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RELÁMPAGOS EN LA MARAÑA

El libro colectivo editado por Caza de Libros Editores, será presentado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá-FILBO 2024.

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La vorágine (1924-2024) José Eustasio Rivera [1]

 

La obra se vende, pero no se comprende.

José Eustasio Rivera

Escriben:

Julio César Goyes y Mauricio Cháves Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

Julio César Goyes

 

I

La frase que citamos como epígrafe, la escribió el autor de La vorágine al final de una carta enviada al escritor y crítico Luis Trigueros, el 25 de diciembre de 1926, dos años después de que la primera edición de la novela fuera publicada. La segunda parte de la frase, sin duda, va dirigida a quienes como él guardan silencio con la “trascendencia sociológica de la obra” y la reseñan con reparos formales para entonces internacionalmente cuestionados, sin comprender la singularidad de su forma narrativa e historias “en abismo”, el diseño de los personajes en analogía con lo real, la juntura asociativa de los capítulos, el lenguaje etnográfico de indígenas y colonos, los dialectos y giros regionales. No es un acto de comprensión exigido a condición del autor, sino uno, donde desconocer la novela y los géneros narrativo-poéticos modernos impide una valoración justa. No en vano le escribe en la misma carta a Trigueros que la novela “es el género literario más difícil de someterse a normas especiales.” La obra no obedeció al acto narcisista de creación del viajero asombrado con lo exótico, sino al “de buscar la redención de esos infelices que tienen a la selva por cárcel”. En seguida, se autorrecrimina, ante la posibilidad de haber agravado su situación, “pues solo he logrado hacer mitológicos sus padecimientos y novelescas las torturas que los aniquilan”. Hay que decir, a favor del libro que presentamos, que nos hemos dado a la tarea de hacer lo posible por comprender la novela.

 

Relámpagos en la maraña

 

La historia de Colombia corre paralela, resonante o entrecruzada a sus impetuosos y/o domados ríos, a su otrora enmarañada y hoy devastada selva, a sus sometidas, aunque jamás rendidas comunidades; en fin, a sus gestas políticas y culturales, a su compleja e incomprensible sociedad tan rebelde como al servicio de los intereses de los poderes de terratenientes, mineros, industriales y mediáticos. Los productos culturales dan cuenta de una cultura variopinta y una sociedad fragmentada y violentada, tan rica en bienes humanos y naturales como ciencia, arte y literatura. La vorágine (1924) cuenta, en buena parte, esa travesía multiforme, de conquistas humanas y aventuras colonizadoras, de desarraigos y desplazamientos, de explotación natural, pérdida de ambientes fabulosos y extinción indígena. La vorágine, describe el horror que asiste a los hombres cuando el fin justifica los medios, narra las proezas de seres que no se resignan a ser excluidos, de gentes humildes y trabajadoras que busca una historia para sus vidas al precio de la traición, el engaño y el sometimiento; hace memoria de individuos y grupos que para sobrevivir aprenden a soportar la depredación social y la competencia perversa que ofrece el inalcanzable bienestar capitalista.

La vorágine es un viaje-río entre relámpagos por la maraña con paradas, destrozos y desvíos; un relato de país que no termina.

La historia oficial nos hace ver un país que creemos conocido, pero cuyo territorio profundo se mantiene aún en la exclusión y en el olvido. Hay, entonces, discursos y textos selváticos, rurales, citadinos que hoy arman el puzle intercultural y político que es Colombia, hoy esperanzada como está al cambio en medio de rechazos premeditados y atávicos. Las obras creativas son nuestra automirada: Cien años de soledad (1967)de Gabriel García Márquez, es nuestro espejo roto donde el poder se multiplica sin encontrar otra salida que la repetición y el abandono, el saqueo y la indiferencia; Morada al sur ([1945]1963), de Aurelio Arturo, es el canto que une desde el verde de todos los colores a los países que regionalmente somos, al precio de que aprendamos a respetar las diferencias; la pintura exuberante y sensual de Fernando Botero es nuestro deseo y frustración pues no hemos sabido qué hacer con tanta generosidad y erotismo; Cóndores no entierran todos los días (1972), de Gustavo Álvarez Gardeazabal y el film homónimo de Francisco Norden (1984), es la imagen cinematográfica donde supura nuestra culpa por el odio entre paisanos que portaban colores azules o rojos, virulencia infame que sobrevive extendida por todo Colombia y que anhelamos algún día detener; La estrategia del caracol (1993), el film de Sergio Cabrera, es la dignidad en clave de humor negro de familias enteras y colectividades barriales que son desolajados con violencia por los dueños de bienes raíces que no pueden dejar de capitalizar. Podríamos citar obras en diversas expresiones, tan numerosas como eficaces; baste con esos ejemplos.

