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LA OLIGARQUIA NACIO CON LA REPUBLICA

Así se explica por qué en toda oportunidad en que el pueblo colombiano ha tratado de libertarse de las viejas coyundas, el litigio entre las legítimas aspiraciones de los desheredados y los intereses establecidos de los poderosos se ha visto asimilado, por obra de campañas cuidadosamente calculadas para producir este efecto, a una supuesta batalla entre la libertad y la opresión, entre la ley y la dictadura.

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Cabalgaba Vicente Azuero Plata con destino a la villa de Ocaña en donde finalmente había sido convocada la esquiva Convención Constituyente de aquel año décimo octavo de la independencia, nuncio de electrizantes sucesos que sacudirían la epidermis de aquella atribulada confederación grancolombiana, cuando recibió un despacho que traía membrete de la vicepresidencia y que será cuño de la configuración social y política del futuro y para siempre de la novicia república.

Entrambos corresponsales eran tenaces refractarios del Libertador, muy a pesar de haber sido hasta hace muy poco sus incondicionales cuando el Grande Hombre dispensaba la plenitud de favores y su estrella no conocían ocaso. En el lecho del recado imprevisto yacía la prevención infidente de su desempeño en la junta de patricios para cautelar los bienes y las prerrogativas de sus comanditarios.

Y es que en aquellos brumosos pero expectantes momentos de la inminente disolución de la nacionalidad, los presuntos próceres recurrían al género epistolar para develar los entretelones de las sospechas y las asechanzas que se cernían por doquier. Aquellas cartas habían sido verdaderas trampas en las que se hundieron muchos prestigios y fueron adventicias de calculadas tragedias griegas. Los pliegos que se cruzaban Flores y Obando inculpándose mutua y juguetonamente del execrable crimen de Berruecos; la que le puso Santander al mismo Azuero reconociendo ladinamente su participación en ese mismo magnicidio. Queda al desnudo al develarse aquella correspondencia que Santander era el jefe de la banda -se diría hoy- que se asomaba mañosamente al poder y que lo detentarían hasta hoy mismo sus sucesores con su atavismo oligárquico.

Era aquel tiempo el que traería la mayor carga de emociones que enervarían la ya muy deteriorada supervivencia de la Confederación. Idus de la atribulada y abortada convención constituyente, del decreto de la dictadura, de la conspiración septembrina, del asesinato judicial del almirante Padilla, del destierro bien sudado de Santander.

En el delator memorando que puso Santander a su aleve confidente en vísperas de la Convención que se insinuaba autárquica, le alertaba que “no debemos cerrar los ojos a lo que se presente: es decir, a ese enjambre de ciegos partidarios de Bolívar, cuyo poder no ha sido tan pequeño que no haya trastornado la República y amenazado frecuentemente nuestra existencia; todos ellos albergan la mayor desconfianza por su suerte desde que están habiendo las elecciones y se figuran peligros inminentes en la caída de su protector, lo cual tiende a conducirlos desesperadamente a sostenerlo a todo trance. Cuál puede ser el resultado. Una guerra interior en la que ganen los que nada tienen, que siempre son muchos, y que perdamos los que tenemos, que somos pocos” (18 de enero, 1828).

También Bolívar se había aproximado a Ocaña y desde Bucaramanga le entrega sangrantes confidencias a su edecán De La Croix, en cita casa se hospedaba: “Aquellas noticias condujeron a Bolívar a repetir lo que le hemos oído varias veces, a saber: probar el estado de esclavitud en que se halla el pueblo; probar que está no solo bajo yugo de los alcaldes y curas de las parroquias, sino también bajo el de los tres o cuatro magnates que hay en cada una de ellas; que en las ciudades es lo mismo, con la diferencia de que los amos son màs numerosos porque se aumentan con muchos clérigos y doctores; que  la libertad y las garantías son sólo para aquellos hombres y para los ricos y nunca para los pueblos, cuya esclavitud es peor que la de los mismos indios; que esclavos eran bajo la Constitución de Cúcuta y esclavos quedarían bajo la Constitución más liberal; que en Colombia hay una aristocracia de rangos, de empleos y de riqueza equivalente por su influjo, por sus pretensiones y peso sobre el pueblo, a la aristocracia de títulos y de nacimiento más despótica de Europa; que en aquella aristocracia entran también los clérigos y los doctores, los abogados, los militares y los demagogos; pues aunque hablan de libertad y de garantías, es para ellos solos para los que las quieren y no para el pueblo que, según ellos, debe continuar bajo su protección; quieren la igualdad, para elevarse y ser iguales con los más caracterizados, pero no para nivelarse ellos con los individuos de las clases inferiores de la sociedad; a estos los quieren considerar siempre como sus siervos a pesar de los alardes de demagogia y liberalismo”.

