocurrido en Italia en donde se emancipó al Estado de la dominación papal.

Bien pudiera decirse que este episodio bochornoso ocurrido en nuestra provincia y en el oscurantista período de la Regeneración y del Concordato con la iglesia católica, fue también un capítulo que se olvidó en la novela “El nombre de la rosa”, en el que el autor nos acompaña a sus intrigados prosélitos, en un enmarañado itinerario por los laberintos de la oscuridad, la ineptitud y la impotencia. Se dijo que era una pirotecnia detectivesca para dar con el asesino en serie. El repertorio delincuencial, que se mueve con el ritmo de las horas canónicas dentro de los esquemas del Apocalipsis, ve de impedir la lectura de un pergamino y frustrar el conocimiento sobre el misterio de un prodigio humano tan intrínseco y rudimentario como la risa, fuera descubierto y compartido por los monjes eruditos a cuyo cuidado estaba el mantenimiento de la biblioteca medioeval. Y cuando en la noche del séptimo día se logra dar con el manuscrito, que tenía como única razón de su existencia la preservación de los misterios del conocimiento, el abate comisario incendia no sólo la abadía sino cuantos tesoros se guardaban.

Esta novela paradigmática del semiólogo Umberto Eco, siendo también una apabullante creación barroca, es una denuncia sobre las acechanzas y contingencias de la educación manipulada y enclaustrada para que no sea democrática e igualitaria, como ocurrió igualmente con la biblioteca de Alejandría, que no sólo privó al mundo de la investigación iniciada miles de años antes, sino que retrasó el desarrollo de Occidente.

 

“La Virgen sus cabellos arranca en agonía y de su amor viuda los cuelga del ciprés”  

 

El mismísimo Rafael Núñez que compuso tan dantesca y horripilante caricatura en el canto general, es más sacrílego que nuestro Rosendo Mora, quien arrianamente, había dicho que “la Virgen de Las Lajas no era aparecida sino que era pintada”. Por ello tuvo que sufrir implacable prontuario que se sustanció en el Vaticano, en el palacio de san Carlos, en juzgados obandeños y en las cancillerías episcopales de Pasto, Ibarra y san Francisco de Quito.

En nuestra Elegía consagrada a Monseñor Mejía y Mejía recordábamos a Avelino Coral quien confesaba devotamente que “no ha faltado quien diga que la Imagen es obra de un buen pintor y hasta nos dicen su nombre, pero eso es pura patraña. La imagen no ha sido tocada por ningún pincel humano. La existencia de ella en esta roca es también un milagro; aquí no se sienten temblores ni terremotos y ningún daño han causado, en los pueblos de la provincia los que destruyeron a Pasto, Ibarra y Popayán”. De todas maneras, Monseñor Justino Mejía no les dio el imprimátur a los decires del doctor Vela Coral. Y no nos sorprendió que, más erudito y menos piadoso, Monseñor Federico González Suárez, solidarizado con Rosendo Mora reconoció que “en verdad el hecho sobrenatural está supuesto, ya que no está suficientemente comprobado ni tampoco la Iglesia ha emitido fallo alguno”.

Cuando Sergio Elías Ortiz acusa recibo de las “Notas crítico-históricas sobre la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas”(Imprenta La Luz, Ipiales, 1940) en las que Monseñor descarta absolutamente que el padre dominico Pedro Bedón haya sido el pintor de la imagen como se alegaba insistentemente. Bedón, nieto de Gonzalo Díaz de Pineda, conquistador y poblador de Pasto, no pudo conocer la técnica del óleo (la imagen es una pintura al óleo o lo que es lo mismo con colores disueltos en aceite de lino o de nuez) toda vez que apenas hacía esos años se difundía en Italia. A lo que el eminente Sergio Elías comenta: “descartado el padre Bedón como autor de la venerada imagen muy bien podría pensarse en un artista de estas regiones. Tengo datos para asegurar que en esta ciudad de Pasto hubo escuela de pintores desde el siglo XVIII; que a principios del siglo XIX los visitó Ernesto Capelo, pintor quiteño a lo que se me alcanza y de quien quedó como recuerdo un retrato seguramente del pintor pastense con la leyenda al pie “STO CAPELO EN PASTO EL AÑO” y que hubo aquí especial devoción por la Santísima Virgen del Rosario, por san Francisco y por santo Domingo”.

“¿Cuál el origen de la imagen?”, se pregunta Justino en el catecismo “Tradiciones y Documentos”. La imagen tiene, para el Justino mariano, un origen milagroso, vale decir es aparecida, y así lo confiesa exultante y piadoso y parece resguardarse en el recordatorio de Fray Juan de Santa Gertrudis quien la festejó el 16 de julio de 1759. (“La perla más bien pulida/que en fina concha se cuaja/ es la Virgen de las Lajas/ en la laja aparecida”).