 

 

 

A los 100 años de la publicación de La vorágine (Bogotá, editorial Cromos, 1924), de José Eustasio Rivera, seguimos sin saber qué le pasó a Cova, Alicia y a su hijo, una familia colombiana que permanece devorada por la selva junto a sus acompañantes. ¿Cómo fueron los últimos días de Clemente Silva y dónde murió? ¿Dónde están los miles de colombianos desaparecidos en los últimos treinta años del presente siglo? No es una metáfora arriesgada si pensamos en El informe del Putumayo o El paraíso del diablo (1912) de Roger Clasement, de la dimensión esclavista y genocida; quizás es una hipérbole en la línea del realismo mágico, en un país de violencia casi atávica donde se les pide a sus habitantes que voten por un proyecto de paz o por uno donde la violencia continúe; la mayoría vota en contra de la paz y a favor del márquetin ideológico que ha implantado la respuesta.

La vorágine es una novela clásica de la literatura latinoamericana que recorre los significados controvertidos de la historia de Colombia, al tiempo que arroja sentido en el país mediatizado de nuestros días:

Primero, porque estamos olvidando cómo se diezmó la población indígena y explotó la selva a través de la violenta intervención extranjera tomando la extracción del caucho como bandera del negocio internacional, empresa orquestada por los representantes y funcionarios del estado; luego le seguiría la explotación de otras sustancias extraídas de lo vegetal, hoy todavía rentables e igual de violentas; finalmente, está el malestar del conflicto armado en iguales condiciones criminales con otras explotaciones y otras armas.

Segundo, porque debemos seguir construyendo –desde diversos frentes académicos, artísticos y culturales– el respeto por un país diverso y defensor del patrimonio natural y humano.

Tercero, porque es preciso pensar interdisciplinariamente a partir de la imaginería literaria y artística, la Colombia multicultural y diversa, preocupada por el devenir de su ancestralidad redescubierta (El Yurupary, el Chiribiquete, el ecosistema global amazónico, son ejemplos), la calidad del ambiente, el cambio climático, sus recursos de flora y fauna, indiscutibles tesoros naturales en la era de las ecologías mediáticas y tecnologías digitales.

Este libro no formula un tratado especializado de crítica literaria o cultural que reubique la novela en la discusión –que ya se dio– con respecto a si es telúrica, realista, naturalista, barroca, modernista tardía o de mosaico; si es una construcción clásica cuya prosa narrativa es intervenida por giros poéticos o si es modernista al intentar superar el dualismo civilización y barbarie. No nos preocupa la unidad estructural de la novela, nos atrae más la enunciación del “yo acuso” y el “yo denuncio” latinoamericano; si Arturo Cova es o no un personaje acabado y comprometido con la extractivismo del caucho y si el narrador principal es Rivera, Cova, Clemente Silva, Helí Mesa o Ramiro Estévanez, es algo que solo lo aclara la lectura. La vorágine rompe con los moldes narrativos colombianos y latinoamericanos en la misma época en que comenzaban a asimilarse las poéticas vanguardistas, aunque la cultura colombiana –orgullosa de postergar la modernidad– tendría que esperar a Suenan timbres (1926) de Luis Vidales y muchos años más para que los escritores y artistas que se congregaron en torno de la revista Mito, guiada por el poeta Jorge Gaitán Durán, otro visionario, estiraran la experimentación formal, el reconocimiento del espectro del lenguaje más allá de la lengua gramatical nacional, las temáticas históricas regionales y periféricas que conforman el país, la búsqueda del artista autónomo y dedicado, la figura del escritor comprometido con la realidad social. Ni solo autobiografía ni pura documentación ficcionalizada. El mundo exigía una unidad en la diversidad, un relato auténtico y encarnado, una imagen eficaz y reconocible.

