NAPOLEÓN

Napoleón sigue encendiendo los debates entre sus defensores, que celebran al estratega militar, y sus críticos, que le acusan de haber causado miles de muertos

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Por:

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

El pasado miércoles 5 de mayo se cumplieron 200 años de la muerte de Napoleón Bonaparte en la isla de Santa Helena, donde vivió  sus últimos años desterrado por las potencias europeas. Pocos hombres tan poderosos pero tan equivocados han podido resistir el paso del tiempo y el juicio de la historia. Napoleón, al lado de Julio César, de Gengis Khan y de Alejandro Magno han resistido hasta la sicarial oleada revisionista que se ha apoderado del mundo internético y de las mentes juveniles de este siglo 21. Y Napoleón lo ha logrado no por acumulación de perversidades ejecutadas por su mano, como sí ha sucedido con Hitler y Stalin, sino porque fueron tantas las transformaciones que hizo en toda una gama de campos, que el efecto de su genialidad todavía está repartiendo dividendos a la humanidad. El  miércoles pasado, en medio de la pandemia que corroe vidas y esperanzas y cuando no han dejado de tumbar estatuas de quienes de la noche a la mañana les han descubierto su falso heroísmo, el presidente Macron celebró el acto central con un discurso en donde estableció rígidamente que ”Ante Napoleón no se puede ceder a la tentación de un juicio anacrónico juzgando el pasado con las leyes del presente”.

Por supuesto estaba hablando como máxima autoridad de una Francia que no ha querido dejar de ser gloriosa nunca, pero que reconoce que Napoleón promovió o ejecutó los códigos civiles y penales que sirvieron de modelo al mundo para reformar los existentes. Una Francia orgullosa de tener el Arco del Triunfo o el puente de Austerlitz o la Rue  de Rivoli, debidos todos a la visión napoléonica, que además reestructuró la concepción urbanística de su país y del mundo. Su vida estuvo llena de aciertos y errores. Por ellos Europa logró entender que podía ser una gran nación y Rusia que podía derrotar al más grande de todos los ejércitos, esperando solo la llegada del invierno. Millones de personas, dijo Chateubriand, murieron por su concepción de la guerra como instrumento de vida. Fue un ejemplo de voluntad política. Un increíble esclavo de la razón para administrar la cosa pública. Un aperturista de la ciencia y de la enseñanza. Un patrocinador de la tecnología y de la educación como verdadera palanca del desarrollo. Sabía de todo, como lo comprueban sus escritos del exilio en Santa Helena, pero nadie le reconoció su sapiencia porque el brillo de su fuerza militar, de su arrolladora personalidad, lo hizo pasar a la historia para poderle perdonar sus equivocaciones.

 

Se le puede amar tanto como criticar, porque como dijo Macron en su inigualable oración del miércoles ”muy pocos destinos han dado a tantos vida mucho más allá de la suya”

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Porce, mayo 7 de 2021

 

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