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LAS POLILLAS PREFIEREN LAS TRANSMIGRACIONES

Es de notar que, por momentos, Camila Galvis Patiño cae en la tentación de ser mariposa.

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Por:

Carlos Gutiérrez Cuevas

 

Carlos Gutiérrez Cuevas

 

«Todo está perdido —pensó—. Todo se ha fastidiado. Son las tres y diez. Pero la noche todavía puede compensar muchas cosas».

Gerard Reve (1947). «Las noches. Un relato de invierno». Traducción del neerlandés de Ronald Brouwer. Barcelona: Acantilado, 2011. p. 16.

 

«Nous sommes sûr qu’il y a “autre chose” partout». [1]

André Dhôtel (1975). «Le train du matin». Paris: Gallimard. p. 225.  

 

«Inclusive las imprecaciones, si se envían al cielo, se convierten en plegarias», repetían como letanía los goliardos: entre estudiantes y truhanes, predicaban con irreverencia y provocaban con el ejemplo pecaminoso. Narradores sagaces, tergiversadores de la palabra, juglares errantes, finalmente resultaron ser como Baudolino —aquel personaje de Umberto Eco—, los genuinos fundadores de los idiomas modernos y las literaturas. Sostienen los que conocen la historia de los goliardos que esta sentencia aludía a aquellas especies de mariposas que, lejos de sus congéneres, huyen de la luz y prefieren los oscuros rincones de alacenas, graneros, roperos, archivos y bibliotecas (pues son bibliófagas), donde nacen de padres polillas y crecen alimentándose de lo que se guarda en anaqueles, casilleros, armarios, depósitos y despensas, ergo, se reproducen en otras polillas —de la especie Tinea pellionella—.

En efecto, desde los presocráticos —Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Zenón de Elea, Jenófanes de Colofón, Meliso de Samos, Anaxágoras de Clazomene, Empédocles de Agrigento, Demócrito y Leucipo, por solo mencionar algunos—, se supo que las polillas viven, literalmente, entre su comida, metidas, fundidas, transustanciadas en lo que ingieren, y habitan allí, y así, intensas, prolijas, cuidadosas, entregadas con una persistencia equiparable a la de —para no ir más lejos—, un lector consumido y consumado en la biblioteca que devora pantagruélico o, mejor aún, rabelesiano, lezamiano, haroldbloomeano, cobobordeano, páginas, párrafos, enciclopedias, bibliotecas enteras en diversos idiomas, incunables, libros raros y antiguos, originales y copias piratas, y, por supuesto, vestidos también, originales o réplicas, de primera, segunda o varias manos, vale decir: ropajes transmigratorios que han pasado por varios cuerpos y diferentes vidas.

También, desde hace rato, es conocido el hecho de que las polillas prefieren un vuelo minoritario, anómalo, imperceptible (nocturno). Decir, por eso, que las polillas son mariposas nocturnas es tan impreciso como creer que la buena poesía únicamente se escribe de noche. En realidad, no se sabe mucho sobre cómo vuelan las polillas en la oscuridad —como tampoco se conoce el timbre de unos versos olvidados en un cajón debajo del tramo más oscuro de las escaleras de una casa perdida entre las calles de un barrio marginal de una ciudad invisible de un país onírico de un continente interior que hace parte del mundo, al que nunca llegarás (al que siempre estás llegando), del universo de la infancia—.

 

Camila Galvis Patiño

 

Camila Galvis Patiño es «A lo mejor una polilla». Al leer su obra es claro que sus palabras surgen como ecos de una antigua pulsación (pulsión), voces del tiempo de la Creación que emergen en un texto, a veces vertiginoso y otras sosegado, como una polilla que resplandece entre los bordes quebradizos de una novela —oculta en una esquina de la biblioteca— y eleva el vuelo hacia la insondable noche («Obscurum per obscurius, ignotum per ignotius». “A lo oscuro por lo más oscuro; a lo desconocido por lo más desconocido”, como lo afirmaban los alquimistas).