Así surge patética la abrasadora antinomia entre la democracia republicana y la república oligárquica; entre el caudillo del pueblo, vocero de los oprimidos y humillados, de los “que no tienen nada” (como deploraba Santander) y la fronda excluyente de los poderes de la riqueza, que pretendía reservarse la personería auténtica de los ideales republicanos.

He ahí la codiciosa y plutocrática oligarquía de terratenientes y comerciantes enemigos de Bolívar. Los sociólogos incipientes pero reveladores (Madiedo entre ellos) señalaron: “Cada uno fue tomando su puesto. El pueblo, la masa, se puso a contemplar lo que había ganado en la sangrienta lucha de la independencia; contó sus hazañas por las tumbas de sus padres, de sus hijos y de sus hermanos; reconoció la honda sima que lo separaba del antiguo criollo, del antiguo soldado, del antiguo comerciante, del antiguo sacerdote, del antiguo propietario y vio que ese foso no había sido suficientemente colmado por los cadáveres  de una batalla de diez años, a pesar de la gloria que le servía de aureola. Se encontró mutilado, explotado en su sangre. De allí nació sino un orden social y económico que garantizaba los intereses de los grandes propietarios y comerciantes criollos”.

Alrededor de Santander se agrupó el antiguo criollaje, vestido de todos los colores y buscando la antigua preponderancia, al arrimo del orden civil de que Santander se había hecho patrono”.

El novelista Gabriel García Márquez es el  superior historiógrafo y sociólogo de esta turbulenta, aunque sugestiva época: “Posiblemente el mayor error del Libertador Simón Bolívar, fue haber perdonado la vida del conspirador Francisco de Paula Santander y sólo desterrarlo, pese a comprobar que formó parte del plan para asesinarlo”. “Esa oligarquía leguleya que dejó Santander, la heredó Colombia. El resultado se refleja en la corrupción de sus gobernantes durante doscientos años”.

“Las oligarquías de cada país, que en la Nueva Granada estaban representadas por los santanderistas, y por el mismo Santander, habían declarado la guerra a muerte contra la idea de la integridad, porque era contraria a los privilegios locales de las grandes familias. “Esa es la causa real y única de esta guerra de dispersión que nos está matando”, dijo el general. “Y lo más triste es que se creen cambiando el mundo cuando lo que están es perpetuando el pensamiento más atrasado de España”. “Todo lo he hecho con la sola mira de que este continente sea un país independiente y único, y en eso no he tenido ni una contradicción ni una sola duda”.

El general Santander en repetidas ocasiones manifestó sus deseos de un gobierno fuerte y su voluntad de servir lealmente a Bolívar, aunque éste se coronase. El Vicepresidente lucía especial respeto a las leyes cuando podía blandirlas como armas contra los militares vencedores rivales suyos. El 21 de agosto de 1826, escribe Santander a Bolívar: “El origen de nuestros males está en mi entender en que desde la Constitución hasta el último reglamento han sido demasiado liberales para un pueblo sin virtudes y viciado por el régimen español donde hay tantos elementos de discordia y tantos hombres que se creen superiores a usted mismo”. Y en noviembre 5 del mismo año: “No tengo embargo en decir públicamente que solo Usted serviría como dictador, monarca, etc., de resto a nadie, porque parto del principio de que usted respeta las leyes y los derechos del hombre, lo que obligó sin duda a Mollien a decir que su dictadura nunca había sido una desgracia”.

