JUSTINO CÁSTULO MEJIA Y MEJIA
Al cabo de treinta años de retener una variedad de documentos y archivos de Monseñor Justino Mejía y Mejía que llegaron a nuestro poder, hemos decidido hacer entrega de ese remanente a la Sociedad El Carácter, entidad de reconocidas prendas culturales que gustosa ha decidido custodiarlas.
Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

Al cabo de treinta años de retener una variedad de documentos y archivos pertenecientes a Monseñor Justino Mejía y Mejía que llegaron a nuestro poder, en virtud de circunstancias que relatamos en la ELEGIA DE VARONES ILUSTRES de Monseñor Mejía y Mejía, hemos decidido hacer entrega de ese remanente a la Sociedad El Carácter, entidad de reconocidas prendas culturales que gustosa ha decidido custodiarlas.

LAS ELEGIAS DE VARONES ILUSTRES, que en cantidad de 35 publicamos en este periódico bajo el insuperable y generoso patrocinio de nuestro director Uriel René Guevara Revelo, que está de cumpleaños más o menos en la misma cantidad de lustros, no hemos podido editarlas porque no ha habido entidad que las apoye. El actual alcalde de Ipiales no ha respondido un derecho de petición que hace más de un año y medio le dirigimos en este sentido.
Nada pudo ser más vivificante para nuestro fuego patriota como tener la oportunidad de rescatar su biblioteca -que se sabía reposaba en abrigo filial y que porfiaba para ser aprovechada de mentes frescas, desprevenidas y alertas de la comarca y así arrebatarla angustiosamente de la vorágine del polvo y del olvido-. Era sabido que se trataba del remanente, porque gran parte de aquel tesoro había sido expoliado in continenti por la Diócesis la noche misma del fallecimiento del inerme párroco, es decir, habían incautado su biblioteca, su pinacoteca, su discoteca, su emisora, su imprenta, su incalculable museo, caudales ahora ofrendados a los pies de los nuevos ángeles o demonios custodios.
Cuando muchachos, condiscípulos del Champagnat de Ipiales, íbamos al Santuario con su sobrino Eugenio a saludarlo. Sospecho que a éste se le bautizó así en homenaje al recientemente fallecido Papa Pío XII (1958), Eugenio Pacelli, de quien había sido, en Roma, prelado personal. Eugenio era el adelantado de nuestro curso, el que sabía la inaprensible ortografía y descifraba el latinajo de la bendición urbi et orbi, el que sabía que la mejor poesía era “La Luna”, pero que el mejor poeta era Guillermo Valencia, el que graduaba nuestras primicias literarias y lo más carnudo: presumía que san Pedro no había estado en Roma… Claro, ¡si lo escoltaba su santo y sabio tío…!
Recién egresados, en septiembre de 1977, y desde la Capital, supimos de su muerte en una clínica de Cali, víctima de fulminante infarto, pero propiamente inmolado ante el tajante duelo que le ocasionó su destitución de Director y Párroco del Santuario durante 40 años, al que había servido con abnegación y frenesí, primero como coadjutor, luego como capellán y ante todo como curador y suficiente biógrafo del Santuario. Su superior jerárquico, el donmatiano Alonso Arteaga Yépez, había decidido relevarlo de aquel magisterio sin parar mientes en que él había desdeñado el Obispado cuando se lo ofrecieron en 1964 –recién creada la Diócesis, bula “Cunetis in Orge”, 23 septiembre-, ni tampoco sus añejas y acrisoladas credenciales de viris illustribus, “varón por donde atravesó el meridiano de Dios”, autor católico de más de 30 títulos de circulación internacional, traducciones, poemas, disertaciones y de invenciones ensayísticas de inapreciable linaje místico y laico.
Nacido hacía 72 años en el pueblo circunvecino de Potosí, había recibido las sagradas investiduras de manos del monseñor aragonés Pueyo de Val. Se pudiera decir que había tenido Justino Cástulo el privilegio de nacer en el propio Santuario, la primera vibración por él sentida habría sido la quejumbre perpetua del misterioso Guáitara y el inescrutable destino le había hecho la magia de convertirle el santuario por casa.

El Santuario era un edificio ciclópeo que inspiraba en nosotros todas las solemnidades. De factura rococó, obra sobre roca o gruta, rocoso o pétreo, “mole de fe y de arquitectura averrugada en los vértigos permanentes del milagro”. Su interminable y rediviva escala de Jacob de 262 gradas de piedra volcánica tallada; los muros infranqueables, las holgadas plazoletas, su puente de doble arco que era también atrio jubilar. Primera iglesia que tuvo en Colombia una imagen de Nuestra Señora de Fátima. Único santuario en el mundo en contar con cárcel propia para albergar a los prisioneros, del milagro sería. Esta era la última fábrica iniciada en 1916.
La espléndida biblioteca políglota; los muníficos museos, la pinacoteca anestesiante, la discoteca marcial y popular, la despampanante emisora; todo nos hacía sospechar a nosotros, díscolos y frívolos, en un mundo ancho y ajeno del cual era acucioso fiduciario aquél hombre de sotana negra que se deslizaba en un diminuto pero lujoso coche igualmente azabache que inmediatamente evocaba el ambiente vaticano, con sus estrechas calles, sus piadosos clérigos, sus fuentes de agua y su naturaleza muerta de muchos siglos. En “Paisajes de Recuerdo”, lo evoca el absorto viajero y escribano: “El deseo más aguijante del viajero que llega a Roma es encontrarse de tú a tú con la Basílica de San Pedro… No le interesan, por lo pronto, ni los severos palacios antiguos, ni los vastos jardines florecidos, ni las pomposas ruinas paganas, ni las fuentes luminosas de Exedra, donde bañan el coraje broncíneo de sus torsos las náyades alegres; ni el picaresco dios fluvial de plaza Navona, ni el fatigado elefante de Sopra Minerva, ni la fuente monumental de Trevi, ni las columnas historiadas de Marco Aurelio y Trajano, ni las moles milenarias del Coliseo y del castillo Sant Ángelo. Nada de eso le cautiva, si primero no ha visto con propios ojos la Basílica Vaticana”.