 

 

 

Mucho de lo anterior nos interesa como Relámpagos en la maraña –dispositivos – para pensar La vorágine y a partir de ella. El propósito de este libro es releer La vorágine, encontrar sus trazos, dibujar su andadura desde miradas menos andinocéntricas y más periféricas, sospechar sobre el ambiente que la rodeó y todavía la consume, volver su escritura-lectura nuestra ecopoética y automirada, pues es una narración dolida aunque brillante en la historia viva de Colombia.

 

II

 

Este libro reúne una serie de ensayos disímiles, por lo mismo que experimentales, pero que guardan la unidad que permite pensar y escribir sobre la extraordinaria novela que es La vorágine (1924-2014), de José Eustasio Rivera y que cumple un siglo de su publicación. La obra se lee a la luz de estudios y crítica, de nuevas pistas literarias, sociológicas y antropológicas; de enfoques menos unívocos y más interdisciplinarios; pero, sobre todo, cada autor es un relámpago en la maraña, escribiendo a su ritmo y tono creativoEl libro se divide en cuatro partes, que bien pueden ser entradas modulares:

El primer capítulo, Celebración, historia y diplomacia, recoge los trabajos que contextualizan aspectos históricos, detalles de la celebración de la obra centenaria y aspectos importantes de la diplomacia del autor de la novelaMildred Lesmes-Guerrero en Rivera: Diplomacia y literatura, un canto político, tiene como objetivo reconocer la influencia del mundo diplomático en Rivera, en primer lugar como posibilidad de intercambiar opiniones con agentes diplomáticos en diferentes instancias, en el caso particular en las comisiones de límites con Venezuela, de la cual formó parte, así como de intelectuales que conformaban las misiones diplomáticas latinoamericanas en Europa y Estados Unidos, y en segundo lugar, como una medida efectiva para denunciar los atropellos cometidos en la Amazonia por parte de los explotadores del caucho, del cual fue testigo ocular. Esta actividad le permite a Rivera pasar de ser un mero espectador a colaborar para construir el Estado nación colombiano a través de la denuncia de una realidad desconocida, de tal manera que La vorágine va a recoger esa vertiente que busca visibilizar una problemática que no era considerada en los círculos políticos, aprovechando así su propia experiencia para la construcción del texto.

Después de La vorágine, de Mauricio Rivera Ramírez, parte del análisis del contexto en el cual creció Rivera, tanto en el ambiente familiar y colegial, como en el laboral, pero sobre todo en el social, que es donde se decantan las influencias de Rivera para terminar escribiendo una obra de denuncia sobre lo que acontecía en la amazonia colombiana, fruto de una violencia heredada desde la colonia, del deseo del modelo occidental por explotar los recursos naturales en favor de sus pretensiones modernistas, conduciéndolo a reconocer que el centralismo nacional era permisivo con todos los atropellos que acontecían en los territorios de las periferias nacionales. El autor muestra preocupación por lo que actualmente pasa en la Amazonia, en los territorios donde aún perviven esos modelos de explotación natural y humana que pueden conducirnos al auto exterminio.

Mauricio Chaves-Bustos, en Tres libros de selva, se propone una cartografía de las novelas publicadas en el contexto de La vorágine (Bogotá, 1924), conformando un corpus de antecedentes muy importantes que ayudan a comprender el clima cultural y  creativo de finales y principios del siglo XX, y registra que, aparte de la novela de Rivera, también se debe celebrar el centenario de dos obras escritas por nariñenses –de diversa estética y enfoque– publicadas en 1924: En el corazón de la América Virgen (París) de Julio Quiñones, una novela que focaliza lo indígena, y La guarida de los asesinos, Relato histórico de los crímenes del Putumayo (Pasto), un relato de testimonio y denuncia. Los autores no escribieron mundos imaginarios siguiendo cánones tradicionales, pues ellos vivieron en los círculos del infierno verde y es desde de esa desventura humana y ambiental de donde surgen sus relatos. El autor de este artículo concluye que la selva y la barbarie son los protagonistas principales de estos relatos y considera que su lectura y análisis, más allá de proporcionar una comprensión estética literaria diversa de ese periodo ignominioso, es posible radiografiar la cultura étnica y ambiental del país.

