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EL IMPERIO DE LOS DIOSES

Inty pensó que había en los dioses debilidades e inconsistencias.

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

– ¡No es bueno encargarse de mediocres! -gritó uno de los dioses que departían en la opípara mesa. Su grueso abdomen temblaba como gelatina cada vez que estiraba la mano para alcanzar un grueso trozo de carne que engullía ávidamente. Los otros no hacían diferencia, sus túnicas se apretaban en sus cuerpos pareciendo estar al límite, antes de estallarse.

– Hay que reemplazar a Benjamín, sin castigo no es capaz de hacer nada, además está viejo y cansado. Que vaya a morir entre su familia

– ¡Clarísimo! – dijo otro, mientras saboreaba un helado de uvas maduras.

– La idea es imponer nuestra voluntad y permanecer dignos. Los hemos creado para obedecer. Hemos vivido tanto tiempo entre ellos como sus amos y ellos como nuestros siervos, que no puede ser de otra manera. Así nos han amado y nos han reverenciado, no podemos perder nuestra cordura, por un asomo de infinita bondad.

– ¡Necesitamos su compañía! – anotó el tercer dios, quien habló más pacientemente, pues ya había dejado de comer. -Este guerrero es fuerte y asombroso. Ha sido creado para nuestro bienestar.

– ¡Cierto, cierto! – dijo otro, mientras sacudía sus mejillas rojas y regordetas. Reía mucho en medio de su ebriedad, pues se había tomado todo el vino que quedaba y ya estaba abriendo otra botella. – No podemos perder el camino; nuestra voluntad será la misma, ya se lo ha elegido y es a él a quien queremos.

– Debemos ordenar el anuncio para convocar al pueblo. Me encargaré yo mismo, intervino nuevamente el primero. Todos se levantaron con dificultad agarrándose del soporte que los tronos tenían a cada lado. La dificultad se daba por su gordura, pero también por su embriaguez.

Abajo, en la pagoda, nada se sabía, parecía que todo estaba en calma.

Inty era el joven más inteligente, valiente y bondadoso, por eso sus padres se sentían orgullosos. Se había convertido poco a poco en el soporte de todas las personas que lo requerían. Era altivo y muy sereno, parecía que nada lo desestabilizaba.

Sin embargo, ese día la aurora sorprendió a la colina. La tribu se levantó a la misma hora de siempre, pero el día asomaba diferente. La pradera tenía un color azuloso, el ganado se perdía aún entre las sombras de los árboles y lentamente los tímidos rayos del sol asomaban amarillos entre las encrespadas montañas, la luna todavía estaba presente, parecía que esperaba oír la noticia.

De pronto, como si hubiera ocurrido un temblor, todo se alteró y el cuerno sonó con una voz grave y desconocida en lo alto de la montaña. Era la voz del Gran Dios, que muy pocas veces se dejaba oír.

– ¡Atencióoooooon, Atenciónnnnnn! habitantes de la pradera, resonó su voz en la lontananza. El eco replicaba este llamado, muchas veces.

Un murmullo diferente también se levantó junto a las viviendas, alguien más, desde afuera de las chozas, con una voz autoritaria, instaba a todos a levantarse rápido. – Vamos, levántense. El Gran Dios los requiere en la colina.

– Deben estar todos, decía la voz. – Incluyan a los niños y a los viejos, recomendaba.

El envejecido cuerno seguía sonando. – Es una noticia urgente, por favor acudan todos. Los dioses han convocado a las tribus de su imperio, para distribuir maná para sus pueblos.

Como fantasmas, aún entre las sombras de un amanecer temprano, todos ascendían presurosos la montaña.

– ¿Nos van a distribuir el trigo que sembramos y cosechamos?, preguntaba un niño de piel canela y ojos grandes. Su padre le hizo un gesto de silencio y con el índice en sus labios le exigió que se callara. El muchacho inclinó por un rato la cabeza, pero luego se irguió nuevamente, se elevó y dijo: – Ese trigo es nuestro, porque nosotros lo sembramos y lo cultivamos.

Se había cansado la tribu de leyendas, se había cansado de temer al poderoso pues en el camino largo de su historia lo había perdido todo, de nada habían sido dueños, todo les pertenecía a los dioses, pero además, en silencio, sudaban el dolor de perder a sus hijos. De nada les ha valido hablar, ni rogar, ni perder su sangre a la orilla del rio, por eso, suben entre la arena que ciega sus ojos, sabiendo que perderán sus más amados frutos.

Allí están siempre sentados, disfrutando de lo que ellos también han creado. Viven su impotencia. Algunos se han conformado y han llegado a ser felices complaciendo a sus dioses, pues su voluntad es lo primero, solo ellos saben lo que al hombre le conviene.