II
“¡Qué cosas de la vida!” (Ipiales, 1929), como se titula uno de sus primeros libros. ¡Cómo iba a sospechar yo, que al cabo de veinte años, por insondables designios de los hados del destino me tocaría adquirir y heredar su preciosa biblioteca y sus propiedades más entrañables!
En 1994, cuando yo despachaba desde la Contraloría de Ipiales, fue iluminante iniciativa el adquirir la biblioteca de Monseñor Justino Mejía y Mejía que reposaba en refugio fraternal y convertirla en entrañable pabellón de la Casa de la Cultura. Más de 2.000 títulos retornaban al acervo humanístico de Ipiales para asaz alimento de mentes diletantes y desprevenidas en todos los temas del mundo y de todos los tiempos. Para la ceremonia de su entrega en comodato que coincidía con los noventa años de la creación del departamento invitamos, por oportuna sugerencia del poeta montalvino Julio Cesar Chamorro, al famoso escritor Edgar Bastidas Urresty quien disertó sobre los dos acontecimientos.
Y aquí viene la coincidencia y el sortilegio:
Lo que no contaba el Contralor era con la perspicaz cuanto filial reserva que, de algunos libros, archivos y documentos íntimos y más preciados, había hecho don Próspero al momento de la entrega de la biblioteca de su hermano y que muy pocos años más tarde iban a asomarse con su carga espectacular cuando su propia muerte.
El antiguo Contralor, ahora como abogado encargado de la sucesión Mejía-Bravo, recibía como honorarios aquel tesoro oculto que eran las pertenencias más entrañables de Justino. Las delicadas y eruditas grabaciones para radio “Las Lajas”, el reproductor de cintas magnetofónicas, los archivos eclesiásticos lo más espectacular… sus papeles personales, las colecciones recónditas, el Boletín de Estudios Históricos desde el comienzo, la revista Las Lajas, la revista de Indias, la revista Bolívar, los Libros de Cabildos de Quito, sus suscripciones periódicas, la Historia de los Papas de Castiglioni, Virgili y Ranke, el cofre de su correspondencia particular, las ediciones príncipes de sus 30 libros…
Qué decir de sus manuscritos sobre las pioneras relaciones entre la Santa Sede y el recién instalado gobierno de la Nueva Granada, “Diplomacia versus Diplomacia”, don Ignacio Tejada y la preconización de Obispos colombianos en 1827, opúsculos que fueron redactados hace 60 y 70 años y que aún esperan hoy los honores de una edición
Aunque desmantelada sin saberse en qué cuota –por la desalmada avaricia de sus gratuitos inquisidores al interior del abrumado pero silente santuario- la biblioteca que pudo salvarse en 1994 arroja galerías de enciclopedias, compendios, tratados, catecismos, biblias sagradas y seculares, tomos píos y profanos y cientos de títulos oriundos de las más recónditas edades y retorcidos idiomas al igual que textos de teología, filosofía, narrativa y literatura, la más extrovertida, crítica y exhaustiva. Adjuntas sus millares de fichas bibliográficas de usanza en su época y probanzas reinas de su afición impenitente a las letras y a los autores todos.
El archivo que contiene su correspondencia, verdadero cofre en el que yace depositada la afinidad y mutua simpatía de notabilidades que fueron cúpula de la inteligencia regional contemporánea. Toda la constelación de figuras estelares del clero, de la política, de la narrativa, de la historiografía, gira en torno de aquel pastor imanado que los recibe cálidamente en el Santuario a todos y a todos los bendice, los patrocina, los aquilata, los fortalece, los excita…
El nuncio José Paupini, creador de la Diócesis de Ipiales (en 1964) le escribe a Monseñor y le cuenta pormenores de la erección. Y le señala la posibilidad de que él podría ser el primer obispo, primicia que Mejía declina piadosamente. Lo que si acepta es ser prelado papal.

Con José Rafael Sañudo, Monseñor despliega una admiración sin precedentes. En “Cauces de Inquietud” (Las Lajas, 1941) en el capítulo IV: “Ejemplar Ejemplo”, Monseñor habla de que “es un símbolo enhiesto de pastusidad”, “fruto exclusivo de Pasto, ciudad donde la lealtad, las arraigadas creencias católicas, el desprendimiento, el valor, la independencia de carácter son proverbiales”. “El doctor Sañudo es una piedra miliar en la cruzavía de los siglos”. “Su nombre estará en los anales de la ciudad como el nombre de Augusto sobre los mármoles desgarrados de los fastos prenestinos” (p.54).
Desde 1931, la admiración es mutua. En carta del 6 de octubre Sañudo dícele: “en uno de los últimos números de “El Derecho” leí un artículo suyo en que me da honrosos y benévolos calificativos. Habría bastantes motivos para enorgullecerme, si no conociera y no estuviera bien persuadido que mi modesta persona no merece ningún honor y que las honras que usted me hace son efecto único de su genial benevolencia” .
A propósito del envío de su “Ensayo sobre Prehistoria nariñense” (1934) Sañudo escríbele: “yo no sé cuál de los capítulos del librito es más importante, pero debo decir que el titulado “Amagos lingüísticos” y el sobre “Mestizaje” parécenme soberbios y que nadie puede superarlos, hasta gústame que en la página 23 haya dado un rifirrafe a las personas que han cambiado la toponimia nariñense, poniendo v.g. Aldana en vez de Pastás y Chaguarbamba tan histórica cambiándola por Nariño, con lo que han hecho un grave daño a la etnografía y filología del país”.