El irreparable pecado de Santander fue el de no haber sido partícipe de El Sueño. “No: no fueron esos ni tantos otros los motivos que causaron la terrible ojeriza que se fue agriando a través de los años, hasta culminar en el atentado del 25 de septiembre. La verdadera causa fue que Santander no pudo asimilar nunca la idea de que este continente fuera un solo país”, dijo el general. “La unidad de América le quedaba grande”. Más adelante, se ratifica el veredicto: “Es avaro y cicatero por naturaleza”, decía, “pero sus razones eran todavía más zurdas: el caletre no le daba para ver más allá de las fronteras coloniales”. Para quien carece de convicciones o de simpatías que lo convoquen con especial ahínco a la defensa de Santander, ésta no sería sino una instancia más en el grande o chico pleito por el que tanta tinta (y, a la colombiana, no poca sangre) se ha vertido.

En un esclarecedor, aunque desconocido ensayo intitulado “Razones socio-económicas de la conspiración de septiembre contra el Libertador”, Biblioteca Venezolana de Historia, 1968, p. 27 ss., entre otras causas, Indalecio Liévano Aguirre atribuye a la campaña para acabar con los resguardos el móvil del atentado septembrino. Mariano Ospina Rodríguez, uno de los conjurados, atacaba el empeño del Libertador dirigido a revocar la norma de eliminación de los resguardos que ordenó la Constitución de Cúcuta. Ospina descendía del titular de la poderosa encomienda de Guadalupe. Y la proyectada Constitución de 1826, manuscrita del propio Bolívar también prohibía la esclavitud.

Y es que Miguel de Pombo –junto con el federalismo de Filadelfia y los santanderistas- propuso desde 1810 la eliminación de los resguardos de indígenas.

Lo lograron teóricamente en Cúcuta 1821, y en la práctica en 1832. Con el general López en 1850, todas las tierras quedaron en comercio libre. El efecto natural de esta medida –dijo Luis Ospina Vásquez- fue el pronto paso de las tierras repartidas de manos de los indígenas a las de los hacendados y capitalistas blancos o asimilados a tales. Ocurrió un fenómeno de proletarización en el sector rural a escala nunca vista en el país. Los nuevos proletarios dieron brazos baratos a los cultivadores de tabaco y a los hacendados capitalistas del interior”.

Lo mismo ocurrió con los ejidos o tierras comunales alrededor de los municipios que permitían su subsistencia a las gentes pobres. Por lo menos y para evitar este despojo, Ipiales no tuvo ejido. Los resguardos eran terrenos adjudicados colectivamente a los indígenas. Su fin era preservar la vida comunal de las tribus, darles protección y autonomía.

Bolívar era opuesto también al libre cambio. El primero de agosto de 1829 prohibió la importación de textiles al Ecuador.

Toda la élite (“la fronda aristocrática”) grancolombiana estuvo de acuerdo en la eliminación de los resguardos, de los ejidos, de los mayorazgos, del estanco, del proteccionismo. Eso significaba la eliminación del Estado. Y de Bolívar.

Cuando la proximidad de la paz, y la paz misma determinaron la reversión del proceso y los humildes retornaron a sus desolados campos se adelgazó pérfidamente su presencia en el entramado nacional y los desposeídos volvieron a la esclavitud y a la servidumbre del nuevo latifundista, del cacique, el doctor, el párroco, del acaparador, del nuevo encomendero esta vez criollo, aunque connacional. Entonces fue que se reveló en toda su despiadada desnudez la disparidad entre la gleba revolucionaria pero frustrada y la torticera oligarquía, pugna que Bolívar presentía, pero de la cual fue una víctima más si se asume que se enfrentaba en simultáneo con la aristocracia peruana, los mantuanos de Caracas, la plutocracia porteña de Buenos Aires, los pelucones chilenos y la hipócrita, rapaz y ávida burguesía santafereña.

Santander, Páez, Lamar, Rivadavia, Flores, Freire, antipáticos entre sí, se entrelazaron estratégicamente para descuartizar el continente, para lograr la avara detentación de su feudo.

Cuando la casta oligárquica no encuentra amenazados sus intereses vitales nada le importa la etiqueta de los gabinetes que, más que gobernar, administran, porque sólo se trata de distribuir las tajadas del presupuesto entre los clanes y sus caciques. Tampoco le interesa el clima de violencia, la misma guerra civil si se impone, porque la misma es hijuela de la lucrativa estrategia de los negocios del Estado.