 

Nossa Senhora de Las Lajas, Ipiales (Colômbia) – Foto: Luis Alberto Blanco

 

En su correspondencia con Sergio Elías Ortiz –que ya la saboreamos- le dice que el más indiciado, fray Pedro Bedón, no pudo ser el pintor porque para ese entonces no se conocía la técnica del óleo. Pero si no es probable no es imposible. Pero, ¿por qué solo hasta 1759 se hace visible o mejor dicho se aparece la imagen después de 150 años cuando dizque la pintó Bedón? ¿Cómo subsistió sesquicentenaria a sol y sombra, sin romperse ni mancharse?.

Pero el inefable Obispo Ezequiel dictó su Carta Pastoral, a 5 de agosto de 1899: “No hay que buscar fuera de vosotros, amados fieles, las pruebas de cuanto queda dicho: vosotros las dais abundantes; ¡con cuánto gozo de nuestro corazón, os oímos hablar de Nuestra Señora de Las Lajas! ¡Con qué gusto vemos vuestros viajes al Santuario para visitarla! ¡Allí se ven los trofeos de sus misericordias y testimonios de vuestra gratitud¡ No; no os entregáis a una devoción estéril y sin fundamento; ni ponéis vuestra confianza en un poder dudoso o quimérico como llegó a decir en aquellos lugares un conocido hereje y blasfemo –ya sabemos contra quien es la homilía-, que tuvo que huir, porque no se atrevió a sostener un combate con toda una comarca, que le habría oprimido con el peso de una verdad tan dulce como consoladora; no, mil veces no, los años van siendo testigos, de que vuestra confianza no es infundada, ni burlada vuestra fe, y de la experiencia, ensalzáis a la Virgen, la alabáis y le decís: ¡Tú, oh Virgen de las Lajas, Tú eres nuestra alegría, Tú laetitia Israel!”.

Y la Santísima Virgen ha acudido solícita a custodiar los ejércitos ya de la república ora de otros combatientes. Cuando el federalista Baraya vs. Nariño Presidente-Dictador de Cundinamarca, en enero de 1813, quien, habiendo discernido el cargo de Generalísima de las tropas a María Purísima, obtuvo una fácil victoria.

El año siguiente, cuando el Precursor intentaba tomarse la plaza de Pasto, cuéntase que hombres, mujeres y niños, sacaron por las calles del poblado a la Virgen de las Mercedes, su patrona, en compañía de Santiago y lograron abatir al revolucionario masón.

En abril de 1816, el general de brigada Manuel Servíez ordenó que ante el peligro de profanación se acomodara en un cajón el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá que escoltada por los dominicos siguieron para Ubaté, Cucunubá, Chocontá, Chipaque, Cáqueza en devota procesión. Empero, acosados por las tropas impías del realista Latorre, abandonaron el milagroso lienzo en las alturas de Sáname. ¡La virgen secuestrada no obró milagro a favor de los desventurados neogranadinos!

¡El Libertador-Presidente también sufría de raptos de incredulidad y blasfemia, y se enfiló en contra de la misma de Chiquinquirá, que aquí no sólo es secuestrada sino calumniada! En las memorias que dictó al coronel De La Croix le confesó: “¡Lo que es el pueblo! Su credulidad e ignorancia hace de los cristianos una secta de idólatras. Echamos pestes contra los paganos porque adoraban las estatuas, y nosotros, ¿qué es lo qué hacemos? ¿No adoramos como ellos pedazos de piedra, de madera groseramente esculpidos, retazos de lienzos mal embadurnados, y como la tan reputada Virgen de Chiquinquirá, que es la peor pintura que yo haya visto, y quizás la más reverenciada en el mundo y la que más dinero produce? ¡Ah, sacerdotes hipócritas e ignorantes!… Los hombres racionales no discuten principios, dogmas y misterios cuyos cimientos eran reconocidamente falsos, y que por lo mismo, se sabían que eran hijos de la superstición y la impostura”.

El presidente José Ignacio de Márquez, boyacense de Ramiriquí, fue acosado por sus paisanos por haber sustraído las perlas y demás joyas de la Santísima Virgen de Monguí.