En carta de 13 de enero de 1937 remitida a Roma, Sañudo le pide a Monseñor Mejía (a la sazón estudiante de la Universidad Gregoriana): “Quiero que se relacione con el ilustre director Jorge Del Vecchio, uno de los filósofos más notables de la Italia moderna”…
A lo que el joven estudiante de teología, de historia eclesiástica, paleografía, archivología, diplomacia, cronología y acción católica accedió y dejó esta constancia: “me dirigí a la residencia del ilustre filósofo situada en la vía Appennini 52. Una amplia y cordial acogida como a un amigo del doctor Sañudo fue el distintivo del encuentro. Me detuvo largamente en sabrosa conversación sobre la vida intelectual de Suramérica y en modo particular sobre la del Doctor Sañudo.
Al fin, cuando le pedía permiso para despedirme, me dijo afablemente: Pero Usted no conoce todavía mi biblioteca… No profesor, y cuánto lo desearía si no temiera importunarlo.
Venga, continúo. Y pasamos a lo largo de una media docena de salones colmados de libros escritos en casi todas las lenguas vivas. Al extremo del último salón, junto a su escritorio privado, el profesor Del Vecchio se detuvo, me miró, como para insinuarme en la sorpresa que me reservaba, tomó un libro de uno de los anaqueles y presentándomelo me dijo, ¿conoce Usted esta obra? Entre confuso y admirado, le respondí: Sí, sí profesor, la conozco.
Sepa, caro amigo, añadió, que este es en mi concepto, uno de los más grandes filósofos suramericanos. Se refería a la “Filosofía del Derecho”, del doctor Sañudo”.

En la introducción a sus meritorios apuntes sobre la Historia de Pasto, rubricada en 1894 (se trata indudablemente de un error de edición, como quiera que para ese año Justino no había nacido), José Rafael Sañudo señala que “es de notar, que conforme a un documento hallado por el ilustre escritor presbítero Justino Mejía y Mejía, se traduce por nava o llano, pues así se denominó Iscualquer o llano de las lombrices (hoy Miraflores), al modo que en euskaro egui, que lo mismo significa, entra en la combinación de numerosos nombres de los lugares y apellidos. Más adelante también reconoce que según el inteligente presbítero, el río que pasa por Las Lajas es el Pastarán. Valga la pena citar aquí otra disgresión filológica del idioma de los Pastos que explicaba Monseñor (“Ipiales mi pueblo”, 1992, p.26, 27). El propio Monseñor hacia justicia también, con Sergio Elías Ortiz, quien había descubierto la traducción pasto de “puetal”, que significa piedra redonda.
Otro de sus íntimos corresponsales fue precisamente Sergio Elías Ortiz, el célebre historiador, etnógrafo, arqueólogo, lingüista, y mil títulos más, autor de “Agualongo y su Tiempo”. “Crónicas de mi ciudad”, “Franceses en la Independencia”, entre muchísimos otros rótulos. Es copiosa la correspondencia con Sergio Elías, que se inicia desde 1929 cuando con motivo del “Boletín de Estudios Históricos”, comienza la amistad mutua y de aquellos manuscritos se desprende la inmensa admiración por sus trabajos literarios, pero especialmente los lingüísticos, que tanto animó la investigación de aquellos años. Es la correspondencia más nutrida y que se prolonga por más de 40 años.
El 15 de diciembre de 1940, Sergio Elías acusa recibo de las “Notas crítico-históricas sobre la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas”(Imprenta La Luz, Ipiales, 1940), en las que Monseñor descarta absolutamente que el padre dominico Pedro Bedón haya sido el pintor de la imagen como se alegaba insistentemente. Bedón, nieto de Gonzalo Díaz de Pineda, conquistador y poblador de Pasto, no pudo conocer la técnica del óleo (la imagen es una pintura al óleo o lo que es lo mismo con colores disueltos en aceite de lino o de nuez), toda vez que apenas hacia esos años se difundía en Italia. A lo que el eminente Sergio Elías comenta: “descartado el padre Bedón como autor de la venerada imagen, muy bien podría pensarse en un artista de estas regiones. Tengo datos para asegurar que en esta ciudad de Pasto hubo escuela de pintores desde el siglo XVIII; que a principios del siglo XIX los visitó Ernesto Capelo, pintor quiteño, a lo que se me alcanza y de quien quedó como recuerdo un retrato seguramente del pintor pastense con la leyenda al pie “STO. CAPELO EN PASTO EL AÑO” y que hubo aquí especial devoción por la Santísima Virgen del Rosario, por san Francisco y por santo Domingo”.

“¿Cuál el origen de la imagen?”, se pregunta Justino en el catecismo “Tradiciones y Documentos”. La imagen tiene un origen milagroso, vale decir, es aparecida, confiesa exultante y piadoso y parece resguardarse en el recordatorio de Fray Juan de Santa Gertrudis, desde el 16 de julio de 1759. (“La perla más bien pulida/que en fina concha se cuaja/ es la Virgen de las Lajas/ en la laja aparecida”).
En su correspondencia con Sergio Elías Ortiz –que ya la saboreamos- le dice que el más indiciado, fray Pedro Bedón, no pudo ser el pintor porque para ese entonces no se conocía la técnica del óleo. Pero si no es probable no es imposible. Pero, ¿por qué solo hasta 1759 se hace visible o mejor dicho se aparece la imagen después de 150 años cuando dizque la pintó Bedón? ¿Cómo subsistió sesquicentenaria a sol y sombra, sin romperse ni mancharse?

Al margen de tan preciosas y eruditas disquisiciones, como quiera que Monseñor estaba en sus trece de descartar la mano humana en lo que él predicó la intervención divina, “sólo los ángeles nos regalaron ese tesoro que hicieron aparecer en la roca legendaria”, bien vale recabar lo que se ha investigado secularmente, empezando por lo alegado por Avelino Vela Coral y siguiendo con otras varias indagaciones que apuntan a la autoría del dominico Fray Pedro Bedón, quiteño (1556-1621), con sus estudios sacerdotales y artísticos en la capital del entonces Virreinato de Lima. Por razones inquisitoriales, Bedón fue remitido al Virreinato de Santafé, al convento dominico del Rosario y luego al de Tunja, desde 1593 hasta 1598. Devoto de la advocación de Nuestra Señora del Rosario, que es la que se halla plasmada en la roca, muy parecida a la Virgen de la Escala (Quito), pintada esa sí por él en su ciudad.
