Banner Before Header

LOS INDIGENAS Y LA PRIMAVERA COLOMBIANA

Los indígenas, relegados del poder político, no tuvieron cómo seguir implementando su visión del mundo que cuánto hubiera evitado el camino al suicidio colectivo

0 341

Por:

Lucero Martínez Kasab *

 

Lucero Martínez Kasab

 

La primavera es la alegría después del rigor del invierno, cuando por el sol que vuelve a salir reverdece el campo, brotan las flores, los pajaritos trinan y los humanos salen a caminar felices libremente. Por eso, a los territorios que se liberan de regímenes políticos opresores se les dice que están encontrando la primavera. Escribo esto con todo el sigilo necesario para que los duendes de la historia, a veces impredecibles, no interfieran en lo que percibo como la llegada de una primavera para Colombia al ver el pueblo movilizarse tan multitudinariamente como lo hizo el 27 de septiembre pasado. Las calles de las principales ciudades albergaron a centenares de personas que marcharon alegres con sol, con lluvia, con música, otros con tristeza por sus muertos, pero todos unidos alrededor de un presidente que lucha por unas reformas que el pueblo anhela desde hace décadas y que ahora respalda a campo abierto.

La filosofía es apasionante cuando se la usa para entender el mundo en que vivimos, cuando baja de las nubes y aterriza en la realidad para ordenar la anarquía del mundo de los humanos. Para nuestro caso, la filosofía de la Liberación de Enrique Dussel porque, es un sistema de pensamiento nacido desde la negación del pueblo latinoamericano y, en este sentido, nos ilumina para que tengamos claro qué nos negaron y la necesidad de repensar cómo podemos volver a SER.

La invasión española de 1492 sobre esta parte del mundo reventó toda una cultura originaria distribuida en distintos sitios de lo que después se llamaría América. Esta cultura poseía ciertos rasgos análogos, principalmente, dos: tener a la naturaleza como sagrada y la noción de comunidad entre los humanos que incluía a la naturaleza. Y la cultura invasora tenía dos rasgos también: que la naturaleza era objeto y que en los seres humanos primaba lo individual sobre lo comunitario. Así las cosas, la invasión española fue un movimiento telúrico que sacudió el suelo y la cultura de este continente. Los invasores al despojar a la naturaleza de su carácter sagrado, la volvieron cosa, liquidando su papel de madre como punto común de todos los seres humanos; por lo tanto, ya no seríamos más hermanos, con lo cual acabaron también con la solidaridad originaria. España fue un imperio devastador.

Sacaron a los pueblos originarios del mando político, que terminaron reducidos a esclavos o sirvientes. Las partes pobladas fueron ocupadas por los forasteros o fundaron otras, los pueblos indígenas tuvieron que subirse a las montañas huyendo de los blancos; así, una concepción del mundo cambió por otra. La concepción del mundo que los invasores implantaron ha venido destruyendo a la madre naturaleza que los pueblos originarios habían cuidado durante miles de años y, aun cuando aquí también se daban batallas entre diversas tribus y había clases sociales nunca con la barbarie de los españoles y era, en todo caso, nuestro propio proceso. Nos negaron, entonces, la libertad en todo sentido física, religiosa y política.

De toda la cultura que trajeron los españoles invasores una parte central de su subjetividad que fue creciendo calladamente durante estos dos siglos, fue la hipocresía, que aquí no la tenían los pueblos originarios; en gran parte los invasores triunfan porque pudieron engañar, mentir y burlar a la gente de aquí. Es esa hipocresía junto a la codicia el germen de la corrupción que se disparó en Colombia los últimos treinta años. Nos cuenta el sabio Enrique Dussel en su libro 1492 El Encubrimiento del otro que una tribu en el Paraguay invitó a los españoles a la gran fiesta de celebración de la cosecha a la que estos acudieron muy contentos a beber y comer, pero, después, cuando fueron llamados para colaborar en la siembra no acudieron, por lo que los aborígenes pensaron que esos tipos eran muy raros. La subjetividad transparente de los pueblos originarios no concebía este modo de ser de los invasores. La corrupción, que es un engaño, para poder ejercerla implica un tipo de subjetividad, implica tener dos caras, dos comportamientos, uno público y otro privado, es decir, necesita la hipocresía.

