TRADICION DE CIPAYOS
Por su aculillado yanquismo perdieron la audiencia y voluntad del pueblo colombiano y lloran como traidores lo que no pudieron defender como gobernantes.
Por:
Jorge Luis Piedrahita

Entendido como un mercenario o un secuaz o un agente pérfido al servicio de intereses extranjeros -particularmente de Estados Unidos- Colombia ha tenido en su clase rectora un séquito de cipayos desde el propio Francisco de Paula Santander, que se atrevió a invitarlos al Congreso Anfictiónico de Panamá, en contra de la conminante objeción de Bolívar que ya sospechaba la rapacidad de los gringos por quedarse -desde ese entonces- con la vía interoceánica.
Adams y Monroe ya habían intervenido con una falsa doctrina para combatir la política del Libertador en procura de la unificación de Hispanoamérica y a difundir -los gringos- una ideología que, envuelta en los ropajes hipócritas de una supuesta defensa de la libertad y la independencia del continente, ahogaría todo espíritu de comunidad en el sur y serviría de bandera a las oligarquías y autocracias criollas, que aspiraban a apuntalar su hegemonía, haciendo gala de su intención de copiar subalternamente, en el sur, las instituciones y virtudes de la párvula potencia imperialista. Bolívar tuvo que expulsar al abusivo cónsul acreditado en Bogotá, general Harrison (quien sería el octavo presidente de la Unión), que colusionado con Santander y con Córdoba, torpedeaban la política soberana del Libertador. De ahí por qué Bolívar previno que “los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar a la América de miserias a nombre de la libertad”.
Tan cipayos que Mariano Ospina Rodríguez -tronco de familia plutócrata- y Florentino González se ofrecieron a anexar la Nueva Granada -vía Costa Rica- para que haga parte de la Federación gringa, aun cuando como el último y más precario Estado. Tan servil Ospina que aindiado y negroide como era en sus expediciones por el sur del imperio necesitaba andar exhibiendo su certificado de libertad.
El Tratado Mallarino-Bidlack firmado el 12 de diciembre de 1846, entre la República de la Nueva Granada y los Estados Unidos, sería uno de los antecedentes de la separación de Panamá en 1903, por el cual indolentemente el gobierno de Nueva Granada garantizaba al gobierno de los Estados Unidos el derecho de vía o tránsito a través del istmo de Panamá, por cualquier medio de comunicación que ahora exista, o en el futuro pueda abrirse, estará franco y expedito para los ciudadanos, el gobierno de los Estados Unidos, productos manufacturados o mercancías. Mallarino era tronco de la familia Holguín Mallarino, cuyos tentáculos llegan a la excanciller de Juan Manuel Santos, pasando por los Caros, Urdanetas y López.
No es de menor calado el episodio de la sandía que fue un sanguinario incidente en 1856 en Ciudad de Panamá, entre neogranadinos y gringos, originado por una sórdida disputa sobre el pago de una rebanada de sandía a un vendedor local por parte de un viajero estadounidense ebrio (Jack Oliver), que degeneró en abaleo, con saldo de muertos y heridos de ambos lados, y provocó la primera intervención militar estadounidense en Panamá, dejando un saldo de 16 estadounidenses y 2 panameños fallecidos, que bajo amenaza de invasión tuvieron que pagar inmensas indemnizaciones a los gringos, ya dueños del territorio en virtud del mencionado tratado que firmó Mallarino.
El inverosímil atraco de la zona del Canal que protagonizó el bestial primer Roosevelt sobre el desvalido Istmo, a ciencia y paciencia de la oligarquía bogotana a la que el sheriff Teodoro no rebajaba de pigmeos y en consecuencia les aplicó el gran garrote. Mientras prorrogaban el negocio de la guerra de los mil días, el territorio era amputado indolentemente. Tanto que el príncipe de la farsa, Marroquín, cínicamente preguntó qué delito era haber recibido un país y devolver dos.
Como corolario de tan execrable crimen de lesa soberanía, la oligarquía de los Ospina -de la que ya se habló- no permitió que un oscuro dirigente como Suárez, el presidente paria, despilfarre en parroquias y escuelas la jugosa indemnización. Lo hicieron renunciar y Laureano Gómez como ministro de Obras festinó la plata que cual migajas tiró el imperio a los esbirros sudacas.
