LA INMORTALIDAD EN JOSÉ SARAMAGO

La muerte avisa mediante un edicto sobre su decisión de volver a su trabajo y lo comprueba con la muerte de un albañil a quien una mujer (la muerte), empuja desde una enorme altura

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 
Todos los nombres están allí.
los no escritos,
 los de los vivos
 y también el de los muertos”.
 
José Saramago

 

El pasado 16 de Noviembre se celebró el natalicio de José de Sousa Saramago, un gran escritor que nació en una fecha como ésta, en el año de 1922, en Azinhaga (Portugal) y murió en 2010 en las islas Canarias (España).

Sé que muchos de ustedes, apreciados lectores, relacionarán su nombre con el de un autor que recibió el premio Nobel de la Literatura y sí, esto es muy cierto, pero… ¿Por qué se lo otorgaron a este autor? Hay, tal vez, una relación inmediata con la imagen de un pensador que trabajó sus textos desde distintos géneros: fue dramaturgo, poeta, periodista y novelista. En cada uno de sus discursos expresó con franqueza su ideología, pues, como miembro del Partido Comunista de Portugal, fueron estas ideas las que orientaron muchas de sus obras.

Considero personalmente que Saramago fue la voz de la humanidad pues, con su mirada universal, atrapó la realidad en sus textos de manera honesta, fue un crítico social que expresó su pensamiento de forma transparente. Esta actitud de criticar “desde adentro” le valió muchas discusiones y controversias de parte de sus opositores, especialmente desde la iglesia y la política, sin embargo, desde 1980, Saramago se posicionó como uno de los mejores escritores contemporáneos y su obra se tradujo a veinte idiomas, cosa que lo dio a conocer mucho más en el mundo entero.

Algunos críticos consideran que su personalidad, un tanto irritable, tenía que ver con su infancia llena de necesidades a raíz de su difícil situación económica. La novela “Tierra de pecado”, publicada en 1947, le dio total reconocimiento, así como la obra “Memorial del convento”, que fue publicada en inglés en 1988 con el nombre de Baltazar y Blimunda, y adaptada a la ópera con el título Blimunda, la que tuvo un éxito inesperado, pues, expresa la lucha del ser solitario precisamente contra la autoridad. Esta manera de nadar contra la corriente, en un medio donde todos comulgaban con la religión y la política, lo hizo protagonista en 1992 de un escándalo que la sociedad religiosa rechazó drásticamente, pues en su obra “El Evangelio según Jesucristo”, narra cómo Jesucristo pierde su virginidad con María Magdalena, lo que le trae un serio problema social por su irreverencia. Es tan grave el asunto que lo obliga a trasladarse a Canarias, España, donde permanece hasta cuando fallece. Otras muchas obras lo van instalando en el plano de escritor destacado, como “Ensayo de la ceguera”, donde se refiere al cerco que produce la racionalidad; “El viaje del Elefante”, novela histórica sobre el Siglo XVI en Portugal y “Caín”, que describe en forma irónica el asesinato de su hermano Abel.  “Todos los nombres”, obra de la que se ha tomado el epígrafe para este artículo, en la que comprime todo un pensamiento sobre la humanidad que somos todos.  “Poemas posibles”, “La caverna”, “Crónicas de este mundo”; y en teatro: “La noche”, “La Segunda muerte de San Francisco de Asís” e “Intermitencias de la muerte”, figuran entre muchas otras obras de gran calidad que justifican suficientemente la asignación del Premio Nobel en 1998.

 

Las Intermitencias de la muerte cuyo título original en portugués “As Intermitências da Morte”, es una novela del premio Nobel de literatura, el portugués José Saramago, publicada en el 2005.

 

Pero… es a esta última obra, “Intermitencias de la muerte”, a la que quiero referirme especialmente porque en ella se resume todo un concepto expresado por el autor sobre la muerte y la inmortalidad del hombre, cuando dice: “Nuestra única defensa de la muerte es el amor”. No es que la muerte sea mejor que la vida, sino que ella la justifica. Fue publicada en 2005 y consta de 274 páginas donde se presenta el contexto de la historia en la que, con este tema, los personajes dialogan entre sí con un relato fluido y muy sencillo. En la primera parte, de los capítulos 1 al 9, se contextualiza un país indeterminado donde ocurren los hechos que giran alrededor de la ausencia de la muerte, nadie muere por más accidentes que ocurran, de manera que, poco a poco, este fenómeno se va conociendo por los medios, creando la confusión entre políticos y autoridades eclesiásticas. Es tan noticioso el hecho que se difunde a veces de manera humorística y también se discute esta novedad entre eruditos, quienes lo atribuyen a cuestiones cósmicas, cosa que pocos creen. Todos se sorprenden ante la ausencia de la muerte, nadie muere, todos envejecen entre la duda, la incredulidad y el regocijo, para dar paso luego a la preocupación y al caos por el presumible regreso de la misma.