Cuando su peregrinación por nuestro paisaje, a comienzos de 1593, tanto en Ipiales como en Pupiales, sede de un convento dominico hay quienes se encargan de la posibilidad de que hubiera sido el padre Bedón el pintor de la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas, si éste habría querido desviarse voluntariamente de su camino para conocer la piedra laja y enamorarse de ella para pintar a la Virgen. Algunos opinan que no, por lo lejano y agreste del paraje y porque iba de huida. Hay que saber que, desde Pupiales hasta Ipiales, en el día de hoy y por carretera, hay unos 7 km., aproximadamente, más la distancia que por carretera hay entre Ipiales y Las Lajas (9 km, por carreteras de hoy ambas distancias). Con los atajos propios de los caminos de esos tiempos podríamos inferir una distancia total de 15 o 18 km, más o menos, o sea una jornada de tres o cuatro horas de camino en cada viaje sencillo y seis u ocho doble, sin contar con el acarreo de la logística propia para pintar en semejante breña, aunque podría pensarse que Bedón podría haberse hospedado en la casa cural de Ipiales, regentada por un dominico. Adicional a aquello y según Monseñor Justino Mejía y Mejía (1966), Las Lajas como poblado no empezó a existir sino sólo hasta 1771, cuando se edificaron las dos primeras viviendas para abrigo de los peregrinos, según documentos.
Viene otra pregunta, ¿por qué sólo hasta mediados de 1754 se hace visible o pública la imagen, o sea después de más de 150 años de la supuesta pintura de fray Pedro, en un camino que era, no sólo de uso público, sino muy frecuentado? Otra interrogación picuda: ¿cómo subsistió la imagen sin desmejorarse, por más de 150 años expuesta a la intemperie, si según la meteorología de la época (Mejía y Mejía, ibid., pág. 47), para ese tiempo toda la región de Ipiales estaba sometida a un período de lluvias constantes hasta el punto de que ni siquiera se podían fabricar adobes “porque no se secaban nunca”. También podría pensarse que el padre Bedón pudo haberla pintado de regreso hacia su Quito natal y cabrían las mismas consideraciones anteriores, a excepción de la de la huida. Quedan pues las interrogaciones planteadas, por Sergio Elías, Justino, Avelino y Alejandro Gómez.

Bedón, quiteño, 1556, dominico. Desde 1575, estuvo en Lima con el hermano jesuita Bernardo Bitti, pintor italiano, enviado por el padre general para que mediante la pintura de motivos religiosos ayudase a la catequización de los indios. Estuvo en Lima, 1576-1583. e hizo de talla y pincel el altar mayor y pintó muchas imágenes. Martín Soria dice que con Bitti aprendió a pintar. Coincidió en fechas en Lima, el parecido de sus obras, siendo la Virgen del Rosario, de Bedón, derivada de Madonas de Bitti (Martin Soria, “La pintura del siglo XVI en Suramérica, Buenos Aires, 1956, cap. II, p. 46); 10 años estuvo en Lima. En 1568 regresó a Quito. Entre los sacerdotes que frecuentaban las clases del convento está el conocido en la historia vernácula Juan Caro. Lo hemos visto desde 1586, ocupado en la enseñanza y dirección de la juventud. En 1594 en Bogotá y en Tunja ocupó una cátedra y levantó la capilla de la Cofradía del Rosario. A partir de 1569 visitó las provincias de Popayán y Quijos. En 1598 enseña en Quito y publicó un libro sobre promulgar el evangelio.
Avelino Vela Coral en funciones de historiador –y de primer historiador- del Santuario, abre plaza afirmando que “el 15 de septiembre de 1894 cumple un siglo de la aparición de la milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Las Lajas. Causa asombro que en tan largo lapso de tiempo no haya habido un piadoso escritor que siquiera en compendio nos dé la historia de esta aparición; y que continúe siendo un misterio.
“En 1824 fue saqueado el archivo de la Santa Iglesia Matriz de Ipiales, por partidarios del rey de España, y se perdieron documentos históricos importantes que marcaban algunos acontecimientos de la conquista y entre ellos, se perdieron también los documentos que referían la prodigiosa aparición de que me ocupo, y de las sumas que se invirtieron en la construcción del bellísimo Santuario. Después de narrar las vicisitudes de la aparición, Vela afirma que al clarear el alba el cura Eusebio Mejía, que tenía altar portátil, celebró la primera misa ese día 15 de septiembre de 1794. En ese mismo día se hizo un techo de paja, bajo el cual se celebraron las mismas ceremonias hasta tres años después.
“No ha faltado quien diga que la Imagen es obra de un buen pintor y hasta nos dicen su nombre, pero eso es pura patraña. La imagen no ha sido tocada por ningún pincel humano. La existencia de ella en esta roca es también un milagro; aquí no se sienten temblores ni terremotos y ningún daño han causado, en los pueblos de la provincia los que destruyeron a Pasto, Ibarra y Popayán”. De todas maneras, Monseñor Justino no les dio el imprimátur a los decires del doctor Vela Coral.
Más erudito y menos piadoso, Monseñor Federico González Suárez: “En verdad el hecho sobrenatural está supuesto, ya que no está suficientemente comprobado ni tampoco la Iglesia ha emitido fallo alguno”.
Sigamos con el epistolario. En carta de 18 de noviembre de 1941, por la cual Sergio Elías le reporta a Monseñor que: “lo más importante de todo en este viaje mío ha sido el contacto con el ilustre maestro Rivet, verdadera cumbre de las ciencias antropológicas, unido esto a la satisfacción con que el maestro ha visto mis modestos esfuerzos por el avance de la etnología en Colombia”.
