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BORIS ARTEAGA, PULSIÓN ANCESTRAL

Bebiendo la chicha que nos ofrecen generosamente los indígenas Pastos de Túquerres, el maestro Boris pareciera recibir la totuma y rememorar también los rituales antiguos

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

Cuando recibí la hermosa caja que contiene los 10 libros que conforman la Colección Bibliográfica de Autores Nariñenses (2016), aparte del obvio interés por los libros ahí contenidos, me llamó poderosamente la atención el dibujo que los resguarda, el quinde -colibrí- que vuela sobre un rostro que tiene una diadema de flores, cerca a una luna que se antepone al nocturno Cumbal, los cultivos que tornan el espacio con la llamativa amalgama de verdes, que es mucho más que una repetitiva metáfora de un poeta que también fue mucho, pero mucho más que eso; aves que parecieran reposar para mirar su espacio al pie de la Laguna Verde, todo esto sostenido por un cardumen azul en medio de refrescantes olas marinas, como recordando el importante lugar que ocupa Túquerres dentro del marco geográfico y social de Nariño, como el gozne que conecta a la sierra con la costa. Cuando pregunté de quién era tan maravillosa obra, me respondieron que del pintor tuquerreño Boris Arteaga.

 

Obra del Maestro Boris Arteaga

 

Lo encontré en diferentes buscadores de internet, recordé entonces que con anterioridad había llamado poderosamente mi atención sus paisajes, pero también los rostros indígenas, afros y mestizos que aparecen en sus obras, una panorámica de Pasto donde el Galeras se impone sobre la ciudad moderna, que no por ello deja de ser también desde el arte una saudade colonial, en fin, una obra cargada de colores y matices donde la naturaleza cobra especial importancia. Su obra refresca la memoria y los mitos reaparecen por entre el entramado de ese nudo de Los Pastos que regala generoso las cordilleras a la patria, entonces la flora y la fauna propias toman sitial destacado en sus cuadros y murales; las flores parecen tejidas con filigrana desde su pincel, diademas que se vierten en bellos rostros que son los de nuestra propia gente nariñense, que junto a plumas, lunas y soles, estrellas y constelaciones, vuelcan nuestra mirada a nuestro propio barroquismo, como una exaltación de todo lo que fuimos y somos ahora.

 

Obra Claro de Luna

 

Saboreando un café nariñense, con su voz melodiosa reconoce sin quererlo sus propias influencias, mucho más allá de las académicas, como la del abuelo polvorero que le permitía el asombro cuando entre noches oscuras se elevaban los cohetes que, al reventar, poblaban el cielo con estrellas de diferentes colores, quizá esos ecos de asombro de los demás también le permitieron volver la mirada y recoger esas expresiones que hoy componen sus cuadros, hombres y mujeres que llaman inmediatamente la atención del espectador. O la de su propia ciudad, la ciudad sabanera, cuyo contorno toma diferentes matices a diferentes horas del día, o en diferentes temporadas donde el clima fluye libremente, con ese frio que cala los huesos, representado en los azules intrépidos que aparecen en sus obras; o de los verdes que se tornan frescor en medio de soles y lunas que representan el tiempo y el espacio.

Bebiendo la chicha que nos ofrecen generosamente los indígenas Pastos de Túquerres, el maestro Boris pareciera recibir la totuma y rememorar también los rituales antiguos, frente está una de las obras que ha pintado para su pueblo y que recoge a los danzantes de Esnambud, dejando clara constancia de su pasado y de su tradición, no como un mero legado que se recoge, sino como la sangre que busca ser tinta para mostrar esa heredad. Pese a sus largas permanencias en Europa y en otros lugares del mundo, pese a la formación en academias de aquí y de allá, el maestro Boris pareciera depender de esa tradición que nos vuelve telúricos.

Todo parece llamar su atención, esos detalles que pueden pasar desapercibidos para cualquiera, en él cobran vital importancia para retratar el sincretismo que nos caracteriza como pueblo de sierra, de costa y de amazonia, ahí la religiosidad judeo-cristiana heredada mediante imposición, se conjuga poderosamente con la simbología primigenia que habla de un sentimiento religacional auténtico; los paisajes perfectamente conjugados en gama de diferentes colores o la ciudad que busca ser moderna pero que se resiste a perder su pasado; Ipiales, Túquerres, Pasto o Samaniego que irrumpen con templos, edificios o puentes en medio de ríos milenarios y de montañas ancestrales.

 

Mujer..

 

Un lugar destacado en su obra ocupa la mujer, rostros y cuerpos que posicionan su lugar en el mundo, como creadoras y como gestoras de vida, como sostenedoras de una fuerza incontenible frente a un mundo que avasalla con su modernidad asfixiante, Janos propias que muestran ese pasado que a veces se vuelve bruma y un presente mestizo esperanzador. Un pretexto, quizá, para mostrar la pulsión propia de su arte, pero también de la que está contenida en este Sur, donde la vida es una verdadera constancia.

 

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