Hay cierta alegría entre los ciudadanos, pero empiezan los problemas económicos cuando se advierte la inutilidad del trabajo en los hospitales, en las funerarias y en las casas de seguros; no se pagan pensiones ni subsidios, se preocupa el rey y la reina madre, el papa, los miembros de la mafia, los soldados, los viejos brujos y filósofos y todos los demás ciudadanos. Una familia rural se desespera por la larga agonía de uno de los miembros, tanto que toman la decisión de hacerlo morir cruzando la frontera, que ya se encuentra vigilada por los soldados y la mafia. De esta manera, cuando pasa el tiempo y la gente deja de morir, la euforia colectiva da paso a la desesperación y al caos, pues el tiempo no se detiene y la sociedad queda condenada a una vejez eterna.

En la segunda parte, son protagonistas la muerte, representada como un personaje invisible, como un esqueleto y como una elegante dama y el violonchelista del que se enamora. Avanza la historia con el anuncio del regreso de la muerte, con la que se agita la confusión de la ciudadanía. Se necesita ayuda psicológica para quienes estaban satisfechos al no tener que morir, pero también alegría entre quienes habían perdido el trabajo por ausencia de servicios funerales y hospitalarios. Se restringe la atmósfera a una relación de pareja. Regresa la mortalidad y la muerte asume una personalidad femenina. La muerte avisa mediante un edicto sobre su decisión de volver a su trabajo y lo comprueba con la muerte de un albañil a quien una mujer (la muerte), empuja desde una enorme altura. Pero luego entra la muerte al concierto del famoso violonchelista, de quien se había enamorado perdidamente, y empieza a seducirlo hasta conseguirlo, en un encuentro amoroso en su propia casa.

En conclusión, amables lectores, esta historia contada magistralmente por Saramago entre el humor y la ironía, me hace reflexionar sobre otros escritores que se interesan por el sentido de la inmortalidad, como Borges. Así como para Saramago, en esta obra, la inmortalidad o eternidad no representa un valor profundo, ya que la mortalidad es la mejor opción humana si está acompañada de la satisfacción del afecto y el amor, para Borges en su texto “El Inmortal”, un joven de 30 años en la antigua Roma jamás envejece, por lo que todos buscan la ciudad de la inmortalidad y el río que es capaz de propiciarle a los seres humanos ese don que realmente, para Borges, es una suerte de entidad abstracta y cósmica, donde todos nuestros actos y experiencias quedan en la vida de los otros. Uno de los temas trabajados más profundamente por Borges es el de la persistencia humana y el anhelo del hombre de prolongarse en el tiempo, para exprimirle a la vida sus posibilidades. Al igual que Saramago, concluye que la mejor opción es la muerte, pues Borges encuentra la posibilidad de ser inmortal en el otro, en ese que es poseedor de nuestra voz, ese que nos sigue, ese que en cierto sentido nos extrañará y nos recordará con el mismo afecto y amor con el que lo plantea Saramago.

Para finalizar los dejo con un pensamiento de Saramago que me atrajo poderosamente y es el que planteó y ejerció toda su vida. Se refiere a la dignidad humana como fuente de satisfacción personal. Lo expresa así:

 

“No he sentido jamás la necesidad de un triunfo, la necesidad de tener una carrera, la necesidad de ser reconocido, la necesidad de ser aplaudido no lo he sentido jamás en la vida. No he hecho en cada momento nada más que lo que tenía que hacer y las consecuencias han sido estas, podrían haber sido otras”.

 

Realmente Saramago no solo es un gran escritor sino un pensador sobre la ética y la estética del mundo. Su dignidad humana va mucho más allá del reconocimiento, la escritura la ejerce más bien como una forma de existir entre la humanidad.

 

Una sola carta no llega al destinatario, un violonchelista, se envía de vuelta al remitente tres veces. Así, la muerte, en forma de mujer de 36 o 37 años, decide entregar personalmente la carta al legítimo y desafortunado destinatario. Esta vez, sin embargo, quiere conocer a su próxima “víctima” y comienza a espiarlo. Entra en su casa, sin ser vista, y va a escucharlo tocar. Aunque inicialmente se propone analizar a este misterioso hombre, la muerte se obsesiona con él hasta el punto de tomar una forma humana sólo para conocerlo. Tras visitarlo, la muerte planea entregarle la carta. Sin embargo, se enamora del violonchelista y al hacerlo se convierte en un ser humano. Al día siguiente nadie muere en el país nuevamente.
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