 

 

 

El segundo capítulo contiene el pensamiento sobre la Crisis patriarcal y la selva como energía femeninaAleyda Gutiérrez Mavesoy, en ¿Se las devoró la selva?: el personaje femenino en La vorágine, pone su atención en la concepción dicotómica de la mujer (virginal, casta e inocente versus la fatal y devoradora) y la misoginia de Cova, personaje de ficción que es una de las marcas del autor implícito de la novela. No coincide –dice la autora– el narrador-personaje con el propio autor de la novela; Cova es la creación irónica y sarcástica de Rivera. El personaje protagonista, que es citadino, ejerce la prepotencia del “civilizado” y desde allí mira a las mujeres con las que tiene contacto. Esas contradicciones se van desatando, pues es a través del filtro de la memoria que el viaje se convierte en documento histórico y denuncia sobre asuntos verdaderos. Personajes como Alicia sufren también transformación: de frágil y cándida pasa a guerrera y defensora de su propia dignidad, y la de su hijo que lleva en el vientre. Cova, por su parte, transita entre el romántico y celoso irracional que agoniza y el realista existencial que la selva reclama, convertido en padre. Hay varios tipos femeninos y comportamientos de las mujeres en la novela de Rivera que dependen de condiciones y estrategias de supervivencia: Alicia, Griselda, Clara, Zoraida Ayram y, por supuesto, la selva como energía femenina dadora y destructora.

En De la selva obscura a la selva del cuidado de la vida, Carlos Satizábal convoca al lector para que viaje por diferentes lecturas que hay sobre la selva, como lugar donde occidente demarca líneas imaginarias entre civilización y barbarie, como espacio donde el capitalismo funda sus propios derroteros modernistas mediante la explotación de la naturaleza aprovechándose de ella para saciar sus deseos, como espacio donde el colono emerge como criminal y como desconocedor de las otredades, particularmente, y es el caso de Cova, como lo muestra el autor, desde una visión patriarcal que confunde amor con posesión, de allí que la novela ponga en crisis el mito machista de dominación y confronte las ciencias físicas con la poética del azar y la incertidumbre. El autor argumenta que la orinocoamazonía debe ser vista a luz de la selva como ser vivo, como voz y pensamiento, por lo tanto, es preciso el cuidado de la selva, pues en ella está la experiencia milenaria de la vida que es sagrada y la eficaz enseñanza de los pueblos originarios empeñados en una ética de reciprocidad y no de acumulación, espacio de sanación y de luz en un mundo donde la sobreexplotación ha puesto en peligro a todas las especies, incluida la humana.

El tercer capítulo transita por la poética narrativa y etnográfica de Viaje vegetal, simbolismo y autoficción. Clara María Parra recurre en Ficciones vegetales: el viaje del siglo, a las resonancias de la novela de Rivera con la narrativa de Juan Cárdenas, sobre todo en Peregrino transparente (2023); afilia poéticas vegetales y de viaje para proponer una lectura actualizada de la literatura colombiana. Llama la atención la entropía que supone que cuando la condición humana es devastada y aniquilada –por ejemplo, en La vorágine–, la lengua y su estética ganan porque el escritor para poder expresar esa barbarie y desconsuelo, tiene que disponer de todo su material creativo, su capacidad de asociación y de inclusión de formas estéticas, voces y matices.  Contextualiza la novela de Cárdenas con la segunda etapa de la Comisión Corográfica de Codazzi, Ancizar y Triana. Cárdenas a través del relato de exotismo nacionalista intenta dar una explicación del engaño que supuso que los trópicos entraran al régimen capitalista, pues la exuberancia anunciaba también la explotación. El escape de Cova hacia los llanos orientales y luego hacia la Amazonia inicia como una promesa romántica y termina como una condena extractiva. La autora identifica correspondencias entre los personajes Cova (Rivera) y Price (Cárdenas), pues las “Ficciones vegetales” son voces narrativas humanas que se tocan con las voces vegetales (y animales). Termina cuestionando la oposición entre lo humano y lo vegetal, puesto que ese pánico lo causa el extractivismo ambicioso del hombre.

