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UN PASTUSO EN EL MINISTERIO DEL PRESIDENTE SOCIALISTA JOSE MARIA MELO

El general José María Melo, fue el último oficial del ejército Libertador, encabezó la insurrección de los artesanos y fue el primer presidente indígena y progresista de Colombia.

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

El presidente Petro viene reivindicando justicieramente la memoria y la presencia histórica de Melo. “El general José María Melo, fue el último oficial del ejército Libertador, encabezó la insurrección de los artesanos y fue el primer presidente indígena y progresista de Colombia. Derrocado por esclavistas, luchó en Nicaragua y fue fusilado defendiendo a Benito Juárez en México”, a lo que se unen otros voceros: “El actual ejército lo creó la oligarquía para suprimir la Revolución de los artesanos de 1854. Una vez triunfó este ejército reaccionario, la oligarquía acabó con el Ejército Libertador, que se había sumado a la revolución. Es por eso que el ejército actual es enemigo del pueblo”.

 

General José María Melo

 

La República de los Trabajadores que se constituyó por los artesanos de la Nueva Granada -bajo la presidencia de José María Melo-  y que se extendió entre el 17 de abril y el 5 de diciembre de 1854, fue la primera república de trabajadores que existió en el mundo. Su influencia en los acontecimientos políticos y sociales de Colombia se extendió de manera profunda hasta finales del siglo XIX. Sin su participación decisoria y decisiva no habría ganado Mosquera la guerra de 1861, ni las elecciones de 1865; sin el respaldo de los artesanos no hubiera podido el radicalismo adelantar su formidable reforma educativa, ni sostenerse contra la embestida clerical de la década de los setenta; sin los artesanos no hubiera ganado Núñez las elecciones de 1880, las de 1884, ni la guerra 1884-1885.

A solo treinta años de sellada la independencia y a sesenta de la revolución comunera, es emblemático en la vida republicana el triunfo de una clase social distinta de la insensible burguesía. Esa es la relevancia y astucia del golpe melista y esa es su significación social. Que esa hermandad era una variopinta gama de aspiraciones y que para la época no se asimilaba la estructura de clase del régimen burgués lo suficiente como para que el artesanado hubiera roto definitivamente las cadenas de la esclavitud, es un argumento pueril si pensamos en el tiempo y el espacio no solo cronológico sino político y cultural.

Nada más pudieron hacer los artesanos sino tomar el poder un día y defenderlo durante ocho meses, hasta morir o salir al destierro, pero una acción política de semejantes alcances no volvió  a repetirse en nuestra historia sino 172 años después bajo la orientación y patrocinio del socialismo de Gustavo Petro.

Y los artesanos eran la clase industriosa, la clase trabajadora del país, la que producía bienes y servicios, en la que militaban los liberales que reprochaban el liberalismo librecambista del general Santander y sus herederos (radicales o gólgotas), y predicaban el liberalismo filosófico, revolucionario y científico que por lo menos ideológicamente los había escudado de los diletantes manchesterianos.

En el  origen de los episodios jugaba la prestancia militar de José María Melo, antiguo héroe de la independencia y ya para junio de 1851, General y jefe del ejército permanente. El otro militar de moda era precisamente José María Obando elegido para presidente. No tardaron los gólgotas en entrabar su gestión presidencial. Aprobaron la elección popular de alcaldes y gobernadores. Y reformaron igualmente la Constitución de 1843 que de riguroso centralismo pasó a anárquico federalismo. El presidente terminó de comodín. El nuevo sistema avigoró el librecambismo dejando en ruinas las aspiraciones del artesanado.

 

General José María Melo Ortiz. Pintura de José María Espinosa, de 1854 Galería de los presidentes. Museo Nacional de Bogotá.

