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MÁS DE CUARENTA GRANDES AUTORES DECLARAN VENCEDOR A BOLIVAR EN BOMBONÁ

La historia militar de todos los tiempos enseña que la suerte de las batallas y aún la de las guerras no se decide inexorablemente en el campo de batalla ni en el día señalado, sino que obedece a las vicisitudes propias de las armas.

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

La historia militar de todos los tiempos enseña que la suerte de las batallas y aún la de las guerras no se decide inexorablemente en el campo de batalla ni en el día señalado, sino que obedece a las vicisitudes propias de las armas. Napoleón les enseñaba a sus brigadas que “una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. Y Hobbes: “La guerra existe no sólo cuando se está librando sino cuando la batalla puede comenzar en cualquier momento”.

Si las mujeres charaleñas no enfrentan y atajan a Lucas González y sus 1.200 soldados veteranos que de El Socorro marchaban a reforzar a Barreiro, los realistas habrían barrido a los patriotas y  la historia se hubiera escrito de otra manera (dice Rodrigo Llano Isaza) o Antonia Santos, la cual fue llevada al patíbulo en El Socorro, por la osadía de haber financiado la guerrilla de Coromoro para distraer en 1819 a las tropas españolas, los famosos tercios de su táctica contra el desarrapado ejército patriota cuando entraba a la Nueva Granada por Pisba.

Así, la del Pantano de Vargas fue ganada trece días después en el puente de Boyacá. La de la pampa de Junìn, en la llanura de Ayacucho, batalla del 6 de agosto, librada a hoja de sable y punta de lanza porque no se hizo ni se oyó disparo. Los patriotas batieron a Canterac “a lanza y arma blanca, sin un tiro”. Los únicos que volaron por los aires fueron los versos mestizos del bambuco de la Guaneña.

 

En las faldas del volcán Galeras, el Ejército Libertador, bajo el mando de Simón Bolívar, protagonizó una de las gestas más feroces y tácticamente difíciles de la Campaña del Sur.

 

Y la de la quebrada de Bomboná (o Cariaco) que se definió un mes y medio después en las estribaciones del Pichincha.

Nosotros hemos arrimado un repertorio de peritazgos que a lo largo de los tiempos han hecho los historiadores tanto vernáculos como mundiales:

Leopoldo López Alvarez se interroga si triunfó Bolívar en Bomboná: “La respuesta debe ser afirmativa, pues Garcia y del Hierro se retiraron y Bolívar se hizo dueño del campo de batalla y de la artillería y de los heridos y consiguió el fin de impedir los auxilios de Quito. Tuvo en verdad, enorme efusión de sangre; pero el éxito de una batalla no se mide por el número de bajas. Puede ser que un triunfador quede imposibilitado para perseguir a un enemigo, pero no por eso se le negarán los laureles de la victoria… Valdés, Barreto y Sanders fueron los factores decisivos de la acción; Torres y París supieron sostener con heroísmo el combate, mientras los otros coronaban la altura; por esto fueron muy justos los ascensos que recibieron del Libertador en el mismo campo de batalla”.

 

Batalla de Bombona (7 de abril de 1822). Organigrama del ejército realista.

 

El también General Manuel Antonio López se une a López Alvarez: “Bolívar se declaró vencedor, porque quedó dueño del campo, de las artillerías y de algunos heridos; pero para conseguirlo fue necesario superar muchos obstáculos, derramar mucha sangre, hacinar cadáver sobre cadáver y ostentar un lujo extraordinario de heroísmo. Tal fue la sangrienta batalla de Bomboná, cuyo verdadero resultado estratégico consistió en paralizar las operaciones de una gran fuerza que, auxiliando al ejército del General Aymerich, habría puesto en duros conflictos al General Sucre”.