Otro precio factura para la oligarquía cuando asaltan las olas populares contra la superficie de esa falsa legalidad sin justicia social que flota sobre el mar de fondo de la miseria y el desamparo del pueblo. Entonces se opera una milagrosa transformación en las convicciones y el comportamiento de quienes se habían vanagloriado, hasta ayer, de personificar el más elemental sectarismo y sobre los cadáveres de tanto colombiano humilde sacrificado en aras de los odios y desafueros verbales de los jefes, esos mismos jefes que se abrazan como si nada hubiera ocurrido y corren a formar esas coaliciones políticas que en la terminología nacional suelen denominarse unión republicana, salvación nacional, centro democrático o frente nacional, cuyo exclusivo objeto es formar un frente común de los de arriba, para taponar la brecha que ha dejado aflorar a la superficie la inconformidad democrática de los desheredados.

Como lo hemos dicho de antiguo en estas  “geometrías”, acaballados en escritores de impronta lacerante, de esas confederaciones frondistas fueron víctimas los grandes caudillos de nuestra historia republicana, -Nariño, Bolívar, Obando, Mosquera, Núñez, Reyes, Uribe Uribe, Alfonso López, Gaitán, Y AHORA  PETRO, a quienes se acusó  y se acusa de tiranos, se les lleva a las barras del Senado o se intenta hacerlo, se les intenta golpes duros o blandos y cuyas vidas fueron amenazadas por los agentes de una oligarquía que sistemáticamente ha disfrazado sus actividades frondistas con la pretendida intención de defender la legalidad y las libertades públicas.

Indalecio Liévano lo denunció en su pasmosa elucubración sobre los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Ahí se muestra la oligarquía -desde la misma independencia- tan devota de la intangibilidad de la ley y de la obediencia incondicional que para ella se les exige a los ciudadanos pero su propósito real no ha sido crearle a la República unas reglas imparciales de juego para dirimir las controversias entre los nacionales, sino construir diques y aduanillas legales para custodiar la heredad de los poderosos y las aspiraciones conservadoras de los sectores de la comunidad en los que se ha concentrado periódicamente la riqueza. Por eso en la teoría y en la práctica de este legalismo, -que se ha tratado de convertir en distintivo y virtud de la nacionalidad colombiana-, se le otorga escasa importancia a la bondad o injusticia intrínsecas de la ley y se le atribuye, en cambio, un carácter decisivo a la intangibilidad formalista de la misma, porque sólo cuando la ley existe con independencia de la justicia o injusticia de sus prescripciones, puede ella convertirse en instrumento idóneo para que el orden social, cualesquiera que sean sus desigualdades, resulte protegido de la inconformidad popular que ellas generan. “Si la ley es mala, que el mal sea”, solía decir el general Santander, fundador del sistema.

Así se explica por qué en toda oportunidad en que el pueblo colombiano ha tratado de libertarse de las viejas coyundas, el litigio entre las legítimas aspiraciones de los desheredados y los intereses establecidos de los poderosos se ha visto asimilado, por obra de campañas cuidadosamente calculadas para producir este efecto, a una supuesta batalla entre la libertad y la opresión, entre la ley y la dictadura.

Nada tiene de extraño, por tanto, que en toda ocasión en que un gran conductor de nuestro pueblo irrumpe en el escenario político para defender una causa popular -cual lo hace hoy por hoy el caudillo Gustavo Petro-, contra él se levante la rebelión frondista de una oligarquía vocinglera que nunca confiesa con franqueza el legítimo deseo de proteger sus intereses, sino que se reviste siempre con las banderas románticas de la libertad y diciéndose personera de la causa del derecho y de las garantías ciudadanas, corre a sindicar de déspota y tirano a quien ha tenido la audacia de dejar oír su voz de desacuerdo frente a un estado de cosas que los de arriba identifican con la cultura de una fantástica “Atenas Suramericana” y que los de abajo deben pagar con la moneda de la miseria, la ignorancia y el desamparo.

Así se producen, periódicamente, esas conjuras frondistas que la oligarquía colombiana ha organizado, a nombre de la libertad, contra los grandes personeros de nuestro pueblo, conjuras que han desembocado inevitablemente en una marcha hacia atrás y en un estancamiento de las desigualdades sociales.

 

 

 

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