INSTRUCTIVO PARA NO ARRODILLARSE EN LAS URNAS
Al final, la democracia no es la fiesta del voto, sino la ética de la sospecha. Y elegir, aunque duela admitirlo, sigue siendo —como ironía última— la forma más sofisticada de escoger a quien tendrá el poder de decepcionarnos.
Por:
Carlos Giovanny Campiño Rojas

“La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda.”
Voltaire
El país del “Sagrado Corazón de Jesús” o, con más crudeza simbólica, Chibchombia, no se desploma con estruendo, se desangra en cámara lenta. Su agonía no es una tragedia súbita, sino un hábito cultivado entre aplausos, titulares y urnas.
En el umbral de una nueva contienda presidencial, la escena se repite con la precisión quirúrgica de lo patológico, derecha (fachos), izquierda (mamertos), centro y partidos emergentes (terceristas y tibios) se disputan hasta la náusea no sólo la administración del poder, sino la fe y usufructo emocional de la ciudadanía
No buscan gobernar conciencias, sino colonizarlas. Cada candidatura se presenta como redención, cada discurso como bote de salvación, cada promesa como indulgencia. Pero no hay mesías en esta geografía del desencanto, hay discursos de saber y poder que atraviesan la anatomía de los pueblos.
Conviene entonces ejercer una herejía cívica, la neutralidad política no como indiferencia cobarde, sino como distancia crítica frente a la seducción del poder. Porque todo candidato, sin excepción, es un espectáculo de luces y sombras, de virtudes estratégicas y silencios calculados. Endiosarlo es minimizar su margen de error, demonizarlo, una simplificación infantil, pensarlo, en cambio, exige incomodidad.
La democracia, ese arte ambiguo que permite elegir con ceremoniosa legitimidad a quien eventualmente nos defraudará, no se agota en el acto de votar, se inaugura, más bien, en la sospecha. Y sospechar implica, entre otras cosas: conocer la historia patria no como relato heroico sino como archivo de repeticiones. Recrear la génesis de los movimientos políticos para desnudar sus mutaciones y persistencias. Comprender cómo se fabrican las leyes en el Congreso, leer fallos judiciales no como anécdotas jurídicas, sino como radiografías del poder. Identificar los problemas estructurales de nuestro país, distinguir el voto de opinión del voto comprado o presionado, leer programas de gobierno sin ingenuidad, como quien examina contratos y no poemas. Y, sobre todo, votar con conciencia, no con el estómago.
Pero esta pedagogía crítica naufraga en un ecosistema saturado de mercachifles de la democracia, opinadores de ocasión, influencers de consigna, predicadores de algoritmo que han hecho de la política una escenografía y de la adhesión, una mercancía. Allí proliferan los viejos males con ropaje contemporáneo: efecto rebaño, histeria colectiva, posverdad, fanatismo. La razón estorba; la consigna seduce. Pensar es subversivo en una cultura que premia la repetición.
Defender a un candidato sin pasarle el bisturí del pensamiento crítico es un acto antipedagógico y fatal si se considera que la fe, en política, suele ser el preludio de la decepción. La historia implacable nos recuerda que los pueblos que olvidan no sólo repiten sus males, perfeccionan su engaño.
A los tecnócratas y burócratas del poder les convendría recordar —como lo advierte Noam Chomsky y Humberto Eco— que el deber del intelectual no es servir al poder, sino incomodarlo, fisurarlo, desenmascararlo. Quien reduce la inteligencia a trámite, la crítica a protocolo y la palabra a expediente, no es un sujeto emancipado, es un funcionario del discurso dominante.
La política no es religión para almas huérfanas de sentido, ni ring de boxeo para egos ideológicos hinchados, es o debería ser el ejercicio más exigente de la inteligencia colectiva, el arte de desconfiar del poder, incluso cuando habla en nombre del pueblo. Ningún candidato merece devoción. Todos merecen examen detallado.
Quizá ha llegado la hora de recordar lo evidente, un país no se transforma adorando nombres propios, sino despertando conciencias. La democracia no necesita creyentes, necesita sujetos críticos y profundamente reflexivos que salgan de la zona de confort de su indigencia cognitiva.
No requiere multitudes arrodilladas, sino ciudadanos capaces de pensar, dudar, recordar y, llegado el caso, contradecir.
Sueño con la lucidez amarga de las distopías con un país de menos polarización política y más pensamiento, menos Imbecilidad mediática y más neuronas. Un país capaz de gobernarse a sí mismo y no de delegar su destino en salvadores de turno.
Al final, la democracia no es la fiesta del voto, sino la ética de la sospecha. Y elegir, aunque duela admitirlo, sigue siendo —como ironía última— la forma más sofisticada de escoger a quien tendrá el poder de decepcionarnos. Entonces la derrota deja de ser electoral para volverse ontológica, no perdemos en las urnas, nos perdemos en nosotros mismos. Y esa pérdida silenciosa, íntima, irreversible, ningún gobierno la restituye.
Lea o no este instructivo, vote por quien vote, hágalo como ciudadano, no como feligrés. Someta cada promesa al rigor de la duda, cada discurso al peso de la memoria, cada candidato al filo del pensamiento crítico. Porque, al final, no es el triunfo de uno u otro lo que define el destino de un país, sino el nivel de conciencia con el que sus ciudadanos consienten ser gobernados.

