LA SAGA SAÑUDISTA
Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

No se crea que soslayamos el arancel relevante que aportó Sañudo a las disciplinas humanísticas, jurídicas, literarias, filosóficas, históricas, apenas tuvo temas vedados desde su perspectiva para su mirada pesquisidora y crítica; siguió expectante el devenir de las ideas de su tiempo, con espíritu científico y comprometido, asúmase todo su arsenal desde un rincón enclavado en los Andes meridionales.
Abogado –sin título- del Colegio Académico. Su disidencia permanente de las cúpulas reinantes –de su partido hegemónico- le impidieron su promoción a la Corte Suprema, no obstante juez y magistrado.
A él se debe la primera novela publicada en el actual departamento de Nariño, “La Expiación de una madre” (1894) Ya habíamos dicho de sus cuatro tomos de Historia de Pasto. Y de la consabida biografía de Bolívar.

Su otro trabajo: “La Filosofía del derecho”, de contextura iusnaturalista, para el autor el derecho no era más que un deber de carácter moral que se traduciría en la máxima “puedo practicarlo porque debo hacerlo”. Crítico de Kant y a Hegel, quienes adjudicaron la creación de la verdad al hombre, para Sañudo tal herejía era “un error monstruoso”. Contra el racionalismo defendió el “tradicionalismo”, según el cual, el derecho “se conoce por revelación, puesto que éste es el único medio de conocer toda verdad”. Siguiendo a los escolásticos admitió que la autoridad pertenece a la sociedad y sólo por la voluntad directa o indirecta se traslada a un sujeto determinado para alcanzar su perfeccionamiento. El profesor Pangloss también lo descalificó en su tiempo.
El filósofo Diego López Medina lo cataloga un ecléctico que eligió según su criterio, lo que consideró mejor de las teorías vigentes a comienzos del siglo XX, para aplicarlas en su rol de magistrado del Tribunal Superior de Pasto, a la realidad judicial de una sociedad conservadora y profundamente retrógrada.

En el archivo de monseñor Justino Mejía y Mejía –que si no fue su amigo fue su corresponsal- y que reposa en nuestras manos (Muy pronto queremos depositarlas en las de la Sociedad El Carácter de Ipiales) y que contiene el epistolario, verdadero cofre en el que yace depositada la afinidad y mutua simpatía de notabilidades que fueron cúpula de la inteligencia coetánea.
Con José Rafael Sañudo, Monseñor despliega una admiración sin precedentes. En “Cauces de Inquietud” (Las Lajas, 1941), en el capítulo IV: “Ejemplar Ejemplo”, Monseñor habla de que “es un símbolo enhiesto de pastusidad”, “fruto exclusivo de Pasto, ciudad donde la lealtad, las arraigadas creencias católicas, el desprendimiento, el valor, la independencia de carácter son proverbiales”. “El doctor Sañudo es una piedra miliar en la cruzavía de los siglos”. “Su nombre estará en los anales de la ciudad como el nombre de Augusto sobre los mármoles desgarrados de los fastos prenestinos” (p.54).
Desde 1931 la admiración es mutua. En carta del 6 de octubre Sañudo dícele: “en uno de los últimos números de “El Derecho” leí un artículo suyo en que me da honrosos y benévolos calificativos. Habría bastantes motivos para enorgullecerme, si no conociera y no estuviera bien persuadido que mi modesta persona no merece ningún honor y que las honras que usted me hace son efecto único de su genial benevolencia”.
A propósito del envío de su “Ensayo sobre Prehistoria nariñense” (1934), Sañudo escríbele: “yo no sé cuál de los capítulos del librito es más importante, pero debo decir que el titulado “Amagos lingüísticos” y el sobre “Mestizaje” parécenme soberbios y que nadie puede superarlos, hasta gústame que en la página 23 haya dado un rifirrafe a las personas que han cambiado la toponimia nariñés, poniendo v.g. Aldana en vez de Pastás y Chaguarbamba tan histórica cambiándola por Nariño, con lo que han hecho un grave daño a la etnografía y filología del país”.
En carta de 13 de enero de 1937, remitida a Roma, Sañudo le pide a Monseñor Mejía (a la sazón estudiante de la Universidad Gregoriana): “Quiero que se relacione con el ilustre director Jorge Del Vecchio, uno de los filósofos más notables de la Italia moderna”…
A lo que el joven estudiante de teología, de historia eclesiástica, paleografía, archivología, diplomacia, cronología y acción católica accedió y dejó esta constancia: “me dirigí a la residencia del ilustre filósofo situada en la vía Appennini 52. Una amplia y cordial acogida como a un amigo del doctor Sañudo fue el distintivo del encuentro. Me detuvo largamente en sabrosa conversación sobre la vida intelectual de Suramérica y en modo particular sobre la del Doctor Sañudo.
Al fin, cuando le pedía permiso para despedirme, me dijo afablemente: Pero Usted no conoce todavía mi biblioteca…
Venga, continuó. Y pasamos a lo largo de una media docena de salones colmados de libros escritos en casi todas las lenguas vivas.
Al extremo del último salón, junto a su escritorio privado, el profesor Del Vecchio se detuvo, me miró, como para insinuarme en la sorpresa que me reservaba, tomó un libro de uno de los anaqueles y presentándomelo me dijo, ¿conoce Usted esta obra?
Entre confuso y admirado, le respondí: Sí, sí profesor, la conozco.
Sepa, caro amigo, añadió, que este es en mi concepto, uno de los más grandes filósofos suramericanos. Se refería a la “Filosofía del Derecho”, del doctor Sañudo”.