 

Indalecio Liévano Aguirre, autor de “Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de Nuestra Historia”, así explica la nefasta política:

“La competencia de los productos ingleses, al suprimirse el sistema proteccionista, fue devastadora para la incipiente industria nacional. Al tiempo que en el agro se privaba de sus tierras a los campesinos ante el estímulo o la indiferencia de la política oficial, en las ciudades se sometía a los obreros y artesanos a un tratamiento paralelo y no menos despiadado. Permitida la entrada – prácticamente libre de derechos- a las mercancías extranjeras competidoras de los productos nacionales, en pocos años se arruinaron las manufacturas artesanales y el desempleo en las ciudades, por el cierre de los talleres, tuvo tan magnas proporciones, que las famosas “sociedades democráticas” perdieron pronto su carácter de ligas educativas o culturales de los artesanos para convertirse en clubes revolucionarios que bajo la dirección de Lorenzo María Lleras, Ambrosio López y Miguel León, desencadenaron las graves perturbaciones del orden público ocurridas en 1853 y 1854”.

Coincidencias o conveniencias en el gobierno de Obando lo fueron acercando a los poderosos gólgotas y alejando de los desposeídos artesanos. Coyuntura que se le hizo insalvable al jefe del ejército para que se tomara el poder en nombre de los sectores desahuciados.

El 16 de marzo de 1854 el presidente Obando y su esposa fueron víctimas de un atentado criminal y luego de otros más institucionales, pero igualmente desestabilizadores de su gobierno como la aprobación de la ley que eliminaba el ejército permanente. El presidente objetó la ley gólgota y mandó llamar al general Melo “y le hizo la propuesta más insólita jamás formulada por un jefe de Estado. Dijo que le recomendaba un golpe por parte de los artesanos y del ejército, y que lo miraría con simpatía”, siempre y cuando asumiera el mando el general Melo.

Golpe revolucionario de los trabajadores, obreros, campesinos, artesanos, intelectuales, militares y de todos aquellos que derivan el sustento de su trabajo.

Al cabo de nueve meses, los detentadores de los “factores reales del poder” no podían seguir tolerando el gobierno “de facto” y armaron la contrarrevolución autodenominándose “ejército constitucional”, a la cabeza del cual se colocaron los tres generales expresidentes de la república, y se lanzaron por San Diego al asalto de Bogotá, defendida por escasos 2.000 artesanos y militares maltrechos. La superioridad de los atacantes obligó a la rendición y la batalla dejó 300 cadáveres revolucionarios y 400 constitucionales entre estos el del general Tomás Herrera, panameño que tenía derecho de sucesión.

Obando fue destituido de su cargo, juzgado por complicidad y finalmente absuelto. Al expresidente Melo se le desterró con su hijo de quince años, se fueron para Centroamérica y en 1859 se unió al ejército del benemérito Benito Juárez que peleaba una guerra contra el ultramontano Miguel Miramón. Finalmente, el 10 de junio de 1860, fue sorprendido, capturado y fusilado en el Estado de Chiapas.

 

El general Melo, fusilado en México

 

Melo fue víctima también como el doctor Russi de los insalvables enfrentamientos entre las teorías y prácticas económicas en boga. Con el apoyo de los indígenas supérstites, de los campesinos, de los mestizos, de los negros, de los ahora desempleados –quienes resultaron siendo los artesanos-, es decir de los sectores marginados de la sociedad, Melo reclamaba el arco protector del gobierno. Suponía que el radicalismo iba a ser consecuente con sus proclamas y consignas. Ramiro de la Espriella escribe: “1854. Golpe de Estado del General Melo bajo la presidencia del general Obando. Se sindican de “comunistas a las sociedades democráticas y se forma una alianza política, especie de “Frente Nacional”, entre gòlgotas y conservadores”.

Esta es la dimensión del hombre que tuvo entre sus manos el destino del país por ocho meses y la posibilidad de cambiar sus más recónditas estructuras políticas. Desde un comienzo, el General Melo se rodeó de los intelectuales de los Demócratas que le fueron fieles, con lo cual aspiraba a suplir sus deficiencias en el manejo de los asuntos oficiales.