Por esos mismos años y bajo la misma égida de la cuadrilla gobernante, es decir hace 97 años, el 6 de diciembre, el Ejército colombiano abrió fuego contra miles de trabajadores de la United Fruit Company que se encontraban en una huelga pacífica. Los obreros reclamaban garantías laborales mínimas: pago en dinero y no en vales, jornada de ocho horas, descanso dominical, indemnizaciones por accidentes, fin de la tercerización y mejores condiciones de salubridad.
Un abuelo de la deleznable María Fernanda Cabal era el ministro que dio la orden. García Márquez inmortalizó la masacre en un capítulo de Cien Años de Soledad y Jorge Eliécer Gaitán pudo proclamar en discurso electrizante: “El gobierno nacional tiene la metralla homicida para el colombiano y una temblorosa rodilla en tierra ante el oro americano”.
Olaya Herrera fue procónsul ante los gringos por ocho años; allá aprendió a doblar las rodillas y la larga espalda que tenía. David Bushnell de la Universidad de Harvard, develó la conducta subalterna de Eduardo Santos frente a los Estados Unidos. Laureano Gómez para hacerse perdonar su fascismo, franquismo y nazismo que patrocinó en la segunda guerra mundial, en 1951 envió a Corea el batallón Colombia que fue a guerrear y morir en el Asia oriental, de puro lacayo el jefe de la violencia colombiana con los gringos.
Uribe Vélez se valió del tratado de extradición con los gringos para enviar -vía express- a todos sus compinches narcos y paras sin sospechar que regresarían a los veinte años a confesar en la JEP y en la Fiscalía toda su complicidad con las ejecuciones extrajudiciales del gobierno Uribe Vélez.
Ni se hable de Iván Duque, firmón de una nueva estrategia Colombia Crece supuestamente enderezada a la lucha contra el narcotráfico, que está más que comprobado que ha sido un fracaso desde la óptica que imponen los gringos y aun así acatamos y cumplimos.
Uribe y Duque acaballados en la defensa de la democracia en Venezuela -como si ellos fueran ejemplarizantes en Colombia- insultan y lo señala de dictador y de narco. Hoy mismo están en Oslo de estriberos de la derecha venezolana, que igual que la colombiana, suplican la invasión norteamericana ante el peligro que corre la democracia en Venezuela y Colombia, que todos ellos mismos prostituyeron. Mientras son obsecuentes y arrodillados a Trump, él los trata como lacayos mismo.
Celebramos las batallas de Boyacá y Bomboná, que nos independizó del yugo español, para ser tiempo después dependientes y esbirros del yugo gringo. Por eso se dice que antes las élites soñaban con un título nobiliario del reino español -por ejemplo, el fascista Zuleta Lleras-; hoy lo hacen para no perder la visa de Estados Unidos.
Zopenco y atrabiliario, Trump clasificó a Gustavo Petro de “jefe del narcotráfico” y le quitó la visa y lo incluyó en la lista Clinton (como si le importara) y para las elecciones regionales le otorgó un perdón “total y absoluto” al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, condenado en 2024 por una corte en Nueva York por haber facilitado el ingreso de miles de kilos de cocaína a Estados Unidos.
Un jefe de Estado -aunque sea del patio trasero de Centroamérica- comprado por el cartel de Sinaloa, condenado a 45 años de prisión, por lo que el extravagante indulto de Trump ha pasmado a la opinión mundial.
“Una decisión catastrófica que destruye la credibilidad de Estados Unidos”, dijo el exdirectivo de la DEA, Mike Vigil. “Quién entiende este sinsentido”, preguntó el subsecretario de Narcóticos del Departamento de Estado, Todd Robinson: “Destruimos supuestas narcolanchas en el Caribe, pero perdonamos a políticos narcotraficantes condenados”.
Una total embriaguez e incompetencia de un mandatario -como el convicto neoyorquino- extraviado en las consejas de la oligarquía colombiana que odia al gobernante más popular y colombianista de todos los tiempos, que por su aculillado yanquismo perdieron la audiencia y voluntad del pueblo colombiano y lloran como traidores lo que no pudieron defender como gobernantes.