Es de notar que, por momentos, Camila Galvis Patiño cae en la tentación de ser mariposa. Sin embargo, con habilidad inusual, en escritores de tan corta edad, corrige a tiempo la trayectoria y decide —con una determinación que parece complacerla—, ocupar como polilla (Acherontia atropos [2]), un lugar propio en el plano de inmanencia [3], en el universo indescifrable de la poesía: «A punto de invocar a Schopenhauer/ para que me salve de la locura» [4].

 

“A lo mejor soy una polilla”

 

 

Referencias

[1] «Estamos seguros de que hay “algo más” en todas partes».

André Dhôtel (1975). «El tren de la mañana». Paris: Gallimard. p. 225. 

[2] De la cual, dicho sea de paso, escribe Edgar Allan Poe en «La esfinge» (1845). Recordemos el filme «Un perro andaluz» (1929), «The Silence of the Lambs» (1991) o la novela «Drácula» (1897) de Bram Stoker.

Jason Bittel (2022). «¿Cómo logran estas misteriosas polillas volar en línea recta por la noche?». En: «Revista National Geographic». Fotografía de Christian Ziegler, Max Planck Institute of Animal Behavior. 12 de agosto de 2022.

https://www.nationalgeographic.es/animales/2022/08/como-logran-estas-misteriosas-polillas-volar-en-linea-recta-por-la-noche

[3] «El plano de inmanencia no es un concepto pensado ni pensable, sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a sí mismo de lo que significa pensar, hacer uso del pensamiento, orientarse en el pensamiento… No es un método, pues todo método tiene que ver eventualmente con los conceptos y supone una imagen semejante»

Gilles Deleuze. Félix Guattari (1991). «¿Qué es la filosofía?». Traducción de Thomas Kauf. Barcelona: Anagrama, 1993. p. 41.

«Este plano es inmanente y no obstante debe trazarse, lo construimos a diario, con nuestras prácticas, en los encuentros que nos sobrecogen, un día un viento de aire fresco nos empuja a la experimentación y abrazamos el plano de inmanencia que se despliega ante nosotros, perdemos la posibilidad de decir mi cuerpo, simplemente se deviene un cuerpo y luego un otro y luego… El plano de inmanencia es necesariamente heteróclito, en la experimentación se conectan elementos de todo tipo, con el clima, con el agua, con los vientos (variaciones atmosféricas CsO [Cuerpo sin Órganos] meteórico); se conjugan flujos animales, vegetales, moleculares; se hace simbiosis con herramientas, con la velocidad de las máquinas, con el cilindraje, con el fuselaje, etc.; la naturaleza y el artificio un solo cuerpo para todos los CsO. Podemos, entonces, considerar las colectividades humanas como CsO, CsO que a su vez hace pasar un continuum de intensidades y que combina otros CsO, CsO del dinero, CsO de la ciudad, CsO informático o cibernético, etc. Por ejemplo, un conglomerado urbano y su intercambio de flujos con el medio rural, con otros conglomerados, con el medio ambiente, es un continuum ininterrumpido de CsO. El plano de inmanencia o de consistencia es siempre variable, incesantemente revisado, compuesto, recompuesto por los individuos y las colectividades».

Gustavo Chirolla Ospina. «Vitalismo y Cuerpo sin órganos en Gilles Deleuze». En: «Cuadrante. Revista estudiantil de filosofía» [13 mayo 2015].   http://www.javeriana.edu.co/cuadrantephi/sumario/articulos22.htm

[4] Camila Galvis Patiño (2023). «A lo mejor soy una polilla». Bogotá: Nueve Editores. p. 68.

 

CARLOS GUTIÉRREZ CUEVAS

(Bogotá, 1953)

Escritor y periodista. Ha publicado cinco libros sobre gestión del conocimiento. Magíster en Ciencias Humanas de la Université Paul Valéry Montpellier 3. Consultor, docente e investigador. Autor de Albricias, blog sobre el impacto económico y cultural de las tecnologías de la información y la comunicación (periódico El Tiempo). Fue redactor, corresponsal y jefe de redacción de la revista Nueva Frontera.

 

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