Esas clases después de la Colonia asumieron un modo de pensar, una racionalidad, que pocos cuestionaban porque, no es tarea fácil criticar el propio pensamiento porque, no tenemos ni siquiera la idea de que el pensamiento que pensamos se puede criticar, evaluar y trascender; creemos que el tipo de racionalidad es inmodificable como el color de los ojos. Colombia ahora está en una lucha política que en el fondo es una lucha por una nueva subjetividad, una nueva racionalidad que tiene su horizonte en la de los indígenas para quitar de nuestras manos el hacha símbolo del paisa devastador de la naturaleza; para ir disminuyendo la hipocresía; para borrar de nuestros ojos esa mirada enrevesada de los españoles que es la expresión del odio hacia el Otro y de la codicia, y de la lujuria, y de la depredación.

Las nuevas generaciones nacieron confundidas política y socialmente, la claridad la tenía un grupo de criollos, parte de los campesinos y el pueblo indígena que cohesionado, mostrando una capacidad de supervivencia asombrosa en medio de un acoso permanente de doscientos años, hoy, sale a las calles a apoyar a este gobierno que, a su vez apoya la causa indígena y campesina. Estar al lado de un indígena que en su gran mayoría permanecen serenos, que no se ha contaminado de la neurosis de los blancos, es una experiencia humana de las más edificantes. Si uno nunca ha entendido lo de las energías de las personas los indígenas nos hacen vivir qué es eso: es estar al lado de las aguas de un río transparente, son un fresco árbol que habla, que nos mira con ojos de cervatillo, son una brisa que pasa, son iguales por el derecho como por el anverso, ellos inspiran una profunda tranquilidad, paz, el reloj lento, la respiración honda, los pensamientos ligeros y el corazón compasado.

Los indígenas, relegados del poder político, no tuvieron cómo seguir implementando su visión del mundo que cuánto hubiera evitado el camino al suicidio colectivo, como lo llama el pensador Hinkelammert, a esta manera de la civilización de occidente de acabar con la naturaleza. La invasión española nos a-lienó, nos hizo perdernos tanto de nosotros mismos que terminamos defendiendo ideas que sólo les servían a ellos y que iban en contra de nosotros porque, no sabíamos quiénes éramos, porque asumimos ese racismo de ellos y nos creímos españoles cien por ciento.  Racismo, hoy escondido –hipocresía- detrás de algunos medios que dicen ser de comunicación y detrás de gran número de personas en contra de la población originaria. Los indígenas, hartos de la persecución, del abandono estatal, de la estigmatización política decidieron protestar en las instalaciones de un centro del racismo que funciona como una revista – hipocresía- que lleva buen tiempo ultrajándolos.

Exalto que el medio de comunicación RTVC Noticias haya contratado a la periodista Sandra Chindoy, indígena kamentsá para que presente la sección La voz de los territorios; Sandra Chindoy, hace parte de una etnia que habita el valle del Sibundoy, en el Putumayo. Desde su trabajo ondea la lucha de estos pueblos originarios para que sean respetados por occidente. La primavera política en Colombia llegará de la mano de los indígenas y de los campesinos con su filosofía de que el ser humano es naturaleza y la tierra es nuestra madre, serán el camino hacia un cierto retorno a nuestro SER.  La primavera parecerse anunciarse con el pueblo saliendo a las calles a validar al primer gobierno progresista empeñado en la justicia social y con la presencia ingrávida de Sandra Chindoy en la pantalla de la televisión, con su hablar seguro, preciso y calmado, con sus hermosos vestidos y tocados llenos de colores y diseños étnicos; ella es una resistente y hermosa flor de la selva del Putumayo.

* Psicóloga y Magíster en Filosofía

Fuente: La Nueva Prensa

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.