Secretario General del jefe de Gobierno fue designado el doctor Francisco Antonio Obregón, reputado en su comarca antioqueña como el fundador del liberalismo juntamente con el doctor Favio Lince, y de experiencia oficial como que había sido gobernador de Antioquia y Mompox. Abogado de profesión, el doctor Obregón era el 17 de abril el más ágil dirigente de las Sociedades Democráticas y hombre de esclarecida cultura, que había consolidado en largas  estadías en las Antillas y Europa, en particular en Italia. Tenido como el autor intelectual del golpe de estado el doctor Obregón gozaba de extendida fama como hombre de principios y firmeza en sus actuaciones, por las que había sufrido destierro y prisión de nueve meses. Tampoco se ha hecho justicia con su legado.

Para secretario de Hacienda se nombró al doctor Ramón Ardila, poco antes gobernador de Pasto, hombre de conocida actuación democrática y posteriormente organizador y capitán de las milicias que defenderían el régimen. En mayo es promovido a la Secretaría del Interior, igualmente es designado “teniente coronel de milicias”, y estuvo encargado del reclutamiento de civiles en armas.

También se vinculó el antiguo director de El Alacrán, Joaquín Pablo Posada, hijo del consabido general amigo de Bolívar. Posada es tenido como el  precursor de las ideas socialistas en Colombia. Su obra literaria fue reconocida por eximios críticos como Menéndez y Pelayo y Antonio Gómez Restrepo.

Tomás Rueda Vargas, Carlos Lozano y Lozano, Alfonso López Michelsen, Darío Ortiz Vidales, entre otros, han trazado, “atisbos y esbozos” de este chaparraluno efervescente. “El general Melo, dice Rueda Vargas, era un gran jinete… Por no exponer a sus caballos a las plagas de la tierra caliente no se movió de la altiplanicie en los ocho meses que duro la guerra y este amor fue su perdición. Facatativá, donde las aguas y los pastos son buenos, fue su Capua, y cuando por todos los puntos le cerraron las tropas constitucionales, apenas presentó tímidamente sus caballerías renombradas en los llanos de Chamicera. El 4 de diciembre, al sentirse abandonado, perdido, bajó las escaleras de su cuartel de San Francisco, las mismas que todas las mañanas subía el zaino para mirarse en el espejo de su amo, y mató a sus caballos favoritos con su propia mano. Luego trepó a la glorieta. Por sobre el humo del combate echó su última mirada cariñosa y honda a la Sabana, nodriza de sus buenos caballos, sobre cuyo piso blando y elástico se resorta y se hamaquea el potro fino con la suavidad de una berlina, a esa Sabana que engarzó a la corona española un puñado de jinetes caballeros en corceles árabes, acabados de abandonar por los moros en las dehesas de la sierra de Córdoba y de La Vega de Granada, antepasados lejanos de su zaino y de  su  overo… y libre ya el mayor de los temores que afligen a todo montador de sangre: que un chambón pueda usar sus cabalgaduras, izó bandera blanca y se entregó sin condiciones al enemigo”.

 

Melo participó en la campaña libertadora. En la imagen, Bolívar y el Congreso de Angostura de 1821.

 

Su coterráneo Lozano y Lozano reivindica el talante civilista de Melo: “Es un honor para esta República, tan solícitamente preocupada por el decoro de sus gobernantes, y que ha elegido siempre para la silla consular a varones de gran envergadura, eminentes de verdad en cualquiera de los aspectos de la superioridad humana, que el general José María Dionisio Melo y Ortiz no hubiera sido, como lo pretenden algunos, un sargento bárbaro, ni un hombre señalado por el oprobio, o de una conducta sombría… Autor del más grave atentado que se haya cometido en el país contra las instituciones públicas, de un golpe de estado que carece de toda justificación, responsable de grandes abusos y depredaciones, pero no de crueldades durante el ejercicio de su arbitraria autoridad, inhábil como hombre de gobierno… no puede figurar sin embargo en la galería de los caudillos bárbaros de la América Latina, pues no se manchó nunca con peculados, asesinatos ni fusilamientos, ni llevó una vida de depravación moral, fue siempre un caballero, y en múltiples oportunidades dio muestras de idealismo y de grandeza de alma”.

