Por:
Heldyn Guevara Revelo

En la obra de Frankenstein, hay un momento esencial donde el científico que creó al monstruo ve por primera vez su creación y la describe como: “La deformidad de su aspecto, de una fealdad inhumana”. Esta aversión o temor por la apariencia física hacia la criatura creada a partir de la unión de partes humanas de distintas personas recién fallecidas, adquiere vida gracias al método científico de la «electro-cristalización».
Y este proceso además de revelar la perversión del desarrollo científico en un asalto a la naturaleza, termina exaltando el valor del alma humana, donde Frankenstein, el monstruo, en sus discursos se muestra como el personaje más tierno, sensible y humano que todos los personajes de la Literatura.
¿Acaso las personas sin atractivo físico han ocupado su tiempo implementando otras cualidades como la caridad, la empatía o la ayuda social? ¿Acaso las bellas imágenes superan a las palabras? Umberto Eco afirma que “lo que en el pasado pudo ser considerado feo hoy puede ser una gran obra de arte”.
La Psicología, por su parte, fracasó en sus procesos con la Autoestima, porque el ser humano en su proceso de restauración y autosuperación, terminó confundido e inmerso en el narcisismo, un estado peligroso que lo llevaba a caer con persistencia. Ahora es la Auto-compasión el concepto práctico y empático de la autoaceptación de si mismo con cualidades y defectos, que surge luego de contemplar el sufrimiento y el fracaso de los otros.
La Dismorfofobia es el rechazo de sí mismo al creer que los demás ponen especial atención en la apariencia de una manera negativa o hasta que su pueden burlar. Pero verse bien no es lo mismo que sentirse mejor.

Quizás Frankenstein, de Mary Shelley, la hermosa escritora de 18 años, intenta mostrarnos que hay personas que nos perciben de una manera más positiva que cómo nos vemos a nosotros mismos.