Y en temas de filología y gramática ancestral: en la introducción a sus meritorios apuntes sobre la Historia de Pasto, rubricada en 1894 (se trata indudablemente de un error de edición como quiera que para ese año Justino no había nacido), José Rafael Sañudo señala que “es de notar, que conforme a un documento hallado por el ilustre escritor presbítero Justino Mejía y Mejía, se traduce por nava o llano, pues así se denominó Iscualquer o llano de las lombrices (hoy Miraflores), al modo que en euskaro que lo mismo significa, entra en la combinación de numerosos nombres de los lugares y apellidos. Más adelante también reconoce que según el inteligente presbítero, el río que pasa por Las Lajas es el Pastarán. Valga la pena citar aquí otra digresión filológica del idioma de los Pastos que explicaba Monseñor (“Ipiales mi pueblo”, 1992, p.26, 27). El propio Monseñor hacía justicia también con Sergio Elías Ortiz quien había descubierto la traducción pasto de “puetal”, que significa piedra redonda.
Y ahora temas de derecho internacional y de defensa del suelo nativo que hizo Sañudo: al cabo de más de cien años, cuando se vino a saber que el Tratado de Límites, suscrito el 15 de julio de 1916 en Bogotá, entre el canciller de Colombia Marco Fidel Suárez y el embajador ecuatoriano Alberto Muñoz Vernaza “que resuelve todo lo pendiente entre los dos países por razón de fronteras”, no se publicó y se mantuvo secreto hasta que el Ministro de Relaciones Exteriores ecuatoriano lo hizo público, “ya que en Colombia nada se ha dicho del tema. Ignoramos las razones para mantener en secreto este anuncio”, dice El Tiempo del sábado 22 de julio de 1916. Por lo que –y de acuerdo con el Derecho de los Tratados- simplemente este Instrumento binacional, al no haber sido publicado ni notificado, ¡es sencillamente inexequible! Con un inri más gravoso, por haber modificado los límites de la República, sin imperativa reforma constitucional.
Desde esa época se dijo y probó que Colombia perdió en la delimitación de la frontera con Ecuador, más de 50.000 kilómetros cuadrados (90.000 dice Oviedo Zambrano, p. 234), porque la frontera sur se agrietó entre la región que abarcaba los ríos San Miguel, Coca, Napo y Aguarico. Se afectó igualmente la desembocadura de Sucumbíos y perdimos el corregimiento del Pun, que se convirtió en tripartito: del corregimiento de La Victoria; de la parroquia de El Carmelo, Carchi; y de el Playón de San Francisco, Sucumbíos. Toda la cuenca de los ríos Aguarico y Churuyaco, depositaria de petróleo y minerales que nos arrebataron por componendas con la Shell. Ora de los yacimientos de oro de veta y de caucho maldito y embrujador.
El primero –y casi único- contestatario contra este otro “panamismo”, se pronunció José Rafael Sañudo quien advierte el placer de un ecuatoriano al “estrechar la mano del doctor Muñoz Vernaza, que amplió, a donde no pudiera por derecho, los límites de su patria; y cuán triste es para un colombiano, estrechar la mano de los negociadores nuestros, que sólo puede hacerse extendiendo sobre ellos el manto de una compasiva misericordia”.
Tan indignado estaba Sañudo que cuando Suárez, jefe natural del conservatismo y además como presidente de la república estuvo de gira oficial por Pasto no concurrió a saludarlo. En aquella gira don Marco Fidel a título indemnizatorio con los nariñenses dictó un decreto de 3 de abril de 1920 apropiando treinta mil pesos para la construcción de la carretera Ipiales-San Juan-Capulí-Tangua-Pasto, que no se construyó nunca.