El 6 de agosto de 1947, lleno de felicidad, Sergio Elías le da un “notición, que quizá no va a creer, pero véngase por acá y verá: TENGO IMPRENTA, así como suena. En estos momentos la están montando en mi propia casa. Compré la imprenta de José Elías Dulce y Jorge Tadeo Martínez, por $ 2.000. Por el momento es suficiente para obrillas de no mayor aliento, pero tengo en proyecto la compra de otras máquinas y más tipo, aunque tipo tengo algo más de mil kilos, suficiente para un periódico interdiario o un libro. ¿Qué le parece? Ahí tiene a sus órdenes ese pequeño establecimiento tipográfico. Hágame el favor de avisarle a Alexander y de amonestarlo que tenga listo el rocinante. ¿No le decía yo que al fin tendría imprenta? Pues ya ve…
En carta fechada en Sevilla el 3 de abril de 1962, cuando ocupaba el cargo de Cónsul, le dice a Monseñor: “Ahora tengo que suspender mis idas al archivo porque en la embajada en Madrid me encargaron el control de nuestro pabellón del café. Pienso consagrar el mes de mayo a revisar legajos de Quito. De monseñor Jiménez de Enciso encontré algunas comunicaciones de los años 1819, 1820, que no sé si han publicado en Cali, pues todas ellas se refieren a asuntos de independencia que allá fueron comentados en el Boletín. Llevaré algún material que estará a sus órdenes, aunque solo se refiere a esa época, pues convinimos con Friede (Juan) que él busque en los siglos XVI y XVII y yo me dedicaría a partir de 1750. Lo que más se encuentra es sobre Cartagena y Santa Marta. De Pasto casi nada”.
En carta de 8 de febrero de 1963, Sergio Elías lo felicita por haber instalado la Emisora del Santuario. (A la que vinculó tempranamente Vicente Cortés Almeida, otro ipialeño notable poseedor de una voz aurífera, pariente y generoso promotor de sus paisanos, particularmente desde su antiguo radio periódico “Monitor” de Caracol nacional, desde donde nos proyectó en repetidas ocasiones. Para su legalización apoyaron en los diferentes estadios y momentos el senador Montezuma Hurtado, el abogado Diego Renato Salazar, el ministro José Elías Del Hierro ante su colega de Comunicaciones, Esmeralda Arboleda de Uribe: 1.400 kilociclos HJZV. Simultáneamente nacía la Radio Cultural “Bolívar”).
En carta fechada en Nueva York, el 15 de enero de 1966, le queda agradecido tanto a monseñor como “al doctor Pantoja Muñoz por su bondadosa iniciativa de presentar mi nombre a la representación nacional”.
En carta del 20 de agosto de 1969, le desliza una confidencia sobre el prócer norteamericano Macaulay: “a pesar de lo que digo que estoy de acuerdo con Naranjo Martínez y García Vásquez en tener como fabuloso lo de los amores de él con la hija de Montes, encuentro misterioso en su insistencia en llegar a Quito… Insistencia que le costó la vida y, según la leyenda, le costó igual precio a la hija de Montes. En fin, hay cosas que nunca se sabrán a ciencia cierta”.
Además, en la misma carta, Ortiz celebra el anuncio de que Monseñor acaba de corregir las pruebas del segundo volumen de “Pasto, pastores y pastorales”. “Creo que ya le dije en carta anterior que para mí esa magnífica obra es la historia de la Diócesis de Pasto que tanto anhelábamos tener, y que debe conocer en sus 2 volúmenes el padre Pacheco, S.J., quien quedó en definitiva hecho cargo de la historia de la iglesia en Colombia, en LA HISTORIA EXTENSA”.
Sergio Elías fue definitivo como Vicepresidente de la Academia Colombiana de Historia para que monseñor Mejía hubiera sido electo Académico Correspondiente en septiembre de 1965. Diploma e insignia que le entrega en Ipiales, ceremonia que aprovechó para echar un gajo de saudade sobre la ciudadela a la cual había estado vinculado años atrás como Rector del Colegio “Sucre”: “llegar a esta preciosa región de tan gratos recuerdos para mí, como educador en ya lejanos tiempos” (…) “brillaban entonces dos personajes que eran una especie de institución. El padre Luis Gutiérrez Villota y el popular padre Luisito, como lo llamábamos cariñosamente y don Luis B. Luna, dos almas gemelas por el don de gentes y el apostolado en la caridad… En la comunidad neriana lucía por su ciencia teológica, su porte distinguido y su natural comunicativo el padre José María Cabrera. Veían la luz dos hebdomadarios ENSAYOS Y PORVENIR, de distintas tendencias (…).
“En las letras se distinguían tres poetas: Aníbal Micolta, quien de pronto llegaba a la ciudad desde su hacienda de El Cascajal, donde se aburría de hastío y de desesperanza; el “mono” Alvarez siempre eufórico, siempre cariñoso, así estuviera diáfano o cargado su espíritu, y Florentino Bustos, excelente amigo, de pronto también desaparecido del trato humano, para dedicarse a lo que él llamaba la contemplación ultraterrena. Yo los oía a los tres declararme sus versos y me complacía en ponderar sus creaciones. Yo, pecador de mí, no había nacido bajo el signo de Clío y estaba condenado sólo a admirar el estro poético de los tañidores del arpa lírica. Pero me desquitaba de esa inferioridad luciendo mis modestas habilidades en el violín, en la orquesta del maestro José Antonio Regis, músico de nacimiento, habilísimo en el manejo de todos los instrumentos al lado de un violoncelista y compositor, el inolvidable amigo Aristóbulo Ibáñez, autor entre otras composiciones del fino pasillo “Desde Lejos” (…). “Acababa de llegar de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, con título de doctor en medicina el simpatiquísimo Julio Ortega (…).