Inty aprendió, como todos, a saludarlos con reverencia y a implorarles que los tuvieran en cuenta en el territorio de los sueños. Todos levantan su cabeza a la colina, porque piensan que todo les caerá a sus manos levantadas, los aclaman y oran en silencio. Son los dueños de todo lo creado, por eso sólo les queda caminar y caminar hasta donde ellos les indican, húmedos, oscuros. fervorosos.

Como un trueno ha sonado la desmedida voz del poderoso:

– ¡Se ha decidido llevar al guerrero Inty con nosotros! Estamos viejos y necesitamos quién nos ayude!

La madre y los hermanos lo rodearon y el pueblo tembló ante tan trágica noticia. Inty irguió su cuerpo fuerte con su lanza levantada hacia las alturas y mantuvo la mirada de los dioses. La tribu gemía, sabía que él era su única esperanza de libertad, después de perder el agua de su río, ese río que los había mantenido vivos y que ahora era solo fuente de los dioses, ese río donde abrevaron los centauros y ahora era prohibido para los mortales, pues sus aguas cristalinas se habían convertido en fuente de vida únicamente para los poderosos.

Inty sabía que no podía rebelarse, por eso, humilde, agachó su cabeza en señal de reverencia. Los dioses lo saludaron felices. Sabían que él tenía su corazón de hombre bueno, su juventud, su inteligencia y la confianza que habían perdido entre algunos de sus fieles. Sin embargo, los ojos de sus padres, sus hermanos y su pueblo, se habían entristecido porque sabían que no volverían a tenerlo.

– Fue más fácil de los que pensamos. Se ha hecho nuestra voluntad, dijo el Gran Dios. Todos los demás, inclinaron la cabeza y lo aplaudieron eufóricamente.

Así, con esas declaraciones divinas, con la aceptación de Inty de irse con ellos para nunca más volver, con la impotencia y el silencio, pero aún levantadas las manos y dando gracias por ser parte de su voluntad, los miembros de la tribu bajaron a la pradera para seguir trabajando la tierra de los dioses.

Humildes, silenciosos, bajo un sol incandescente, se derretían como estatuas de cera, pero… cuidaban sus lágrimas de dolor, pues no querían que los dioses descubrieran su rebeldía ya que podían despertar su cólera y se duplicaría entonces su martirio. Cada hijo que nacía fuerte, inteligente y bello les pertenecía a ellos. Esa era la consigna.

Aguantaban, resistían su sed bajo el cielo reluciente, el río brillaba con sus aguas cristalinas, pero ya no les pertenecía, ya no podían beber el agua en la cascada, tampoco subir a la montaña a recoger el maná que derramaban los dioses pues aunque caía al abismo no habían dado la orden de recogerlo.

Inty no pudo dormir la última noche que le quedaba entre su familia. Se levantó recordando lo que le contó su abuelo cuando lo eligieron. – Era casi un niño, cuando me llevaron. Sangraban mis manos y mis rodillas por todo el trabajo que debía desarrollar para ellos. Su voluntad es caprichosa y sin sentido -le había dicho en secreto. Entonces le contó un poco entre la burla y la ironía, que un día, uno de ellos, a quien debía servir y cuidar, tomó tanto vino que quería cerrar la puerta del templo, pero nada pudo hacer y cayó como un fardo, por lo cual durmió largos días porque cuando despertaba el abuelo le tenía listo otro vaso de vino. Su dios durmió por mucho tiempo, hasta que lo devolvieron a su familia porque ya su dios no lo necesitaba, pues siguió durmiendo por siempre.

Inty pensó que había en los dioses debilidades e inconsistencias. Recordó que cuando era niño, uno de ellos, lo mandó a llamar al templo y lo vio tambalearse de la embriaguez, cuando con su látigo en alto quería castigarlo, para que se volviera fuerte. – Esto es solo una prueba, le había dicho, quiero que cuando crezcas no seas débil como tus mayores. Esa vez, su dios se enojó mucho, cuando le respondió así: – Mi Dios, no quiero látigo, yo soy muy fuerte, sin que me castiguen. El dios tembló de la ira, un mortal había osado replicarle y poner sobre la mesa su opinión, se abalanzó sobre su pequeño cuerpo, con el fuete en alto, pero cayó como una estatua de hielo y quedó fundido sin fuerzas en el piso.

En aquella ocasión su madre lo encontró despierto y él le contó lo que había pensado.

– Hijo, no caigas en la blasfemia y la rebeldía, ni intentes comprender a tus Dioses, sólo debemos acatar su voluntad, por grande que sea el dolor que sintamos. Son pruebas, hijo mío, dijo sollozando. Nada podemos hacer, sino acatar humildes y agradecerle cada día por tenernos con vida.

– Una vida así, Madre, no tiene sentido. Entonces… hablaron casi toda la noche.

