NO ES LA DERECHA, NI LA IZQUIERDA, NI EL CENTRO. SOMOS NOSOTROS.
Esto no ocurrió de un día para otro. Es el resultado de décadas de renuncias silenciosas.
Por:
Alonso Villacís

NO ES URIBE.
NO ES PETRO.
NO ES LA DERECHA, NI LA IZQUIERDA, NI EL CENTRO.
NO SON LOS PRESIDENTES EXTRANJEROS.
SOMOS NOSOTROS.
Esto no ocurrió de un día para otro.
Es el resultado de décadas de renuncias silenciosas.
Poco a poco fuimos cruzando límites:
los constitucionales,
los institucionales,
los éticos,
los regulatorios.
Y sin darnos cuenta, cruzamos el más grave de todos:
el límite del sentido común.
Porque el sentido común (como decía Voltaire)
“es el menos común de los sentidos”.
Nos acostumbramos a lo inaceptable.
Normalizamos lo absurdo.
Justificamos lo injusto.
Como la rana en el agua tibia,
que no percibe el calor que aumenta
hasta que ya es demasiado tarde,
las sociedades no colapsan por explosiones,
colapsan por acostumbrarse.
No fue un presidente el que debilitó las instituciones.
Fuimos nosotros,
cuando dejamos de exigirlas.
No fue una ideología la que fracturó la República.
Fue nuestra incapacidad de cuestionar a la propia ideología.
En lugar de ciudadanos, nos convertimos en militantes.
En lugar de argumentos, usamos consignas.
En lugar de principios, defendimos bandos.
Y así, el Estado social de derecho empezó a erosionarse
no por un golpe de Estado,
sino por aplausos equivocados y silencios convenientes.
La historia lo ha demostrado una y otra vez:
las democracias no mueren por los dictadores,
mueren por los ciudadanos que los justifican.
Hoy el verdadero problema no es quién gobierna,
sino quién piensa.
Porque una nación no se pierde cuando falla un líder,
se pierde cuando falla la conciencia colectiva.
Y mientras sigamos creyendo que el enemigo es “el otro”,
seguiremos sin ver la verdad más incómoda:
que el mayor riesgo para la democracia
no está en los extremos políticos,
sino en la renuncia del ciudadano a pensar.