Y Rafael Bernal Medina: “Esta batalla porfiada y sangrienta, tiene suma trascendencia en el decurso de la guerra americana. Basta considerar el funesto desconcierto que la derrota hubiese acarreado a los patriotas y el consiguiente auge del enemigo, en plena lucha de dos razas y en juego de dos criterios dispares sobre la manera misma de vivir: obedeciendo a un rey o sirviendo a una democracia”.

Quintero Peña añade: “sin que presumamos de técnicos en la materia, el sentido común sugiere desde luego la pregunta de si, sin esta campaña costosa hasta donde se quiera, hubiera sido posible el triunfo de Sucre en Pichincha, como que es evidente que en García y en Aymerich tenían Bolívar y Sucre sendos adversarios de capacidad comprobada, y de seguro no fueron ellos quienes descuidaran una concentración de todas las fuerzas sobre uno cualquiera de los dos frentes, si se les hubiera dado tiempo y modo de ejecutarlo. La respuesta se impone: la presión ejercida en Bomboná no lo permitió. Bomboná y Pichincha se complementan; podríamos considerarlas por sus resultados como una acción única; Bomboná hizo posible la rendición de Aymerich, como Pichincha decidió la capitulación de García”.

 

Batalla de Bomboná o de Cariaco (7 de abril de 1822). Vista de la quebrada de Cariaco.

 

Simón S. Harker también dice que Bomboná fue un triunfo. (Credencial, enero 95, ps. 4,14, 15). Y el ecuatoriano Roberto Crespo Ordóñez: “Miradle también en su corcel de guerra, como una estatua sobre un peñón de Bomboná, abriendo paso a las huestes del Sur, venciendo a sangre y fuego, la terquedad y resistencia realista de Pasto, para llegar al fin a la línea ecuatorial y arribar a Iñaquito, donde Sucre, el Vencedor de Pichincha lo recibió, le enseña de la batalla y le informa del holocausto de Abdón Calderón, a quien resuelve glorificarle como lo hizo antes con Girardot y Ricaurte”.

“Capituló  Pasto –dice el ambateño Pedro Fermín Ceballos, en su acreditada “Historia del Ecuador”—y las  tropas colombianas avanzaron a nuestro territorio”.

Alfonso Rumazo González: “Acaba de obtener una nueva victoria en Bomboná”.

Luis González Barros: “De aquel anuncio el Libertador desplegó sus banderas para vencer una vez más en Bomboná y Sucre con la genial dirección de la batalla, y el heroísmo homérico de Abdón Calderón en Pichincha, la libertad del Ecuador”.

El pastuso Bernardo Santander Eraso, también a favor de la victoria del Libertador, “según convenio de captaciones” (p.213).

 

Batalla de Cariaco o Bomboná (7 de abril de 1822). Primera fase movimientos de las 15:30 a las 18:00 horas.

 

Gabriel Porras Tronconis en su torrencial investigación “Campañas Bolivarianas de la Libertad”, (Caracas, 1953) también vota la victoria bolivariana y prioriza el Boletín de Bartolomé Salóm que hace el inventario de la proeza, a la que se ha referido recientemente el maestro Vicente Pérez Silva (“Página 10”).

El propio Basilio García cuando escribió sus memorias en La Habana puntualiza en la carta que le puso a Mourgueón el 9 de abril, “tuve que abandonar las posiciones principales a las dos de la mañana, porque el enemigo se había introducido por mi flanco derecho arrollando las compañías que guarnecían la altura de Bomboná en términos de que al anochecer ya tenía al enemigo de retaguardia, y quedó en aquella madrugada el campo de batalla por los enemigos” (p. 306).

El malévolo Madariaga en su avinagrada elucubración se obliga a reconocer: “Ocurrió, no obstante, que el nombre y la causa de Bolivar se salvaron por una coyuntura cuyo elemento principal fue la victoria alcanzada por Sucre en Pichincha (p. 299).

