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¿EL FIN ECUATORIANO JUSTIFICA LOS MEDIOS?

No existen fisuras en la edificación del derecho internacional, cuya piedra angular es el respeto a las inmunidades diplomáticas.

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Por:

J. J. Gori Cabrera

Diplomático y profesor de Derecho Internacional

 

José Joaquín Gori Cabrera

 

La máxima romana “exitus acta probat” dice que los resultados prueban los medios, pero se ha interpretado como que el fin justifica los medios. Es el lema del momento. A la colombiana: “hágale, y después vemos”.

El pasado 1º de abril unos misiles acabaron con un anexo consular de Irán en Siria. Irán acusa a Israel. Pocos días después la policía ecuatoriana asaltó la embajada de México en Quito, agredió a un miembro de la misión y arrastró al exvicepresidente del Ecuador, Jorge Glas, quien se encontraba de huésped y solicitaba asilo. Todo está en video.

Según los expertos, en ambos casos se trataba de territorio extranjero porque los consulados y las embajadas son extraterritoriales. Serían entonces casus belli, casos de guerra, que dan el derecho a defenderse de la agresión. Esto es confuso, pues la ficción de extraterritorialidad fue eliminada desde la Convención de Viena de 1961 sobre Relaciones Diplomáticas. Las inmunidades ahora se otorgan para el ejercicio de funciones y las misiones no se consideran territorio extranjero.

La inviolabilidad de los consulados solo cobija la parte de los locales destinada a la función consular. Israel no reconoce responsabilidad por los misiles ni por las muertes que causó, y un portavoz sostuvo que eso no era un consulado sino un nido de terroristas. La inviolabilidad de las embajadas, en cambio, cobija todo: locales, residencia, garajes, parqueaderos, jardines. Hasta el depósito de agua del embajador (i.e., piscina).

Irán no ventilará su caso con Israel ante tribunales internacionales. México, en cambio, ya presentó su demanda ante la Corte Internacional de Justicia. La cuestión del asilo, que alega Ecuador, es irrelevante para el caso. No se trata de reglas sobre asilo diplomático, que pueden discutirse. Se trata de que nunca ha existido un precedente tan contrario al núcleo fundamental de la diplomacia, que es la inviolabilidad de una misión diplomática. Para invadir la embajada el presidente ecuatoriano Daniel Noboa eligió mal el momento, mal las circunstancias y mal la fórmula. Eclipsó por minutos las salvajadas de la “operación militar” de Putin en Ucrania y de la cruzada bíblica de Netanyahu en Palestina. Le dio causa común al mundo entero. Todos a una, como en Fuenteovejuna, han rechazado el asalto a la embajada. La propia OEA ya lo hizo en pleno, con la única abstención de El Salvador.

La canciller vecina, Gabriela Sommerfeld, sostuvo que no es lícito asilar a quien ya tiene causa penal y que el asalto se justificó porque existía riesgo de fuga. Hay poca sindéresis en todo esto. Si una persona busca asilo en una embajada es para salir del país; no para alojarse. Con la Doctrina Noboa, entonces, siempre habrá de presumirse intento de fuga del solicitante de asilo, y correlativamente ello daría derecho a irrumpir en la misión a lo Pancho Villa, con gente armada hasta los dientes y equipo de alta tecnología.

Aunque lo del asilo es cosa aparte, es pertinente aclarar que Ecuador secundó a Colombia en el caso de asilo de Haya de la Torre (Colombia vs. Perú, CIJ- 1951) en el planteamiento de que es al Estado asilante al que le corresponde calificar la naturaleza del delito o de la persecución. Ecuador en el 2016 consultó a la OEA si el asilo diplomático es un derecho humano, y Colombia más adelante, si la reelección era derecho humano. Faltaría que terciara algún país vecino para preguntar si los procesos constituyentes por cabildos y plaza pública son derechos humanos. A todas estas preguntas la respuesta es no; pues de lo contrario darían acción contra los Estados para que se otorgue el asilo, o se permita la reelección, o se adelanten los constituyentes de las plazas de mercado. Ya entrados en gastos se podría consultar si el sexo es un derecho humano. La respuesta recordaría a Nat King Cole: “quizás, quizás, quizás”.

La inviolabilidad de sedes y agentes diplomáticos se respeta hasta en la guerra. Durante la contienda civil española, gentes de ambos bandos salvaron sus vidas gracias al refugio que encontraron en embajadas extranjeras, entre ellas las de Colombia y de República Dominicana. Hay un gran repertorio de incidentes que han puesto a prueba las instituciones de la diplomacia. La inviolabilidad protegió la toma de la embajada dominicana en Bogotá, en 1980. Ese mismo año España rompió relaciones con Guatemala a raíz de la masacre que ocurrió cuando la policía ingresó a su embajada para desalojarla y la trifulca terminó con más de treinta muertos. En 1984 desde una supuesta embajada de Libia en Londres salieron los disparos que mataron a la oficial Yvonne Fletcher. El dictador libio Gadafi había decretado que sus embajadas serían “Oficinas del Pueblo”. La de Londres había sido tomada por unos pretendidos estudiantes y ni siquiera estaba acreditado un jefe de misión. Sin embargo, la policía metropolitana de Londres no invadió los recintos. En octubre de 2018 el periodista Jamal Khashoggi, crítico de la autocracia saudí, ingresó al consulado saudí en Estambul para obtener un documento. Nunca salió. Un escuadrón de la muerte había llegado de Riad para matarlo. Lo hicieron brutalmente y descuartizaron el cuerpo. El mundo entero se horrorizó. Pero no ocurrió nada más. Fueron los propios saudíes quienes juzgaron a su gente.

Este somero repertorio de incidentes de la mayor gravedad muestra que no existen fisuras en la edificación del derecho internacional, cuya piedra angular es el respeto a las inmunidades diplomáticas. Lo dijo con claridad la Corte Internacional de Justicia en el caso del personal diplomático y consular de los Estados Unidos en Irán (1980): “No hay otro prerrequisito más fundamental para la conducción de las relaciones entre Estados que la inviolabilidad de los enviados diplomáticos y las embajadas, a tal punto que a través de la historia naciones de todos los credos y culturas han observado con tal propósito obligaciones recíprocas”.

Ahora la pregunta es: ¿quién podrá salvar al Ecuador de una condena ante la Corte Internacional de Justicia? México pide de ñapa que se excluya a Ecuador de la ONU hasta tanto se disculpe. Para salvarse no pueden contar con el Chapulín Colorado, porque es mejicano, y porque de pronto venía en el mismo avión que según especulaciones de los medios ecuatorianos había sido enviado para la fuga del huésped.

 

Fuente:

https://cambiocolombia.com/columnista/j-j-gori-cabrera

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