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BOLIVAR: “JOVEN LIBERTADOR”

REMINISCENCIA DE VICENTE PÉREZ SILVA

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Por:

Vicente Pérez Silva

 

Vicente Pérez Silva

 

Hace poco tiempo, gracias a la bondad y deferencia de mi estimado amigo y coterráneo Ricardo Estupiñán Bravo, tuve la grata fortuna de recibir su valiosa obra “Caminando por el sur. Historias y Leyendas de Nariño”. Con la gran curiosidad de que el autor, un versado intelectual y acucioso investigador, abre su libro con una sorprendente página, en la que nos revela la historia de un singular episodio: darle a Bolívar el llamativo y vital calificativo de “Joven Libertador”

Cabe señalar que el autor de semejante historieta, es nativo del lugar en donde Bolívar fue bautizado con tan atractivo calificativo: Cumbal, un recóndito terruño al pie del nevado del mismo nombre, al sur de nuestro departamento de Nariño. Tierra exaltada con mi acristalada inspiración y fidelidad por uno de sus hijos predilectos.

Con esta revelación histórica que parece de leyenda, nos percatamos que, en la vida de Bolívar, no todo es desapacible y repudiable, sino que, por el contrario, nos sorprenden relatos que encantan y seducen. Sin embargo, como la memoria, infortunadamente, es olvidadiza y, lo que es peor, indiferente o ajena al conocimiento y recuerdo de nuestras tradiciones, en sus diversos aspectos, nada mejor ni más indicado que, por su brevedad, traer el texto del novedoso episodio, que es del siguiente tenor:

 

Simón Bolívar. El Libertador (Bolívar diplomático), Rita Matilde de la Peñuela.

 

Durante la segunda visita del Libertador, la tenaz tormenta interrumpió la marcha. Bolívar y dieciocho acompañantes se escamparon en la casucha humilde de Benilda Puentes -en Cuaspud Chiquito-. La dueña de casa entre sorprendida, orgullosa y apenada arregló como pudo unos troncos junto al fogón para que la hermosísima caravana abrigara el impresionante frío de las tres de la tarde. Afuera las cabalgatas empezaron a llegar con alaridos de júbilo por la nueva presencia del Libertador. Fermín Taimal en avanzada borrachera exclamaba a todo pulmón: ¡Viva el Libertador. Viva Cumbal hijueputas!. Súbitamente, la borrasca se extinguió y los nevados se pusieron sus ruanas blancas para abrazar al hombre más grande de América de todos los tiempos.

Adentro todos hablaban mientras tiritaban despojándose de sus capas y escurrían sus botas. Bolívar tosía incesantemente sin intervenir en la conversación. Benilda pidiendo mil perdones calentó una ollada de café con panela y amasó unas tortillas que asó sobre la callana.

Mandó a su hija Clemencia a ordeñar la chiva con cuya leche preparó una infusión con miel de abejas y hojas de geranio que muy ardiente le sirvió a Bolívar en un tazón chiltado. Casi de milagro la asfixiante tos del Libertador mermó y agradecido por la bebida señaló a sus correligionarios, que para el viaje de retorno sería bueno llevarse a misia Brunilda. A mí no -replico ella- a la que tiene que cargarse es a la chiva, joven libertador. Una sonora carcajada prorrumpió de los contertulios. Frente a la vergüenza de la anfitriona, Bolívar concluyó: los largos caminos de campañas me han conferido diversidad de títulos: excelencia, padre de la patria, Libertador, señor don Simón. Pero aquí en Cumbal vengo a escuchar el mejor de todos – joven Libertador-.

Hemos dicho que esta es una historia que parece de leyenda. Nada más cierto que muchas veces ignoramos, dónde comienza la realidad y termina la fantasía o dónde comienza la fantasía y termina la realidad. Lo anterior, sin olvidar que, en el ámbito de la historia, hay sucesos narrados con el hechizo del desbordante imaginario. De aquí la consagrada expresión acerca de una novedad o una anécdota, “si no es cierta está bien inventada”. Sin ir más lejos, es preciso reconocer que la vida se desenvuelve entre la realidad y la fantasía, entre la realidad y los sueños. Con razón se ha dicho que “la realidad tiene misterios que la fantasía no conoce”. En contrasentido, me inclino a decir que la fantasía ignora estigmas que la realidad esconde.

Conviene agregar que, a dicho calificativo de “joven Libertador”; y, a los otros que le fueron conferidos, se le hubieran endilgado algunos más; conforme se ha escrito con acierto, “en nombre de la libertad se le apellidó tirano; en nombre de la autoridad de le dijo rebelde, insurgente y sedicioso; en nombre de la cordura se le motejó de ambicioso y visionario”.

A la postre, en modo alguno debemos olvidar que, el propio José Rafael Sañudo, luego de haberle enrostrado tantos calificativos despectivos, al final de su obra biográfica de Bolívar, de manera tajante lo considera Libertador y revolucionario, “el primer revolucionario de su tiempo”.

¿Para qué más?

Bogotá, 25 de febrero del 2026

 

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