El invicto general Mosquera cuando se declaró presidente en 1860 advirtió que hacía falta el cuadro de la Virgen de La Silla, que había dejado en el Oratorio, al terminar su primera administración. Ordenó buscarlo porque la tela al óleo de la Madre Intemerata no aparecía. En un momento de iluminación dijo Mosquera: “Ese cuadro debió llevárselo don Mariano Ospina para su casa; es necesario que aparezca. Y, además, tenemos así buen pretexto para hacerle una ronda; y si no aparece en el término de 48 horas, digan que mandaré fusilar a don Mariano o a don Pastor”. Así se hizo al punto. Y allí se encontró el cuadro de la Virgen que don Mariano había querido poner a salvo de quien venía a desterrar obispos, cerrar iglesias y suprimir conventos. El diablo suelto.

En la reciente pandemia, el bicéfalo ejecutivo actual se distribuyó las vírgenes. Mientras Duque invocaba la protección de la vernácula Virgen de Chiquinquirá, la canciller, con mayor exquisitez imploraba a la de Fátima, cuyo ancestro lusitano imprimía la gracia del cosmopolitanismo y seguramente la socorrería además del inusitado virus de los tantos y tan impunes “dramas familiares”.

Con razón el escéptico Jorge Luis Borges atinaba a balbucir: “¡Hijo mío, este mundo es tan extraño que en él todo es posible hasta la santísima trinidad”!

 

Las guerras de religión  

 

La guerra de los mil días

 

En 1875, bajo la dirección del tuquerreño pestalozziano Juan Álvarez, se funda en Ipiales la Escuela Superior de Varones, combatida por el obispo de Pasto al prohibir que los católicos matriculen a sus hijos en dicho Instituto. Así que la agresividad de san Ezequiel Moreno contra los ipialeños tuvo iniciativa en el anterior Obispo pastopolitano. Los curas se habían colocado a la entrada de la escuela y decían a los niños: “Aquí no entrareis porque adentro está el diablo”. Un airado comentarista de la pastoral del Obispo de Pasto contra la escuela de Ipiales, le puso una corresponsalía al “Diario de Cundinamarca”, en 5 de abril de 1876: “Nada queda excluido de esta prohibición monstruosa que parece desenterrada de la inquisición; nada, ni las escuelas elementales en que se enseñen los rudimentos más esenciales de la vida, aquellos conocimientos más triviales que distinguen a un hombre civilizado de un salvaje del África o la Oceanía. Según el Obispo, es un pecado aprender a leer y escribir; la gramática castellana, una abominación; la geografía, una blasfemia; la aritmética, una herejía. ¿Qué diremos de la pedagogía, el arte de educar, perfeccionar los métodos de la enseñanza? ¡Horror!, ese debe ser arte del diablo, el crimen de los crímenes … No exageramos: esas ramas de la instrucción pública están comprendidas en aquella frase de la circular, donde se dice que es mejor vivir en la ignorancia que entrar con una ciencia vana y estéril en el infierno”.

Por fortuna el celo progresista de la gente más o menos ilustrada de Ipiales generó rechazo total a la circular diocesana y se fundó el primer Colegio de Niñas del sur de Colombia, bajo la dirección de las payanesas Paula y Sara Valencia, cuyo titánico esfuerzo naufragó con la guerra religiosa del año nuevo. Paula emigró a la patria de Montalvo quien especialmente la había recomendado a sus paisanos.

En 1876 estalló la guerra religiosa que tuvo su epicentro en el Estado del Cauca, particularmente en los distritos de Ipiales y circunvecinos. La Villaviciosa, bizarra y brava retaguardia abrazó los principios laicos de los radicales, el desmonte del excluyente monopolio educativo y la abolición del arcaico patronato.

Desde 1863 se sufría el diferendo toda vez que la ley 23 de abril obligó a los sacerdotes a jurar la constitución laica de ese año, so pena de ser declarado incursos en desacato. Algunos curas la juraron simoníacamente para poder ejercer su ministerio pacíficamente. La mayoría, obedeció a sus diocesanos, abyectamente refractarios al juramento.

Valerosa y enhiesta fue la conducta del presbítero Miguel Herrera (primo del dirigente liberal Salvador Herrera) que en Ipiales juró con convicción y entusiasmo las cláusulas intangibles y refrescantes de la Constitución de Rionegro. También en Pupiales, el presbítero Rufino Garzón.

Al alumbrar el nuevo decenio (1870), las potestades se ensoberbecieron y ya no se pudo llegar a un entendimiento. Pio Nono proclamó el Syllabus, vengativo y cavernoso, mientras los liberales replicaron con consignas revolucionarias y laicas. En tanto aquellos fundaban en Pasto la “internacional católica”, los liberales se afiliaban a las “comunas” de Pasto, Ipiales y Túquerres.