Ahora, en vísperas de su entrega, Inty pensó que el temor de las gentes de su tribu a la ira divina, era injustificada, pues cuando los dioses tomaban ese brebaje que tanto les gustaba, dormían profundamente y eran inofensivos. Convenció a su madre de llevar a cabo un plan. El vino mezclado con la hoja milagrosa con la que ella curaba todos los males de su pueblo, producía una reacción reforzada de sueño.

Este día, el de la entrega del guerrero a los dioses, la tribu se vistió de fiesta, aunque su corazón estaba de luto. Subieron la colina en una ceremonia y un rito que por sí solo lo decía todo. Todos, hasta los niños, vendadas sus bocas, ascendían la montaña, reverentes y en silencio.

Inty, levantaba la mano derecha y en el hombro izquierdo llevaba un barril de vino que luego ofreció a los dioses de manera ceremoniosa.

– Adorados dioses, estoy feliz de formar parte de su Imperio. Me siento orgulloso de ser su elegido.

Su voz retumbaba en la montaña. Bajó el barril con el vino de su hombro y de rodillas les ofreció su vida. – Este es el mejor vino que hemos podido obtener. Hemos querido brindar con ustedes y agradecer esta elección que me han hecho. Humildemente les pido celebrar con ustedes mi despedida. Mi familia, ha seleccionado las mejores uvas para sus divinidades y me gustaría que acepten nuestro brindis en su honor. La tribu se arrodilló con la cabeza baja.

– Mis Dioses, ustedes, son los dueños del universo y de nuestras vidas, por eso veneramos su nombre y obedecemos su voluntad.

Los Dioses se consultaron entre si y el Gran Dios aprobó con una señal de su cetro. Inty pidió a los jóvenes que le ayudaran a servir. Todos se movieron para recibir el vino, lo probaron degustándolo y alzaron la copa repitiendo su voz de satisfacción por el regalo. La tribu solo miraba la escena, siempre en silencio.

– Tenemos más vino, ofreció Inty, con la mayor humildad. – Ustedes se merecen todo… Son nuestros amos y señores; a ustedes les debemos la vida. Gracias por existir para nosotros; todos los días agradecemos su presencia; todos los días agradecemos el nuevo día que nos dan.

Les ofreció mucho más vino, hasta que los dioses fueron cayendo embriagados uno a uno en la montaña. Las gentes de la tribu entraron en una ensoñación, en un enajenamiento; ningún dios vigilaba. Nunca habían sentido este aire de libertad, volvieron a escuchar el murmullo del río y, tímidamente, en la pradera se levantaron las aves que permanecían escondidas, atemorizadas, el ganado volvió a abrevar en las aguas cristalinas del rio, los niños rieron y festejaron sus juegos, sin culpas y sin miedos. Los ancianos contaron nuevamente sus historias, al lado de la hoguera. Inty abrazó a su madre y rio a carcajadas, dio un grito de victoria. La tribu despegó la mordaza de sus labios, sin sentirse culpables, cargaron a Inty en sus hombros y bajaron jubilosos manteniendo el grito: ¡Inty vive! ¡Inty vive!, que repetían entre lágrimas.

Las tormentosas nubes se calmaron en el cielo y lentamente se marcharon sin destino. Ahora los pobladores ya son los dueños de las montañas amarillas y resecas, donde cada uno lleva sus semillas para convertir su tierra en un lugar bello, lleno de frutos y de flores para volver a respirar su aroma, la tierra volvió a ser de todos.

Pero había un solo problema, había que alimentar con vino a los dioses para que durmieran toda su existencia, nadie los quería ni los necesitaba sobrios, nadie quería sentir miedo, ni amor ciego, ni reverencia a quienes, para probarlos, les quitaban el agua, se llevaban sus hijos y los sometían a pruebas dolorosas cada día.

La comunidad se reunió sin temblor en las rodillas, sin culpas, sin odios ni fervores exagerados, para saber cómo conseguir el vino. Convinieron un día por familia para propiciar el vino y mantener embriagados a los dioses.

Los viejos sabios de la tribu recogieron los abrojos del desierto y sembraron los viñedos para tener eternamente el vino que les daría su libertad definitiva. Sabían que el dolor y el sufrimiento era parte de su existencia y estaban preparados para afrontarlos, pero ahora eran libres y dueños de sus frutos.

Ahora, desde lejos y en silencio, atisban el imperio poderoso, caminan… solo caminan, sudan su andar, pero avanzan libres al territorio de los sueños. Caminan… solo caminan, oscuros, húmedos, ya regresan a su morada para hundirse en el bronce de su etnia.

Aman su río sin sangre; él, siempre recostado, plácido en la pradera, ya no es fuente prohibida para los sedientos hombres de su pueblo.

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