LA CODICIA DEL PRESIDENTE PETRO
Hoy, cuando ya es un secreto a voces que la corrupción es la madre de todos los males nacionales, se visibiliza -y de ahí la tesis del presidente- la codicia de quienes perteneciendo o no a partidos o fuerzas políticas, única y estrictamente persiguen satisfacer sus avideces.
Por:
Guillermo Linero Montes

Cuando aludo a la codicia del presidente Gustavo Petro, no lo hago refiriéndome a su talante humano, que está muy distante de lo codicioso; lo hago motivado por sus continuos usos al término codicia para señalar a quienes con egoísmo se oponen a sus reformas, cuya esencia es la equidad social y el amparo de los menos favorecidos.
La palabra codicia, también la ha usado el presidente para referirse -como lo hizo en la Segunda Conferencia Mundial de la OMS- a la indolencia de los amos del mundo y a su desinterés por cambiar la fuente de sus ingresos económicos, pese a los daños que al planeta y la especie ocasionan sus negocios.
En consecuencia, por fidelidad a dicha postura tradicional, o línea de investigación académica, cuando se trata de estudiar la violencia política y social que nos embarga, descontamos las causas primeras -las motivadoras del odio y de la venganza- y privilegiamos el análisis de sus meras consecuencias: el deseo de hacerle daño a sus rivales (el odio) y la satisfacción obtenida si este daño finalmente es producido (la venganza). Lo cierto es que poco se han preocupado los investigadores sociales, por hallar las “causas” promotoras de “efectos” que se materializan en sentimientos de odios y venganzas.
En los tiempos del imperio romano “la codicia era una especie de heroína que prefería a los valientes (a los carentes de compasión y surtidos de armas) y los premiaba con el botín por su victoria (igual que las bonificaciones y premios dados por los falsos positivos) y, por ende, hacía ascos a la cobardía (promoviendo el talante traqueto, de ofensas y amenazas), hacía ascos al desapego o a la indolencia (como lo hacen quienes esconden los medicamentos sin importarles que mueran los enfermos) y, ya obtenida la codicia, no quedaba más que seguir mirando el espectáculo, ya confundidos actores y espectadores (de lo que en el presente, por ejemplo, se encargan con eficiencia delincuencial los medios de comunicación)”2.