Entre tantos libros que se han escrito sobre los dictadores tropicales –conceptúa López Michelsen- difícilmente se encuentra una página más afortunada sobre el estilo de los nuestros y, en particular, “de este general Melo, militar de renombre, que acabó siendo fusilado en tierras mejicanas al servicio de la causa liberal. No es el dictador tropical. No es el dictador millonario. No es el dictador sediento de sangre de la verdad y la ficción latinoamericana, sino el dictador “sui generis” de la Colombia mulata, mestiza y tropical cuyo centro de gravedad fue, durante el siglo XIX, esta Sabana de Bogotá, entre moderada y escéptica, pero que le dio a la Nación entera un sello peculiar, ese talante caballeroso y legalista, que singulariza a Colombia entre las naciones del Continente”

Enrique Gaviria Liévano, recientemente difunto, antiguo presidente de la Academia de Historia, tratadista y catedrático es encomiástico de la parábola internacional del pijao: salió rumbo a Costa Rica, en el que su primer mandatario era Juan Rafael Mora, y de ahí se dirige a El Salvador, donde fue bien recibido por el entonces presidente Gerardo Barros, quien además lo nombró inspector general del ejército y en esa condición fundó la Academia Militar salvadoreña. No obstante, desavenencias provocadas por gentes interesadas en ello, lo distanciaron del gobernante salvadoreño, tuvo que salir del país rumbo a Guatemala. Aquí gobernaba hace 20 años el general Rafael Carrera, quien con el apoyo del clero se había hecho al poder dictatorial y pretendía extender su influencia sobre toda América Central. Seguramente conociendo el liberalismo de Melo, el presidente Barros no sólo lo expulsó del país, sino que lo persiguió hasta la frontera con México.

El general granadino llega a Chiapas en 1860 para unirse a la revolución de Benito Juárez. A su llegada le dan la bienvenida tanto La Bandera constitucional, órgano oficial de la provincia, como el gobernador liberal Ángel Albino Corzo, quien hace que el presidente Benito Juárez lo nombre en “ejército fronterizo” en formación con el mismo grado de general.

Melo organiza un destacamento de caballería de algo más de cien jinetes y traslada a Comitán y de allí a proteger la frontera con Guatemala, zona de frecuentes incursiones del general conservador mexicano Juan A. Ortega, refugiado en ese país

Nuestro arrojado general se prepara para la batalla definitiva contra Ortega y sólo espera la llegada de un destacamento de infantería para completar su ejército y acabar con las organizaciones conservadoras que transitaban por el estado de Chiapas. Pero la vida le hizo una mala jugada.

 

Melo en sus últimos años

 

El primero de julio de 1861, mientras esperaba la llegada de los batallones anunciados, decide acampar y pernoctar con su caballería en la hacienda Juncana, cerca de Margarita, cuando a la madrugada es sorprendido, rodeado por el ejército y fusilado vilmente, sin juicio previo, por órdenes del general Ortega.

En esa antigua hacienda, “frente a la humilde y vieja capilla se levantan erguidos dos cipreses, dejando en medio una rústica cruz de madera destruida por la acción del tiempo, que señala todavía el lugar donde reposan los restos de aquel temerario soldado de Bolívar” no siempre bien comprendido por la Historia.

Sus restos seguirán siendo el símbolo de dos pueblos hermanados en la lucha común por la libertad y la memoria imperecedera de quien, como el general Melo, ofrendó su vida en aras del americanismo solidario.

En la historia nacional cuando la inspiren las divisas democráticas y revolucionarias y su personero sea el pueblo soberano, José María Melo será reconocido como si imbatible capitán y el primer y precursor del socialismo colombiano.

 

José María Melo, 1850. Daguerrotipo, 14 x 10,7 cm. Por John Armstrong Bennet. Los estuches se forraban generalmente con un terciopelo monocromo, a veces liso y a veces dibujado, en el cual se encontraba en algunas ocasiones la firma del autor.
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