Gillette  Saurat, académica francesa, que pudo comprobar que ya en vida Bolívar fue víctima de la venal acusación de aspirar a la tiranía, que sirvió de pretexto para hacerlo fracasar como hombre de estado, fracaso que favoreció el expansionismo de los Estados Unidos, la realización de su ‘destino manifiesto’, y que facilitó la distorsión del de la América Latina, la cual aún no termina de sufrirlo, Saurat, en su afamada biografía de “Bolívar el Libertador”, precisa que “técnicamente, la de Bomboná puede considerarse como una victoria” (p.456).

 

Sin embargo, Bolívar ordenó al general Pedro León Torres aplazar el almuerzo y atacar de inmediato; orden transmitida por un mensajero, y que el jefe divisionario entendió al revés y dispuso el rancho. Situación que le causó su destitución momentánea del mando, porque al ser increpado por el Bolívar, arrebatando el fusil a uno de sus soldados, le replicó: “si no puedo servir a mi patria como general, pelearé como soldado”. Reacción que conmovió a Bolívar, quien de inmediato lo restituyó en su cargo, para que acometiera frontalmente la tremenda muralla natural del frente realista.

 

La misma Academia Nariñense pontifica que durante la colonia y las guerras de independencia Pasto siempre tuvo una conducta disidente, primero se levantó contra las autoridades españolas, en la era de los comuneros; y luego, paradójicamente defendió la causa realista, pues se opuso al grito de independencia de Quito (1809) porque no estaba de acuerdo en reemplazar la soberanía del rey por la popular. Después de derrotar al Precursor Antonio Nariño, Pasto se mantuvo como ciudad realista. Su suerte cambió con el avance del ejército libertador, comandado por Simón Bolívar, que en 1822 triunfó en la batalla de Bomboná sobre las milicias pastusas. Derrotado, el comandante Basilio García suscribió en Berruecos las capitulaciones del 6 de junio, que significaron la liberación de los territorios meridionales y la posibilidad de las tropas libertadoras de avanzar al sur hacia Quito”.

Guillermo Chaves Chaves: “De aquel anuncio el Libertador desplegó sus banderas para vencer una vez más en Bomboná y Sucre con la genial dirección de la batalla, el denuedo de la caballería de Córdoba, y el heroísmo homérico de Abdón Calderón sellaron en Pichincha la libertad del Ecuador”.

Mauricio Vargas Linares destaca también que con esta batalla de Bomboná se derrumbó la puerta para atravesar hasta Quito (p. 221), “pero el cumanés que actuaba como intendente del nuevo departamento integrado a Colombia, y a los líderes republicanos quiteños que en 1809 habían sido los primeros americanos en alzarse contra el gobierno español impuesto por Napoleón, acordaron reservar el gran festejo para la llegada de Bolìvar quien venía de golpear el 7 de abril a los realistas y sus aliados pastusos en los campos de Bomboná. Los dos bandos chocaron a lo ancho de un rellano de la cordillera sobre la cordillera oriental del cauce encañonado del Guáitara, oeste de Pasto, en una batalla en la que Bolívar perdió 114 hombres y sumó trescientos cincuenta y tantos heridos, pero garantizó que los realistas, que vieron morir a 50 de sus efectivos, no pudieron acudir en ayuda de Aymerich para defender a Quito ante el avance de Sucre desde el Sur. El Libertador había sido el primero en loar la brillante ejecución militar de su preferido en el Pichincha, pero después trocó su orgullo paternal en celos. “La victoria de Bomboná es mucho más bella que la de Pichincha”, le escribió a Santander.

 

Cariaco o Bomboná o de Cariaco (7 de abril de 1822). Sello conmemorativo de Colombia.

 

El canciller, historiador y tratadista Alfredo Vásquez Carrizosa: “Tomó la ruta que conduce hacia Pasto atravesando el Juanambú donde encontró una resistencia enemiga y luego de librar los combates del Guáitara, vence en Bomboná la primera de las grandes batallas que sostendrá en el largo y escarpado camino hacia El Cuzco, el último reducto de la fuerza española”. (“El poder presidencial en Colombia”, Dobry Editores, 1978, p. 45).

