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“RITORNELO”, UN POEMA DE AMOR Y LEYENDA

Ella ... expresaba su íntimo sentimiento de amor con el más tenue sigilo.

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“RITORNELO”, UN POEMA DE AMOR Y LEYENDA

 

A mi estimado amigo Hernando Cabarcas, un greiffiano de tiempo completo.

Escribe:

Vicente Pérez Silva

 

Vicente Pérez Silva

 

En la vida tan apasionada como apasionante de los libros, en el momento menos pensado, nos sorprenden ciertos hechos jamás esperados ni soñados. Más aún, cuando tienen que ver con las entrañas o los entresijos del eterno tema del amor.

Faltaba menos que, en la vida del inmenso poeta León de Greiff, estuviera ausente el don que “despierta todas las energías de la sangre y del espíritu”. Por el contrario, es el supremo artíficie del verso, en sus más atractivas y originales variedades y en sus más diversos acentos, que rindió culto al dios Eros, invencible.

Sin más aditamentos, es el caso de que, hace algún tiempo, ni corto ni distante, un amigo de mi aprecio, tan amante de los libros, desde su más temprana edad, me refirió que, a raíz de la publicación del libro Nova et vetera, (Bogotá, 1973) de León de Greiff, lo había adquirido y leído con el deleite y la emoción que despiertan la avidez en el ardor de la juventud.

Pero, además, el amigo de marras, en tan animada conversación, me ha referido que, en Aguadas, su tierra nativa, famosa por la industria del sombrero aguadeño, don Luis de Greiff, a comienzos del siglo pasado, de Medellín se había traslado a vivir en dicho lugar, con su familia; allí se había dedicado a la actividad comercial y había logrado la acogida y el aprecio de todas sus gentes. Por esta circunstancia, su hijo León, en plena adolescencia, había tenido lugar de disfrutar de los atractivos del campo, en particular, en la hacienda La Fe, de su propietario, don Abelardo López. De aquí nace esta pincelada poética:

Sin brújula en la bitácora

-bitácora non había-

soplando en mi chirimía

una vez tomé la vía

que de Aguadas a Pacora…

sin brújula en la bitácora.

 

De tan grata permanencia que da mucho por recordar, el amigo del cuento me agrega que, cierto día, los notables de Aguadas acordaron hacer una invitación al ya consagrado poeta León de Greiff para que volviera a Aguadas; la tierra de sus querencias y recuerdos. Con esta finalidad, en vista de que quien todo esto refiere viajaría a Bogotá, para emprender sus estudios en la Universidad Nacional, le encomendaron realizar personalmente dicho encargo.

Sin pérdida del tiempo, el joven y entusiasta comisionado, asi lo hizo, con el siguiente resultado tan sorpresivo como sorprendente.

Llegado el día de la entrevista, luego del saludo del rigor, vino la formal invitación, que agradece con palabras de vibrante emoción y a la cual, infortunadamente, no puede corresponder por cuanto por esos días estaba en proceso de recuperación de una caída que había padecido en las escaleras de la vivienda que ocupaba. “Me las rodé todas”, fue su vivencia adolorida.

Bien precavido el visitante, había llevado consigo el ya mencionado libro de poemas Nova et vetera, con el fin de que lo enalteciera con una dedicatoria. En seguida, para corresponder a esta petición, el autor, con el libro en sus manos, sin vacilación alguna, en el soneto de la página 9, corrigió la palabra “tenza”, por “teza”. Regresó a una página en blanco y escribió:

Para mi amigo Raúl Jaramillo Jaramillo cordialmente

y estampó el singular grafismo de su firma y la fecha, Bogotá, octubre 8 de 1974.

Ante la referida corrección, me dice Raúl, yo asocié que las comillas del primer verso del poema “Ritornelo”, “Esta rosa fue testigo”, podrían surgir de algo semejante. Al punto, continúa Raúl, le pregunté el por qué de tales comillas, sus ojos muy abiertos chispearon y sonrió alegre. Siguió sentado en la cama frente a mi persona y me señaló a su espalda una cómoda de madera lacada, y en la parte superior un florero solitario de cristal checo, en el que habitualmente “Ella”, la mujer que lo adornaba con una rosa roja, cuando algunas tardes venía a visitarme. Era la misma mujer que se robaba mis boinas vascas, pero se las llevaba puestas, como un triunfo.