“Me trae ahora a Ipiales el encargo de la Academia Colombiana de Historia, de poner en manos del ilustre académico doctor Justino C. Mejía y Mejía, el diploma y la insignia que lo acreditan como miembro Correspondiente de esa docta institución…”.
Entre las muchas primicias de la cultura nariñés, además de la correspondencia con otras figuras rutilantes, como Ignacio Rodríguez Guerrero, Alberto Quijano Guerrero, Alberto Montezuma Hurtado y los políticos José Elías del Hierro, Carlos Albornoz, Domingo Sarasty con quienes comparte no solamente las inquietudes intelectuales, sino que con estos últimos gestiona efectivamente auxilios tanto para el Hospital San Vicente, para la carretera, para la Emisora…
Figura también una carta manuscrita por el propio Luis Eduardo Nieto Caballero de octubre de 1935, en la cual agradece el nombramiento de miembro correspondiente del Centro de Historia. LENC hizo un esguince a la correría presidencial de Eduardo Santos por la provincia de los Pastos y siguió “en compañía de los doctores Montenegro y Miño con la felicidad de un promesero, hacia el templo que arrancó tantas expresiones de mística entonación a ese gran perseguido que fue el señor Suárez”. En la misma revista LAS LAJAS número 105, de agosto de 1958, la espectacular columna del mismísimo JOSE VASCONCELOS, que deja la escritura de su romería: “En seguida y sobre un atrevido puente de cantería, se fabricaban muros de una Basílica que acaso hoy se halle terminada”. Ciertamente, el humanista cósmico se precipitó por los abismos del Juanambú y del Guáitara en la segunda década del siglo, cuando estaba en confección el poderoso milagro sobre el abismo.
Es una verdadera lástima que no haya espacio para exhumar tanto patriotismo. Qué decir, entonces, del detenido estudio que el también etnólogo y hazañoso prócer nica-colombiano Alfonso Alexander Moncayo aporta sobre el vocabulario cofán y que aparece también refundido en este piélago de riquezas y bellezas que rodean la singular herencia de lo que fue el patrimonio total de Monseñor Mejía y Mejía.

Predicador sagrado, orador profano, discurrió extasiado en la profundidad del abismo y del milagro, desentrañando los misterios del misticismo, aquilatando las verdades eucarísticas, decantándolas para su grey insaciable, irredenta e impaciente. También los fastos cívicos fueron de su fuste literario y las de factura patriótica no fueron aisladas pues que para eso estaban abiertas las tribunas voraces del Vicariato castrense, de la Emisora, de la imprenta y de las Academias. Y en la cátedra de Pedro sus homilías transfiguran al riguroso exégeta que se ha sumergido en la patrística y que desde el Vaticano y la Gregoriana formó su conciencia y su inteligencia militante y comprometida. Los padres de la Iglesia fueron sus consultores y acudientes en las horas de tinieblas que también las hubo.
Muy pronto, en los años treinta, marchó a Roma a graduarse de historiador profesional, archivólogo, arqueólogo, periodista, carismático teólogo que todos estos atributos portó con holgura, solicitud y humildad apostólica.
Desde 1936, fraterniza con el Renacimiento, pero antes con la Academia della Crusca, y el cultivo del toscano que es el italiano antiguo, en el que Dante se condenó en el infierno hace 700 años. Cercanas y acariciadas estaban Florencia, Génova, Nápoles, Palermo. Pero también tenía cita con Jerusalén, Belén, Nazareth, Galilea, Jordán y España, Francia, Suiza y la anhelada bendición de Fátima. Todo está escriturado en “Paisajes del Recuerdo”, de 1952.
En “Cauces de Inquietud”, 1960, recrea su búsqueda de Papini, el artista ciego, combatiente del demonio, a quien entrevistó antes de 1941 y a quien aprendió “a amar sobre las páginas perfumadas de alabastro, limpias de escoria”. El hombre que no aceptó al mundo. Muerto y sepultado anticipadamente. “Bastante trabajo cuesta a un viajero de verano en Florencia dar con el paradero del sepulcro de Papini, por más que el Piazzale Michelangelo sea una de las colinas más ventiladas y pintorescas de la ciudad, desde donde se divisa el encanto de Fiésoli, la tranquilidad de Pistoya y las crestas esfumadas de los Apeninos”. “De regreso a la sacristía, pregunté al padre, lo que a cualquiera se le ocurriría preguntar en caso semejante: ¿Por qué está aún insepulto el cadáver de Papini? No lo sabemos me responde. Dicen que más tarde lo inhumarán en la iglesia de Santa Croce”. Bien puede ser. Santa Croce es el altar de los grandes de Italia. Allí están los monumentos de Dante, de Miguel Ángel, Galileo Galilei, Leonardo da Vinci, de Macchiavello, de Fóscolo. El crédulo Justino sí se fía de la conversión del florentino tan ermitaño como cismático. L’homo finito, el hombre acabado, aun cuando valeroso y caótico. Navegante de los siete mares e intrépido colonizador de continentes espirituales. Justino sabía que en Papini como en todos los intelectuales italianos hay alma de condotieros. Aire, ademán, voz de capitanes. D’Anuncio, Marinetti hasta Curcio Malaparte.
Papini, almirante con ropaje de monje. Vida contrastada entre la luz y las tinieblas, grito de angustia en la noche de sus incertidumbres. Filósofo, combatió la filosofía. Poeta acabó con la poesía. Todo un anárquico. Hasta que se entrevistó con Cristo.
Justino rescata del naufragio aquella frase implacable: “Debemos tener coraje, solamente el coraje necesario. Coraje, coraje y después coraje. Y si no basta el coraje, la audacia. Y si no basta la audacia, la temeridad; si no basta la temeridad, ¡la locura y si no basta la locura… la muerte”!