Lo secunda el general Álvaro Valencia Tovar, estratega de más de cincuenta años a partir de Corea.

Germán Arciniegas en el Correo de los Andes: “El 7 de agosto de 1819 cambió definitivamente la suerte de nuestros ejércitos y se dio el anuncio fatal al imperio de España en América. Pisba y Bomboná fueron los dos pasos más dramáticos de todas las campañas. El primero para la liberación del norte, el segundo para la del sur”.

Y en “América Mágica”, II, p. 92, pese su bolivarianismo converso, Arciniegas reconoce que Bolívar “asustando con palabras y peleando sin piedras de chispa, se empeña en la estúpida batalla de Bomboná y… la ganó”.

La batalla más heroica y menos gloriosa, decía Mosquera. Pero la ganó… y tuvo que volverse a la otra orilla del Juanambú. Estos absurdos hicieron morir de miedo a los realistas. Entre tanto, Sucre ganó la batalla de Pichincha, y Bolívar redobló la ofensiva con esa literatura tan suya que es el mejor machete que haya brillado al sol de América: “¿Cómo quiere entrar en Pasto?”, le pregunta el gobernador rendido. Y Bolívar: “Cuando el Libertador Presidente de Colombia entra vencedor a una ciudad recibe los honores de un emperador romano”. Se cantó Te Deum… De Ipiales “a Quito hemos marchado sobre flores…”

En el Boletín de la Academia Colombiana de Historia (vol. CIX, 2022) el catedrático Carlos Rodado Noriega vota igualmente la victoria de Bomboná.

Alberto Montezuma Hurtado en sus infatigables investigaciones trae el listado de autores extranjeros favorables a la victoria bolivariana: Guillermo A. Sherwell, José A. Cava, Phyllis Marshall, John Crane, Thomas Rourke … David Bushnell.

E igualmente Rodrigo Llano Isaza: “La independencia de Colombia se dio en estas batallas: Boyacá, San Juanito, Chorros Blancos, Majagual, Tenerife, Laguna Salada, Bomboná o Cariaco, consolidaron la independencia de Colombia”.

 

Batalla de Bomboná o de Cariaco (7 de abril de 1822). Secuelas de la batalla. Autor Juan Lorenzo Lucero. Colección Museo de Historia Nariñense.

 

Bushnell: La batalla de Pichincha marca el fin del gobierno español en Ecuador y obligó a los realistas de Pasto a rendirse igualmente”.

Eduardo Zúñiga en su gran investigación sobre el proceso de Independencia.

Si confeccionáramos vidas paralelas (que las intentaron –entre otros- Carlos Lozano Lozano y también don Juan Montalvo) lo mismo se dijo de la batalla de Borodino, de septiembre de 1812, que a pesar de dejar difuntos a 43 de sus generales, le abrió a Napoleón las puertas de Moscú. Y valga decir entonces que, en contraste, ¡Bolívar no perdió batallas o no tantas y definitivas como Napoleón y ante todo el gran mérito bolivariano descansa en que en Indoamérica NO REGRESARON LOS BORBONES!

Bomboná ingresó al elenco de las gestas más gloriosas de la Independencia. En el monumento que se erigió a los Héroes en Bogotá, figura en compañía de las batallas de Boyacá y Carabobo, como una de las tres proezas bolivarianas. En Carabobo se inmolaron Cedeño y Ambrosio Plaza. En Boyacá Anzoátegui. En Bomboná, Torres. La flor y nata de la oficialidad, en plena primavera.

El Libertador la invocó en su postrer y sublime carta a Fanny:

“A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las íntimas congojas, apareces ante mis ojos moribundos, con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín y Bomboná… Adiós Fanny… Todo ha terminado… Juventud, ilusiones, sonrisas y alegrías se hunden en nada; sólo tú quedas como visión seráfica, señoreando el infinito, dominando la eternidad”.

 

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