En el año de la guerra religiosa los conservadores se levantaron en armas contra el gobierno liberal de Eliseo Payán y César Conto, con algún éxito pues depusieron y encarcelaron a los dirigentes radicales. Como un dominó se derrumbó la pirámide de gobierno y en Túquerres, Barbacoas e Ipiales, los funcionarios liberales tuvieron que resignar sus cargos y asilarse con sus familias en la frontera.

Los fanáticos conservadores-católicos asaltaron el mando y designaron a Manuel Garzón como comandante general del “ejército regenerador”. Acantonado en nuestra ciudad decretó: “el general Eliseo Payán y el coronel Joaquín Prado, han sido hechos prisioneros en el norte del Cauca, en donde están vencedoras nuestras armas; que la opinión general favorece nuestra santa causa en todo el Estado, hasta el extremo de tener reducido a su tirano gobierno a una sola ciudad, Popayán; que allende el Carchi, se encuentran afligidos por el hambre más de 500 hombres, a sólo la vista del brillo de nuestras armas”.

A pesar del angustiado indulto que les notificó para que vinieran a someterse a este espurio gobierno, los exiliados no regresaron. Salvador Herrera, Avelino Vela, Víctor y Tobías Montenegro, rancios ipialeños, no cedieron un milímetro de dignidad liberal y resistieron estoicamente. Fieles a su estirpe civilista, los habitantes que quedaron en Ipiales no dieron cuartel al comandante Guzmán, tanto que éste iracundo dijo: “todos los pueblos de este municipio (Obando) son hostiles a nuestra causa, hasta el extremo que esta Capital (Ipiales) y desde Tulcán, el jefe municipal y otros cabecillas han impartido las órdenes para que se cierren todas las tiendas en que la tropa podía favorecerse de víveres, billares, fondas, etc.”.

Ningún ipialeño aceptó reemplazar a Avelino Vela en su desertado obligatoriamente cargo de jefe civil del municipio de Obando (que ejercía nuevamente): “No he hallado quienes quieran hacerse cargo de la jefatura civil del municipio, administración de hacienda, ni otro empleo, ni estos empleados tendrían funciones que ejercer a virtud de que los semibárbaros de este municipio no han reconocido el actual orden de cosas y apenas están sometidos a la fuerza de nuestras bayonetas”.

Ipiales fue bastión hermético para la defensa del orden político-jurídico –ahí sí- aniquilado por la tenaza conservadora-católica.

El esclarecido cura Miguel Herrera tampoco sometió a su grey al intruso Guzmán quien demandaba del obispo de Pasto su inmediato confinamiento.

En el Instituto Municipal Archivo Histórico de Pasto, de donde extraemos esta artillería manuscrita que rescata este episodio ominoso –sepultado en olvido interesado- reposa la carta del mismo Guzmán que resume su cólera jupiterina por no haber podido aplastar a los sediciosos ipialeños: “He sido informado que el presbítero Miguel Herrera predica en las calles y plazas a los ilustres habitantes de esta población de Ipiales que no hay razón para obedecer al gobierno de la regeneración llegando al extremo de asegurar que no hay perjurio, aunque se declare falso ante las actuales autoridades”.

Los curas Rufino Garzón y Fernando Paz fueron también heraldos de la resistencia que no abandonaron la lucha sino hasta la victoria nacional del liberalismo. Por increíble que parezca en estas escaramuzas insólitas Pupiales se mostró liberal y Túquerres conservador y ultramontano.

En abril de 1877, se definió la guerra a favor del legitimismo y los perseguidos de la víspera regresaron al calor de sus familias y al seno de la administración. Avelino Vela se reincorporó a la jefatura del Municipio de Obando; en Pasto, Alejandro Santander; y en Túquerres, Pedro Marco de la Rosa.

Fue la última guerra religiosa, pues la verdadera e implacable regeneración de Núñez y de Caro –que fue una verdadera dictadura tropical-  descolgó sus oscurantistas responsabilidades en los báculos de Roma y sus satélites, a cambio de poder disfrutar los placeres del mundo sin excomuniones ni anatemas.

Al filo del siglo, otras dos pioneras, la pastusa Amalia Santander y la tuquerreña Hortensia Mora Rosero -hermana de Rosendo y de Dositeo- y esposa del dirigente liberal Horacio Ortega, establecen el Colegio femenino “Nuestra Señora de Las Lajas”. Las hermanas franciscanas, en cabeza de la madre Caridad Brader retoman el Colegio en 1897. Surge allí y entonces la piadosa e inspirada Victoria Pereira Urdaneta, hija del sabio Fortunato y prima del futuro presidente Urdaneta Arbeláez, en la vida monacal con el consagrado nombre de sor Celina de la Dolorosa.

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