Imposible que en los manantiales de Justino no fluya impaciente la señera presencia de don Miguel de Unamuno, “el apóstata solitario”, predestinado a lo trágico y agónico. Contradictor y contradictorio. “Cristiano en angustia, heterodoxo y hereje”. Igualmente, siempre actual, clásico, ibérico. En versión de su biógrafa póstuma, Margaret Rudd, aquel anciano de 72 años, la noble cabeza sobre los anchos hombros erizada la barba en duras puntas de acero, es todavía la guerra civil.
Albert Camus también se destaca en el prontuario de los autores privilegiados del nada avaro párroco que no se apacienta ante el universo de letras y letrados que le acomplejan día y noche en aquel santuario acogedor y sobrecogedor, como diría él mismo de su morada en su lenguaje críptico. “Se lee a Camus, pero no se piensa en el hombre ni se asoma a mirar el alma que lucha en las profundidades de un angelical terror metafísico, en la búsqueda desesperada de un camino de luz y de un puesto de paz”.
Con idéntica vena paleográfica acudía a la voluminosa y provocativa producción de un sabio jesuita, pariente remoto del propio Voltaire, patriarca de Ferney, padrino del enciclopedismo. Su afán había sido “cristificar la evolución a través del trabajo científico para establecer la convergencia del Universo -en dirección al Espíritu mediante la psicogénesis y la hominización –y mediante el trabajo religioso para afirmar la naturaleza universal de Cristo en la historia del Evangelio; Dios, históricamente encarnado”. Allí Tehilard escoltado por sus libros cual más famosos: “La aparición del hombre”, “El grupo zoológico humano”, “Las grandes etapas de la evolución”.
Compañero de Paul Rivet, conocido en Colombia por sus estudios etnohistóricos, casado con quiteña, amigo y condiscípulo de Sergio Elías Ortiz. Viajero en Egipto, China Central, vuelto a Francia lanza su teoría de la Noosfera, esfera pensante, cobertura de la esfera de la vida, biosfera. Desde su infancia, sentía latir en su espíritu el elan cósmico de totalidad, concentrado en lo humano, en “lo crístico”.
No se desdeñe el abundante e iluminante ascendiente de los inefables maestros Cervantes, Calderón, Tirso, Lope, Santa Teresa, fray Luis de Granada, Saavedra Fajardo, Jovellanos, Donoso Cortés, Jaime Balmes, Vásquez de Mella, Tomás de Aquino, Juan Luis Vives, Tomás Moro, Juan de Mariana, y en versos, Hugo, Baudelaire, de Maesterlink, Wilde, Peter Altemberg, Machado de Asís, D’ Annunzio, Mallarmé, Olavo Bihac, Stefan George, Keats, Anatole France.
Allí el pabellón de las ideas reinantes: Teilhard de Chardin, Papini, Unamuno, Eugenio D’Ors, Azaña, Camus, Ludwig, Mauriac. Tenía desapacible concepto de Zweig y en general de los biógrafos novelistas, “derrotistas, a fuer de buen judaizantes trasplantaron al campo de la literatura, arropada en brillante estilo, las perniciosas teorías seudocientíficas de Freud: psicoanálisis, pansensualismo, complejos de Edipo, de evitación, de Electra”. Los más lúcidos estudios de Zweig los hizo Laureano Gómez, dijo el orondo levita. Por lo neurótico, paranoico y atrabiliario que era Gómez será, decimos nosotros.
La estantería es lujuriosa en el censo de los pensadores y filósofos que le fueron coetáneos y adictos: Teilhard de Chardin, Papini, Unamuno, Baroja, Ortega y Gasset, Azaña, Camus, Eugenio D’Ors, Ernest Jünger, Céline, Jouhandean, Paul Morand, Gaston Gallimard, Bonard, León Blois, Drien La Rochelle, Maritain, Suenes, Karl Rahner, Schillebeck, Ives Congar, Girardi, Daniel on de Truhlar, Conde de Lucanor, Gracián.
En otro rincón vigilaban Georges Duhamel (“Escenas de la vida futura”), el pacifista Romain Rolland, “los hombres de buena voluntad” de Jules Romains, Paul Claudel, Saint John Perse, Mallarmé, Verlaine, Valery Francis, Mauriac, Barrés, Bergson, Spengler, “la decadencia de Occidente”, Dickens, Tolstoi, Hardy, Dostoievski, Jacobsen, Joyce, Balzac, Conrad, Proust, Chejov, Huxley, Mann, Graves, Yourcenar, Federico de Onís.
Pero también los autores seculares: la historia de España, de Francia, de Napoleón, del Consulado y del Imperio. Lamartine, Guizot, Thiers, Houssay, Masson. La poética representada en T. Eliot, R.M. Rilke, Giuseppe Ungaretti, Hugo von Hofmannsthal, Arthur Lundquist, Gide, Fargue, Larbaud, McLeisch, Stephen Spencer.
Monseñor Mejía fue elegido para la Academia Colombiana de Historia en 1965, con los auspicios de S.E. Ortiz, su fecundo y encomiástico amigo desde 1929, cuando fundaron el Boletín del Centro de Estudios Históricos de Pasto. Pero también con la firma de Carlos César Puyana y Hugo Bastidas Santander, por allí revuela el pergamino de Miembro Honorario del Círculo de Periodistas de Nariño. En su acuciosa carrera de explorador y paleógrafo, Justino halló la escritura de bautismo y de confirmación de Agualongo, en los libros parroquiales de la concatedral de san Juan Bautista de Pasto. “BAUTISMO: En veinte y ocho de agosto de mil setecientos y ochenta, bauticé, puse óleo y crisma a Agustín de edad de tres días, hijo legítimo de Manuel Criollo Indio y Gregoria Sisneros montañesa. De que doy fe (f) Miguel Ribera” (Libro 5 años 1870-1794.

“Como se advierte –señala Monseñor- hay una diferencia entre el apellido que figura en la partida de bautismo y el del que figura en la partida de confirmación, pues mientras en la primera se dice que es hijo legítimo de Manuel Criollo Indio, en la segunda se pone expresamente Manuel Agualongo. Parece que Criollo no se puso como apellido sino en el sentido de nativo, como era de usanza entonces y quizá por eso mismo se agregó indio”.