Río Vorágine o la obsolescencia de lo simbólico, es el título que Miyer Pineda le da a su ensayo, donde habla de cómo José Eustasio Rivera padeció la lectura de una realidad colombiana negada por muchos y la indolencia de un Estado que hizo caso omiso de las múltiples denuncias que presentó como servidor público, y que luego llevaría al plano de la creación literaria. Apoyándose en la simbología griega del río: Aqueronte (aflicción), Estigia (odio), Flagetonte (ardiente), Cocito (lamentos), y Leteo (olvido), el autor propone el río Vorágine que atraviesa al país y recorre su historia, la violencia descarnada contra la naturaleza y contra el propio hombre, es por ello que lo simbólico se va degradando, pues lo simbólico en Colombia se vuelve obsoleto frente a una catarsis que pareciera nunca va a llegar, pese a los sacrificios de miles de colombianos, que como Cova o Alicia, transitan doloridos por esa vorágine que nunca cesa, así como Clemente Silva, doliente que carga los huesos de su hijo y se vuelve guía, o de Funes que lleva cuentas de los muertos. El autor incursiona en el código penal (1837-1936) que sanciona el amancebamiento, el adulterio y el uxoricidio; de allí que Alicia y Griselda, por ejemplo, terminen por fuera del código, siendo baluartes del cambio femenino al revelarse contra las normas patriarcales y transformarse en mujeres con decisión amorosa y sexual, valientes y guerreras.

Julio César Goyes Narváez en La vorágine: etnografía y autoficción, muestra el cambio de lectura que va teniendo la novela, desde la lectura mediática en las aulas del colegio, pasando por la interpretación más sistémica en la universidad, para comprender el impacto de la misma desde la lecto-mirada del propio territorio que es gestionada desde la actualidad –a manera de autoetnografia–  y el mundo narrado por Rivera desde la Amazonia, donde el coletazo del exterminio parece aún prolongarse como una experiencia propia de un déjà vu que va mostrando una vorágine constante en la historia del país. En el artículo se reconoce la novela como etno-auto-ficción, pues superviven en ella no solamente el viaje de Rivera-autor y los personajes-narradores, sino que se deja constancia de un hecho real y cierto, el coloniaje que no ha terminado de expandirse, desdibujado hoy bajo otras formas económicas y sociales. La novela suma tanto la ficción literaria como la etnografía poética, de ahí que los constantes reclamos de Rivera sobre sus críticos, demasiado detenidos en la forma, eran precisamente sobre la necesidad de volcar la mirada a una realidad ahí contenida de forma novelada. Al final queda la metáfora insalvable como déjà vu de los padres (Clemente Silva en la novela y Gustavo Moncayo en la historia más reciente, los dos nariñenses) buscando a sus hijos en la maraña violenta del país

El cuarto capítulo reúne La imagen gráfica y el héroe del viaje, dos artículos peculiares. Vicente Pérez-Silva en De Feliciano de Silva en el “Quijote” a Clemente Silva en “La vorágine”, encuentra la conexión selvática entre Feliciano de Silva, anunciado en el Quijote, y Clemente Silva, el célebre sabio que es guía y camino en La vorágine; en el primero, lo selvático está constituido por los libros que terminan por cubrir en una maraña la razón de don Quijote hasta llevarlo a la locura; el segundo es víctima de los atropellos que hacen perder el juicio al padre que busca a su hijo y carga sus huesos buscando darles cristiana sepultura, la maraña violenta parece envolver su figura. Creador y creación desde diferentes matices creativos parecieran cabalgar por los caminos del tiempo buscando perdernos y encontrarnos por los propios caminos de esta “selva” (Silva) que pareciera ser todo el mundo actual.

Finalmente, Óscar Pantoja, autor de la novela gráfica La vorágine (2017), explica en La vorágine: de la prosa de Rivera al Arte Secuencialla importancia, pero también la dificultad, de trasladar la prosa literaria al arte secuencial gráfico, ya que si bien es una escritura diferente, debe conservar la esencia de la obra original; al hacerlo, se hace una propuesta estética desde otro lenguaje, para lo cual es necesario tener control sobre el trabajo que se hace, buscando que los nuevos elementos permitan esa lectura gráfica sobre una novela que es considerada un clásico. A través de una secuencia gráfica de La vorágine acerca el lector a la novela gráfica, fenómeno de actual impacto cultural y, desde allí, al universo narrativo literario, aunque el lector puede tomar el camino contrario; de cualquier forma, las experiencias de esas lecturas producirán diversos efectos de sentido.

 

1] El libro colectivo editado por Caza de Libros Editores, será presentado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá-FILBO 2024.

 

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