Todo emocionado, mi soberano interlocutor, concluye con estas palabras:

Una tarde, antes de salir, “Ella” (su nombre constituye un secreto), puso la rosa roja en el solitario y desprendió delicadamente un pétalo y con la punta de un alfiler escribió: Esta rosa fue testigo.

La vivencia de este relato que, en vez de una realidad parece una leyenda, nos trae al corazón el eco de estas odas del viejo Anacreonte, dedicadas a la rosa: la flor símbolo del amor:

¡Oh rosa!, la más bella flor; rosa, orgullo de la primavera, rosa que embeleñas a los dioses, rosa con el hijo de Citerea adorna sus hermosos cabellos al bailar con las Gracias… Es la rosa el hálito de los dioses, la alegría de los mortales, el ornato de las Gracias, el lascivo joyel de los fragantes Amores. Es ella el objeto amado de las Musas. Es dulce cogerla en espinosos senderos; es dulce también a quien la coge acariciarla en las manos mórbidas y aspirar los leves amores de la flor.

Y de época más reciente nos viene a la memoria la novela Carta de una desconocida de Stefan Zweig, carta que esconde el nombre enigmático de “una mujer invisible, etérea y apasionada”, que cada año, el día del cumpleaños de su amado, depositaba en un jarrón de cristal azul unas rosas blancas.

De este modo, al contrario de la rosa roja que “Ella”, la mujer real y secreta en la vida amorosa de León de Greiff; la mujer desconocida, consecuente con el significado de la rosa blanca, expresaba su íntimo sentimiento de amor con el más tenue sigilo.

***

Gracias a la entrevista y la animada conversación de Raúl Jaramillo Jaramillo con el consagrado poeta León de Greiff, hace ya casi la nonada de medio siglo, esta es la grata reminiscencia de una rosa roja, fiel testigo de una curiosa y quizás ignorada realidad que más parece el renacer de una vieja leyenda, que discurre entre los más delicados y emotivos efluvios de la pasión amorosa.

“Esta rosa fue testigo”, un poema del más delicado y sutil erotismo, casi imperceptible, al que hay que retornar, una y mil veces, para desentrañar el hondo sentido de la palabra Amor.

Así mismo, con el deseo de que la imagen desgarbada y bonachona de quien tanto sobresalió con su fecunda inspiración, no se pierda en las indeseadas e indeseables sombras del olvido.

Bogotá, a 13 de agosto del año 2024

 

Matilde y León

 

***

RITORNELO

 

“Esta rosa fue testigo”

de ése, que si amor no fue,

ningún otro amor sería.

¡Esta rosa fue testigo

de cuando te diste mía!

El día, ya no lo sé

-sí lo sé, más no lo digo

Esta rosa fue testigo.

 

De tus labios escuché

La más dulce melodía.

Esta rosa fue testigo:

todo en tu ser sonreía!

todo cuanto yo soñé

de ti, lo tuve conmigo…

Esta rosa fue testigo.

 

En tus ojos naufragué

donde la noche cabía!

Esta rosa fue testigo.

En mis brazos te oprimía,

entre tus brazos me hallé,

luego hallé más tibio abrigo…

Esta rosa fue testigo.

 

Tu fresca boca besé

donde triscó la alegría!

Esta rosa fue testigo

De tu amorosa agonía

Cuando el amor gocé

La vez primera contigo!

Esta rosa fue testigo.

 

“Esta rosa fue testigo”

de ése, que si amor no fue,

ningún otro amor sería.

Esta rosa fue testigo

De cuando te diste mía!

El día, ya no losé

-sí lo sé, mas no lo digo

Esta rosa fue testigo.

***

(Nota del editor:

 

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