Parecido mérito cábele al pupialeño Camilo Orbes Moreno quien encontró la partida de bautismo que comprueba que Manuelita Sáenz fue hija expósita, y por qué Antonio Nariño ingresó a Pasto el 15 de mayo y no el 14 de 1814, amén de su rastreo benedictino del itinerario del cacique Henao ante el palacio de El Escorial y de los sindaguas en el litoral pacífico y de la desgracia patibularia de los “macabeos” en la capilla de La Escala.
Historiador y paleógrafo acucioso lo fue, si no repárese en sus fuentes para “Tradiciones y Documentos”, por ejemplo: Archivo Metropolitano de Quito, Archivo del Convento Máximo de La Merced de Quito, Archivo Parroquial de Ipiales, del Santuario de Las Lajas, de la Universidad del Cauca, del Convento de Santo Domingo de Quito, Archivo Pueyo del Val, y el propio Mejía y Mejía. Y no le faltó para sus otras investigaciones el Archivo Histórico de Indias, en Sevilla, porque allá tiene probanzas de su pesquisas. Hasta localizó en un periódico socarrón bogotano de comienzos de siglo XX, algunos “Recuerdos Frescos”, del ipialeño ERNESTO BURBANO, digno para el archivo contemporáneo de Mauricio Chaves Bustos, de tejerle la genealogía y desde luego la necrología.
Con tal espléndido inventario amobló su refinamiento espiritual que le permitió amar la prosa tersa y sencilla, pero profunda y erudita que fluye pacífica y nos lleva de la mano como si se tratara de una música encantada.
No en vano había viajado varias veces por el mundo y era poseedor de la lenguas apostólicas para apurar de los vinos más refinados y embriagantes, los que él mismo enumera en Paisajes de Recuerdo.
Se paseaba por todas las literaturas; bebía –como dijo el clásico- en su propia copa y eludía deliberadamente la ostentación y el brillo que prestan las joyas ajenas. Su sed lo condujo al escepticismo, a tolerar las debilidades de los otros y a saber que –como el poeta controvertido- el hombre es mudable, diverso y ondulante. Ese pensamiento se lo impuso su ecumenismo cultural porque su magisterio eclesiástico le gritaba catedrales de contención.
La crisis del catolicismo la abordaba Justino en sus propias fuentes vaticanas. Para eso sus lecturas y traducciones de Felice y Ledit; y para eso hacían turno Jean Guitton, filósofo seglar en sus diálogos reveladores con el filósofo titular Baptiste Montini (Paulo VI), papa en la tormenta, con la misión de “aggiornar” la doctrina de una iglesia al borde del cisma permanente. Fue pastor del dogma mariano, pero también post-conciliar y tímidamente también de la “teología de la liberación”.
Tantas celebridades, unas católicas otras no tanto. O conversas como diría la inquisición. Qué tal Jacques Maritain, filosofo, apologista, combatiente. De la mano de Bergson y de Blois vino al Vaticano. El mundo ya era positivista y estaba en jaque la cuestión católica. Se precisaban esos cincuenta y más tomos para montar el neotomismo, la doctrina actualizada. Pero también su apología de los derechos humanos, su defensa cuando los totalitarismos negaban y humillaban las libertades. Toda la obra de Maritain en su deslumbrante resplandor aquí, casi que, a hurtadillas, a orillas del Pastarán.
Y claro que el levita de la remota capilla leyó a Karl Adam –allí figura en el catálogo- en su apologética de la iglesia militante cuyos integrantes son los pobres de espíritu. Los pigmeos del Estado, de la Iglesia y de la sociedad; los ignorados y preteridos que cada día recorren el camino de sus deberes asombrados de que Dios infinito y santo se digne estar con ellos. Son los mansos, los que nunca se quejan de la vida, antes bien la aceptan siempre con gozo como Dios se las envía.
Son los que lloran, los que en la noche desolada claman a Dios entre gemidos: Señor no se haga mi voluntad sino la tuya; los que llegan incluso a dar gracias a Dios de todo corazón por la honra de padecer con Jesús; son los que tienen hambre y sed de justicia, los que no hallan contento en la piedad cómoda y en la virtud satisfecha, sino sienten en su alma el tormento de la propia indignidad y viven en continuo forcejeo por asirse a la mano redentora de Jesús. Son los misericordiosos, los que hacen propias las necesidades ajenas y por remediar, corriente de viva simpatía por los humildes, por los desheredados, por los que no han tenido un puesto en el banquete de la vida.

Inmersos en estas navegaciones espirituales déjesenos citar postreramente en estas especulaciones el discurso mariano que más ha despertado la emoción y el encanto de nuestro agnóstico y nervioso estro. Lo pronunció Emilio Castelar, excelso tribuno ibero, constitucionalista andaluz, presidente de la República:
“Yo, señores diputados, no pertenezco al mundo de la teología y de la fe; pertenezco, creo pertenecer al mundo de la filosofía y de la razón. Pero si alguna vez hubiera de volver al mundo de que partí, no abrazaría ciertamente la religión protestante, cuyo hielo seca mi alma, seca mi corazón, seca mi conciencia; esa religión protestante, eterna enemiga de mi patria, de mi raza y de mi historia; volvería al hermoso altar que me inspiró los más grandes sentimientos de mi vida; volvería a postrarme de hinojos ante la Virgen santa que serenó con su sonrisa mis primeras pasiones; volvería a emprender en el aroma del incienso, en la nota del órgano, en la luz cernida por los vidrios de colores y reflejada en las doradas alas de los ángeles, eternos compañeros de mi alma en su infancia; y al morir, señores diputados, al morir, le pediría un asilo a la cruz, bajo cuyos sagrados brazos se extiende el lugar que más amo y más venero sobre la faz de la tierra: la tumba de mi madre”.

